Después de descubrir a su prometido en la cama con su prima y su propia secretaria, Camila Reinhart decide hacer lo que mejor sabe: levantarse, romper las reglas y vengarse con inteligencia.
Huye a Alemania buscando libertad… y termina pasando una noche inesperada con un hombre tan frío como irresistible. Un desconocido con acento alemán, mirada de acero y un control que la hace perder el suyo.
Lo que Camila no imagina es que ese hombre no era un cualquiera.
Era Maximilian Brandt.
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Capitulo 11
Maximilian
Verla entrar a mi oficina me sorprendió.
No porque dudara de sus capacidades, sino porque no sabía que ella trabajaba ahí. Precisamente ahí. En la empresa que acababa de comprar. En el mismo edificio. En el mismo piso. En mi radar profesional.
Y lo peor de todo: ya me había acostado con ella.
La regla era clara. No relaciones con empleados. Nunca. No por moral, sino por eficiencia. Las emociones entorpecen el juicio, y yo no podía permitirme errores. Pero Camila Reinhart no era una empleada cuando la conocí. Era una mujer en una rave, libre, intensa, sin nombre ni pasado.
Ahora tenía nombre. Cargo. Historia. Y un pasado que, por lo visto, se entrelazaba peligrosamente con el presente.
Antes de que entrara a mi oficina esa mañana, había pensado en ella. No como subordinada. Como mujer. Había considerado repetir lo de Berlín esa misma noche. Sin promesas, sin explicaciones. Solo deseo.
Cuando pronuncié su apellido y levanté la vista, entendí que no era una coincidencia.
No le di importancia en ese momento. No porque no me importara, sino porque el desastre que encontré en la empresa era mayor. Procesos mal diseñados, cargos duplicados, egos inflados y cero disciplina real. Había demasiado que cambiar.
A Camila le di el puesto de Coordinadora Senior de Planeación Estratégica y Control Operativo, un área clave en una firma de asesoría financiera y estrategias económicas. Era un cargo transversal, conectado con Recursos Humanos, auditoría interna y evaluación de desempeño. No era un ascenso decorativo. Era un puesto de confianza.
Y lo hice por una razón simple: era la más preparada.
No necesitaba agradarme. No necesitaba venderse. Sus informes hablaban por ella.
Arismendi, en cambio…
Sebastián Arismendi se movía como alguien acostumbrado a ser observado. Demasiado seguro. Demasiado consciente de su reflejo. Inflado. Ese tipo de personas son útiles o peligrosas. A veces ambas cosas.
Decidí someterlos a una prueba general de conocimientos. Nada anunciado. Nada maquillado. Los números no mienten, y las personas tampoco cuando se les quita el guion.
Por la tarde, Helena Krüger, mi secretaria —eficiente, puntual, impecable—, dejó un folder sobre mi escritorio.
—El informe de relaciones internas que solicitó —dijo.
Asentí.
No solía revisar ese tipo de documentos personalmente, pero algo me dijo que lo hiciera esta vez.
Y ahí estaba.
Camila Reinhart — Sebastián Arismendi.
Relación sentimental previa. Convivencia registrada durante cinco años. Cambio reciente de dirección por parte de ella. Ruptura confirmada.
Cinco años.
Es una vida compartida. No una aventura. No un capricho.
Cerré el folder lentamente.
Eso explicaba muchas cosas. La tensión. Las miradas. El veneno disfrazado de cordialidad. También explicaba la postura de Arismendi, su necesidad constante de imponerse.
Y explicaba algo más que no me gustó reconocer: la determinación de Camila.
Una mujer que rompe una relación de cinco años no se quiebra fácilmente. Se reconstruye. Y suele hacerlo con precisión quirúrgica.
Salí de la oficina más tarde de lo habitual. Nueva York seguía siendo Nueva York: ruidosa, invasiva, arrogante. Caminé hacia el apartamento. Necesitaba silencio. Pensar. Ordenar.
Y entonces la vi.
Camila.
Estaba a media cuadra, discutiendo con un hombre. No era una conversación normal. Sus movimientos eran bruscos. Él la sujetaba del brazo. Ella intentaba zafarse.
Me detuve en seco.
El hombre se inclinó hacia ella. Camila retrocedió un paso. Forcejeaban.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.