En un antiguo reino cubierto de secretos, el emperador Aurelius Devereaux vive bajo una maldición que lo convierte lentamente en el monstruo que todos temen. Frío, obstinado y poderoso, ha perdido toda esperanza de volver a sentir amor.
Cuando Seraphina, una joven cálida, hermosa y rebelde, es obligada a casarse con él para cumplir un antiguo pacto familiar, llega al enorme palacio sin imaginar el destino que la espera.
Aurelius la considera una molestia que amenaza su autoridad, mientras Seraphina solo ve en él a un hombre cruel y maldito. Sin embargo, la aparición de misteriosas rosas doradas anuncia que sus vidas están unidas por una magia más antigua que el propio imperio.
Ninguno sabe que Seraphina podría ser la única capaz de salvar al emperador… y romper la maldición que lo condena.
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Capítulo 12: La sangre de la luna
El murmullo de la voz desapareció, pero sus palabras quedaron suspendidas sobre el valle.
La sangre de la luna ha regresado.
Seraphina no se movió.
A su alrededor, los nobles observaban el río sin comprender qué había ocurrido. Algunos miraban las rosas doradas que habían florecido entre los lirios; otros se persignaban o murmuraban oraciones antiguas.
Aurelius desmontó de inmediato.
—Seraphina, ven conmigo.
Ella no respondió.
La medalla que llevaba al cuello ardía contra su piel. El calor era tan intenso que tuvo que sujetarla con la mano para evitar arrancársela.
—Seraphina.
Esta vez, la voz del emperador sonó más dura.
Ella levantó la mirada hacia él.
Aurelius cruzó el campo rápidamente. Su rostro había perdido toda expresión, pero sus ojos revelaban algo que Seraphina no había visto antes.
Miedo.
—¿Qué fue eso? —preguntó ella.
—No aquí.
—Todos lo escucharon.
—Y ninguno debe saber lo que significa.
—¿Usted sabe lo que significa?
Aurelius llegó frente a ella y tomó las riendas de su yegua.
—Baja.
—No hasta que me responda.
—Seraphina.
—¡No vuelva a decir mi nombre como si eso fuera una orden!
Algunos nobles comenzaron a acercarse. Lady Evelina observaba desde lejos, con el rostro pálido y los ojos fijos en las rosas doradas.
Aurelius miró a la multitud y luego se inclinó hacia Seraphina.
—Si quieres respuestas, tendrás que venir conmigo.
—¿Y me las dará?
—No puedo prometerlo.
—Entonces no pienso moverme.
El emperador apretó la mandíbula. Por un instante, pareció dispuesto a obligarla. Pero en vez de eso, colocó una mano sobre la montura y se acercó lo suficiente para que solo ella pudiera escucharlo.
—Si permaneces aquí, la corte convertirá lo sucedido en un espectáculo. Te rodearán, te harán preguntas y comenzarán a inventar historias sobre ti. No permitiré que eso ocurra.
Seraphina estudió su rostro.
No estaba intentando proteger su reputación.
Estaba intentando protegerla a ella.
—¿Y si voy con usted?
—Te explicaré lo que pueda.
—No es suficiente.
—Es lo único que puedo ofrecerte.
Seraphina miró hacia el río. Las rosas doradas seguían brillando, hermosas y amenazantes. Después observó a Aurelius.
—Bien.
El emperador extendió los brazos y la ayudó a descender. Sus manos rodearon su cintura y la levantaron con facilidad. Seraphina quedó frente a él por un instante, demasiado cerca. El pecho de Aurelius rozó el suyo y ambos se quedaron inmóviles.
Ella sintió el calor que emanaba de su cuerpo.
Él bajó la mirada hacia sus labios.
Seraphina contuvo el aliento.
Aurelius la dejó en el suelo de inmediato.
—¿Qué está haciendo? —preguntó ella, intentando ocultar su turbación.
—Ayudándote a bajar del caballo.
—Podría haberlo hecho sola.
—Lo sé.
Pero esta vez no sonó frío.
Sonó casi arrepentido.
