Victoria tenía dieciocho años cuando conoció a Stefano.
Él tenía veintidós, una sonrisa imposible de ignorar y demasiadas verdades que decidió callar.
Para ella fue su primer gran amor. Para él, una historia que nunca debió comenzar.
Victoria creyó conocer al hombre del que se estaba enamorando, hasta que descubrió que Stefano guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo. Intentó alejarse. Volvió. Lo perdonó. Y cuando finalmente creyó haber aceptado la verdad, descubrió que apenas conocía una parte de ella.
Lo que siguió fueron años de encuentros, despedidas y decisiones que terminaron llevándolos por caminos distintos.
Victoria creció. Amó. Construyó una vida que ya no dependía de Stefano.
Pero algunas historias no terminan cuando dos personas se separan.
A veces solo esperan el momento en que ambos tengan suficiente vida encima para entender lo que realmente perdieron.
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Hasta la puerta
Victoria volvió a hablar de la universidad cuando faltaban pocas semanas para matrícula.
Tenía los planes guardados desde el semestre anterior.
Las materias.
Los horarios.
Las ganas de volver.
Sus padres le dijeron lo mismo que le habían dicho desde el principio: podían pagarle la matrícula y las materias.
No les sobraba dinero. Cada año costaba más y en la casa había que organizarse mejor, pero la universidad seguía siendo una prioridad.
—Si querés llevar cinco, llevá cinco —dijo su madre.
Victoria miró la pantalla.
Después de tantos meses fuera, cinco le parecieron demasiadas.
Mateo también opinó.
—Empezá con tres. Te acomodás y el próximo ciclo metés más.
—Quería avanzar.
—Y vas a avanzar. No tenés que recuperar todo de golpe.
La frase sonó razonable.
Victoria terminó matriculando tres.
No porque sus padres no pudieran pagar las otras.
Porque entre el miedo de volver cargada y la tranquilidad con que Mateo le decía que había tiempo, tres empezaron a parecerle suficientes.
• • •
El primer día de clases Mateo apareció temprano en casa de Victoria.
Ella abrió la puerta todavía terminando de acomodar cosas en el bolso.
—¿Qué hacés aquí?
—Voy con vos.
—¿A la universidad?
—Sí.
Victoria se rio.
—Vos ya terminaste de estudiar, por si se te olvidó.
—Voy a trabajar desde una cafetería por allá.
Le mostró la computadora portátil.
—Después volvemos juntos.
Victoria dudó.
—No tenés que hacer eso.
—Quiero.
Su madre pasó detrás.
—Dejalo. Así no te devolvés sola.
Mateo sonrió.
—¿Ves?
Victoria puso los ojos en blanco.
Salieron.
Tomaron el bus.
Mateo pagó ambos pasajes antes de que Victoria sacara el dinero.
—Yo tengo.
—Ya sé —respondió él—. Guardalo.
Victoria volvió a meter el dinero en el bolso.
Mateo caminó con ella hasta el edificio.
—Bueno, hasta aquí.
—¿A qué hora salís?
Victoria le dijo.
—Te espero en la cafetería.
—Podés irte a tu casa.
—Tengo trabajo.
Victoria negó con la cabeza, divertida.
—Como querás.
Entró a clase.
• • •
Cuando salió, Mateo estaba sentado con la computadora abierta.
Tenía audífonos y una taza vacía.
Victoria se acercó por detrás.
—¿Trabajaste algo o solo viniste a vigilar que entrara?
Lo dijo riéndose.
Mateo se quitó un audífono.
—Te descubriste sola.
Victoria le dio un golpe suave en el hombro.
—Idiota.
—¿Cómo te fue?
—Bien.
—¿Quién era el mae con el que saliste hablando?
Victoria tardó un segundo.
—¿Cuál?
—El de camisa azul.
—Un compañero.
—Ah.
Mateo guardó la computadora.
—¿Nos vamos?
Victoria lo siguió.
No pensó demasiado en la pregunta.
• • •
La primera semana Mateo la acompañó dos días.
La segunda, tres.
Él podía trabajar desde cualquier lugar con internet.
Eso convertía la universidad en una opción más.
