Un imperio construido sobre el control. Una atracción que amenaza con destruirlo todo.
En el piso cuarenta y dos de Vance Financial, la regla es simple: la eficiencia se premia y las emociones no existen. Alexander Vance es un CEO implacable, calculador y distante, un hombre que ha convertido su vida en un mecanismo perfecto para sepultar la culpa de un pasado oscuro y un secreto familiar que podría arruinarlo.
Elena Ross llegó a su oficina solo para pagar las deudas de su familia, pero su resiliencia y templanza la convierten en la única asistente capaz de soportar la frialdad de Vance. Sin embargo, detrás de la fachada profesional, una química sofocante e innegable comienza a desgastar las barreras de ambos.
Cuando una serie de amenazas anónimas y un juego de poder corporativo ponen en riesgo la vida de Elena, el control de Alexander se fractura. Obligados a protegerse en medio de un nido de traiciones, la línea entre la lealtad, el deseo y el peligro empieza a borrarse.
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Capitulo 20: Aguas salvajes
El Caribe se desplegaba frente a ellos como una alfombra de zafiro líquido bajo el sol radiante de la tarde. A veinte millas de la costa, donde las rutas comerciales no llegaban y el horizonte pertenecía únicamente al océano, el superyate de la familia Vance cortaba las olas con una elegancia silenciosa.
En la cubierta superior, la brisa marina agitaba los vestidos ligeros y traía el aroma a salitre y libertad. Elena estaba de pie junto a la borda de teca, luciendo un traje de baño blanco bajo una túnica de seda transparente que ondeaba con el viento. Saboreaba una copa de champán helado mientras contemplaba la inmensidad del agua, sintiendo la paz absoluta que solo aquel rincón del mundo podía brindarle.
Unos pasos firmes y pausados anunciaron la presencia de Alexander. El ejecutivo había cambiado los trajes de tres piezas por un pantalón corto de lino negro y la camisa desabotonada que dejaba al descubierto su torso esculpido y bronceado.
Sin decir una palabra, Alexander se colocó detrás de ella. Rodeó su cintura con posesividad firme, pegando la espalda de Elena contra su pecho cálido. Hundió el rostro en la curva de su cuello, aspirando la mezcla de brisa marina y la fragancia de jazmín que lo enloquecía desde el primer día.
—Llevas diez minutos mirando el horizonte sin decir nada, señora Vance —murmuró Alexander contra su piel, depositando un beso caliente justo donde la clavícula de Elena se unía con el hombro.
Elena sonrió, apoyando la cabeza en el hombro de su esposo y dejando que los dedos de Alexander se enredaran en los suyos, haciendo refulgir sus alianzas bajo la luz del sol.
—Estaba pensando en la primera vez que entré a tu oficina —confesó ella con ternura—. Eras un hombre frío, inaccesible, rodeado de papeles, amenazas y una armadura que parecía imposible de romper. Jamás imaginé que terminaríamos en medio del mar, lejos de todo el mundo.
Alexander soltó un gruñido bajo, una mezcla de autocontrol perdido y devoción pura. Le quitó la copa de la mano, dejándola sobre la mesa de teca, y la giró entre sus brazos para sostenerla por la cintura, mirándola directamente a los ojos grises con esa intensidad que a Elena aún le aceleraba el corazón.
—Esa armadura solo existía porque no te había encontrado a ti —dijo él en un susurro grave, acariciándole el pómulo con el pulgar—. No hay un solo dólar en la bolsa de valores ni un solo activo en esta corporación que valga la mitad de lo que siento cuando te tengo así.
—¿El gran Alexander Vance se ha vuelto un romántico? —provocó ella con picardía, enredando los brazos alrededor de su cuello.
—Solo contigo, Elena —sentenció él, bajando la cabeza para capturar sus labios en un beso profundo, lento y hambriento que suprimió cualquier intento de réplica.
El contacto del sol en la piel, el vaivén rítmico del yate y la cercanía de sus cuerpos convirtieron el beso en una marea de calor instantáneo. Las manos de Alexander bajaron por los costados de Elena, despojándola de la túnica de seda para dejarla flotar sobre la cubierta, mientras sus dedos se ceñían a sus caderas con una fuerza dominante.
Elena ahogó un suspiro contra la boca de Alexander cuando él la cargó sin esfuerzo, llevándola hacia los cómodos sofás de la cubierta privada del puente superior, protegidos de la vista del personal por los paneles de cristal ahumado.
La depositó sobre los cojines con una lentitud venerativa antes de colocarse sobre ella. Alexander la observó de arriba abajo, fascinado por la belleza sin filtros de su esposa, rindiéndose por completo a la obsesión que la mujer que había salvado su vida le despertaba.
—Esta semana el mar es nuestro, Elena —murmuró Alexander contra su vientre, descendiendo con sus besos por su piel tibia mientras la desnudaba bajo el sol del Caribe—. No hay juntas, no hay rivales, no hay sombras. Solo mi necesidad de recordarte a quién le perteneces.
—Soy tuya, Alexander —respondió ella en un jadeo apasionado, clavando sus uñas en la espalda firme de su esposo mientras el susurro de las olas acompañaba la entrega absoluta de su amor en altamar.