Sariel portador del séptimo rayo, es elegido por el dios del amor para ser su guardián en la tierra humana, mientras trata de ser el observador cósmico del creador , conocerá la fragilidad de su esencia al conocer el sentimiento que solo los mortales estaban condenados a sentir , él amor , acompaña al guerrero de amatista a encontrar su verdadera misión entre él cielo, la tierra y el infierno en ese extensa línea de la Eternidad
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capítulo 4: Traición al corazón
Capítulo 4. Traición al corazón
Un día el destino con su ironía de cristal, le entregó a Miguel la herramienta perfecta para resolver su dilema, aunque el peso de la culpa todavía se aferraba a sus hombros como una capa de plomo.
La voz del Creador había resonado en la cámara del consejo, con una vibración que hizo temblar los cimientos de la ciudad de plata . Una fuerza antigua y sin nombre agitaba los confines del abismo, amenazando con desbordar el equilibrio de los cielos. Y Miguel, como general de las huestes, recibió la orden directa, debía enviar a un guerrero de valor incalculable para inspeccionar aquella oscuridad
No hubo dudas en su mente estratégica, aunque su corazón dio un vuelco. Pues eligió a Sariel.
- Es una misión de honor, Sariel , dijo Miguel, evitando fijar sus ojos dorados en los de su pequeño hermano. Nadie tiene tu percepción ni tu temple para observar lo que se oculta en el vacío.
Sariel, aunque entristecido por tener que alejarse de los jardines de cristal y de su amada Alanis, aceptó con la devoción de quien sirve a un propósito mayor.
Al poco tiempo Sariel partió a la misión que le fue encomendada , guardando sus sentimientos , por un tiempo no vería a Alanis
Durante ese tiempo ,el guardián contaría con ansias las noches para volver a su lado, lo que él ángel no sabía es que él creador tenía otro plan para el, mientras él cumplía fielmente su encomienda, en los jardines de cristal él amor entre Miguel y Alanis comenzó a cultivarse.
Para Miguel, la partida de Sariel no era solo una misión militar, era el espacio que necesitaba para que el aire cargado de culpa dejara de asfixiarlo.
Sin embargo, Miguel no era un ángel de impulsos ciegos. Antes de dar el paso que cambiaría todo, necesitaba una certeza.
No podía declararse, si el corazón de Alanis ya pertenecía a Sariel, no cargaría con la deshonra de arrebatarle un amor a su hermano de armas.
Utilizando su autoridad, Miguel se acercó a los registros del tiempo y a las esferas de resonancia alma-espíritu, que Alanis custodiaba.
Observó las interacciones pasadas entre Sariel y Alanis a través de los ecos del reloj. Vio a Sariel acercarse a ella con poemas y esencias disfrazadas de enseñanza, y vio la reacción de Alanis.
Lo que descubrió le devolvió el aliento, Alanis recibía a Sariel con un respeto profundo, casi sagrado, lo escuchaba como quien escucha a un maestro o a un guía que señala el camino entre las estrellas, pero sus ojos no brillaban con el fuego del deseo, sino con la luz fría y clara de la admiración platónica.
No había rastro de ese anhelo que quema el pecho, por un instante Miguel respiró sin culpa.
Con Sariel ahora en los confines del abismo, Miguel ascendió a la torre. El sonido rítmico de la arena fluyendo era lo único que llenaba el espacio. Alanis estaba de espaldas, su silueta recortada contra el resplandor del séptimo rayo fracturado.
- General, dijo ella, sin girarse, reconociendo su presencia por la vibración del aire. El tiempo parece correr más lento hoy.
Miguel se acercó hasta quedar a pocos pasos de ella. La confesión que había estado guardando estalló finalmente, pero antes de que él pudiera articular palabra, ella se volvió.
En sus ojos, Miguel no encontró la distancia de una guardiana, sino una vulnerabilidad que nunca antes había mostrado. Alanis ya lo sabía. Ella lo había observado desde su torre tanto como él a ella desde las alturas. El amor de Alanis por Miguel no era una chispa nueva, era una llama antigua que ella había mantenido oculta por respeto al rango de Miguel
- No tienes que buscar respuestas en el reloj, Miguel , susurró ella, dando un paso hacia él. Mi corazón siempre ha latido al ritmo de tu espada y de tu silencio.
La alegría inundó a Miguel, una sensación de triunfo que ninguna victoria en el campo de batalla le había dado jamás.
Por un instante, el caos del séptimo rayo y la amenaza del abismo desaparecieron. Pero en el fondo de su mente, una sombra permanecía
Sariel estaba solo en la oscuridad, cumpliendo una misión que Miguel había usado para despejar su propio camino
El amor entre Alanis y Miguel nació de forma distinta, no fue a través de preguntas o silencios, sino a través del fuego y el deber. Miguel ahora el general de las legiones, él brazo indestructible del creador, veía en Alanis una fuerza que igualaba la suya, una voluntad que, aunque cuestionadora, era capaz de una entrega absoluta.
Un día por mandato del creador ,Miguel y Alanis se encontraban al lado oeste de los jardines de cristal en los campos de entrenamiento, donde la luz del paraíso se volvía acero y disciplina.
Tras una extenuante jornada de maniobras celestiales, se quedaron solos bajo la sombra de los cedros de plata.
Él la observaba envainar su espada de luz
-Luchas como si el destino del cielo dependiera solo de ti, Alanis, dijo Miguel, con una admiración que rara vez mostraba.
En ella no veía solo a una guerrera, sino a un alma vibrante que le recordaba por qué valía la pena proteger la creación. Ella se acercó, sintiendo el calor que emanaba de la presencia de Miguel.
- Quiero proteger lo que amo, Miguel. Respondió Alanis con un sonrojo en el rostro
- En ese instante, el guerrero imbatible bajó la guardia.
Miguel miró a Alanis, y por primera vez, la frialdad de su disciplina militar se suavizó al ver la determinación en el rostro de la guardiana. Ella, por su parte, sintió que el peso de los siglos ya no era tan abrumador, pensó que ahora tenía un pilar en el cual apoyarse.
Miguel sonrió
-Parece que mi espada ahora le pertenece a tu tiempo, guardiana, dijo Miguel con una inclinación de cabeza.
Alanis estaba enamorada de Miguel, desde hacía un tiempo ya y con anhelo deseaba su amor fuera correspondido de igual manera ... Continuará