Helena De la Vega está dispuesta a todo con tal de no presenciar el día más infeliz de su vida: la boda del hombre que ama con su propia hermana. Desesperada y sin medir las consecuencias, recurre a Leonardo de la Torre, su leal amigo de la infancia y el único hombre con el poder suficiente para desatar una tormenta de celos.
El trato es simple: fingir un romance apasionado frente a las cámaras de la alta sociedad.
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Capitulo 4
El Gran Salón del Hotel Imperial resplandecía con la opulencia rancia de la élite de la ciudad. Lámparas de cristal de bohemia proyectaban destellos sobre vestidos de alta costura, joyas millonarias y copas de champán que nunca se vaciaban. Los fotógrafos de la prensa rosa se agolpaban en la entrada, sedientos de capturar cualquier atisbo de drama o elegancia.
Y esa noche, el drama estaba a punto de servirse en bandeja de plata.
El coche de Leonardo se detuvo frente a la alfombra roja. El chofer abrió la puerta, pero fue Leonardo quien bajó primero, extendiendo su mano hacia el interior del vehículo. Helena respiró hondo, ajustándose el vestido de satén rojo pasión que se moldeaba a sus caderas como una llamarada líquida, dejando al descubierto una abertura vertiginosa en la pierna y una espalda completamente desnuda.
Al colocar su mano sobre la de Leonardo, la calidez de su palma firme le provocó una descarga eléctrica instantánea. Helena dio un paso fuera del coche y los flashes comenzaron a estallar furiosamente.
Leonardo no la soltó. Con un movimiento fluido y dominante, la tomó de la cintura, pegándola a su costado. Su mano descansó sobre la piel desnuda de la espalda baja de Helena; sus dedos largos y cálidos presionaban lo suficiente como para dejar claro a todos los presentes que ella no caminaba sola.
—Sonríe, dulce Helena —le murmuró él al oído, su aliento rozando su lóbulo y erizándole cada vello del cuerpo—. El espectáculo acaba de empezar.
Al ingresar al salón principal, el murmullo de la música de cámara se vio opacado por el repentino silencio de los asistentes. Las miradas se desviaron de inmediato hacia la pareja. Leonardo de la Torre, el heredero más codiciado, frío y reservado de la alta sociedad, jamás asistía a este tipo de eventos acompañado. Y mucho menos con Helena De la Vega.
Entre la multitud, dos figuras se congelaron.
Victoria, luciendo un impecable pero aburrido vestido pastel, se quedó con la copa a medio camino de los labios. A su lado, Mateo vestía un esmoquin negro, pero toda su postura rígida delataba el impacto. La mirada de Mateo se clavó en la mano de Leonardo posada en la cadera de Helena, y sus ojos se oscurecieron con una mezcla de sorpresa, rabia y una posesividad sofocante.
Helena sintió una punzada de triunfo en el pecho. Funcionaba. Mateo la estaba mirando como si acabara de perder su posesión más preciada.
—Nos están observando —susurró Helena, alzando la cara hacia Leonardo.
—Que miren —respondió él con frialdad.
Leonardo no esperó a que Helena marcara el paso. La guio con seguridad directamente hacia donde estaban su hermana y Mateo. Cada paso sobre el mármol resonaba como un desafío implícito.
—Buenas noches —saludó Leonardo cuando estuvieron a solo un metro de distancia. Su voz grave y calmada dominaba el espacio sin esfuerzo—. Victoria. Mateo. Un evento encantador, ¿no es así?
—Leonardo... Helena —articuló Victoria, recuperando la compostura con una sonrisa forzada que no le llegaba a los ojos—. No sabíamos que vendrían juntos. No tenías pareja para la gala, Helena... o al menos eso dijiste ayer.
—Las cosas cambian rápido, hermanita —contestó Helena, deslizando una mano por el antebrazo cubierto por el esmoquin de Leonardo, sintiendo la firmeza de sus músculos tensarse bajo su tacto—. Leo fue lo suficientemente amable como para pasar por mí.
Mateo dio un paso al frente, ignorando por completo a Victoria. Sus ojos se fijaron en los de Helena con una intensidad casi violenta, antes de girarse hacia Leonardo.
—De la Torre —dijo Mateo, apretando la mandíbula—. Sorprendente verte aquí. No sabía que tenías tiempo para... acompañantes improvisadas.
