Una joven inocente a muerto, pero, lo inimaginable ha sucedido; un alma proveniente de otra época, ha reencarnado en su cuerpo, Victoria fue una reina tirana, que gobernó con firmeza y conquisto reinos sin titubear, ahora, para sobrevivir, tendrá que convertirse en la reina de la mafia.
Pero, en su camino se cruzara con Alexey, un líder mafioso a quien no se verá como un digno rival, si no que también, podrías ser su aliado más poderoso.
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Capítulo 1: El Despertar de la Tirana
El aroma a alcohol barato, tabaco rancio y perfume femenino empalagoso fue lo primero que penetró en la mente de la Reina Victoria. Para una mujer cuya memoria residía en tronos de obsidiana, copas de plata bañadas en veneno y ejecuciones públicas bajo la luna roja de un imperio olvidado, la vulgaridad del entorno era una ofensa directa a su majestad.
Lentamente, abrió los ojos. Los párpados le pesaban. Descubrió que estaba tendida sobre un sofá de cuero sintético dentro de una oficina privada de paredes tapizadas en rojo vino. Frente a ella, un hombre corpulento, de traje estridente y cadena de oro al cuello, se desabrochaba los botones superiores de la camisa con una sonrisa babosa.
-Tu padre te vendió pequeña zorra.-el sujeto, lanzando un fajo de billetes sobre la mesa de centro-. Eres la cuota de inicial para borrar las deudas de juego de tu ilustre familia. Tu hermano te entregó con un lazo en el cuello. A partir de hoy, eres mi juguete personal en la zona VIP de este casino.
Victoria no habló. Inspeccionó el cuerpo en el que habitaba: débil, delgado, con marcas de moretones en las muñecas. Pertenecía a una joven aterrorizada que había colapsado bajo el miedo minutos antes. Sin embargo, el alma que ahora reclamaba la carne era la de la Emperatriz de Hierro, la mujer que devoraba reinos enteros para desayunar.
Un destello de magia negra, antiguo y letal como una serpiente dormida en sus venas, chisporroteó en su columna vertebral. La Reina se incorporó con una lentitud aristocrática, alisándose la falda del sencillo vestido que llevaba.
-¿Te quedaste muda del susto? -se burló el tipo, dando un paso hacia ella y estirando la mano para sujetarla del mentón.
Ese fue su último error.
Con un movimiento fluido y desprovisto de dudar, Victoria sujetó la muñeca del hombre. No aplicó fuerza física; canalizó un fragmento de su antigua magia de sangre. Un chasquido seco resonó en la habitación cuando los huesos de la muñeca del sujeto se pulverizaron internamente.
El hombre soltó un alarido de dolor que fue ahogado de inmediato. Victoria había agarrado un abrecartas de bronce sobre el escritorio y lo encajó con precisión quirúrgica justo debajo de la barbilla del hombre, atravesándole la lengua y el paladar.
-Hablas demasiado, gusano -susurró Victoria al oído del agónico sujeto. Su voz no era la de una niña asustada; era un eco grave, cargado de la frialdad de mil inviernos-. En mi imperio, los siervos de baja ralea no miraban a la realeza a los ojos sin perder la vista. Considera esto una gracia real.
El hombre se desplomó sobre la alfombra, ahogándose en su propia sangre mientras Victoria se limpiaba los dedos con el pañuelo de seda que sacó del bolsillo del moribundo.
En la puerta, dos guardias armados escucharon el ruido y abrieron de golpe. La Reina no parpadeó. La cacería acababa de comenzar.
Las armas de fuego eran una novedad fascinante para el espíritu reencarnado de Victoria, pero la velocidad de la muerte era un concepto universal que dominaba a la perfección.
Cuando los dos matones entraron encañonando la estancia, Victoria ya se había movido. Su cuerpo era frágil, sí, pero la velocidad con la que canalizaba el instinto de combate aplastaba cualquier limitación biológica. Esquivó el primer disparo desviando el cañón de la pistola con el filo de la mano, provocando que la bala se alojara en el estómago del segundo guardia.
Antes de que el primer hombre pudiera reaccionar, Victoria le clavó los dedos en la garganta, aprisionando la tráquea con una precisión macabra. Usó el peso del sujeto para aplastarlo contra la pared, tomó su propia arma y le disparó dos veces en la cabeza. El estruendo de las detonaciones retumbó por todo el piso VIP del casino.
Fuera de la oficina, las alarmas de emergencia comenzaron a sonar, tiñendo los pasillos de una luz roja intermitente. En el piso principal de apuestas, la música de los tragaperras y la ruleta fue sofocada por el pánico. Decenas de clientes acomodados y jugadores compulsivos comenzaron a correr hacia las salidas, tropezando entre sí mientras el personal de seguridad intentaba inútilmente contener el caos.
Victoria caminó por el pasillo central de la zona ejecutiva. Llevaba una pistola automática en la mano derecha y la daga de bronce en la izquierda. Cinco hombres más del personal de seguridad privada corrieron hacia ella por el corredor.
-¡Abran fuego! -gritó el capitán de la guardia del casino.
No tuvieron tiempo. Victoria invocó una ráfaga de sombra concentrada, una técnica de manipulación mental básica de su vida pasada. El aire alrededor de los guardias pareció densificarse, robándoles la luz y la orientación durante tres segundos fatales.
Victoria avanzó como una danza mortal. Disparó con una cadencia fría y matemática: un tiro al pecho, uno a la cabeza. Cuando la munición se agotó, utilizó el filo del abrecartas para cortar arterias femorales y yugulares con una elegancia grotesca.
En menos de diez minutos, la zona de oficinas del casino más lucrativo de la ciudad se convirtió en una sala de ejecución. Los pocos empleados y contadores que quedaban vivos se arrastraban por el suelo, sollozando y cubriéndose la cabeza entre los charcos de sangre de sus jefes.
Victoria se colocó frente al espejo del baño ejecutivo. Se limpió una salpicadura de sangre en la mejilla con un trozo de tela húmeda. Contempló el rostro de la joven en el reflejo: ojos grandes, piel pálida, facciones delicadas.
-Un lindo recipiente -murmuró, esbozando una sonrisa cruel-. Lástima que tus parientes pensaran que eras una moneda de cambio. Les enseñaré lo que significa vender a un demonio.-
Se giró hacia los sobrevivientes que temblaban en el suelo.
-Arrodíllense correctamente -ordenó con voz de mando imperiosa-. El verdadero dueño de este lugar está por llegar, y quiero que presencie cómo se recibe a una nueva soberana.
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