El día de su boda, Camila Duarte descubrió tres cosas: que su prometido nunca la amó, que su hermana tenía una relación con el, y que la familia que la crio la había estado usando desde el principio.
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CAPÍTULO 19: ALGO FAMILIAR
La oficina de Doña Perla Duarte ocupaba el piso completo más alto del edificio corporativo del Grupo Duarte, un espacio diseñado deliberadamente para intimidar: techos altísimos, ventanales que dominaban toda la ciudad, y un escritorio de caoba oscura que había pertenecido, según la leyenda familiar que Camila había escuchado incontables veces de niña, al fundador original de la empresa hacía tres generaciones.
Gabriel llegó puntual a las nueve de la mañana, con su maletín de cuero y una expresión profesional cuidadosamente entrenada para no revelar absolutamente nada de la tensión que llevaba acumulando desde la noche anterior.
—Gabriel, gracias por venir con tan poco aviso. —Perla lo recibió de pie junto al ventanal, con una taza de café en la mano y una expresión que, para cualquier observador casual, hubiera parecido simplemente la de una empresaria ocupada resolviendo asuntos rutinarios.
Gabriel, sin embargo, llevaba suficientes años trabajando para esa mujer como para notar la tensión sutil en la línea de su mandíbula.
—Dígame en qué puedo ayudarla, Doña Perla.
—Hace algunas semanas, nuestro departamento de relaciones con accionistas detectó una adquisición del dos por ciento de participación en el Grupo Duarte, realizada a través de un fideicomiso registrado en Luxemburgo. —Perla se sentó tras su escritorio, con un gesto que invitaba a Gabriel a hacer lo mismo—. Normalmente, este tipo de movimientos no ameritarían mayor preocupación. Pero algo en la estructura de esta compra en particular me resulta... inusualmente cuidadosa.
—¿Cuidadosa en qué sentido?
—Tres jurisdicciones distintas antes de consolidarse en un fideicomiso ciego. Ningún nombre visible en ningún registro público accesible. —Perla entrelazó los dedos sobre el escritorio—. Ese nivel de discreción no es el de un inversionista casual, Gabriel. Es el nivel de discreción de alguien que específicamente no quiere que yo sepa quién es.
Gabriel mantuvo su expresión neutral con un esfuerzo considerable.
—Podría tratarse simplemente de un inversionista extranjero acostumbrado a estructuras de protección patrimonial complejas. Es bastante común entre clientes europeos.
—Podría ser. —Perla lo observó con una atención que a Gabriel le resultó incómodamente perceptiva—. Necesito que investigues esa compra a fondo. Quiero saber exactamente quién está detrás de ese fideicomiso antes de que termine la semana.
—Por supuesto. Me pondré a trabajar de inmediato.
—Hay algo más. —Perla se levantó, caminando lentamente hacia el ventanal, dándole la espalda a Gabriel durante un momento que se extendió con una tensión deliberada—. Esa inversionista suiza. Valeria Cross. La conociste en la gala de la semana pasada, ¿verdad?
Gabriel sintió que su pulso se aceleraba, aunque logró mantener la voz completamente controlada.
—Sí, la conocí brevemente. Parecía interesada en conocer más sobre la empresa.
—Hay algo en ella que no logro identificar del todo. —Perla se giró, con una expresión pensativa que Gabriel jamás había visto en su rostro durante los ocho años que llevaba trabajando para la familia—. Algo en su manera de sostenerse, de hablar, incluso en la forma exacta en que sonríe, que me resulta extrañamente familiar. Como si la hubiera conocido antes, en algún contexto completamente distinto.
—Es posible que le recuerde a alguien que ha conocido en círculos empresariales internacionales.
—Es posible. —Perla no sonó convencida—. Pero llevo cuarenta años en el mundo de los negocios, Gabriel. He aprendido a confiar en ese tipo de instinto, especialmente cuando algo no logra explicarse racionalmente. Y esa mujer, la señorita Cross, activa exactamente ese instinto en mí.
Gabriel sintió que necesitaba desviar la conversación con urgencia.
—¿Quiere que investigue también su historial? Podría solicitar referencias adicionales antes de proceder con cualquier acuerdo de inversión conjunta.
