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EL SILENCIO DE LOS CORDEROS DE CEMENTO

EL SILENCIO DE LOS CORDEROS DE CEMENTO

Status: Terminada
Genre:Mafia / Completas
Popularitas:198
Nilai: 5
nombre de autor: MISTER (X)

Brooklyn, 1986. Dante Rizzuto tiene doce años cuando presencia el funeral de su padre, Enzo, un capo de la mafia asesinado en un callejón. Su tío Salvatore, el nuevo jefe de la familia, lo cría bajo el código de la Cosa Nostra: el respeto se gana con poder, el poder se mantiene con miedo. Bajo la tutela de su tío, Dante se convierte en "Il Fantasma", un asesino frío y calculador que se mueve entre las sombras del bajo mundo de Nueva York.

Pero el pasado nunca muere del todo. Cuando Dante conoce a Elisa, una fotógrafa de arte que ve más allá de su fachada de hombre de negocios, comienza a cuestionar todo lo que ha aprendido. El amor se convierte en su primer acto de rebeldía, y la traición de su tío desencadena una guerra que lo enfrentará a su propia sangre.

En una carrera contrarreloj entre la venganza y la redención, Dante deberá infiltrarse en la fortaleza de su tío durante la Noche de las Máscaras, una velada veneciana donde los capos de las cinco familias celebran una tregua fic

NovelToon tiene autorización de MISTER (X) para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL ARTE DE LA GUERRA

Capítulo 4

Los meses siguientes fueron una guerra de guerrillas, una danza macabra de sangre y poder. Los negocios de los Rizzuto sufrieron ataques coordinados: almacenes incendiados, camiones de transporte asaltados, hombres leales asesinados en sus propios coches. Los de los Marchetti también sufrieron pérdidas: una discoteca controlada por ellos fue volada con explosivos, un cargamento de drogas desapareció en el puerto, y varios capitanes fueron abatidos en tiroteos nocturnos.

La ciudad de Nueva York se había convertido en un campo de batalla, donde cada calle podía ser una emboscada y cada silencio una amenaza. Las calles de Brooklyn, Queens y el Bronx se tiñeron de sangre, y los titulares de los periódicos hablaban de una guerra entre mafias que amenazaba con desestabilizar toda la ciudad. El alcalde de Nueva York, presionado por la prensa y la opinión pública, ordenó un aumento de la presencia policial en los barrios más conflictivos. Pero la policía, infiltrada por las mafias en todos los niveles, solo logró detener a los peones, mientras los capos seguían operando desde las sombras.

Dante, mientras tanto, se había convertido en un paria en su propia familia. Salvatore lo había apartado de las decisiones clave, manteniéndolo en un segundo plano, reduciendo su influencia a tareas menores. La confianza entre ellos era un recuerdo lejano, un fantasma del pasado. Solo Marco y un puñado de hombres leales, aquellos que habían servido bajo el mando de su padre, le informaban de lo que realmente sucedía en la calle. Eran los únicos en quienes podía confiar.

Se reunían en secreto en un almacén abandonado en el puerto, donde Dante recibía informes sobre los movimientos de su tío y planeaba sus siguientes pasos. Era un lugar frío y húmedo, pero seguro. Nadie sospecharía que el heredero de los Rizzuto se reunía en un lugar tan miserable. El almacén era un edificio de ladrillo con ventanas rotas y un techo que goteaba cuando llovía. Pero Dante lo había equipado con una mesa plegable, sillas de camping y un sistema de comunicaciones básico. Era su cuartel general improvisado, el corazón de su resistencia. Allí, en medio del polvo y la oscuridad, Dante planeaba la caída de su tío.

Fue Marco quien le trajo la noticia más devastadora, en una noche lluviosa en la que el agua golpeaba los cristales de la ventana como dedos acusadores. "Jefe, tengo información. Algo que debe saber, pero no le va a gustar. Algo que cambiará todo lo que cree saber."

"Dime," ordenó Dante, sintiendo el frío en el estómago, un presentimiento que le decía que su mundo estaba a punto de derrumbarse.

"El atentado contra su padre… no fueron los Marchetti," dijo Marco, con voz baja y grave. "Los Marchetti no tenían motivos. El viejo Enzo tenía un trato con ellos, un pacto de no agresión que llevaba quince años. Los Marchetti no matan a sus socios más rentables."

