Renata creció siendo "la hija recuperada" de una familia que solo la quería para pagar sus deudas. Cuando la constructora de los Beltrán se hunde, el trato es simple: una boda con los Vargas a cambio de un rescate millonario. La novia debía ser Camila, la consentida de la casa. Pero Camila huye… y empujan a Renata al altar de un hombre que ni siquiera puede decir "sí": Maximiliano Vargas, el empresario más temido de México, lleva meses en coma.
Renata acepta sin pelear. Tiene sus propias razones —y una herida que nadie conoce—. Lo que no imagina es que, bajo esa apariencia de hombre dormido, Max está despierto. La oye. La observa. Y por primera vez en su vida, alguien la ve de verdad.
Cuando Max abre los ojos, el imperio entero contiene la respiración esperando el divorcio. En cambio, el hombre al que llaman "témpano de hielo" la toma de la mano frente a todos y se niega a soltarla. Mientras tanto, Renata empieza a mostrar quién es en realidad: una cirujana brillante que esconde más de un nombre, más de un secreto y un pasado que la persigue desde un hotel, cinco años atrás.
Entre suegras venenosas, una falsa primera dama del corazón, traiciones de familia y dos niños que aparecen donde menos se espera, Renata tendrá que decidir si se atreve a creer en el único hombre que la eligió cuando nadie más lo hizo.
Porque algunos secretos no se entierran. Regresan. Y este tiene los ojos de Max.
¿Y si el hombre que la compró fuera también el que perdió con ella lo que más amaba?
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Capítulo 1
Capítulo 1: La deuda que no es mía
—¡No me caso! ¡Prefiero morir antes que casarme con un muerto en vida!
La voz de Camila rebotó contra los ventanales del despacho y se metió hasta el pasillo, donde dos secretarias fingieron no oír nada. En la Constructora Beltrán ya nadie fingía bien. Llevaban tres meses sin sueldo completo.
Hugo Beltrán no levantó la vista de la carpeta abierta sobre el escritorio. La fue cerrando despacio, como si cerrarla bastara para apagar el grito de su hija.
—Siéntate, Camila.
—No me voy a sentar.
—Siéntate.
Esta vez lo dijo con el cansancio de un hombre que ya no tiene con qué amenazar. Camila se dejó caer en el sillón de piel gastada, los brazos cruzados, la barbilla temblando de pura indignación ensayada. Marisol estaba de pie junto a la ventana, de espaldas, mirando la avenida. No había dicho una palabra en diez minutos.
Hugo giró la carpeta hacia su hija. Números en rojo. Muchos.
—Trescientos ochenta millones de pesos —dijo—. Vencidos. Dos proveedores con los abogados listos para demandar el lunes. El contrato federal de Tlalnepantla se canceló ayer. Esto —golpeó la carpeta con un dedo— no es una mala racha, Camila. Esto es el final. En seis semanas perdemos la casa del Pedregal, los coches y el apellido.
—¿Y eso qué tiene que ver con que me vendan?
—Nadie te está vendiendo.
—¿Ah, no? —Camila soltó una risa corta—. ¿Entonces cómo se llama casar a tu hija con un vegetal para que te perdonen una deuda?
Hugo cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había decidido no pelear esa palabra.
—Grupo Vargas ofrece una salida —dijo, y bajó la voz como si el monto mereciera respeto—. Condonan la deuda completa. Inyectan capital para reflotar la constructora. A cambio piden una sola cosa: que una hija de esta familia se case con Maximiliano Vargas.
—El que está en coma.
—El que está convaleciente.
—El que lleva seis meses sin abrir los ojos después de irse a estrellar en la México–Toluca —corrigió Camila, y por primera vez se le quebró la voz teatral y asomó algo real: miedo—. Papá, tiene la cara enchufada a una máquina. Vi las fotos. No es un matrimonio, es cuidar a un muerto hasta que se muera de verdad.