—Sí. Investígala completamente. Su historia académica, su trayectoria profesional en Zúrich, cualquier fotografía pública que pueda encontrarse de sus años allá. —Perla regresó a su escritorio, con una determinación renovada—. Y averigua, sobre todo, si esa compra del dos por ciento tiene alguna relación con ella.
—Entendido.
—Una cosa más, Gabriel. —Perla lo miró fijamente, con una intensidad que hizo que Gabriel se preguntara, con una punzada de pánico genuino, si su antigua jefa había empezado a sospechar de él mismo—. Has estado extrañamente distraído en las últimas reuniones. ¿Hay algo que deba saber?
—Solo trabajo acumulado, Doña Perla. Nada de qué preocuparse.
—Espero que sea así. —La sonrisa de Perla se mantuvo perfectamente cortés, aunque algo en su mirada permaneció evaluándolo durante un instante incómodamente largo—. Después de todo lo que ha pasado esta familia, no puedo darme el lujo de sorpresas inesperadas, Gabriel. Ni siquiera de las personas en quienes más confío.
Gabriel salió de esa oficina cuarenta minutos después con la certeza absoluta de que el margen de tiempo que tenían antes de que Perla descubriera la verdad se había reducido drásticamente.
Llamó a Valeria en cuanto llegó a su auto, estacionado en el sótano del edificio corporativo, con una urgencia que apenas lograba contener.
—Perla ordenó una investigación completa sobre ti. —Su voz salió tensa, cargada de una preocupación que llevaba semanas acumulando—. Historial académico, trayectoria profesional, fotografías públicas de tus supuestos años en Zúrich. Todo.
Del otro lado de la línea, Valeria permaneció en silencio un momento, procesando la información con la calma calculada que la caracterizaba incluso en los momentos de mayor tensión.
—Andrés construyó esa historia con material suficientemente sólido como para resistir una investigación superficial. Pero si Perla contrata a alguien realmente meticuloso...
—Dijo algo más. —Gabriel bajó la voz, aunque estaba completamente solo en su auto—. Dijo que había algo en ti que le resultaba familiar. Algo en tu manera de sostenerte, de hablar, de sonreír.
El silencio que siguió, esta vez, se sintió mucho más pesado.
—Instinto materno enterrado bajo veintiocho años de cálculo. —La voz de Valeria sonó extrañamente distante, casi reflexiva—. Tal vez en algún nivel, muy en el fondo, ella también sospecha lo que se niega a admitir conscientemente.
—Camila, si sospecha aunque sea remotamente quién eres realmente, el peligro que corres deja de ser hipotético.
—Lo sé. —La voz de Valeria recuperó de inmediato su firmeza habitual—. Pero no voy a retroceder ahora, Gabriel. No después de todo lo que hemos construido. Vamos a necesitar movernos más rápido de lo que habíamos planeado originalmente.
—¿Qué propones?
—Necesitamos esa confesión de Joaquín Ferrer antes de que termine el mes. Y necesitamos, además, encontrar la conexión definitiva entre Fenwick Holdings y mi madre, algo que no deje ningún espacio para la duda razonable. —La determinación en la voz de Valeria se endureció con cada palabra—. Porque si Perla llega a atar los cabos antes de que tengamos pruebas irrefutables, va a hacer exactamente lo que hizo hace cinco años: destruir a cualquiera que amenace su control, sin importar de quién se trate esta vez.
Gabriel colgó la llamada con una sensación helada instalándose en su pecho, la certeza absoluta de que el juego cuidadosamente calculado que Camila había construido durante cuatro años de paciencia y disciplina estaba a punto de acelerarse hacia un final que ninguno de los dos podía predecir con total seguridad.
Y en algún lugar de la ciudad, en su oficina de techos altísimos y ventanales imponentes, Doña Perla Duarte descolgó su teléfono privado y marcó un número que llevaba años sin usar, el número de un investigador privado especializado precisamente en el tipo de trabajo discreto y despiadado que se necesitaba cuando una amenaza requería ser neutralizada antes de que tuviera la oportunidad de convertirse en algo verdaderamente peligroso.