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EL MAPA DE MI PIEL

EL MAPA DE MI PIEL

Status: Terminada
Genre:Romance / Amor eterno / Yaoi / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Eiden Marín Vidal tiene 24 años y es E.C. Vane, el escritor de novelas BL anónimo más leído en español.

Es millonario, admirado y nadie conoce su rostro. Desde niño vive con vitíligo en todo el cuerpo, condición que ocultó por inseguridad y que le provocó ansiedad social. En su rostro solo tiene pecas.

Su anonimato termina cuando una reportera filtra su identidad. De ser un ídolo invisible, pasa a ser objeto de burlas virales. Incapaz de escribir y en medio de una crisis de ansiedad, decide huir a lo único que le dejó su abuelo Esteban: una casa de madera en Punta Cocos, la zona más remota y virgen de Isla Holbox, México.

Allí vive Gael Canul, de 29 años, pescador, lanchero y carpintero de botes. Es el nieto del mejor amigo de su abuelo y quien cuidó la casa durante años. Gael no lee novelas románticas, pero aprenderá a leer cada marca de su piel.

Una historia sobre el amor que no necesita esconderse.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 4: LA MAÑANA DESPUÉS

No sé besar bien. Te lo digo de una vez.

O sea, sí sé. He escrito como cincuenta besos. He descrito lenguas, dientes, respiraciones. Pero hacerlo de verdad, en el mar, con la boca salada y el pelo rojo metido en la boca también, es otra cosa.

Nos besamos como dos weyes que no saben si están haciendo lo correcto pero ya no pueden parar. Corto. Fuerte. Con las manos llenas de arena.

Después nos separamos porque nos dio risa. Mucha risa. Nerviosa.

— Verga — dijo Gael. Bajito.

— Verga — repetí yo. Porque no sabía qué otra cosa decir.

Nos regresamos a la casa sin hablar. Cada quien con su playera mojada en la mano. La veladora ya se había apagado. Había arena por todo el piso.

Gael se paró en la puerta de mi casa. No entró.

— Mañana tengo que salir a las cuatro a pescar. ¿Te despierto?

— ¿Para qué?

— Para que veas cómo amanece aquí. Si quieres.

— Quiero.

Y se fue a su cuartito. Yo me quedé parado en medio de la casa, con el pecho al aire, escurriendo, con todas mis manchas blancas a la vista y sin sentir que me tenía que tapar corriendo.

Me dormí así. Sin playera.

Me despertó a las cuatro. No con un gallo. Con un toquido en la madera.

— Mapa. Ya.

Estaba oscuro todavía. Gael traía dos cafés y una playera mía. La que había dejado en la playa ayer.

— Te la lavé. Bueno, la enjuagué en el mar, que es lo mismo aquí.

Salimos en su lancha chiquita. Solo nosotros dos. El agua estaba como vidrio. Negra, plana. En el cielo todavía se veían un chingo de estrellas. Mi abuelo me enseñó algunas cuando era morro, pero ya se me olvidaron.

Gael remaba sin hacer ruido. Me dijo que si hablábamos fuerte, los peces se iban.

— ¿Y a qué hora escribes tú? — me preguntó en voz baja.

— Yo escribo en la noche. Cuando todos se duermen. Cuando nadie me puede ver.

— ¿Y ahora que nadie te ve aquí?

Me pegó. Porque era cierto. Aquí nadie me veía. O mejor, aquí me veían de otra forma.

Llegamos a un punto donde el agua era bajita y clara. Se veía el fondo blanco.

— Aquí es — dijo.

Y tiró la red. Lo hizo tan fácil que parecía que estaba bailando. Yo intenté ayudar y casi me caigo al agua otra vez. Él me agarró de la muñeca para que no me matara.

— Quieto, mapa. Tú mira.

Y me quedé mirando. No la red. A él. Sus brazos, su espalda, cómo se le marcaba la cicatriz del hombro cuando jalaba. Cómo se le mojaba el pelo negro y se le pegaba a la frente.

— ¿Qué? — me dijo sin voltear.

— Nada.

— Me estás viendo raro.

— Te estoy viendo bien. Por primera vez.

Se rió. Se rió con todo el pecho. Y me salpicó a propósito.

El sol empezó a salir a las cinco y media. No como en las fotos de Instagram que le ponen filtro naranja. Salió rojo. Rojo de verdad, como mi pelo. Todo el cielo se puso rojo y luego dorado. Y el agua, que era negra, se hizo azul clarito.

— A esta hora es cuando tu abuelo venía — me dijo Gael. — Decía que era la única hora en que la isla no le debía nada a nadie.

Me dieron ganas de llorar. No de tristeza. De esas ganas que te dan cuando algo es demasiado bonito y no sabes dónde meterlo.

Saqué mi libreta. La de papel, no la laptop. La que no había usado en meses. Y escribí una frase. Una sola.

"Gael huele a mañana."

Gael se asomó.

— ¿Eso soy?

— Sí.

— Está culero tu poema.

— Es que no es poema. Es nota.

— Pues está culero de todas formas.

Y me quitó la libreta y escribió abajo, con su letra toda fea, de pescador que no terminó la primaria:

"Mapa huele a café frío y no se deja querer fácil."

Me lo regresó.

Lo leí y sentí que se me calentaba la cara. Hasta las pecas.

— Oye — le dije. — ¿Ayer qué fuimos? ¿Qué somos ahora?

Gael amarró la red, se limpió las manos en su short y me miró fijo.

— Ahora somos dos weyes que se besaron y que van a desayunar huevo con tortilla. Lo demás lo vemos después. ¿Te parece?

Me pareció. Me pareció el mejor plan que me habían dado en dos años.

Remamos de regreso con un pescado y con mi libreta llena de una sola frase suya. Que voy a guardar más que cualquier contrato millonario que firmé como E.C. Vane.

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Beisy Antunez
Me gustó el reconocimiento y el valor que debemos tener con nosotros mismos 😚
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