**Una promesa sellada con sangre y eternidad.**
Tras la traición de su prometido, Cecil intenta concentrarse en lo único que siempre le ha dado sentido a su vida: la medicina. Como parte de una comisión médica de Oxford, viaja al reino de Kratos, sin imaginar que aquel viaje cambiará su destino para siempre.
Desde su llegada, extraños sueños y recuerdos que no le pertenecen comienzan a atormentarla. Al mismo tiempo, se siente inexplicablemente atraída por el rey Azharel, un hombre tan poderoso como enigmático, cuyos ojos parecen guardar el dolor de siglos enteros.
Lo que Cecil ignora es que su historia con Azharel comenzó mil años atrás, cuando él era un príncipe vampiro que renunció a todo por amor. Separados por la tragedia y la muerte, una promesa sellada con sangre y eternidad los mantuvo unidos a través del tiempo.
Ahora, mientras los secretos del pasado resurgen y antiguos peligros vuelven a despertar, Cecil deberá descubrir quién fue realmente y por qué el rey vampiro la mira como si hubiera esperado mil años para volver a verla.
Una apasionante historia de amor, destino y reencarnación, donde ni siquiera la muerte puede romper los lazos de un amor eterno.
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Sacrificios Humanos
En el reino humano, la tarde comenzaba a caer.
La luz del sol entraba por los enormes ventanales del castillo, iluminando la gran sala del trono.
El rey permanecía sentado en su asiento de piedra tallada.
Su mirada estaba fija en la distancia, aunque sus pensamientos parecían estar muy lejos de allí.
Entonces, las enormes puertas se abrieron.
Un guardia hizo una reverencia.
—Majestad, la princesa Isolde ha llegado.
El rey levantó la mirada.
—Hazla pasar.
Unos segundos después, una joven entró en la sala.
Tenía diecisiete años.
Era hermosa.
Su largo cabello negro caía suavemente sobre su espalda y sus profundos ojos azules transmitían dulzura y serenidad.
Vestía un sencillo vestido azul oscuro adornado con pequeños bordados plateados.
Al llegar frente al trono, hizo una reverencia.
—Padre.
El rey sonrió inmediatamente.
Se puso de pie y caminó hacia ella.
Besó su frente con cariño.
—¿Cómo está mi princesa?
Isolde le devolvió la sonrisa.
—Bien, padre.
Pero su expresión cambió enseguida.
—Aunque… quería hablar contigo sobre mamá.
El rey la observó atentamente.
—¿Qué sucede?
La joven bajó un poco la mirada.
—Está llorando.
Hizo una pequeña pausa.
—Dice que la has echado.
Sus ojos se llenaron de preocupación.
—Dice que la enviarás a un convento.
—Y que una nueva reina ocupará su lugar.
Respiró profundamente.
—Mi hermano Arturo está con ella.
El rey guardó silencio unos segundos.
Luego se acercó.
Apoyó suavemente su frente contra la de su hija.
—Escúchame bien, Isolde.
La joven lo miró.
—Necesito que confíes en mí.
Su voz era tranquila.
—Todo lo que hago… lo hago por el bien de nuestro reino.
Ella dudó un instante.
—Pero, padre…
Él acarició su cabello.
—Por favor.
—Confía en mí.
La joven permaneció en silencio.
Entonces el rey besó su mejilla.
Y susurró cerca de su oído:
—Tu madre volverá.
Isolde lo miró sorprendida.
—¿Entonces por qué sucede todo esto?
El rey suspiró.
Luego dirigió la mirada hacia una de las ventanas.
—Porque antes debemos conseguir algo mucho más importante.
Sus ojos se endurecieron.
—La libertad.
Volvió a mirarla.
—Y la paz.
La joven frunció el ceño.
—¿La libertad?
Él asintió.
—Sí.
—Una libertad que nuestro pueblo jamás ha conocido.
Comenzó a caminar lentamente por la sala.
—Durante siglos hemos vivido arrodillados.
—Dependiendo de los demás.
—Temiendo a los vampiros.
—Temiendo a los lobos.
—Temiendo a las brujas.
Volvió a acercarse a ella.
—Y eso debe terminar.
La princesa lo escuchaba atentamente.
—Pero para cambiar el mundo, hija mía…
Su voz se volvió más baja.
—Hay que hacer sacrificios.
Isolde tragó saliva.
—¿Sacrificios?
Él asintió.
—Sí.
Tomó su mano entre las suyas.
—Y uno de ellos es tu madre.
Los ojos de la joven se abrieron ligeramente.
—¿Mamá?
—Y su corona.
La princesa guardó silencio.
No comprendía del todo lo que su padre quería decir.
Pero veía en sus ojos una determinación que nunca antes había visto.
