Samuel lo dio todo por un matrimonio que nunca fue suyo. Durante cinco años suplicó, cedió y aguantó las humillaciones de Samantha, una mujer fría que convirtió cada amenaza de divorcio en un juego para tenerlo de rodillas. Hasta que una noche, entre las llamas de un incendio, entiende la verdad más amarga: ella jamás lo eligió. Y muere sabiéndolo.
Pero abre los ojos… meses atrás, en la audiencia de su vigésimo divorcio. Con el recuerdo intacto de su propia muerte, esta vez Samuel no ruega. Firma. Y se marcha sin mirar atrás.
Lo que Samantha no imagina es que el hombre al que despreció está a punto de convertirse en el nombre que todos susurran: el "Mago de Wall Street". Una herencia oculta, una fortuna que crece de la nada, una niña sin hogar que le devuelve las ganas de vivir y una empresaria tan poderosa como imposible de descifrar… Samuel construye, pieza por pieza, la vida que siempre soñó.
Y mientras él se eleva, quienes lo abandonaron empiezan a caer.
Pero el pasado no arde tan fácil: el hombre por el que Samantha lo dejó morir sigue moviendo los hilos en las sombras, y el fuego podría no ser solo un recuerdo.
NovelToon tiene autorización de Afrodite 18 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 17
La luz suave de la mañana atravesaba las cortinas de la habitación. Samuel abrió los ojos despacio.
Por un instante se quedó inmóvil, mirando el techo, como si estuviera ordenando sus propios pensamientos antes de moverse. El silencio a su alrededor era cómodo, distinto al de siempre.
Entonces giró el rostro. Gabriela seguía dormida, el pelo esparcido por la almohada, la respiración tranquila, el cuerpo relajado de un modo que no cuadraba con la mujer firme y controlada que él había conocido la noche anterior.
Aquello lo hizo detenerse, observando. Había algo ahí, inesperado, pero el momento no duró mucho.
Samuel cerró los ojos un segundo y entonces se levantó con cuidado, evitando cualquier movimiento brusco que pudiera despertarla. Tomó el reloj de la mesa, revisó la hora y respiró hondo.
Quería quedarse, pero tenía un compromiso, y ese compromiso tenía nombre: Zoe. Aquel día era su primer día de clases y nada, absolutamente nada, era más importante que eso.
Se puso la camisa, ajustándola rápido, tomó el saco en las manos, pero decidió no usarlo. Aquella mañana no era sobre la apariencia: era sobre la presencia.
Antes de salir, le lanzó una mirada más a Gabriela, sonrió y entonces dejó la habitación.
La puerta se cerró sin hacer ruido. Un tiempo después, Gabriela se movió en la cama, despacio, como si su propio cuerpo todavía estuviera decidiendo si quería despertar o no.
Cuando abrió los ojos, la primera sensación fue extraña, una mezcla de cansancio y relajación, el tipo de sensación que rara vez se permitía a sí misma.
Parpadeó unas cuantas veces, se estiró levemente y entonces giró el rostro. La cama de al lado estaba vacía, el espacio frío, intacto.
Gabriela permaneció en silencio unos segundos, mirando el lugar donde él debería estar, y entonces soltó un leve suspiro.
GABRIELA — Claro… — murmuró.
Se sentó despacio, pasándose la mano por el pelo, el cuerpo aún pesado, la mente empezando a funcionar de a poco.
Pero había algo ahí, algo que la incomodaba. No el hecho de que se hubiera ido, sino el modo: sin aviso, sin despedida.
Sin siquiera esperar a que ella despertara. Gabriela frunció levemente el ceño; aquello no cuadraba con el tipo de hombre que ella conocía, o tal vez, con el tipo de hombre que ella esperaba.
Se levantó, caminando hasta el baño. El espejo reflejó su imagen impecable, aun en aquellas condiciones.
Controlada, como siempre, pero los ojos, los ojos cargaban con algo distinto.
