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DE SUPER AGENTE A MARIDO MANTENIDO

DE SUPER AGENTE A MARIDO MANTENIDO

Status: En proceso
Genre:Matrimonio arreglado / Fantasía épica / Aventura
Popularitas:446
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Victoria Hale tiene poder, dinero y un imperio millonario que defender. Lo último que realmente necesita es un marido mantenido, torpe y aparentemente inútil como Adrián Blake.
Para todos, Adrián es el hombre perfecto para una vida cómoda: cocina, hace bromas, come donas y deja que su esposa pague las cuentas. Victoria está convencida de que su mayor problema es tener que soportarlo.
Pero detrás de esa sonrisa ridícula existe otra verdadera realidad.
Adrián es un hombre audaz, estratega y peligrosamente inteligente. Su torpeza es una máscara. Sus accidentes son calculados. Y mientras Victoria intenta descubrir qué oculta su esposo, enemigos poderosos comienzan a acercarse a ellos.
Entonces, la máscara empieza a romperse.
Victoria descubre que el hombre que creyó mantener podría ser el único capaz de protegerla. Y que su matrimonio esconde un secreto mucho más peligroso de lo que jamás imaginó.
Porque Adrián no pertenece a este siglo.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Me humillaron delante de todos

Me quedé mirando el teléfono que seguía vibrando sobre la mesa, como si el aparato mismo tuviera prisa por ver el mundo arder. Qué curioso: el mensaje llegaba en el momento exacto en que ella me cuestionaba. Tan perfecto, tan oportuno… que olía a trampa desde el kilómetro uno. Literalmente.

—¿Miller? —pregunté, rascándome la cabeza con aire confundido—. ¿El tipo gordo de la cena? Oye, no sé qué te crees que hago en mis ratos libres, pero si te escribo para arruinarte la vida, te aseguro que el mensaje no sería tan aburrido. Le pondría al menos un emoji. Un fuego, quizás. O una calavera. Algo con personalidad.

Victoria no se relajó ni un milímetro. Su mano seguía temblando, aunque ahora no era solo miedo: era rabia pura, la clase de furia que ciega y destruye.

—No finjas —escupió, señalándome con un dedo que parecía un cuchillo—. Esto es su número. Lo reconozco. Cifrado, privado, solo para negocios sucios. Tú trabajas para él. Me advertiste sobre los contadores para ganar mi confianza, y ahora… ahora dañas desde adentro.

—Vaya, qué guion tan dramático —bostecé, estirándome con pereza—. Si así escriben las conspiraciones, no me extraña que siempre fallen. Mira, piénsalo un segundo: si yo fuera un espía, ¿crees que dejaría el teléfono sobre la mesa para que lo vieras? ¿No lo tendría escondido? ¿Apagado? ¿O lanzado por la ventana? Soy inútil, Victoria, no idiota. Hay una diferencia. Una muy grande.

Ella dudó. Fue mínimo, apenas un parpadeo, pero fue real. La lucha con la lógica era algo que su mente no podía ignorar, por mucho que sus emociones le gritaran lo contrario.

—Mañana —dijo, recuperando parte de su frialdad, aunque la voz seguía tensa—, vienes conmigo a la gala del Club Náutico. Estarás a mi lado cada segundo. Si hablas con alguien que no debas, si haces un solo movimiento extraño… te entrego a la policía con pruebas suficientes para que no veas el sol en diez años. ¿Entendido?

—Perfecto —asentí con una sonrisa aliviada—. ¿Sirven langosta ahí? Porque si voy a ser sospechoso, al menos que sea con el estómago lleno.

Me quedé solo en la oscuridad cuando se fue. Cerré los ojos, pero no para dormir: para calcular. El mensaje era una trampa, eso era evidente. Alguien quería que ella desconfiara de mí antes de que pudiera ganarme su confianza por completo. Alguien sabía que yo no era el Adrian de antes. Y eso… eso era un problema mucho mayor que Miller y sus mensajes de tres palabras.

—Interesante —murmuré para la habitación vacía—. Tengo un enemigo que piensa como yo. Qué fastidio.

 

La gala del Club Náutico era el paraíso de la hipocresía, o el infierno de la honestidad, según cómo lo miraras. El muelle estaba flanqueado por yates que costaban más que el PIB de una nación pequeña, y el aire olía a salitre, champán que costaba trescientos dólares la botella y perfumes que intentaban sin éxito ocultar el olor a codicia.

Victoria estaba deslumbrante, por supuesto. Vestía un traje negro de espalda descubierta que parecía diseñado para dejar claro que ella no pedía permiso para existir. Caminaba con la barbilla en alto, ignorando los susurros que nos seguían como una estela de basura. Yo, por mi parte, caminaba un paso por detrás, con la corbata ligeramente torcida y una sonrisa vacía, interpretando mi papel de "marido trofeo defectuoso" con la dedicación de un artista.

—Recuerda —me susurró entre dientes sin dejar de sonreír a las cámaras—, un solo error y es el fin. No hables con nadie. No te alejes. Y por el amor de Dios, no derrames nada.

—Tranquila, querida —respondí en el mismo tono, con una sonrisa de idiota feliz—. Solo estoy aquí por los canapés de langosta. Todo lo demás es aburrimiento. Prometo no estorbar.

No tardamos nada en ser rodeados. En este círculo, humillar al esposo de Victoria Hale era el deporte nacional, y yo era el balón.

—¡Pero si es el gran Adrian Blake! —la voz pertenecía a Julian, un hombre que vestía demasiado caro y sonreía demasiado poco—. Escuché que anoche tuviste un momento de lucidez en la cena. ¿Fue un milagro de la medicina o finalmente aprendiste a leer?

