Él dijo que era la peor novela que había leído.
El universo decidió convertirlo en protagonista.
Johan Libert tenía una misión sencilla: entrar en una novela, demostrar que la historia era absurda y salir victorioso.
Pero el destino tenía otros planes.
Después de criticar públicamente una historia por ser “incoherente”, Johan despierta en un mundo donde existen alfas, betas y omegas.
Y descubre algo todavía peor.
Él es un omega.
Para regresar a su mundo deberá cumplir una condición completamente ridícula: conquistar al hombre que el sistema ha elegido como su pareja destinada.
Un alfa frío. Poderoso. Terriblemente atractivo.
Y, para desgracia de Johan…
completamente obsesionado con él.
—¡Esto no tiene sentido! —grita Johan.
El sistema responde:
[Corrección detectada.]
[El protagonista acaba de enamorarse.]
—¡YO NO ME ESTOY ENAMORANDO!
[Negación registrada.]
[Nivel de enamoramiento: 87 %.]
Ahora Johan tendrá que sobrevivir a un romance que jamás pidió.
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Los otros omegas del alfa… Pero tú eres mi favorito
El coche se detuvo frente a un club privado, imponente y silencioso. Adrián bajó primero, le abrió la puerta sin sonreír, sin exceso de cortesía, pero sin dejarlo esperar. Al entrar, todos los ojos se posaron en ellos. Los murmullos empezaron de inmediato, bajos, inquietos. Johan sintió el impulso de bajar la mirada, pero la mano de Adrián en su cintura lo detuvo de inmediato: firme, claro, una advertencia y un reclamo a la vez.
—La cabeza en alto —le susurró al oído—. No avergüences lo que es mío.
Lo guio hacia una zona privada, donde ya había otros tres omegas sentados, esperando. Levantaron la vista al verlos, y Johan sintió que el corazón se le detenía. Eran hermosos, todos diferentes, todos marcados en el cuello con la misma marca que él llevía. Los tres miraron a Adrián con devoción, y luego a él, con una mezcla de curiosidad y envidia.
—Adrián —saludó uno de ellos, de cabello oscuro y ojos suaves—. Llegaste tarde.
—Tengo asuntos —respondió él con sequedad, y se sentó, tirando de Johan para que se colocara a su lado, en el lugar más cercano, el de honor—. Acérquense.
Los tres omegas se acercaron, respetuosos, sin invadir su espacio. Uno le sirvió una copa, otro le ajustó la almohada del asiento, el tercero se quedó de pie, esperando una orden. Johan observaba todo, sintiéndose fuera de lugar, un duplicado más en una colección que no conocía.
—No los conoces —dijo Adrián, sin quitarle la mano de la cintura—. Este es Luka, este es Elías, y este es Marco. Los tres son mis omegas. Los tres llevan mi marca. Los tres me pertenecen.
Johan tragó saliva.
—¿Todos? —susurró, con la voz apenas audible—. ¿Todos a la vez?
—¿Crees que un alfa como yo se conforma con uno solo? —respondió él, con calma, como si hablara del clima—. Cada uno tiene su uso. Cada uno cumple su función. Luka me acompaña en eventos diplomáticos. Elías maneja mis finanzas y mis cuentas. Marco… —lo miró de reojo— Marco se encarga de lo que los otros no hacen.
Los tres asintieron, sin ofenderse, sin cuestionar. Para ellos era la norma. Era su lugar. Y Adrián los miró a todos, antes de volver a clavar sus ojos en Johan. Levantó una mano y le acarició la marca del cuello, despacio, mientras hablaba para que todos oyeran:
—Los tres son útiles. Los tres son míos. Y los tres… son reemplazables. —Se inclinó hacia Johan, bajando la voz solo para él, aunque todos escuchaban—. Pero tú… tú eres diferente. No te doy una tarea. No te doy una función. Porque no eres una herramienta. Eres mi favorito. El primero. El que nadie puede igualar. Nadie ocupa tu lugar. Nadie tiene mi atención como tú. ¿Entiendes ahora por qué te celo? ¿Por qué te encierro? Porque si te pierdo… no tengo a nadie más como tú.
Johan sintió un nudo en la garganta. No era amor. No era exclusividad. Era prioridad. Era el puesto más alto en una jerarquía que él no había elegido, pero que lo ponía por encima de todos los demás. Los otros omegas bajaron la mirada, aceptando su lugar, sin resentimiento, sin protesta.
—¿Y ellos? —preguntó Johan, señalando con la mirada a los tres—. ¿Qué sienten? ¿No les importa?
—Les importa lo que yo decida que les importe —respondió Adrián, sin mirarlos—. Saben su lugar. Saben que yo los protejo, los mantengo, los cuido. Y saben que tú… estás por encima de todos. Así que cuando tú hables, ellos escuchan. Cuando tú pidas, ellos obedecen. ¿Quedó claro?
—Sí, Adrián —respondieron los tres al unísono.
Adrián volvió a mirar a Johan, con esa intensidad que lo hacía sentir desnudo por dentro.
—No pongas cara de culpa —le dijo, tomándole la barbilla—. Tú no pediste esto. Yo te elegí. Por encima de todos. Y eso te da poder sobre ellos. Úsalo. No seas débil. Si alguien te molesta, me lo dices. Si alguien te desobedece… lo castigo yo. Eres mi favorito. Actúa como tal.
Se giró hacia los tres omegas, y su voz se volvió fría y autoritaria:
—Lo que él diga, va a mis oídos como si lo hubiera dicho yo. Lo que él ordene, se cumple. Si veo que alguno lo trata con menos respeto del que se merece… ya saben qué pasa.
—Sí, Adrián —repitieron, inclinando la cabeza.
Johan se quedó quieto, con la mano de Adrián aún en su cintura, sintiendo el peso de esa palabra: favorito. No era todo. No era suficiente. Pero era más de lo que nadie tenía. Y en ese mundo de reglas frías y posesión absoluta, era la única clase de cariño que él sabía dar.
[⚠️ INFORMACIÓN — Estatus actualizado: OMEGA PRINCIPAL / FAVORITO.]
[Jerarquía establecida: Tú estás por encima de los demás omegas. No hay exclusividad, sí prioridad absoluta.]
[Adrián no comparte su corazón… pero comparte su vida. Y te da el primer puesto.]
Adrián le acercó una copa, sin dejar de mirarlo.
—Bebe. Disfruta. Hoy no hay cadenas. Solo hay reglas. Y la regla principal es esta: tú eres mío. Y ellos saben que tú eres el primero.
Johan tomó la copa, miró a los otros omegas, que lo miraban con respeto y algo de envidia. Y luego miró a Adrián, el hombre que no le daba todo, pero que le daba más que a nadie.
—Entendido —dijo, y por primera vez, no sonó a sumisión. Sonó a aceptación de su poder—. Soy tu favorito.
—Exacto —respondió él, satisfecho, y le rozó los labios con el pulgar—. Y no lo olvides nunca. Porque cuando te digo eso… lo digo en serio.