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LA HEREDERA QUE NO DEBIÓ VOLVER

LA HEREDERA QUE NO DEBIÓ VOLVER

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Traiciones y engaños / Venganza
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Yesid Cabas

El día de su boda, Camila Duarte descubrió tres cosas: que su prometido nunca la amó, que su hermana tenía una relación con el, y que la familia que la crio la había estado usando desde el principio.

NovelToon tiene autorización de Yesid Cabas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 4: LA ASESINA

Los titulares llegaron antes que la sentencia.

"La novia asesina: Camila Duarte acusada de matar a su futuro suegro el día de su boda." "Ambición y sangre en la familia Duarte." "¿Qué escondía la heredera detrás de su sonrisa perfecta?"

Camila los leía uno tras otro, sentada en el catre metálico de la celda preventiva donde llevaba ya cuatro días, con la voz temblorosa de un noticiero de fondo que el guardia de turno nunca se molestaba en apagar. Cada titular era una puñalada distinta, y sin embargo, la que más dolía no era ninguna de esas frases escritas por periodistas que jamás la habían conocido.

Era el silencio.

Cuatro días, y ni una sola visita de su madre. Ni una llamada de Renata. Ni una palabra de Sebastián, que según los mismos noticieros que la destrozaban a ella, había decidido "tomarse un tiempo de duelo privado" tras la muerte de su padre, sin hacer ninguna declaración pública sobre el caso de su prometida.

Ex prometida, corrigió mentalmente Camila. Porque había llegado, esa misma mañana, un sobre certificado de un bufete distinto al de Gabriel, notificándole formalmente la disolución del compromiso matrimonial "en vista de las circunstancias".

—Tienes visita —anunció el guardia, sacándola de sus pensamientos.

Gabriel entró con el mismo maletín de siempre, pero esta vez algo en su porte había cambiado. Caminaba más rígido. Miraba por encima del hombro antes de sentarse, como si esperara que alguien lo estuviera observando.

—¿Cómo estás? —preguntó, aunque la pregunta sonó vacía incluso mientras la formulaba, como si ambos supieran que no existía una respuesta honesta posible.

—He estado mejor. —Camila intentó sonreír, sin lograrlo del todo—. ¿Alguna noticia de la pericia caligráfica?

Gabriel dudó. Fue apenas un segundo, pero Camila llevaba toda la vida aprendiendo a leer los silencios de ese hombre, y ese segundo de duda le dijo más que cualquier palabra.

—Gabriel. ¿Qué pasó?

—El perito independiente que contraté... se retractó. Dice que necesita más tiempo para un análisis concluyente. —Gabriel se pasó una mano por el rostro, visiblemente agotado—. Y el fiscal ya tiene su propio perito, que asegura con total seguridad que la caligrafía de la nota coincide con la tuya.

—Eso es mentira, Gabriel, tú lo sabes.

—Lo sé. —La voz de Gabriel bajó hasta convertirse casi en un susurro—. Camila, necesito decirte algo, y necesito que me escuches con calma.

Ella sintió que el estómago se le encogía.

—Ayer, alguien fue a visitarme a mi despacho. No se identificó, pero dejó muy claro que representaba... intereses de la familia Roig. Me advirtió que si seguía insistiendo en cuestionar la evidencia, en pedir peritajes independientes, en "remover cosas que es mejor dejar quietas"... la firma legal de mi padre, que lleva treinta años trabajando con contratos del Grupo Duarte, perdería toda relación comercial con la empresa de un día para otro.

Camila se quedó en silencio, procesando.

—¿Te están amenazando?

—Me están advirtiendo. —Gabriel apretó la mandíbula—. Y no puedo evitar preguntarme, Camila, quién exactamente está detrás de esa advertencia. Porque para que alguien tenga ese nivel de influencia sobre mi firma y sobre la investigación al mismo tiempo, tendría que ser alguien con un poder que va mucho más allá de la familia Roig.