Dante se quedó paralizado, como si una mano invisible le hubiera apretado el corazón. "Entonces, ¿quién? Dímelo, Marco. Dime la verdad."

Marco tragó saliva, sus ojos brillando con una mezcla de miedo y lealtad. "Su tío, jefe. Salvatore. Su propia sangre. Lo mató para tomar el control. Para ser el jefe. Fue él quien dio la orden, él quien pagó a los asesinos. Lo sé por un hombre que estaba allí, que lo vio todo y que ahora está muerto, pero que confesó antes de morir."

El mundo se derrumbó bajo los pies de Dante. El hombre que lo había criado, que le había enseñado todo, que le había dado su "derecho de nacimiento", había asesinado a su padre. La traición no era un acto de control, era un acto de usurpación, de fratricidio. La lealtad de Salvatore era una farsa, su amor una mentira tejida con hilos de sangre. El dolor se transformó en una furia fría y calculadora, una furia que quemaba como hielo.

Dante recordó las palabras de su padre en una de sus últimas conversaciones. "Confía en tu instinto, Dante," le había dicho Enzo. "El instinto nunca miente. Si algo no te parece bien, probablemente no lo sea." Dante había ignorado sus propios instintos durante años, convencido por Salvatore de que la paranoia era una debilidad. Ahora entendía que su instinto había estado gritando la verdad todo el tiempo.

Se levantó de la silla y caminó hacia la ventana del almacén, mirando la lluvia que caía sobre el puerto. "Mi propio tío," susurró, con la voz rota. "Mi propia sangre."

Marco se acercó y puso una mano en su hombro. "Lo siento, jefe. Lo siento mucho."

"Necesito pruebas, Marco," dijo Dante, su voz apenas un susurro, como si hablar en voz alta pudiera romper el hechizo. "Pruebas que pueda llevar a la comisión. Que sea irrefutable."

"Tengo un informante en la casa de su tío. Un hombre que trabajaba para su padre y que ahora trabaja para él, pero que aún le guarda lealtad a la memoria de Enzo. Me dijo que hay una caja fuerte, en el despacho privado de Salvatore, con documentos y grabaciones. Todo lo que necesita. Pero es peligroso, jefe. La casa está vigilada."

Dante asintió, su mente ya trazando planes. Sabía que esa sería su única oportunidad, su último recurso. Y estaba dispuesto a arriesgarlo todo.

Esa noche, Dante escribió una carta a Elisa. No era una carta de amor, sino una carta de despedida. Le explicaba que tenía que hacer algo peligroso, y que si no regresaba, quería que supiera que la había amado más que a nada en el mundo. Guardó la carta en un sobre y se la dio a Marco con instrucciones de entregársela si algo le sucedía.

"Jefe, ¿está seguro de que quiere hacer esto?" preguntó Marco, con preocupación en la voz.

"Es la única manera," respondió Dante. "Mi tío tiene que pagar por lo que hizo. Y yo tengo que ser quien lo haga pagar."

Sus palabras eran frías, pero en su interior ardía un fuego que nada podría apagar.

Para prepararse, Dante pasó semanas estudiando la mansión de su tío. Memorizó cada habitación, cada pasillo, cada rincón donde un guardia podía esconderse. También estudió los hábitos de Salvatore: a qué hora se retiraba a su despacho, cuánto tiempo pasaba allí, qué días salía de la mansión. Quería asegurarse de que su plan fuera perfecto, de que no hubiera margen para el error. Sabía que una sola equivocación podría costarle la vida, y estaba dispuesto a asumir ese riesgo.

Dante sabía que el tiempo jugaba en su contra. Cada día que pasaba, Salvatore se fortalecía, consolidaba su poder y eliminaba a sus posibles enemigos. Tenía que actuar rápido, pero también con precisión. No podía permitirse el lujo de fallar.

Durante las noches, Dante practicaba con su arma en el almacén, disparando a latas vacías para mantener la puntería. También practicaba técnicas de combate cuerpo a cuerpo, recordando las lecciones que su padre le había enseñado. Sabía que, cuando llegara el momento, no solo necesitaría astucia, sino también habilidad. Y estaba decidido a no defraudar a la memoria de su padre.

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