Camila lo tenía todo y usó su crueldad para doblegar a Máximiliano, un becado que se negaba a rendirse ante su vanidad.
Años después, la vida los reencuentra en la empresa de su padre, donde él trabaja y ha ganado posición, mientras ella carga con la culpa y un secreto explosivo que él desconoce.
Atrapados entre el rencor del pasado, el dolor y una atracción ineludible, ambos descubrirán que el deseo puede ser tan peligroso como la venganza.
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Capítulo 7: El peso del sacrificio
^^^ (Narrado por Máximiliano)^^^
Esa misma tarde, al terminar las clases, no regresé directamente a casa. Caminé sin rumbo fijo por las calles del centro, con las manos enterradas en los bolsillos de mi chamarra y la mente dando vueltas como una rueda rota. El episodio de la mochila llena de almíbar había sido la gota que derramaba el vaso; la confirmación de que, por mucho esfuerzo que pusiera en los libros, para la gente como Camila y Mateo yo siempre sería un intruso al que había que pisotear.
Cuando por fin llegué a casa, el sol ya se estaba ocultando y el cielo teñía las nubes de un tono grisáceo y melancólico. Nuestra casa era pequeña, una construcción de paredes de bloque a medio repellar donde cada rincón respiraba la escasez económica, pero también una pulcritud infinita que mi madre mantenía a base de horas interminables de trabajo de limpieza en casas ajenas. Al abrir la puerta, el olor a café recién hecho y a sopa de verduras me recibió como un abrazo tibio.
Mi mamá estaba sentada en la pequeña mesa de la cocina, con los anteojos puestos y un cuaderno de cuentas abierto frente a ella. Tenía las manos marcadas por el trabajo duro, la piel reseca por los químicos de limpieza, y unas ojeras profundas que delataban las noches en vela que pasaba preocupándose por las facturas. Al verme entrar sin la mochila habitual —la vieja lona negra que había tenido que lavar a mano con agua caliente para quitarle el pegamento—, levantó la vista de inmediato.
—¿Y tu mochila, Máx? —preguntó con voz suave, frunciendo el ceño con preocupación—. ¿Te la dejaste en la escuela?
Cerré la puerta con suavidad, dejé caer las llaves sobre la mesa y me senté frente a ella, sintiendo un nudo amargo en la garganta que me impedía hablar con claridad al principio. Oculté la verdad a medias, no quería que se preocupara más de lo que ya lo hacía.
—Tuve un pequeño accidente en el laboratorio, mamá —mentí, intentando mantener la voz firme—. Un frasco de reactivo se rompió y arruinó los cuadernos. Tendré que pedir copias a algún compañero.
Mi madre me miró fijamente con esos ojos cansados pero llenos de una profunda sabiduría. Ella me conocía demasiado bien; sabía cuándo guardaba un secreto y cuándo la rabia me estaba carcomiendo por dentro. Se quitó los lentes, los dejó sobre la mesa y estiró su mano callosa para tomar la mía.
—Máximiliano, mi amor —dijo con esa calma inquebrantable que siempre lograba desarmarme—, yo sé que las cosas en esa escuela no son fáciles. Sé que la gente de ahí tiene un mundo muy diferente al nuestro y que a veces te hacen sentir que no encajas. Pero recuerda por qué estás ahí. No estás luchando por agradarles a esos muchachos ricos que no conocen el valor del esfuerzo; estás estudiando para construir tu propio camino, para que nadie vuelva a mirarnos por encima del hombro.
Sus palabras cayeron sobre mí como un bálsamo, pero también avivaron una llama de determinación feroz. Pensé en Camila, en su mirada fría, en la burla silenciosa de su séquito, y luego miré las manos de mi madre. Comprendí que rendirme no era una opción. Si Camila quería jugar a quebrarme, tendría que esforzarse mucho más, porque yo no iba a ceder ni un solo milímetro del terreno que me había ganado con sudor y lágrimas.
—No voy a rendirme, mamá —le prometí, apretando su mano con firmeza y devolviéndole una sonrisa sincera—. Voy a terminar el año con las mejores notas, voy a conseguir esa beca universitaria y te voy a sacar de aquí. Te lo juro.
Esa noche, a la luz de una bombilla amarillenta que parpadeaba sobre el escritorio de mi cuarto, pasé horas reescribiendo a mano todos mis apuntes perdidos, utilizando hojas recicladas y un viejo bolígrafo. La rabia se había transformado en disciplina pura. Lo que ninguno de los dos sabía en ese momento, mientras la noche avanzaba silenciosa sobre la ciudad, es que cada golpe que intentaban darme en el Saint Mary’s solo estaba forjando el carácter del hombre que, años más tarde, regresaría para ajustar las cuentas pendientes con el destino.
Se gradúan de la secundaria como a los 17.
En el tercero año de la universidad van a la fiesta osea de 20 años y sale panzona la Camila, más los 9 meses de panza son 21 años. Retoma la universidad y sale de 23 años. Llega a la oficina. Osea el niño anda de 2 años para 3 y ellos sobre los 24 años.
Algo así 👀👀👀👀👀
Como le va a decir bastarfo al nieto