Renata Sinclair lleva años casada con un hombre que la mira como si fuera un mueble más de su casa. Sin caricias, sin besos, sin palabras dulces… ni siquiera de noche comparten la cama. El rechazo constante ha despertado en ella un fuego que no logra apagar: su cuerpo pide lo que su alma anhela, y la ausencia de afecto se transformó en un deseo incontrolable que la avergüenza y la consume. Desesperada por salvar su matrimonio y sanar esa parte rota de sí misma, acude a una consulta médica privada. Allí conoce al doctor Gabriel Sterling: hombre alto, imponente, mirada de acero y voz que la eriza con cada sílaba. Es autoritario, directo, exigente… y despierta en ella algo que ni su propio cuerpo logra entender. Cuando Renata se atreve a acercarse a su esposo una última vez, buscando recuperar lo que perdieron, recibe la humillación más cruel de su vida. Destrozada, volverá a los brazos —y a la cama— del doctor, sin imaginar que él oculta un secreto: detrás de esa bata blanca.
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Capítulo 12: Tormenta Pública
El ruido era ensordecedor: cientos de disparos de cámaras, periodistas gritando preguntas a la vez, el murmullo de la multitud que se agolpaba en la acera de enfrente. Renata entrecerró los ojos ante el destello constante de los flashes, pero Gabriel la sostuvo de la mano con firmeza absoluta, sin detenerse ni un segundo. Avanzaban juntos, hombro con hombro, como si todo aquel caos no tuviera poder alguno contra ellos.
—¡Señor Sterling! —bramó un micrófono cerca de su rostro—. ¿Es verdad que ejercía la medicina bajo identidad falsa? ¿Qué ocultaba realmente?
Gabriel ni siquiera miró al que hablaba. Abrió la puerta del vehículo con un gesto seguro, ayudó a entrar a Renata y rodeó el coche para subir al otro lado. En cuanto la puerta se cerró, el mundo exterior quedó amortiguado, como si estuvieran dentro de una burbuja de silencio.
—¿Estás bien? —preguntó de inmediato, tomándole el rostro entre las manos, olvidando por un instante a todo el resto—. No debiste escuchar tantos gritos de golpe. ¿Te alteraron?
Renata le cubrió las manos con las suyas, sonriendo con una mezcla de ternura y asombro.
—Estoy perfecta. Mientras te tenga a mi lado, el resto es solo ruido. ¿Qué va a pasar ahora? ¿De verdad te acusarán de algo grave?
Gabriel soltó el aire entre los dientes y se recostó contra el asiento, cerrando los ojos un instante para ordenar sus pensamientos.
—Es una maniobra política. El título era legal, solo omití mi apellido real por seguridad. Lo saben perfectamente, pero no les importa la verdad: les importa el escándalo. Debilitarme públicamente para presionarme en los negocios. Marcelo Varela está detrás de todo esto, lo sé. Me debe dinero y no quiere pagarlo. Sabe que si caigo, sus deudas desaparecen conmigo.
Renata sintió un frío en el estómago. Un hombre poderoso sin escrúpulos acechando desde las sombras… y ella era el eslabón más débil de la cadena. Gabriel leyó su preocupación y la atrajo hacia sí, acomodándola contra su pecho.
—No te tocará. Se lo juro. Antes tocaría el sol con mis propias manos antes que permitir que alguien te haga daño.
El automóvil avanzó entre el tráfico mientras en las pantallas de los teléfonos y pantallas de la ciudad estallaba la noticia: «El magnate Gabriel Sterling ejercía como médico en secreto. ¿Qué se esconde tras su doble vida?». Gabriel le mostró un artículo con una sola línea: «Una mujer estaría implicada en el origen del escándalo». No ponía su nombre… todavía.
—Andrés —susurró Renata, palideciendo—. Cuando lo sepa… me hará responsable de todo. Intentará destruirme.
Gabriel la miró con esa mirada oscura y letal que prometía tormenta para quien la lastimara.
—Déjalo conmigo. Hoy mismo envío los papeles del divorcio. No necesita pedir nada. Se lo daré todo lo material que quiera, pero te saco de su vida legalmente antes de que caiga la noche. ¿De acuerdo?
Renata asintió, con el pecho aliviado de una carga que llevaba años soportando en silencio.
—De acuerdo. Pero quiero hacerlo yo misma. Decirle que me voy. Que mi vida está en otro lado. Merece oírlo de mi boca, no de un abogado frío.
Gabriel apretó la mandíbula, no conforme, pero asintió respetando su decisión.
—Como quieras. Pero te acompaño hasta la puerta. Esperaré cerca. Si tardas más de diez minutos, entro yo y lo resuelvo a mi manera. ¿Entendido?
—Entendido —repitió ella, y le dio un beso rápido en la comisura de los labios para suavizarle la expresión—. Todo saldrá bien. Ya verás.
Cuando llegaron a su casa, la mansión estaba en silencio, como siempre, pero ahora se sentía distinta: extraña, ajena, como si ya no perteneciera a ella ni un solo ladrillo. Gabriel detuvo el coche a la entrada.
—Te espero aquí. Diez minutos, Renata. Ni uno más.
Ella asintió y bajó. Subió las escaleras que tantas veces recorrió con pesadez, ahora con paso ligero, decidida. Encontró a Andrés en el despacho, frente a su computadora. Al verla entrar sin llamar, frunció el ceño molesto, pero Renata no se detuvo ante él como siempre había hecho. Se plantó firme frente a su escritorio y habló con voz clara y serena.
—Me voy, Andrés. Nuestro matrimonio terminó. Hoy mismo presento la solicitud de divorcio.
Él se quedó mirándola un instante, como si no hubiera oído bien, y luego soltó una risa seca y burlona.
—¿Te vas? ¿A dónde? ¿Con tu nuevo amante, ese tal Sterling? ¿Crees de verdad que ese hombre de hielo se interesará por ti una vez pase el escándalo? Eres una ilusa. Cuando te abandone, aquí no tendrás a nadie.
—No necesito que nadie me cuide —respondió ella sin inmutarse—. Solo quiero ser libre. Te dejaré las llaves en la mesa. No buscaré nada que no sea mío. Solo mi dignidad.
Giró sobre sus talones y salió de la habitación antes de que él pudiera responder. Subió a su antiguo dormitorio, metió sus pertenencias en una sola maleta: ropa, algunos libros, fotografías viejas… y nada de lo que le había regalado él. Bajó las escaleras con paso firme, dejando las llaves sobre la mesa de la entrada tal como había dicho. Andrés apareció en la puerta del despacho, pálido de rabia, pero ella no se giró. Cruzó el umbral y salió al exterior, respirando el aire fresco como si acabara de nacer de nuevo.
Gabriel salió del coche y caminó a su encuentro. Al verla con la maleta en la mano y la cabeza alta, le sonrió con esa media sonrisa que iluminaba su rostro impasible.
—Lista —dijo ella al llegar a su lado—. Para todo.
Gabriel tomó su equipaje y se lo entregó al chofer, luego le tomó la mano y la besó en los nudillos allí mismo, a la vista de quien quisiera verlos.
—Entonces vamos. El mundo nos espera. Y esta vez, juntos.