Cuando U-jin partió al extranjero para convertirse en una abogada impecable y Jeong decidió quedarse a construir desde cero su sueño entre harinas y hornos, ambas creyeron que el tiempo se encargaría de diluir lo que sentían. Durante años, sus vidas transcurrieron en universos paralelos: U-jin conquistando el exigente mundo de las leyes con elegancia y determinación; Jeong convirtiendo su pequeña pasión en la cafetería y repostería más aclamada de la ciudad, mientras intentaba descifrar un vacío en su corazón que ningún éxito lograba llenar.
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El peso de las promesas
La tarde en que la juventud se sintió eterna olía a tierra mojada y a café frío.
Apoyadas contra el muro bajo del patio de la escuela, con los uniformes desajustados y los diplomas de graduación aún enrollados entre las manos, dos chicas observaban cómo el resto de sus compañeros celebraba. Reían, gritaban y se tomaban fotos para inmortalizar un final que para casi todos era motivo de alivio. Pero entre ellas dos, el ambiente tenía un peso distinto, denso y suspendido en el aire.
—¿De verdad no vas a pensarlo otra vez? —preguntó U-jin, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja con la elegancia pulcra que siempre la había caracterizado. A sus dieciocho años, llevaba la postura erguida de alguien que ya conocía el mapa exacto de su futuro.
—No hay nada que pensar, U-jin —respondió Jeong, mirando el borde gastado de sus zapatillas. Sonrió con la boca torcida, esa sonrisa tímida que siempre usaba cuando no sabía qué hacer con sus propias manos—.
Mi tío me consiguió un turno en el taller de panadería al sur de la ciudad. Si quiero aprender a hacer las cosas bien, tengo que empezar desde abajo. No tengo tiempo para la universidad... ni dinero.
U-jin apretó la carpeta donde guardaba su carta de aceptación para la facultad de Derecho en el extranjero. Sus dedos se tiñeron de blanco por la presión. Durante años habían compartido el mismo banco en el salón, la misma ruta de autobús y los mismos secretos a medias.
La idea de despertar a la mañana siguiente y saber que no tendría a Sofía a un metro de distancia le provocaba un vacío extraño en el pecho, una presión que no sabía interpretar del todo.
—El vuelo sale el domingo —dijo U-jin, bajando la voz mientras la algarabía de sus compañeros aumentaba al fondo—. Seis años pasan rápido, ¿sabes? Cuando vuelva, quiero ser la mejor abogada. Voy a remodelar la planta baja de la casa de mi abuela y abrir mi propio despacho. Un lugar pequeño, solo para mí.
Jeong la miró. El sol del atardecer le daba a U-jin un contorno dorado, casi irreal. U-jin siempre había sido impecable: refinada, decidida, inteligente. A veces, Jeong sentía una admiración por ella que le quemaba por dentro, un impulso inexplicable de prolongar los abrazos un segundo más de lo debido, o de quedarse contemplando la curva de su cuello mientras ella repasaba sus apuntes.
Era un sentimiento confuso que Jeong solía enterrar rápidamente debajo de una capa de incomodidad.
—Vas a ser la abogada más elegante de este país —aseguró Jeong, tratando de sonar alegre—. Y cuando vuelvas, yo tendré algo mío también. No sé qué ni cómo, pero te prometo que no me quedaré atrás.
—Prométeme que no nos vamos a perder —insistió U-jin, girándose del todo para quedar frente a ella. Tomó la mano de Jeong, un gesto firme y cálido que hizo que a la futura repostera se le acelerara el pulso de golpe—. Prométeme que aunque estemos a miles de kilómetros, seguiremos siendo nosotras.
Jeong sintió un nudo amargo en la garganta. Apretó la mano de U-jin, reteniendo la calidez de su piel como si intentara memorizarla para los años de soledad que se avecinaban.
—Te lo prometo —susurró.
Esa noche no hubo grandes despedidas entre llantos. Hubo un abrazo largo junto a la parada del autobús, la promesa de llamarse al llegar y una mirada a través de la ventanilla mientras el transporte se alejaba bajo la luz dorada de los faroles. Ninguna de las dos imaginaba en ese momento que los años no solo traerían distancia geográfica, sino también silencios largos, caminos completamente distintos y un reencuentro que lo cambiaría todo.