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Cien Años Para Encontrarte

Cien Años Para Encontrarte

Status: En proceso
Genre:Maldición / Amor eterno / Reencuentro
Popularitas:829
Nilai: 5
nombre de autor: (⁠⁠^⁠‿⁠^⁠) Nany 。⁠◕⁠‿⁠◕⁠。

Algunas almas necesitan más de una vida para encontrarse...
Algunas promesas sobreviven al tiempo.
Algunas heridas nunca terminan de cerrar.
Y algunas maldiciones esperan pacientemente el momento de cumplirse.
Gideon Huxley lleva más de un siglo viviendo bajo el peso de un pasado que se niega a desaparecer.
Hasta que un encuentro fortuito despierta en él un recuerdo que creía perdido para siempre.
Porque quizá el destino no se haya equivocado de camino.
Quizá simplemente haya esperado cien años para volver a encontrarlos.

NovelToon tiene autorización de (⁠⁠^⁠‿⁠^⁠) Nany 。⁠◕⁠‿⁠◕⁠。 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El regalo Perfecto

A las cinco de la tarde, Elara terminó su trabajo. En la entrada se despidió de Mila y cada una tomó rumbo contrario.

Treinta minutos después, apagaba el auto en la cochera. Bajó y entró por la cocina una vez más. Subió las escaleras directo a su habitación, se dio una ducha y bajó a preparar algo.

En la mesada la esperaba un pastel todavía tibio y una nota con la letra apurada de Colette:

«Lamento lo de esta mañana. Los niños están con Irina, vuelven a las seis. Te queremos muchísimo. Perdón. — C»

Elara sonrió sin querer. Tomó un plato y un cuchillo y cortó una porción del pastel.

Seguro que Colette ya había entrado a trabajar, pensó.

La verdad era otra: Colette se había ido con su amiga. Pronto sería el cumpleaños de Elara.

Y decidida a festejarlo, Colette se había aliado con Keila para comprar todo lo necesario y organizarle una fiesta sorpresa.

Por casualidades del destino, ambas terminaron caminando por la concurrida avenida del centro. No por la acera de la casa de modas donde trabajaba Elara, sino justo frente a la exclusiva joyería Huxley.

Al pasar junto al escaparate, la mirada de Colette se clavó en el medallón expuesto sobre el terciopelo negro. Para una pieza de semejante valor y manufactura, el precio de liquidación era una auténtica baratija, un error absoluto del mercado. Pero para el modesto estado de su cuenta, resultaba justo y perfectamente alcanzable.

—Es el regalo perfecto para Eli —dijo Colette, señalando la vitrina con entusiasmo.

Keila observó el destello de las piedras y asintió sin dudar. Sin pensarlo dos veces, empujaron la pesada puerta de cristal y entraron al lujoso establecimiento.

—Buenas tardes, señoritas, ¿en qué puedo ayudarlas? —preguntó la joven dependienta al verlas acercarse al mostrador.

—¿El precio del medallón de la vitrina es real? —preguntó Colette con cautela, con el temor de que fuera un error de imprenta en la etiqueta.

Francis, que ordenaba unos documentos cerca, agudizó el oído al escuchar la consulta. Al reconocer de qué pieza hablaban, se apresuró a intervenir.

—Yo me encargo —le indicó a la empleada con un tono firme pero educado, asumiendo el control.

Miró a Colette y a Keila y recordó la orden gélida y estricta que Gideon le había dado días atrás: liquidar el medallón al precio más bajo posible. Aunque le dolía profesionalmente deshacerse de una reliquia histórica por una cifra tan irrisoria, las órdenes del dueño eran absolutas.

—Ese es el precio exacto, señoritas. ¿Les gustaría probárselo? —preguntó Francis con una sonrisa profesional, al tiempo que acercaba un espejo de mano sobre el mostrador.

Colette negó con la cabeza de inmediato.

—No, gracias. Es para un regalo de cumpleaños.

—Oh, entiendo perfectamente. Se los preparo ahora mismo.

A pesar de que era una tarea que perfectamente podría haberle delegado a la dependienta, Francis prefirió encargarse él mismo de envolverlo, sintiendo que cerraba un ciclo con esa extraña reliquia. Una vez que colocó la joya en un fino estuche, procesó el cobro y las vio salir por la puerta de cristal, no pudo evitar soltar un hondo suspiro de alivio.

A los pocos minutos, Gideon bajó de la oficina con su habitual paso silencioso e imponente. 

—Señor Huxley, el medallón... —comenzó a decir Francis, acomodándose ante los anteojos.

—Déjalo así, Francis —lo interrumpió Gideon con voz gélida y monótona, asumiendo erróneamente que el empleado iba a quejarse otra vez por el bajo costo que le había fijado a la pieza.

Gideon caminó directo hacia la salida y cruzó la puerta de la joyería, dejando a Francis con la palabra en la boca. El tasador se quedó estático, procesando el hecho de que su jefe se había marchado sin siquiera darle la oportunidad de informarle que, después de unos años, la joya finalmente se había vendido.

Era como si el destino mismo se hubiera alineado. No habían pasado ni veinticuatro horas desde la rebaja y el medallón ya no estaba.

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