Aurelius la condujo hacia un pequeño pabellón apartado del resto de los invitados. Antes de entrar, miró a los guardias.
—Nadie se acerca.
Las puertas se cerraron tras ellos.
El pabellón estaba decorado con muebles antiguos, cortinas blancas y mapas del imperio. Desde las ventanas se veía el valle, pero la distancia impedía que los nobles escucharan la conversación.
Seraphina se quitó la medalla del cuello y la dejó sobre la mesa.
El metal seguía brillando.
—Ahora hable.
Aurelius permaneció de pie junto a la ventana.
—No sé qué fue exactamente lo que ocurrió.
—Pero sabe lo que significa la sangre de la luna.
—Es una expresión antigua.
—¿De qué?
—De una profecía.
Seraphina sintió que el corazón le latía con fuerza.
—¿Qué profecía?
Aurelius apartó la mirada.
—No lo sé completa.
—¿Cómo puede existir una profecía relacionada con mi sangre y usted no saber nada?
—Porque las profecías se escribieron mucho antes de mi nacimiento. La mayoría fueron destruidas, escondidas o modificadas por quienes querían utilizar su poder.
—¿Y la que acaba de hablar?
—No sabemos si era una profecía.
—Una voz salió del río, las flores se transformaron y mi medalla comenzó a arder. ¿Qué más necesita para aceptarlo?
Aurelius permaneció en silencio.
Seraphina se acercó a él.
—¿La maldición de su pecho tiene algo que ver conmigo?
El cuerpo del emperador se tensó.
—No.
—Miente.
—No sabes nada de mi maldición.
—Sé que la marca reaccionó cuando toqué la puerta. Sé que sus espinas crecen cuando estoy cerca. Sé que las rosas doradas aparecen donde yo estoy. Y ahora una voz me llamó sangre de la luna.
Aurelius la observó con una intensidad que hizo que Seraphina olvidara por un momento lo que iba a decir.
—No vuelvas a acercarte a la puerta del ala oeste —dijo él.
—No me dé órdenes. Dígame por qué.
—Porque no puedo protegerte si no obedeces.
—No le he pedido que me proteja.
—No importa.
—¿Por qué no?
Aurelius dio un paso hacia ella.
—Porque no puedo permitir que te ocurra nada.
La confesión fue tan inesperada que Seraphina quedó inmóvil.
Aurelius parecía sorprendido por sus propias palabras. Bajó la mirada hacia la medalla.
—Desde que llegaste, la maldición se ha comportado de manera diferente. El dolor es más intenso, pero también… más confuso.
—¿Eso significa que soy peligrosa?
—No lo sé.
—¿Entonces por qué me mantiene aquí?
—Porque no puedo enviarte de regreso mientras el pacto siga vigente.
—Esa no es la verdadera razón.
Aurelius cerró los ojos.
—No.
Seraphina esperó.
Cuando él volvió a abrirlos, su expresión era más vulnerable que nunca.
—Desde que llegaste, siento que algo dentro de mí está despertando. Y no sé si eso me salvará o me destruirá.
Seraphina sintió un estremecimiento.
Por primera vez, Aurelius no parecía un emperador.
Parecía un hombre perdido dentro de su propia maldición.
Ella extendió la mano hacia él, pero se detuvo antes de tocarlo.
Aurelius observó el gesto.
—¿Qué haces?
—No lo sé.
—Entonces no lo hagas.
—Siempre me dice que no haga nada.
—Porque acercarte a mí es peligroso.
—Tal vez no soy yo quien está en peligro.
Aurelius dio otro paso. La distancia entre ambos desapareció.
Seraphina podía sentir su respiración.
—¿Qué quieres decir?
Ella levantó el rostro.
—Tal vez usted es quien debería tener miedo.
Aurelius la miró durante un largo instante.
Después, fuera del pabellón, las rosas doradas del río comenzaron a marchitarse.
Una de ellas dejó caer un pétalo sobre el agua.
Y en el centro del valle apareció una nueva marca: una luna atravesada por espinas.