Las risas estallaron a nuestro alrededor, secas y crueles. Victoria no dijo nada. Me dejó solo. Observando. Evaluando. Como siempre.

—Fue el agua mineral, Julian —respondí, rascándome la mejilla con timidez fingida—. Me dio una claridad terrible. Casi pude entender por qué tu empresa perdió la licitación de los muelles el mes pasado. Algo sobre… cálculos mal puestos… o materiales más baratos de lo que declaraste… no entendí mucho —me encogí de hombros—. Pero sonaba caro, eso sí.

Julian se puso rígido de golpe. Su sonrisa se congeló como hielo sucio.

—¿De qué hablas? —soltó, demasiado rápido.

—¿Yo? De nada —levanté las manos, inocente—. Solo repetí lo que escuché en el baño. Los hombres hablan de cosas raras ahí, ¿sabes? Yo no entiendo nada. Soy solo un marido bonito y vacío. Como un jarrón.

Victoria entrecerró los ojos. Me miró como si por primera vez se estuviera dando cuenta de que el jarrón tenía ojos.

—¡Adrian! —me quitó una copa de champán que acababa de tomar de una bandeja—. Dijimos nada de alcohol.

—¡Oh, cierto! Lo olvidé —sonreí—. Es que se parece tanto al jugo de manzana…

La humillación no se detuvo ahí. Durante la subasta benéfica, Julian y su círculo se encargaron de convertirme en el blanco de cada broma, cada comentario cortante, cada risita a mis espaldas. Yo me reía con ellos, asentía, fingía que no entendía. Porque mientras ellos se burlaban de mí, no me vigilaban. Y mientras no me vigilaban, yo veía todo.

Fue entonces cuando lo vi.

—Victoria —susurré, acercándome a ella mientras la multitud aplaudía un cuadro ridículamente caro—. Ese tipo de allá, el del traje gris… ¿no es el que lleva tu agenda de pagos?

—Es Marcus, mi asistente de absoluta confianza —respondió ella con frialdad—. No hables de lo que no entiendes.

—Es que tiene una mancha de salsa… o… no sé… parece como si escondiera algo —dije, con voz dudosa—. Pero igual es mi imaginación. Soy muy imaginativo, ¿sabes? Veo cosas donde no las hay.

Victoria se quedó helada. Giró la cabeza lentamente. Y vio.

Marcus. Junto a Miller. Intercambiando un sobre. Demasiado rápido. Demasiado discreto. Para cualquiera, nada. Para alguien que sabe buscar la mentira en el movimiento de las manos, era una confesión completa.

Un instante después, la seguridad del club se acercó. Serios, educados, implacables.

—Señora Hale —dijo el jefe de seguridad con voz firme—, lamentamos informarle que hay un problema con su acreditación de pago para la subasta. Sus cuentas parecen estar bloqueadas. Otra vez.

El murmullo se convirtió en un rugido. Victoria Hale, la mujer intocable, la reina de hielo… fallando. Delante de todos.

—Yo… debe haber un error —balbuceó, perdiendo el control por un segundo.

—Seguro que es un error —intervine, dando un paso adelante, tropezando ligeramente como si no quisiera llamar la atención—. A lo mejor es que el banco se asustó porque vio que alguien intentó mover dinero desde una cuenta secundaria a las tres de la mañana. ¿Verdad, Marcus?

Giré hacia él con una sonrisa amable, inocente.

—¿Verdad? —repetí suavemente.

Marcus palideció. Miller desvió la mirada. Victoria entendió todo en un segundo.

Salimos bajo una lluvia de flashes. Nadie dijo una palabra hasta que las puertas del coche se cerraron tras nosotros, aislando el mundo exterior. El silencio dentro era más pesado que el ruido de afuera.

—Marcus era el traidor —dijo Victoria al fin, su voz plana, sin fuerza—. Estuvo conmigo seis años.

—Vaya… qué trama tan complicada —bostecé, mirando por la ventana como si todo aquello no tuviera nada que ver conmigo—. La gente decepciona, ¿no? O tal vez siempre fue así y nadie se molestó en mirar bien.

Ella se giró hacia mí de golpe. Me agarró de la corbata, con una fuerza que me sorprendió. No me hizo daño, pero no me soltó.

—¿Cómo lo sabías? —preguntó, sus ojos buscando en los míos algo que no podía nombrar—. Nadie tiene tanta suerte dos veces. Nadie adivina así por casualidad.

Me quedé mirándola, muy cerca. Demasiado cerca para ser seguro.

—A veces… —dije despacio, sin apartar la vista— las cosas solo… pasan.

Me soltó lentamente, como si temiera que soltarme significara perder algo que aún no entendía.

—No eres suerte —susurró para sí misma—. No puede ser.

El coche se detuvo frente a la mansión. Martha nos esperaba en la entrada, pálida, con las manos entrelazadas.

—Señora… —dijo con voz temblorosa—. Han llegado hombres de la junta directiva. Dicen que tienen una orden para auditar sus archivos personales. Ahora mismo.

Victoria se tambaleó. El golpe final.

Miré a los hombres de traje negro que esperaban en el vestíbulo. Luego a ella. Y luego… sonreí.

—Bueno —dije, quitándome la chaqueta con calma—, parece que no debería acercarme mucho a los ordenadores… siempre termino rompiendo algo, ¿no?

Nadie se rió. Y por primera vez en mucho tiempo… nadie me miró como si fuera un inútil. Me miraron como si fuera algo mucho más peligroso.

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