Lyanne Vesper siempre fue considerada la hija dócil de la poderosa Casa Vesper. Dulce, obediente y sin ambición. Una señorita incapaz de hacer daño. Pero todos estaban equivocados.
Lyanne no se volvió mala por culpa del mundo. Nació así. Desde niña aprendió a esconder sus colmillos detrás de una sonrisa inocente y a convertir las debilidades ajenas en armas.
Cuando el heredero Kaelen la toma como esposa mientras continúa obsesionado con Wynne, Lyanne comprende que el amor nunca será su moneda de cambio. Si no puede tener su corazón, tendrá algo mucho más valioso: el poder.
Entre intrigas, traiciones, venenos, guerras entre clanes y una lucha por el Trono de la Luna, Lyanne moverá cada pieza sin que nadie descubra quién está detrás.
Porque cuando todos creen estar jugando contra ella…
ya han perdido.
Y Lyanne solo sonríe.
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LA ELECCIÓN
El sol de la mañana caía sobre el Gran Salón del Trono, pero la luz no lograba calentar el aire helado que se respiraba allí. La anciana Alfa Mara estaba sentada en el trono de obsidiana, imponente como una estatua tallada en la roca viva. A su derecha, Kaelen, inquieto, con las manos apretadas a los costados, incapaz de permanecer quieto. Y frente a ellos, de pie, con la mano posada suavemente sobre mi vientre, yo. Lyanne, la esposa legítima, la portadora del heredero. La que ahora tenía el mundo en sus manos.
Mara golpeó el reposabrazos con un dedo, una sola vez, y el sonido resonó en toda la sala como un trueno lejano.
—El clan necesita claridad —dijo, su voz cortante y sin emoción—. El tiempo de las dudas ha terminado. Tienes una esposa, Kaelen. Llevas en su vientre al heredero legítimo, concebido antes de cualquier desgracia. Su sangre es pura, su linaje intachable. Es la futura Alfa que este pueblo necesita. Y hay otra mujer. Una extranjera, sin nombre, sin casa, que te ha llenado la cabeza de nubes y el corazón de debilidad. No pueden estar ambas. No pueden gobernar la sombra y la luz al mismo tiempo. Elige.
Kaelen dio un paso adelante, con el rostro desencajado por la angustia.
—Madre, no puedes pedirme eso. Wynne… ella sufre. Perdió a su hijo. No puedo echarla ahora. Sería cruel. Sería injusto.
—¿Injusto? —repitió Mara, inclinándose hacia adelante con una frialdad que heló la sangre de todos los presentes—. ¿Y es justo para Lyanne? ¿Es justo para el niño que lleva en su vientre? ¿Es justo para el pueblo que necesita un rey, no un hombre roto por un capricho? —Señaló con un gesto seco—. Si la eliges a ella, renuncias al trono hoy mismo. El linaje no se corrompe. Si la mantienes, pierdes la corona. Si la envías lejos, te quedas con tu deber y con tu pueblo. Tienes hasta el atardecer. No habrá prórroga. No habrá otra oportunidad.
Kaelen salió del salón sin mirarme, con paso torpe, como si el suelo se moviera bajo sus pies. No me miró con odio, ni con amor. Me miró con miedo. Y eso, pensé, era el principio del fin.
Regresé a mis aposentos. Elara caminaba de un lado a otro, inquieta, retorciéndose las manos.
—Señorita… ¿y si elige a ella? ¿Si renuncia al trono? ¿Qué será de vos, del niño… de todo?
Me senté junto a la ventana, mirando hacia el bosque, hacia el camino que llevaba al refugio donde él iría ahora a buscarla.
—No lo hará —dije con calma—. No es tan fuerte. Su amor es grande, pero su ambición es más grande aún. Creció esperando este trono. Se formó para él. No lo dejará ir por nadie. No cuando la elección duele tanto. Porque lo que duele y se soporta… demuestra de qué estás hecho.
—¿Y si se equivoca?
—Entonces yo lo arreglo —respondí, posando la mano sobre mi vientre—. Porque yo no elijo. Yo construyo. Y si él cae, yo levanto el reino sobre sus ruinas. No tengo miedo, Elara. No cuando llevo dentro el futuro. Nadie puede quitarme lo que crece aquí. Nadie.
Las horas pasaron lentas. El sol comenzó a descender, tiñendo de fuego las torres de la Ciudadela. Cuando la luz empezó a apagarse, la puerta se abrió. No fue Elara. Fue Kaelen.
