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Mi ex, mi jefe y mi esposo

Mi ex, mi jefe y mi esposo

Status: Terminada
Genre:CEO / Maltrato Emocional / Malentendidos / Elección equivocada / Romance de oficina / La mimada del jefe / Matrimonio contratado / Completas
Popularitas:54
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Hace seis años dejé a Damián Carvajal con una mentira:
«Me aburrí de ti».
Hoy es un magnate, mi nuevo jefe y el hombre que acaba de pedirme que sea su esposa durante un año.
Él necesita librarse de las mujeres que su familia insiste en presentarle. Yo necesito una oportunidad para ejercer mi carrera y ayudar a mi padre a conservar su taller. Damián me ofrece ambas cosas a cambio de un matrimonio que terminaremos cuando se cumplan doce meses.
Acepto. Conozco las condiciones. También conozco al hombre con el que voy a compartir la cama… o eso creía.
Porque el Damián que me provoca en la oficina es el mismo que se enfrenta a su familia por mí. Recuerda hasta lo que no me gustaba comer en la prepa. Y cuando me llama «mi esposa», cada vez me cuesta más acordarme de que tenemos un acuerdo.
Entonces reaparece una grabación de cuando tenía diecisiete años.
Mi voz. Un trato. La verdadera razón por la que me acerqué a él.
Damián cree que lo dejé porque nunca lo quise. ¿Qué va a pensar cuando escuche que, al principio, alguien me ofreció algo a cambio de enamorarlo?

NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

Capítulo 9

—Esta mujer está conmigo, Ernesto. ¿Y todavía te la quieres llevar?

Uno de los directivos apartó la vista. Yo seguía de pie junto a las tazas, esperando una aclaración que no llegó.

Don Ernesto observó a su hijo.

—Allá tú. Cuando te canses, hablamos.

Dejó la carpeta en la mesa y salió con Fuentes. Damián se fue detrás de ellos para despedirlos en el elevador. Ninguno volvió a preguntarme por el puesto.

Esa tarde, seis de las siete personas que habíamos participado en el recorrido recibieron una felicitación en el correo interno. Mi nombre no estaba. Poco después apareció un mensaje en el grupo de la oficina: «Hay quien llega recomendado y ni para hacer café sirve».

Varias personas reaccionaron con risas. Conocía algunas de las fotos de perfil; una de esas personas me había pedido ayuda esa misma mañana para corregir su presentación.

Escribí que el análisis era mío. Lo borré. Ellos no estaban discutiendo quién lo había hecho, y yo no iba a convencerlos en un grupo de WhatsApp. Silencié las notificaciones, aunque tardé un buen rato en dejar de revisar si alguien había dicho algo más.

El martes Julián dejó dos carpetas en mi escritorio: proyecto A e investigación de inversión del proyecto C.

—El ingeniero quiere que empieces con estas.

Miré los plazos. Una semana para el primer avance. Todavía tenía pendientes las minutas, las traducciones y las llamadas de esa mañana.

Fui a la oficina de Damián.

—Necesito saber qué va primero —le dije—. Esto requiere tiempo de análisis. No puedo hacerlo entre recados.

—Habla con Julián. Que redistribuya los recados.

Me había preparado para pelear y esa respuesta me dejó sin la primera mitad de mi argumento.

—¿Va a cambiar mi puesto?

—Primero quiero ver el trabajo.

—Su padre ya lo vio. Y usted le contestó por mí.

Dejó de escribir.

—¿Te querías ir con él?

—Quería que me explicaran la oferta. No es lo mismo.

Me sostuvo la mirada. Esperé. Al final empujó las carpetas hacia mi lado del escritorio.

—Empieza por el C. Mañana revisamos tus dudas.

No era una disculpa ni un ascenso. Era trabajo que me interesaba y una forma de demostrar que podía hacerlo. Me molestó que él supiera que iba a aceptarlo.

Cuando recogí las carpetas, añadió:

—Mañana también vas a una cita por mí. Con Ivette del Prado.

—¿La cita que le consiguió su mamá?

—Le dices que agradezco el interés, pero no voy a comprometerme.

—Puede decírselo usted.

—Si cancelo por teléfono, mi madre arma un pleito con el abuelo. Ve, toma un café y explícalo con educación.

—¿Y mandar a su secretaria no va a causar un pleito?

—Sabes despedir a alguien, Nájera. Lo has hecho antes.

Ya estaba otra vez en sus manos: podía convertir cualquier encargo en una referencia a nosotros. Salí con las dos carpetas y la dirección de la cafetería.

