El Patrón mata sin pestañear. Pero no pudo con el tamplin de Catalina. Ahora la cuida desde lejos, y ella ni sabe que el hombre más temido de la ciudad daría su imperio por otro plato de su comida.
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LA CENA
Damián no apareció a las 8 pm.
Catalina esperó hasta las 8:30. Nada.
"¿Y ahora qué?" murmuró, tapando la olla. "¿Se aburrió?"
Fue entonces cuando sonó su celular. Número desconocido.
"¿Aló?"
"Señorita Catalina" una voz de hombre, seria. "Soy el asistente del señor Damián. Él la invita a cenar esta noche. En su casa. A las 9 pm."
A Catalina se le cayó el mundo.
"¿En su casa? Pero yo... yo no puedo..."
"El auto llega en 10 minutos. Estará esperando afuera del mercado. ¿Confirma?"
Catalina miró su delantal negro nuevo. Su ropa vieja. Sus manos con olor a caldo.
"Yo... no tengo ropa para..."
"El señor dijo que fuera como está. Lo importante es que vaya."
Colgaron.
10 minutos después, una camioneta negra con vidrios polarizados estaba frente al puesto.
El guardaespaldas bajó. "Señorita."
Catalina subió. Temblando.
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La mansión estaba a 40 minutos de la ciudad.
Catalina no había visto algo así en su vida. Rejas de 3 metros. Jardines enormes. Fuentes. Y la casa... parecía un hotel de 5 estrellas.
El guardaespaldas abrió la puerta. "Adelante."
Damián la esperaba en la entrada. Sin saco. Con camisa blanca y pantalones negros. El pelo un poco mojado, como si acabara de bañarse.
Pero no era la ropa lo que impactó a Catalina.
Era su cara.
Se veía... nervioso.
"Catalina" dijo. Voz baja. "Gracias por venir."
"¿Por qué me invitaste a cenar, Damián?" preguntó ella, abrazándose sola.
Él dudó. "Porque... no quiero comer solo hoy."
La hizo pasar. El comedor era gigante. Una mesa para 20 personas. Y en el centro, solo dos platos. Dos copas. Dos sillas.
Y en el centro de la mesa: una olla.
La olla de acero que él le regaló.
"¿Qué es esto?" preguntó Catalina.
"Tamplin" dijo Damián. "Intenté hacerlo."
Catalina se acercó. El olor era... raro. Como a quemado y a papa cruda a la vez.
Damián se sonrojó. El jefe mafioso más temido se estaba sonrojando.
"El chef renunció. Dije que quería aprender. Quemé 3 ollas antes de esta."
Catalina no pudo evitarlo. Se rió.
Damián la miró. "¿Es gracioso?"
"No. Es... tierno."
Silencio.
Damián carraspeó. "Siéntate."
Catalina se sentó. La silla era de terciopelo. Ridícula para ella.
El servicio empezó. 3 empleados con guantes blancos sirvieron vino. Pan. Ensalada.
Y al final, sirvieron el tamplin de Damián.
Se veía horrible. Desarmado. El caldo turbio.
Damián agarró la cuchara. Primer sorbo.
Hizo una cara.
Catalina se tapó la boca para no reírse.
"Está... comestible" dijo él, tosiendo.
"Déjame" dijo Catalina, levantándose. "Yo lo arreglo."
"¿Arreglar?"
"Sí. Dame 10 minutos."
Sin esperar respuesta, Catalina se metió a la cocina gigante. Abrió refri. Sacó ají, limón, sal, pimienta. Probó. Agregó. Mezcló.
Damián la veía desde la puerta. Apoyado, con los brazos cruzados.
"¿Siempre cocinas así? Sin medir, sin receta."
"Mi mamá decía que el sazón está en las manos" respondió Catalina, sin voltear.
Terminó. Sirvió de nuevo.
Damián probó.
Esta vez no hizo cara. Esta vez cerró los ojos medio segundo.
"Mejor" dijo. "Mucho mejor."
Comieron en silencio. Pero un silencio cómodo.
A mitad de la cena, Damián habló.
"¿Por qué vendes tamplin, Catalina?"
Ella dejó la cuchara. "Para vivir. Mi mamá se enfermó. Dejó deudas. El tamplin es lo único que sé hacer bien."
"¿Y tu papá?"
"No tengo."
Damián asintió. "Yo tampoco."
Otra vez silencio. Pero diferente.
"¿Y tú?" preguntó Catalina, armándose de valor. "¿Por qué un hombre como tú viene a comer a un puesto de mercado?"
Damián jugó con la copa de vino. "Porque ahí no finjo."
"¿Fingir qué?"
"Que soy fuerte. Que no me importa nada. Que no siento frío."
La miró. "En tu puesto, con tu olla y tu delantal manchado... me olvido de quién soy 20 minutos. Y eso no tiene precio."
A Catalina se le hizo un nudo.
Terminaron de comer. Los empleados recogieron todo.
"¿Quieres que te lleve a casa?" preguntó Damián.
"No. Quiero... ¿puedo quedarme 5 minutos más?"
Damián asintió. La llevó al jardín.
Había una banca bajo un árbol. Se sentaron.
Hacía frío. Damián sin pensar se quitó el saco y se lo puso a Catalina sobre los hombros.
Olía a él. A perfume caro y a lluvia.
"Gracias por enseñarme" dijo él de repente.
"¿Enseñar qué?"
"A comer. A estar tranquilo. A... volver."
Catalina lo miró. Por primera vez vio al hombre detrás del jefe mafioso. Solo. Cansado.
"¿Vuelves mañana al puesto?" preguntó ella bajito.
Damián sonrió. Chiquito. Casi imperceptible.
"Siempre."
El guardaespaldas tosió. Era hora de irse.
De camino a casa, Catalina no dijo nada. Solo abrazó el saco de Damián.
En su casa, se lo quitó y lo colgó. Olía a él.
Esa noche durmió como nunca en años.
Porque por primera vez, el señor serio la había invitado a su casa.
Y por primera vez, no le dio miedo.
**FIN CAPÍTULO 4**