Entró despacio, sin encender las lámparas. La luz crepuscular lo bañaba todo de sombras, y él parecía una sombra más. Se detuvo frente a mí, y vi que sus ojos dorados estaban apagados, cansados, como si hubiera envejecido diez años en una tarde.
—Fui a verla —dijo, con voz ronca, quebrada—. Le dije que tenía que irse. Que no podía quedarse. Que… que el trono pesa más que mi corazón.
Sentí un alivio frío y limpio. No alegría por su dolor, sino alivio por mi victoria.
—¿Qué dijo? —pregunté suavemente.
—Me maldijo —respondió él, bajando la cabeza—. Me dijo que era un cobarde. Que la cambié por una corona. Que nunca sería feliz. Y tiene razón, Lyanne. No seré feliz. Pero seré rey. Eso es lo que importa, ¿no?
—Eso es lo que se espera de ti —dije, acercándome un paso, sin tocarlo—. No te pedí que la olvidaras. Solo te pedí que cumplieras con tu deber. Y lo hiciste. Por tu pueblo. Por tu hijo. Por todo lo que amas, aunque no sea yo.
Me miró entonces, y en su mirada había una mezcla de gratitud y rencor. Como si yo fuera la causa de su pérdida, y a la vez su único refugio.
—¿Sabes lo peor? —susurró—. No te odio por haberla enviado lejos. Te odio porque no me culpas. Porque estás aquí, firme, segura, como si nada se hubiera roto. Como si no me doliera respirar.
—Porque yo no rompo nada —respondí con firmeza—. Solo recojo los pedazos que tú dejas caer. Y si quieres que estemos juntos, si quieres que este reino se mantenga en pie… tendrás que aprender a verme a mí. No como la sustituta, no como la obligación. Sino como tu igual. Porque yo soy la única que no te va a fallar. La única que no te pedirá que elijas entre ella y tu deber. Yo soy tu deber, Kaelen. Yo soy tu corona.
Se quedó callado un largo momento, con la mirada perdida en la oscuridad que caía sobre el valle. Luego, asintió, despacio, como quien acepta una condena.
—Se irá al amanecer. La escoltarán hasta la frontera del clan. No volverá. —Levantó la vista hacia mí—. Y tú… serás mi reina. En nombre y en hecho. Pero no te pidas mi corazón. Porque se lo llevan.
—No quiero lo que se fue —respondí, con una calma que lo inquietó más que cualquier grito—. Quiero tu mano. Tu fuerza. Tu lealtad al trono. Lo demás… no me hace falta.
Se marchó sin decir nada más. Cerró la puerta tras de sí, y el silencio volvió a llenar la habitación, pero ya no era un silencio de espera. Era un silencio de victoria.
Elara entró poco después, con los ojos muy abiertos, sin atreverse a hablar hasta que la puerta estuvo cerrada.
—¿Se fue? —susurró—. ¿Ella… de verdad se va?
—Al amanecer —confirmé, sentándome de nuevo junto a la ventana—. Wynne desaparece de nuestra vida. Pero no la olvides, Elara. Porque mientras ella esté lejos, seguirá siendo su recuerdo. Su fantasma vivirá entre nosotros. Y ese fantasma… tendré que aprender a convivir con él.
—¿Y no os da miedo? ¿Que algún día vuelva?
Miré hacia el horizonte, donde la última luz del sol se apagaba. Puse una mano sobre mi vientre, y sentí una calma absoluta, profunda, la de quien ha ganado la batalla más difícil: la de la voluntad.
—Que vuelva si se atreve —dije con voz baja y firme—. Pero cuando regrese, encontrará un trono consolidado. Un heredero. Y una reina que no se asusta de sombras. Mientras tanto… que lleve su dolor con ella. Que aprenda que el amor no basta para gobernar. Que el trono no se hereda con lágrimas. Se toma con las manos desnudas. Y yo… ya lo tengo en las mías.
Esa noche no escribí en mi cuaderno. No hacía falta. La decisión estaba tomada. Las piezas se habían asentado. La partida había cambiado para siempre. Y cuando saliera el sol, la Ciudadela despertaría sin la mujer que dividía al reino. Despertaría con una sola reina en camino. Con un futuro claro. Conmigo.
—Descansa, pequeño —susurré a la oscuridad, tocando mi vientre—. El mundo ya no nos separará de él. Ahora nos toca crecer. Y crecer… es devorar lo que nos quiere impedir.