A los veintitrés años, Luna sobrevive con tres empleos, durmiendo poco y soñando con algo tan simple como que alguien la ame y la deje descansar. Lo único que pide es una vida distinta. Nunca imaginó que el universo la tomaría tan al pie de la letra.
Una fría noche de invierno, todo termina… y todo empieza. Luna despierta en el cuerpo de una princesa, con una corona sobre la cabeza, un palacio a su alrededor y un hombre imposiblemente guapo que la mira como si fuera lo único que existe en el mundo. Dice ser su marido. Y no es un hombre cualquiera: es Leon, el príncipe que sería capaz de incendiar un reino entero con tal de protegerla.
Pero adaptarse a una corte donde todos hablan como salidos de un libro de historia no es tan fácil cuando tu cabeza sigue pensando en wifi, café y ocho horas de sueño. Y menos cuando alguien te quiere fuera del camino: Moyra, la protegida de la familia real, esconde tras sus sonrisas y sus lágrimas una obsesión peligrosa. Está convencida de que el lugar de Luna —y el corazón de Leon— le pertenecen por derecho, y hará lo que sea para recuperarlos.
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Capítulo 17 - El Sonido de Tu Corazón
La sala del Consejo estaba demasiado quieta.
Frente a mí, tres generales mantenían los ojos clavados en el mapa abierto sobre la mesa. Pequeños marcadores de madera representaban tropas, aldeas y rutas de acceso al reino. En las últimas semanas habíamos recibido informes de movimientos extraños en la frontera norte.
Aquella mañana, la situación había empeorado.
—Dos puestos de observación dejaron de enviar mensajes —informó el general Arthur—. Y nuestros exploradores encontraron rastros de un gran grupo que avanzaba hacia el oeste.
Apoyé ambas manos sobre la mesa.
—¿Cuántos hombres?
—No podemos afirmarlo con certeza, Alteza. Tal vez quinientos. Tal vez más.
El rey, sentado a mi lado, permaneció en silencio. Mi padre sabía reconocer el momento en que mi temple comenzaba a desvanecerse.
—Otra guerra —constaté.
—Todavía no —respondió Arthur—. Pero debemos prepararnos.
Prepararnos.
Yo conocía bien esa palabra.
Siempre empezaba con reuniones, mapas y promesas de que todo se resolvería sin sangre. Después venían los gritos, las ciudades incendiadas y hombres demasiado jóvenes enterrados lejos de sus familias.
Yo acababa de regresar.
Aún cargaba las marcas de la guerra anterior. Algunas estaban en mi cuerpo. Otras despertaban conmigo en la madrugada.
Y Luna todavía intentaba reconstruir su propia vida.
—Reforzaremos los puestos —determiné—. Enviaremos alimentos, armas y más caballos. Sin embargo, nadie avanzará sin mi orden.
Uno de los consejeros se acomodó en la silla.
—Tal vez sea necesario que Su Alteza regrese a la frontera.
Giré lentamente el rostro hacia él.
—No partiré mientras Luna siga recuperando la memoria.
El hombre respiró hondo, como si ya esperara mi respuesta.
—El reino necesitará de usted.
—Mi esposa también.
—Con todo respeto, Alteza, la princesa se encuentra rodeada de médicos, criados y guardias. La frontera, en cambio…
—No son sustitutos míos.
Mi voz resonó por la sala. Nadie volvió a hablar durante algunos segundos. Mi padre apoyó una mano en mi brazo.
—Leon.
—Pasé demasiado tiempo lejos de ella —continué—. Regresé para encontrar a mi esposa sin parte de sus recuerdos y estuve a punto de perderla ante mis propios ojos. No partiré como si nada hubiera ocurrido.
—No le pedimos que parta hoy —dijo el general Arthur con cautela—. Solo que acepte la posibilidad.
Yo no la aceptaría. No en aquel momento.
Tal vez fuera egoísmo. Tal vez un futuro rey debiera anteponer el reino a todo lo demás. Pero Luna era la razón por la que todavía lograba mantenerme en pie. Sin ella, poco importaba qué territorio consiguiéramos proteger.
Abrí la boca para poner fin a la discusión. Las puertas del salón se abrieron de golpe.
Un guardia entró sin aliento. Su rostro estaba pálido, y ni siquiera hizo la reverencia debida.
—¡Alteza!
Todos se volvieron. El miedo en sus ojos hizo que todo mi cuerpo se tensara.
—¿Qué ocurrió?
—¡La princesa sufrió un accidente!
El mundo se detuvo. No oí el movimiento de los generales. No noté que mi padre se levantaba. Solo veía al guardia y la forma en que intentaba recuperar el aliento.
—¿Qué?
—Cayó por la gran escalinata y no despierta.
No esperé nada más. Empujé la silla hacia atrás y corrí. Oí a mi padre llamar mi nombre, pero no me detuve.
Atravesé el primer corredor tan deprisa que dos criados tuvieron que apartarse para no ser arrollados. Bajé los escalones a saltos, ignorando las miradas asustadas.
