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La Primera Vez Que Te Vi

La Primera Vez Que Te Vi

Status: Terminada
Genre:Romance / Amor prohibido / Fantasía épica / Completas
Popularitas:204
Nilai: 5
nombre de autor: TaquitoFLs

Una historia de Dos personas que no pueden destruirse en una historia donde tienen que hacerlo. Hay dificultades, hay deshonras y traiciones que llevarán a atraerse el uno al otro y será el momento perfecto en el que demuestren que el amor no es más que simples palabras, si no las acciones que demuestren una redención de los pecados que cometieron. Spin off de las series originales: El ascenso de un linaje.

NovelToon tiene autorización de TaquitoFLs para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11: La prueba que faltaba

Habían pasado dos meses desde la primera noche en la cueva, y en ese tiempo, algo parecido a la normalidad se había instalado entre los tres — una normalidad frágil, construida sobre secretos, pero normalidad al fin.

Isolde ya caminaba sin ayuda. Podía sostener una espada con el brazo mecánico, aunque todavía con menos precisión de la que tenía antes, y el herrero de Kate había empezado a experimentar con ajustes más finos, buscando devolverle no solo movimiento, sino algo parecido a la sensibilidad que había perdido.

—Un día de estos —le dijo el viejo herrero, examinando las articulaciones de su brazo con una lupa improvisada—, voy a lograr que sientas el frío otra vez. No prometo cuándo. Pero lo voy a lograr.

—Con que pueda sostener una taza sin romperla, ya me conformo.

—Ambiciosa.

Isolde sonrió, y el gesto ya no le costaba el mismo esfuerzo que en los primeros días — se había vuelto, con el tiempo, casi tan natural como respirar.

Aquella tarde, Blanck había logrado escaparse más temprano de lo habitual, y los tres compartían un almuerzo sencillo junto a la entrada de la cueva, disfrutando del sol que rara vez llegaba tan directo hasta ese rincón escondido del bosque.

—A veces olvido que esto no puede durar para siempre —dijo Isolde, mirando el cielo con una calma que semanas atrás habría sido impensable—. Se siente tan real que quiero fingir que sí puede.

—Va a durar más de lo que crees —respondió Kate—. Estamos siendo cuidadosos.

—Cuidadosos no es lo mismo que invisibles.

Blanck no dijo nada, pero la advertencia de su hermana se le quedó pesando, como siempre lo hacían las cosas que no quería escuchar pero sabía que eran ciertas.

El mensajero que Ray X había asignado meses atrás para vigilar a Blanck llevaba semanas sin nada concreto que reportar — solo sospechas, patrones, ausencias sin justificar del todo. Pero aquella tarde, siguiendo un rastro distinto al habitual, algo cambió.

No fue Blanck a quien siguió esta vez. Fue Isolde.

La había visto salir de sus propios aposentos con una discreción que, para alguien entrenado en vigilar, resultaba sospechosa por sí misma — la capucha, el paso medido, la ruta que evitaba cualquier zona donde pudiera ser reconocida. La siguió a distancia, con la paciencia de quien lleva meses perfeccionando el arte de no ser visto, hasta que la vio cruzar la frontera invisible que separaba el territorio de Ray X de las tierras de The Hero.

Y ahí, escondido entre los árboles, vio algo que confirmó de golpe todo lo que había estado reportando en fragmentos durante meses: Isolde, caminando sin ayuda con brazos que no eran los que había nacido teniendo, recibida por una mujer con lanza y cabello suelto que la abrazó como se abraza a alguien de la propia familia.

Y detrás de ambas, saliendo de la misma cueva, Blanck.

El mensajero no necesitó ver más. Retrocedió con el mismo cuidado con el que había llegado, y corrió de vuelta hacia el palacio con la certeza de que, esta vez, lo que llevaba consigo no era sospecha.

Era prueba.

Ray X escuchó el reporte completo sin interrumpir ni una sola vez — algo poco habitual en él, que solía cortar cualquier explicación en cuanto tenía suficiente información para actuar. Pero esta vez dejó que el mensajero terminara cada detalle, cada palabra, como si necesitara escuchar toda la traición completa antes de permitirse reaccionar a ella.

—Repite la última parte —dijo, cuando el mensajero terminó—. Lo de los brazos de tu hermana.

—Eran mecánicos, mi señor. Funcionales. No los tenía antes.

—¿Y la mujer de aquel pueblo se los dio?

—Eso parece, mi señor. O al menos, participó en dárselos.

Ray X se quedó en silencio un largo rato, sus dedos tamborileando contra el brazo de su trono con el mismo ritmo lento de siempre, pero esta vez cargado de algo distinto a la curiosidad fría con la que solía procesar la información.

Era, por primera vez en mucho tiempo, algo parecido a la sorpresa genuina.

—Entonces no fue solo debilidad —dijo, más para sí mismo que para el mensajero—. Fue planificación. Isolde no solo guardó el secreto de su hermano. Se convirtió en parte de él.

—¿Qué desea que haga, mi señor?

Ray X se levantó, despacio, la decisión ya formándose en su mente con la misma frialdad calculadora que aplicaba a cualquier otra estrategia militar.

—Nada, por ahora. —Caminó hacia la ventana sin luz, mirando hacia la oscuridad como si pudiera ver, desde ahí, hasta el mismo pueblo que sus hijos habían convertido en su santuario secreto—. Quiero que sigan creyendo que su secreto está a salvo. Quiero verlos construir todo lo que puedan construir, con todo el cuidado y toda la esperanza que quieran ponerle.

—¿Por qué, mi señor?

Ray X sonrió, una sonrisa lenta, casi paternal en su crueldad.

—Porque cuando por fin decida destruirlo, quiero que la pérdida les duela exactamente tanto como se merecen por haberme traicionado. Y eso solo funciona si primero les dejo construir algo que valga la pena perder.

Esa misma noche, sin saber nada de lo que ya se movía en su contra, Isolde se despidió de Kate con un abrazo que se había vuelto costumbre entre ambas.

—Gracias por hoy —dijo, con una calidez que meses atrás jamás habría permitido mostrar tan abiertamente.

—No tienes que agradecerlo cada vez.

—Quiero hacerlo de todos modos. —Isolde la miró, algo parecido a la ternura genuina en su expresión—. Nunca pensé que encontraría una hermana fuera de la que ya tengo. Y mucho menos una mejor que las que la sangre me dio.

Kate no supo qué responder a eso, pero el gesto que hizo —apretar su mano una vez más antes de soltarla— dijo más de lo que cualquier palabra podría haber dicho.

Blanck las observaba desde la entrada de la cueva, el corazón lleno de algo que se sentía peligrosamente parecido a la certeza de que, por fin, después de tanto miedo, las cosas empezaban a estar bien.

No tenía forma de saber que, en ese mismo instante, a kilómetros de distancia, su padre ya había empezado a diseñar la forma exacta en que aquella felicidad terminaría.

Continuará...

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