A veces se instalaba en la biblioteca.
Otras en una cafetería.
Cuando Victoria salía, él estaba cerca.
Después regresaban juntos en bus.
Al principio le pareció cómodo.
No tenía que viajar sola.
Podían comer algo antes de volver.
Hablar del día.
Mateo cargaba la computadora y, si Victoria llevaba demasiadas cosas, le quitaba algún libro.
—Te vas a destruir la espalda.
—Son tres materias.
—Y pareciera que llevás veinte.
Victoria sonreía.
Había algo todavía tierno en esa rutina.
• • •
El problema empezó con los minutos.
Una clase terminó quince minutos tarde.
Cuando Victoria salió, Mateo estaba de pie junto a la puerta del edificio.
—¿Qué pasó?
—La profesora se alargó.
—Te escribí.
Victoria buscó el teléfono.
Tenía tres mensajes.
—Estaba en clase.
—Ya sé, pero pensé que había pasado algo.
—Quince minutos, Mateo.
—No sabía si eran quince o una hora.
Victoria suspiró.
—Vamos.
Mientras caminaban, un compañero alcanzó a Victoria.
—¿Vas a mandar lo de hoy al grupo?
—Sí. Cuando llegue.
—Buenísimo. Gracias.
El muchacho se despidió.
Mateo esperó unos pasos.
—¿Ese también es compañero?
Victoria se detuvo.
—Mateo.
—¿Qué?
—Todos los hombres que ves aquí probablemente sean compañeros de alguien.
Él sonrió.
—No te enojés.
—No estoy enojada.
Siguieron caminando.
Pero Victoria ya no tenía ganas de contarle cómo había estado la clase.
• • •
Unos días después Laura la encontró sola en la cafetería.
—Milagro.
Victoria levantó la vista.
—¿Qué?
—Sin Mateo.
—Está trabajando.
Laura se sentó.
—Aquí, seguro.
Victoria sonrió.
—En la biblioteca.
Laura abrió mucho los ojos.
—¿Viene todos los días?
—No todos.
—Casi.
Victoria cerró el cuaderno.
—Le sirve trabajar aquí.
—Claro.
—¿Qué significa ese “claro”?
Laura se encogió de hombros.
—Nada.
Victoria la miró.
—Decilo.
—No sé. Antes vos venías a clases y ya. Ahora Mateo te acompaña, te espera y se devuelve con vos.
—¿Y?
—Nada. Si a vos te gusta.
Victoria sintió una defensa inmediata.
—No me obliga.
Laura levantó las manos.
—Yo no dije eso.
La frase quedó entre las dos.
Victoria volvió a abrir el cuaderno.
—Además, así aprovechamos tiempo juntos.
Laura no respondió.
• • •
Victoria había querido matricular una cuarta materia cuando se liberó un cupo.
Llegó emocionada a casa de Mateo.
—Se abrió espacio en la de los jueves.
Mateo estaba trabajando.
—¿Cuál?
Ella le explicó.
—¿Y a qué hora?
Victoria dijo el horario.
Mateo frunció el ceño.
—Saldrías tardísimo.
—No tanto.
—Y tendrías cuatro materias después de estar meses sin estudiar.
—Puedo.
—No dije que no podás.
Victoria ya conocía esa frase.
Mateo se levantó por café.
—Solo digo que no te cargués de una vez. Llevá estas tres, te acomodás y el próximo ciclo metés más.
Victoria miró la pantalla de matrícula.
El cupo seguía allí.
Tenía unos minutos para decidir.
—Además —añadió Mateo desde la cocina—, vos misma dijiste que querías volver poco a poco.
Victoria no recordaba haber dicho exactamente eso.
Tal vez sí.
Cerró la página.
—La llevo después.
Mateo regresó con el café.
—Mejor.
Le dio un beso en la cabeza.
Victoria siguió leyendo.
Tres materias.
Un novio que la acompañaba hasta la universidad.
Que esperaba afuera.
Que regresaba con ella.
Nada de eso parecía suficiente para llamarlo problema.
Todavía.
Pero, sin darse cuenta, Victoria había empezado a organizar sus horarios pensando primero en lo que Mateo iba a decir de ellos.