Camila llega sola a Hollow Creek para olvidar la muerte de su madre. Su auto queda destrozado por trampas en el camino y encuentra a cinco jóvenes acampando. Pronto descubre que ese rincón de Texas esconde una familia que lleva generaciones aislada… y algo mucho más antiguo que ellos.
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Capítulo 13
Subieron hasta que las piernas les temblaron.
El altozano se quedó atrás y el terreno volvió a cerrarse. Los árboles eran más viejos aquí, con troncos grueso y corteza llena de cicatrices. La luz apenas llegaba. Todo estaba envuelto en una penumbra verde y gris.
Leo iba delante, todavía haciendo marcas en los árboles cada cierto tramo. El cuchillo ya tenía el filo mellado. Tomi no hablaba. Solo miraba hacia atrás cada pocos pasos, como si esperara ver a Sofía o a Naiara aparecer de pronto entre los troncos. Camila sentía el llavero de Mateo clavándosele en el muslo con cada movimiento.
El olor dulce se volvió más fuerte de golpe.
Ya no venía y se iba con el viento. Estaba ahí, fijo, espeso. Como si hubieran entrado en una zona donde se había acumulado durante años.
Leo levantó una mano.
Se detuvieron.
Delante de ellos el terreno bajaba hacia un hueco natural rodeado de rocas altas. Entre las piedras había una abertura estrecha, casi escondida por enredaderas secas y ramas caídas. No parecía natural del todo. Alguien había apartado las piedras a propósito hacía mucho tiempo.
—¿Qué es eso? —preguntó Tomi en voz muy baja.
Nadie contestó.
Se acercaron despacio. Leo primero, con el cuchillo listo. Camila detrás. Tomi al final, mirando hacia los lados.
La abertura daba a un espacio más amplio, casi una cueva baja. La luz de fuera apenas entraba. Leo encendió la linterna. El haz tembló un segundo y después se estabilizó.
Lo que vieron los dejó quietos.
En el centro había un montón de piedras apiladas formando una especie de altar tosco. Encima había huesos. Muchos. Algunos blancos y limpios. Otros todavía con restos secos de carne oscura. Cráneos humanos mezclados con otros que no parecían del todo humanos. Más alargados. Con los dientes demasiado grandes.
Alrededor del altar había ofrendas.
Trozos de ropa podrida. Zapatos. Un reloj roto. Cadenas. Un par de gafas torcidas. Y en un rincón, cuidadosamente colocados, varios cráneos pequeños. De niños.
Las paredes de la cueva estaban llenas de marcas.
Líneas profundas hechas con algo afilado. Símbolos que no se entendían. Algunos parecían caras. Otros, solo rayas repetidas una y otra vez, como si alguien hubiera contado días o víctimas.
Camila sintió que se le cerraba la garganta.
El olor aquí dentro era insoportable. Dulce y podrido al mismo tiempo. Se le metió en la nariz y en la boca. Tuvo que taparse con la manga.
Tomi dio un paso atrás y chocó con la pared.
—Esto… esto no es normal. Esto es un santuario. Como de culto.
Leo no habló. Solo movió el haz de la linterna despacio, barriendo cada rincón. En el suelo había más restos. Una mandíbula. Un fémur con marcas de dientes. Trozos de tela que alguna vez fueron camisas o pantalones.
Camila se acercó un poco al altar a pesar del asco. Entre los huesos vio algo que reconoció: un trozo de tela a cuadros. Igual que la camisa de Mateo. Más pequeña. Como si la hubieran arrancado y dejado ahí a propósito.
—Lo trajeron aquí —dijo en voz baja—. Después de… después de lo que le hicieron.
Leo apagó la linterna un segundo y la volvió a encender, como si necesitara confirmar que lo que veían era real.
—Esto lleva años usándose. Miren la cantidad de huesos. No son de una sola temporada.
Tomi habló con la voz rota:
—¿Y si Sofía y Naiara…?
No terminó la frase. No hizo falta.
Camila miró los símbolos de las paredes. Algunos parecían más viejos que otros. Los más antiguos estaban casi borrados por el tiempo. Los más nuevos todavía tenían restos de algo oscuro en los surcos. Sangre seca, quizá.
El silencio dentro de la cueva era absoluto.
Ni un insecto.
Ni el viento.
Solo ellos tres y lo que quedaba de mucha gente que alguna vez también había entrado en aquel bosque pensando que iba a salir.
Leo habló por fin:
—Nos vamos. Ahora. No tocamos nada. No dejamos rastro si podemos. Esto explica por qué nos están cazando. No es solo por cazar. Es por esto. Por mantener lo que sea que alimentan aquí.
Salieron de la cueva más rápido de lo que entraron.
La luz de fuera, aunque gris, se sintió como un alivio. Pero el olor se les había pegado otra vez. Y la imagen del altar no se iba.
Camila miró hacia atrás una sola vez.
La abertura de la cueva se veía ahora como una boca oscura entre las rocas.
Y por un segundo tuvo la certeza de que algo, dentro o cerca, los había estado observando todo el tiempo que estuvieron ahí dentro.
hey y aparezco ahí, mi nombre también es Leo