Ariadna conoce desde niña el secreto que se esconde tras los muros del Laberinto: el Minotauro tiene un nombre, Asterión, y también tiene un corazón.
Mientras todos lo consideran una bestia condenada a morir, ella descubre al hombre que existe detrás de sus cuernos, sus heridas y su maldición. Entre visitas secretas, canciones y promesas hechas en la oscuridad, la compasión se transforma en un amor que desafía las leyes de Creta.
Entonces llega Teseo, el héroe destinado a matar al monstruo.
Ariadna acepta ayudarlo, pero no para entregar a Asterión.
Esta vez, el hilo no conducirá al héroe hacia la gloria.
Conducirá a dos amantes hacia la libertad.
Pero escapar del Laberinto no será suficiente. Cuando Teseo descubra la verdad, Ariadna tendrá que elegir entre su familia, su reino y el hombre que ama.
Porque para el mundo, Asterión será siempre el Minotauro.
Para Ariadna, será el hombre que merecía ser salvado.
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Los ruegos a Afrodita
Cuando la noche fue más profunda y el palacio entero dormía, Ariadna se sentó junto a la ventana abierta, donde la luna bañaba sus manos y el viento traía el aroma del mar. Encendió incienso blanco y, con la voz baja pero firme, quebrada solo por el sentimiento, comenzó a invocar:
—Afrodita… reina del amor, que conoces cada latido, cada secreto que el corazón no se atreve a decir en voz alta. Yo te invoco. Desciende. Escúchame.
El aire se detuvo. La luz de la luna se hizo más suave, más cálida. Y de pronto, allí estaba ella. No con rayos ni truenos, sino como una brisa dulce, como el resplandor de la belleza misma. Afrodita apareció frente a ella, vestida de luz, con una sonrisa que lo abarcaba todo y a la vez nada.
—Aquí estoy —dijo la diosa, con voz como agua que corre—. ¿Por qué me llamas, Ariadna? Tu corazón está lleno de dolor… y de un amor tan grande que duele solo mirarlo.
Ariadna la miró sin apartar la vista, sin temblar.
—Vengo a pedirte algo. Algo que quizás parezca locura. Voy a quedarme encerrada en el Laberinto. En lugar de Asterión. Yo intercambiaré mi libertad por la suya.
Afrodita parpadeó. La sorpresa cruzó su rostro inmortal.
—¿Me estás diciendo… que por ese monstruo de apariencia tan fea, vas a entregar tu vida? Tu juventud, tu corona, tu libertad?
—Sí —respondió Ariadna, clara y segura—. Porque lo quiero. Lo estimo. Y no es justo que él sufra solo por ser quien es.
Hizo una pausa, tragando el nudo que le subía a la garganta, y siguió con voz temblorosa pero firme:
—Y no es solo por él. En este mundo siempre seré una herramienta. Una hija para entregar en alianza. Una princesa para adornar un trono. Un trofeo para el vencedor. Solo a los ojos de Asterión he sido algo más. Solo él me ha visto a mí, no mi título ni mi sangre. Solo él me ha amado por lo que soy.
Afrodita la escuchaba en silencio, atenta.
—Por eso te ruego —continuó Ariadna—: cuando él salga, por favor, llévalo lejos. A un lugar donde sea libre. Donde pueda caminar bajo el sol sin miedo. Donde nadie lo señale, nadie lo hiera, nadie lo llame monstruo. Dalo a conocer como Asterión, no como la bestia. Que viva en paz.
La diosa sonrió con media boca, divertida y conmovida a la vez.
—¿Y por qué crees que haré todo eso, mortal? —preguntó, con un dejo de burla suave—. ¿Qué me gano yo?
Ariadna la miró con valentía.
—Porque tú eres la reina del amor. Y se dice que amas los amores verdaderos. Los que no buscan nada a cambio. Los que se sacrifican. ¿Hay algo más digno de ti que esto? Si proteges su libertad, si cuidas de él cuando yo no pueda hacerlo… será la leyenda más hermosa que se cuente jamás: la diosa del amor protegiendo al amante que alguien dio todo por salvar. Nadie lo olvidará.
Afrodita soltó una risa clara, como el sonido de las olas.
—Tienes lengua afilada, pequeña. Y corazón más grande que tu reino. He ayudado a héroes, a reinas, a amantes de toda clase… pero un amor por un "monstruo", tan puro y tan desinteresado, eso es nuevo.
Se inclinó hacia ella, y su mirada ya no era de diosa distante, sino de alguien que entiende profundamente.
—Está bien —dijo—. Lo haré. Cuando él cruce la puerta y la maldición pase a ti, yo lo llevaré lejos. A una isla donde será bienvenido, donde podrá vivir sin miedo. Será libre. Y yo misma cuidaré de que nadie le haga daño.
Ariadna suspiró, y por primera vez en mucho tiempo, las lágrimas que le cayeron eran de alivio.
—Gracias —susurró—. Gracias, Afrodita.
—Pero escúchame bien —añadió la diosa, tocando suavemente su frente con un dedo de luz—: lo haré por él, sí. Pero también por ti. No olvides que este amor que te hace prisionera es el mismo que te hace eterna. Nadie sabrá tu nombre en las canciones… pero él jamás te olvidará. Y eso pesa más que todas las coronas.
La luz se desvaneció poco a poco. La brisa se calmó. Afrodita se fue, dejando tras de sí el aroma de rosas y mar.
Ariadna se quedó sola junto a la ventana, mirando la noche. Sabía que no estaba sola. Sabía que él estaría a salvo. Y eso bastaba.