Mi mente repetía las mismas palabras.
Cayó.
No despierta.
Luna estaba herida, y yo no estaba allí.
Le había prometido protegerla. Le había prometido que nunca permitiría que algo le ocurriera de nuevo. Pero estaba sentado frente a unos mapas mientras ella caía.
—¿Dónde está? —le pregunté a una criada.
Ella señaló nuestros aposentos.
—Los médicos la llevaron a la habitación, Alteza.
Seguí corriendo. Encontré a mi madre en el corredor. Lloraba mientras sostenía las manos de una dama.
—Leon…
—¿Cómo está?
Ella negó con la cabeza.
—Todavía no ha despertado.
Sentí que el suelo desaparecía por un instante.
Abrí la puerta.
Había demasiada gente dentro de la habitación. Médicos junto a la cama, criadas trayendo agua y guardias apostados contra las paredes. El olor a hierbas medicinales me llenó los pulmones.
Entonces la vi. Luna estaba tendida en el centro de la cama.
Inmóvil.
Había un tono amoratado en su frente, cerca del nacimiento del cabello. Pequeños cortes marcaban sus brazos, y una venda envolvía su muñeca derecha. Su rostro estaba demasiado pálido.
Parecía pequeña.
Frágil.
Nada en aquella imagen concordaba con la mujer que reía a carcajadas, guardaba pan en los bolsillos y se enfrentaba a los nobles sin pensar en las consecuencias.
Algo dentro de mí se quebró.
—Salgan todos.
El médico de más edad se acercó.
—Alteza, necesitamos seguir observándola…
—¿Corre peligro?
Él vaciló.
—No encontramos heridas que indiquen muerte inmediata. Sin embargo, el golpe en la cabeza fue fuerte. No sabemos cuándo despertará.
—Hice una pregunta. ¿Corre peligro?
—Sí.
La palabra me atravesó el pecho. Miré a todos los que estaban dentro de la habitación.
—Salgan.
Mi voz salió más baja. Más peligrosa. Nadie discutió. Los médicos recogieron los instrumentos. Las criadas salieron en silencio. Mi madre permaneció junto a la puerta durante algunos segundos.
—Hijo…
—Necesito quedarme con ella.
Ella asintió, conteniendo el llanto.
—Estaremos afuera.
Cuando la puerta se cerró, el silencio se volvió insoportable. Me acerqué a la cama. Cada paso me resultaba difícil. Me arrodillé junto a ella y toqué su mano.
Estaba caliente. Al menos eso.
—¿Luna?
Ninguna respuesta. Pasé los dedos con cuidado por su piel.
—Mi Luna, soy yo.
Sus pestañas no se movieron. Llevé su mano a mis labios.
—Te prometí protegerte. —La habitación permaneció en silencio—. Dije que jamás permitiría que algo te ocurriera.
Mi voz empezó a quebrarse.
—Y no estaba contigo.
Cerré los ojos.
Debí haber acompañado a Luna hasta los aposentos de mi madre. Debí haber puesto más guardias en los corredores. Debí haber abandonado aquella reunión en el instante en que pensé en ella.
Había tantas cosas que debí haber hecho.
—Perdóname.
Ninguna respuesta. El dolor se volvió demasiado grande para seguir arrodillado. Subí a la cama y me acosté con cuidado a su lado.
Tuve miedo de tocar sus heridas. Aun así, necesitaba sentirla. Apoyé la cabeza sobre su pecho. Durante unos segundos, no oí nada.
El terror se apoderó de mi cuerpo. Entonces llegó. Un latido. Débil, pero firme. Después otro. Cerré los ojos y conté.
Uno.
Dos.
Tres.
Cada latido era una promesa de que ella aún seguía conmigo.
—Sigue —susurré—. Por favor, sigue conmigo.
Aferré la tela de su camisón. No supe cuánto tiempo permanecí de aquella forma. Tal vez minutos. Tal vez horas. Solo escuchaba. Esperaba. Contaba.
Las lágrimas escaparon sin que yo intentara contenerlas.
—No me obligues a aprender a vivir sin ti otra vez. —La garganta me ardía—. No sé cómo hacerlo.
Recordé el momento en que Luna cayó ante mí la noche que debió haber sido nuestra. Recordé su cuerpo sin vida entre mis brazos, a los médicos diciendo que no respiraba y el vacío que casi me destruyó.
Los dioses la devolvieron. Pero tal vez solo para llevársela de nuevo.
—No —susurré—. No lo permitiré.
La abracé con cuidado.
—Los dioses ya te llevaron una vez. No les permitiré hacerlo de nuevo.
Yo lucharía contra hombres, contra ejércitos e incluso contra el propio destino. Pero, acostado sobre su pecho, comprendí que no había espada capaz de obligarla a abrir los ojos.
Solo podía esperar. Y amar.
Acerqué mi rostro al suyo y besé su frente, junto al hematoma.
—Despierta, mi Luna. —Mi voz salió rota—. Todavía tengo una vida entera para amarte.