Se dio una ducha rápida, dejando que el agua cayera sobre su cuerpo, intentando ordenar los pensamientos, pero la pregunta seguía ahí.
¿Por qué se había ido?
Cuando salió del baño, ya vestida, volvió al cuarto solo para tomar el celular. Ningún mensaje ni llamada.
Gabriela apretó levemente los labios y entonces salió. El olor a café recién hecho llenaba la casa.
Cuando entró a la cocina, encontró a su madre ya sentada a la mesa, hojeando una revista con calma.
TALITA — Buenos días — dijo sin levantar mucho la mirada.
GABRIELA — Buenos días — respondió, sirviéndose café.
Se sentó, tomó un sorbo, silencio, pero no por mucho tiempo. Talita cerró la revista y miró a su hija con una leve sonrisa.
TALITA — ¿Dormiste bien?
Gabriela no respondió de inmediato, solo se llevó la taza a los labios otra vez.
GABRIELA — Dormí.
Simple y controlado, pero no lo bastante convincente. Talita arqueó levemente la ceja.
TALITA — Me imagino.
Gabriela le lanzó una mirada rápida.
GABRIELA — ¿Qué quieres decir con eso?
La madre apoyó el mentón en la mano, observándola con interés.
TALITA — Nada del otro mundo… solo me pareció curioso que tu invitado se fuera tan temprano.
Aquello hizo que Gabriela se detuviera; la taza quedó suspendida en el aire un segundo.
GABRIELA — ¿Lo viste?
TALITA — Claro — respondió, tranquila —. Educado, guapo, discreto. Se fue sin hacer ruido.
Gabriela bajó la taza despacio.
GABRIELA — ¿Habló contigo?
TALITA — Sí.
GABRIELA — ¿Y qué dijo?
TALITA — Dejó un recado.
Ahora sí, la atención de Gabriela cambió.
GABRIELA — ¿Qué tipo de recado?
Talita se inclinó un poco hacia adelante.
TALITA — Pidió que te invitara a una cena.
Gabriela apoyó la taza en la mesa.
GABRIELA — ¿Pidió eso?
TALITA — Lo pidió.
La respuesta fue simple, directa. Gabriela desvió la mirada un instante, pensativa, y entonces volvió.
GABRIELA — ¿Dónde?
Talita sonrió, como si estuviera esperando aquello.
TALITA — En su casa.
Ahora hubo una pausa mayor. Gabriela frunció levemente el ceño.
GABRIELA — ¿Y aceptaste por mí?
TALITA — Dije que pasaría el recado.
Gabriela cruzó las piernas, recostándose en la silla.
GABRIELA — ¿Cuál es la dirección?
Talita no respondió de inmediato, solo observó a su hija un segundo, como si evaluara algo, y entonces dijo:
TALITA — Ya la conoces.
Gabriela entrecerró los ojos.
GABRIELA — ¿Cómo que ya la conozco?
Talita apoyó la revista sobre la mesa.
TALITA — Es el nuevo vecino.
GABRIELA — ¿Vecino?
TALITA — La casa de enfrente.
El mundo pareció reorganizarse por un instante, las piezas encajando: el movimiento reciente, el nuevo residente, el hombre misterioso y ahora…
Aquello.
Gabriela se levantó despacio, caminó hasta la ventana y miró. La mansión de enfrente, imponente, pero ahora con un significado completamente distinto.
GABRIELA — Así que… — murmuró —. Es ahí donde te escondes.
Los ojos concentrados, atentos, interesados. Talita solo observaba, en silencio, sabiendo exactamente lo que aquello significaba. Gabriela cruzó los brazos; una leve sonrisa asomó, no de sorpresa, sino de reconocimiento.
GABRIELA — Cada vez te vuelves más interesante…
Y, por primera vez esa mañana, la incomodidad de que él se hubiera ido sin avisar empezó a cobrar sentido, porque tal vez no había huido.
Tal vez…
Solo tenía algo más importante que hacer, y eso lo volvía todo aún más intrigante.