Marisol se movió por fin. Solo para descruzar los brazos.
Hugo se inclinó sobre el escritorio.
—Es un apellido que te protege toda la vida. Es una casa en Las Lomas. Es no volver a oír la palabra "embargo" en lo que te queda de existencia. Camila, hay mujeres que matarían por entrar a esa familia.
—Pues que entren ellas.
—Camila.
—¡Que no! —Se levantó de golpe. Del bolso sacó un fólder y lo aventó sobre el escritorio; las hojas se desparramaron entre los números rojos. Un contrato con un membrete dorado: agencia de representación artística, tres años, gira de telenovela—. Esto es lo que yo voy a firmar. Me ofrecieron un papel protagónico. En seis meses todo México va a saber mi nombre. ¿Y tú quieres que lo cambie por sentarme a darle de comer por sonda a un señor que ni sabe que existo?
—Estamos hablando de la familia.
—Estamos hablando de ti —escupió ella—. De tu constructora. De tu apellido. —Se le llenaron los ojos—. Si me obligan, me hago algo, papá. Te lo juro por mi madre. Prefiero hacerme algo a casarme con eso.
El silencio que siguió fue pesado, viejo, conocido. Marisol cerró los ojos. Era una amenaza que Camila usaba desde los quince años y siempre, siempre funcionaba.
Hugo se pasó la mano por la cara. Cuando habló, ya no le hablaba a Camila. Se hablaba a sí mismo, en voz baja, buscando la otra puerta.
—Tiene que ser una hija de la familia —murmuró—. Los Vargas lo pusieron por escrito. Una hija de los Beltrán.
Y entonces se quedó muy quieto.
Marisol lo notó antes de que él lo dijera. Se volvió desde la ventana, despacio, y por un segundo madre y padre se miraron. No hizo falta nombrarlo. Los dos estaban pensando en la misma persona. En la que nunca daba problemas. En la que siempre cargaba con lo que los demás soltaban.
—No —dijo Marisol, pero lo dijo flojo, sin convicción, como quien dice "no" para que conste.
Hugo ya había tomado el teléfono.
Camila los miró a uno y a otro, y poco a poco la rabia se le fue volviendo otra cosa. Algo parecido al alivio. Algo de lo que después no querría acordarse.
—¿A quién le hablas? —preguntó.
Hugo no contestó. Marcó de memoria. Se llevó el aparato a la oreja y esperó: un tono, dos, tres, hasta que entró el buzón. No colgó. Cuando habló, su voz cambió por completo: se volvió suave, casi cálida, la voz que usaba para pedir.
—Hola, soy yo. Necesito que vengas a la casa hoy en la tarde. Es… —una pausa mínima, del grosor de un cabello, antes de la palabra—. Es por la familia. Te necesito aquí. Eres nuestra hija.
Lo dijo, "nuestra hija", y en la mínima vacilación antes de "nuestra" cabía toda una historia que nadie en ese despacho iba a contar en voz alta. Cortó la llamada.
Marisol apartó la vista hacia la ventana otra vez.
Camila la vio apartarla.
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Del otro lado de la ciudad, el teléfono vibraba dentro de un casillero, en un pasillo que olía a desinfectante y a metal frío.
A treinta metros, tras una doble puerta con una luz roja encendida, una mano enguantada cortó el último punto y lo anudó con una precisión seca. El guante de látex estaba manchado de un rojo limpio, brillante, el rojo ordenado del campo quirúrgico, nada que ver con el rojo de los números en la carpeta de Hugo Beltrán.
—Cerramos —dijo la dueña de la mano, sin levantar la voz—. Buen trabajo todos.
Afuera, en el casillero, el teléfono siguió vibrando contra el metal. El nombre en la pantalla decía una sola palabra.
Papá.
Ojalá siga así .
últimamente los libros repiten las historias ,solo cambian los nombres de los personajes.
Este es distinto.Excelente trabajo del autor .