Esa noche le pregunté a mi mamá cómo rechazaría a una persona que no conocía.

—¿Quién te está dando lata, mija?

Le expliqué que mi jefe me había encargado hablar con una mujer que su familia quería presentarle. Lucía dejó la cuchara junto al plato.

—Pues empieza por no darle esperanzas. Con buena cara, pero claro. Luego una quiere ser amable y acaba diciendo que a lo mejor otro día.

Pensé en Óscar.

—Sí. Eso ya lo aprendí.

—¿Y tan buen partido es tu jefe que le consiguen novia?

—Es muy capaz. De verdad. En lo suyo es de los mejores.

Mi madre me miró un momento más de lo necesario. Yo tomé una tortilla y le pregunté si quería que recogiera la mesa.

El miércoles Ivette del Prado ya estaba en la cafetería. Al verme acercar, buscó a Damián detrás de mí.

—¿No vino?

Me presenté y le expliqué el motivo de mi visita. No me invitó a sentarme hasta que terminó de escuchar.

—Esto lo hablaron nuestras familias —dijo—. Entiendo que él tenga reservas, pero puede decírmelo en persona.

En eso tenía razón.

—Le transmitiré lo que usted quiera. Su decisión, por ahora, es no seguir con la cita.

Ivette me estudió con más atención.

—Ah. ¿Eres tú?

—Soy su asistente.

—Sí, ya sé. —Revolvió el café—. Mira, no tengo problema con lo que él haga mientras seamos discretos. El compromiso es para las familias. Lo demás se acomoda. No serías la primera.

Sentí vergüenza por haberle dado, siquiera un momento, la razón. Me obligué a hablar despacio.

—No vine a negociar mi lugar con usted. Vine a darle un mensaje.

—Entonces dáselo a él. Dile que no me va a despachar con una mantenida que hace mandados.

Me levanté.

—Le diré que no aceptó la respuesta.

—Siéntate. —Ahora sí le preocupó que terminara la conversación—. ¿Tienes idea del tiempo que llevo preparándome? Dieciséis años de ballet, funciones, giras. A mí no me han regalado todo.

—¿Y cuántos primeros lugares? —solté.

La vi quedarse quieta y supe que le había pegado donde dolía. No sabía nada de su carrera; había querido herirla y lo había conseguido. Pude haberme ido sin hacerlo.

Ivette tomó la taza y me arrojó el café.

Estaba tibio. Me empapó la blusa y alcanzó el borde de mi carpeta. El mesero que venía hacia nosotros se detuvo, dejó la charola en otra mesa y me acercó servilletas. Ivette ya iba hacia la puerta.

—¿Quiere pasar al baño, señorita? —me preguntó él.

Asentí. En el espejo intenté limpiar la tela, después me rendí y sequé primero los documentos. Pagué lo que había pedido y regresé a la oficina con el saco cerrado.

Al día siguiente, Damián me llamó poco antes de la una.

—Vamos a la cafetería. Cité a Ivette.

—Ya le entregué su mensaje.

—Ahora se lo voy a dar yo. Y vas a venir.

No había contado lo del café. Se lo dije.

—La reservación la hizo Julián —respondió—. El encargado le llamó para explicarle el incidente.

Ivette llegó sonriente, dispuesta a tratar el día anterior como un malentendido. Habló de su próxima función y ofreció conseguirle boletos. Damián esperó a que acabara.

—No voy a comprometerme con usted —dijo—. Debí venir a decírselo ayer. Mandar a otra persona fue una descortesía mía.

Ella echó una mirada hacia mí.

—Su asistente también fue bastante...

—Eso no le daba derecho a arrojarle café.

—No sabe cómo me habló.

—Sé lo que hizo usted. Por eso le pedí a Renata que viniera. Si tiene algo que decirle, aquí está.

Ivette apretó los labios. Me miró, pero no para disculparse.

—No pienso prestarme a esto.

—Entonces terminamos.

Se levantó tan deprisa que la silla cayó detrás de ella. El mesero la enderezó mientras Ivette se alejaba. Me quedé mirando la puerta, incómoda con mi propio alivio: no había conseguido una disculpa, pero por primera vez desde el lunes alguien había nombrado lo que me habían hecho delante de la persona responsable.

Damián dejó el vaso de agua.

—A ti nadie te avienta un café, Nájera. Ni ella ni nadie.

—Ayer me habría servido que estuviera usted aquí.

No contestó enseguida.

—Sí —dijo al fin.

Lo miré. Había preparado otra defensa, una broma cruel, cualquier cosa que me permitiera seguir enojada sin complicaciones. Esa palabra no.

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