El ambiente se volvió denso, helado, cargado de una testosterona peligrosa. Leonardo no se inmutó. En lugar de engancharse en una discusión verbal, deslizó su mano desde la espalda de Helena hasta envolver completamente su cintura, tirando de ella con una fuerza suave pero categórica. El torso de Helena chocó contra el pecho ancho de él, y la diferencia de temperatura entre la seda de su vestido y el calor corporal de Leonardo la hizo ahogar un suspiro.
—Helena nunca es una opción improvisada, Mateo —dijo Leonardo, con una sonrisa helada que era una auténtica declaración de guerra—. De hecho, es la única opción que me importa.
Mateo apretó los puños a los costados, con los nudillos tornándose blancos. El desprecio y los celos en su rostro eran tan evidentes que a Helena se le aceleró el corazón. Había logrado exactamente lo que quería: verlo rabioso.
Sin embargo, Leonardo no había terminado de marcar su territorio.
—Si nos disculpan —continuó Leonardo, mirando fijamente a Mateo mientras sus dedos presionaban la cintura de Helena—, mi novia y yo tenemos una pieza que bailar.
Antes de que Helena pudiera asimilar la palabra "novia", los fotógrafos de un importante medio de comunicación se acercaron rápidamente, atraídos por la evidente tensión entre las dos familias más poderosas de la ciudad.
—¡Señor De la Torre! ¡Señorita De la Vega! —exclamó uno de los reporteros, haciendo estallar una ráfaga de flashes—. ¿Podemos confirmar los rumores? ¿Están juntos?
Helena dudó un milisegundo, la luz cegadora la tomó por sorpresa. Pero Leonardo no dudó.
Giro a Helena de frente hacia él, atrapándola en su espacio personal. La tomó del rostro con una sola mano, sus dedos largos acunando su mandíbula con una firmeza que no dejaba margen a la huida. Helena alzó la vista, encontrándose con la mirada gris y voraz de Leonardo.
—Mírame a mí, Helena —murmuró él, tan bajo que solo ella pudo escucharlo—. Olvídate de Mateo. Olvídate de todos.
Sin darle tiempo a procesar las palabras, Leonardo bajó la cabeza y estampó sus labios contra los de ella.
El mundo alrededor pareció desaparecer bajo la furia de los flashes, pero Helena solo podía sentir a Leonardo. No fue un beso tímido para las cámaras, ni un roce inocente de amigos. Fue un beso profundo, hambriento y dominador. Su lengua se abrió paso con autoridad, devorando la suya con una destreza que le hizo perder el aliento.
Helena sintió que las piernas le fallaban. La intensidad del beso la sacudió hasta el alma, enviando olas de calor líquido que recorrieron cada rincón de su vientre. De manera instintiva, sus manos subieron hasta el cuello de Leonardo, enredando los dedos en el cabello suave de la nuca de él para no caerse. Se entregó al beso con una necesidad salvaje que no sabía que tenía guardada, devolviéndole la presión de los labios mientras un gemido ahogado se perdía en la boca de él.
El olor a cuero, tabaco y perfume costoso la intoxicó por completo. Por un segundo eterno, la sed de venganza, Mateo y Victoria dejaron de existir. Solo existía la boca de Leonardo exigiendo su rendición absoluta.
Cuando Leonardo finalmente se distanció, lo hizo despacio, rozando sus labios una última vez contra los de ella antes de separarse. Helena quedó jadeando levemente, con los labios hinchados, las mejillas encendidas y los ojos abiertos de par en par, totalmente conmocionada por la descarga eléctrica que acababa de atravesar su cuerpo.
Los fotógrafos continuaban tomando fotos como locos, pero la mirada de Leonardo no estaba en las cámaras. Pasó lentamente el pulgar por el labio inferior de Helena, limpiando una pequeña mancha de su labial rojo, antes de desviar la vista hacia Mateo, quien observaba la escena con el rostro pálido y la mirada desorbitada por la rabia.
—Creo que eso responde a su pregunta —declaró Leonardo con voz grave hacia la prensa, manteniendo su brazo firme alrededor de la cintura de una Helena aún mareada.
Helena apoyó la cabeza en el hombro de Leonardo, tratando de estabilizar su respiración acelerada. La victoria sobre Mateo estaba servida, pero mientras el pulso le retumbaba en los oídos, una punzada de pánico la atravesó: el beso había sido para las cámaras, pero la devastadora atracción que acababa de sentir por su mejor amigo era aterradoramente real.