Camila lo miró fijamente, y por primera vez desde que todo había empezado, se permitió pensar en voz alta lo impensable.

—¿Crees que mi madre tiene algo que ver con esto?

—No lo sé. —Gabriel eligió cada palabra con el cuidado de quien camina sobre hielo—. Pero sé que no voy a dejar de investigar. Cueste lo que me cueste.

—No. —Camila negó con la cabeza, con una firmeza que la sorprendió incluso a ella misma—. No puedes arriesgar todo por mí. Tu firma, tu carrera, tu...

—Camila. —Gabriel la interrumpió, y por un instante, el abogado profesional y contenido de siempre desapareció, dejando ver algo mucho más crudo debajo—. He pasado ocho años observando cómo esta familia te trata como si fueras un peón en un tablero que nunca terminaste de entender del todo. He guardado silencio porque no era mi lugar decir nada. Pero no voy a quedarme callado mientras te condenan por un crimen que sé, en el fondo del alma, que no cometiste.

Camila sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, las primeras que se permitía derramar frente a alguien en cuatro días.

—Gracias —susurró.

El juicio comenzó dos semanas después, y duró exactamente once días.

Once días en los que un fiscal ambicioso construyó, pieza por pieza, la imagen de una mujer calculadora dispuesta a matar por controlar una fortuna empresarial. Once días en los que la defensa de Gabriel, brillante pero solitaria, chocó una y otra vez contra un muro de evidencia que parecía imposible de desmontar: el teléfono, la nota, la falta de coartada, y el testimonio devastador —Camila no pudo evitar quebrarse al escucharlo— de Renata, quien declaró bajo juramento que su hermana había expresado, "en más de una ocasión", resentimiento hacia la familia Roig por los términos de la fusión empresarial.

—Eso nunca pasó —le susurró Camila a Gabriel durante un receso, con la voz rota—. Renata está mintiendo bajo juramento.

—Lo sé. Y no puedo probarlo.

El jurado deliberó durante cinco horas.

Camila estaba de pie, con las manos entrelazadas frente a ella para evitar que temblaran visiblemente, cuando el presidente del jurado se puso de pie para leer el veredicto.

—En el caso del Estado contra Camila Duarte, por el delito de homicidio en primer grado, el jurado encuentra a la acusada... culpable.

La sala estalló en murmullos, en flashes de cámara, en la voz ahogada de alguien —tal vez su tía, la única familiar que había asistido al juicio con cierta regularidad— sollozando en las últimas filas. Camila sintió que las piernas se le doblaban, que Gabriel la sostenía por el brazo antes de que cayera al suelo, que el mundo entero se reducía a un zumbido blanco e insoportable.

Y en medio de ese zumbido, mientras la jueza se preparaba para dictar la sentencia formal, Camila sintió algo más.

Una náusea repentina, violenta, que la obligó a llevarse una mano a la boca.

No era la primera vez que la sentía esa semana. Había querido ignorarla, atribuirla al estrés, a la falta de sueño, al terror que llevaba semanas consumiéndola por dentro. Pero mientras la jueza pronunciaba las palabras "cinco años de prisión", mientras Gabriel apretaba su mano con una fuerza desesperada, mientras su propia madre observaba la escena desde la última fila sin derramar una sola lágrima, Camila hizo una cuenta rápida, aterradora, en su cabeza.

Su última noche con Sebastián. Seis semanas atrás.

Y comprendió, con una claridad que la dejó sin aire, que la sentencia que acababan de leerle no era la única condena que estaba a punto de cambiarle la vida para siempre.

Iba a tener un hijo de un hombre que la había abandonado.

Y lo tendría, si nadie lograba detener lo que ya estaba en marcha, entre los muros de una prisión.

1
Cecilia Hoyos Serna
excelente narrativa , da al lector el poder de ir encajando los sucesos y acomodando la trama perfectamente.
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