Entonces tomó su mano.
La llevó a sus labios y la besó.
—Confío en ti, padre.
El rey sonrió.
—Esa es mi niña.
Isolde sonrió también.
Pero mientras lo hacía, una extraña sensación apareció en su pecho.
Como si, sin darse cuenta, estuviera comenzando a despedirse de la vida que siempre había conocido.
Afuera, el viento comenzó a soplar con fuerza.
Y las nubes negras continuaban avanzando lentamente sobre el continente.
Como si el propio cielo anunciara que el mundo estaba a punto de cambiar para siempre.
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Debajo del castillo, ocultas a la vista de todos, se extendían las antiguas catacumbas reales.
Eran enormes túneles de piedra iluminados únicamente por cientos de velas que proyectaban sombras inquietantes sobre las paredes.
El aire era frío y pesado.
Un fuerte olor a hierbas, humo y sangre impregnaba todo el lugar.
En el centro de una enorme sala subterránea, Melisandre permanecía de pie dentro de un gran círculo blanco dibujado sobre el suelo.
A su alrededor descansaban los diez huevos de dragón.
Eran enormes, de un color oscuro y cubiertos por extrañas grietas doradas que parecían latir débilmente.
Decenas de velas de distintos colores los rodeaban.
También había recipientes llenos de hierbas, frascos con líquidos extraños y los restos de varios animales utilizados en los rituales.
Melisandre tenía los ojos cerrados.
Sus manos se elevaban lentamente mientras pronunciaba palabras en una lengua tan antigua que muy pocos seres en el mundo serían capaces de comprenderla.
Su voz resonaba por toda la sala.
Aunque no existía ninguna corriente de aire, las llamas de las velas se agitaban violentamente.
Las sombras parecían moverse por sí solas.
Entonces tomó un puñado de hierbas.
Las dejó caer sobre los huevos mientras continuaba recitando el hechizo.
Poco a poco, sus ojos comenzaron a cambiar.
El color desapareció por completo.
Ahora eran completamente blancos.
La energía parecía recorrer toda la habitación.
Durante unos segundos, el silencio reinó.
Hasta que unos aplausos resonaron detrás de ella.
Melisandre abrió los ojos.
Una sonrisa apareció en su rostro.
El rey humano acababa de entrar.
—Todo va bien, mi amor.
El rey sonrió.
—Me alegra escucharlo.
Se acercó hasta ella.
—¿Cómo avanzan nuestros futuros guardianes?
Melisandre dirigió la mirada hacia los huevos.
—Cada día son más fuertes.
—Pronto comenzarán a despertar.
El rey sonrió satisfecho.
—Excelente.
Luego añadió:
—Por cierto, la ex reina ya abandonó el palacio.
—Tu coronación estará lista muy pronto.
Los ojos de Melisandre brillaron.
Se acercó a él y besó sus labios.
—Soy tan feliz.
El rey sonrió.
—Yo también, mi reina.
Ella apoyó una mano sobre su pecho.
—Juntos gobernaremos el mundo.
El rey asintió.
—Y nuestro pueblo será libre.
Melisandre volvió la mirada hacia los huevos.
Su expresión se volvió seria.
—Pero debemos continuar.
—Todavía faltan sacrificios.
El rey la observó.
—¿Sacrificios?
Ella asintió.
—Sacrificios humanos.
Hubo unos segundos de silencio.
Las llamas de las velas continuaron agitándose.
El rey no apartó la mirada.
Finalmente habló.
—Todo… por la paz.
Melisandre sonrió.
—Y por la libertad.
Ella volvió a besarlo.
—Lo lograremos, mi amor.
El rey observó los huevos durante unos segundos.
—Ningún humano volverá a vivir arrodillado.
—Ni ante vampiros.
—Ni ante lobos.
—Ni ante brujas.
Melisandre sonrió.
—Así será.
Pero, mientras ambos contemplaban los huevos de dragón, ninguno de los dos se percató de algo.
Las grietas doradas que los cubrían comenzaban a oscurecerse.
Como si aquello que estaba creciendo en su interior no estuviera obedeciendo del todo a sus creadores.
A lo lejos, un rugido profundo resonó bajo la tierra.
Un sonido tan breve que pasó desapercibido.
Melisandre frunció ligeramente el ceño.
Pero la sensación desapareció tan rápido como había llegado.
Volvió a sonreír.
Sin saber que, en realidad, no estaban creando a los salvadores de la humanidad.
Estaban despertando algo que nadie sería capaz de controlar.
y el no cae en cuenta como es manipulado por ella , ciego por no querer ser menos en un mundo donde las bestias tienen poder y eso le va a jugar en contra 🤔
y el rey segado por el dolor tomando malas decisiones😡😡