En su primera vida, ella muere de una enfermedad. Pero renace en un mundo nuevo, con posibilidades mágicas de cambiar su destino.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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En paz
La ciudad despertaba poco a poco.
Las luces de los negocios comenzaban a encenderse, el aroma del pan recién horneado escapaba de una pequeña panadería en la esquina y algunas personas caminaban apresuradas con un café entre las manos mientras consultaban la hora en sus teléfonos.
Entre todas ellas caminaba una joven.
Su paso era lento, pero sereno. Llevaba una bufanda ligera alrededor del cuello y una pequeña bolsa de tela colgada del hombro. Saludaba con una sonrisa amable al anciano que regaba las plantas frente a su casa, hacía una leve inclinación de cabeza cuando alguien le cedía el paso y, cada vez que veía un perro paseando con su dueño, no podía evitar detenerse unos segundos para admirarlo.
Nadie habría imaginado que le quedaba tan poco tiempo de vida.
Su rostro aún conservaba un color saludable gracias a los medicamentos y al maquillaje que aprendió a usar con delicadeza. Su sonrisa seguía siendo cálida. Su voz seguía siendo suave.
Parecía simplemente una mujer tranquila disfrutando de una mañana cualquiera.
Pero la realidad era muy distinta.
Una enfermedad extraña había aparecido meses atrás.
Los médicos tardaron semanas en descubrir que algo realmente estaba mal y, cuando finalmente encontraron el origen de sus síntomas, ya era demasiado tarde.
Era una enfermedad tan poco común que apenas existían estudios sobre ella.
No tenía cura.
Los tratamientos solo retrasaban un poco el deterioro del cuerpo y ayudaban a disminuir el dolor.
Nada más.
Ella lo había aceptado antes que todos los demás.
[Es curioso...]
Pensaba mientras observaba cómo unas hojas caían de un árbol.
[Al principio tenía miedo.]
[Mucho miedo.]
[Pero supongo que uno no puede vivir todos los días pensando que mañana podría morir.]
Así que decidió hacer algo diferente.
Renunció al trabajo que tenía.
Vendió casi todas sus pertenencias.
Y se mudó a una ciudad donde nadie la conociera.
Cuando su familia preguntó la razón, simplemente respondió con una sonrisa.
—Me ofrecieron una oportunidad laboral mejor.
Sus amigos la felicitaron.
Le organizaron una pequeña despedida.
Le prometieron visitarla cuando tuvieran vacaciones.
Ella sonrió durante toda la reunión.
Nunca les dijo la verdad.
[Perdón...]
[No quería que me vieran apagándome poco a poco.]
[No quería convertirme en alguien de quien todos tuvieran que preocuparse.]
[O que dejaran de hacer sus planes por mí.]
Sabía cómo eran.
Su madre habría dejado todo para cuidarla.
Su padre habría intentado encontrar médicos por todo el mundo.
Sus amigos habrían hecho turnos para acompañarla al hospital.
Y ella...
Ella no soportaba la idea de convertirse en una carga.
Prefería que la recordaran riendo.
No acostada en una cama.
No quería recibir abrazos llenos de lástima.
Ni escuchar frases como "todo saldrá bien" cuando incluso los médicos habían dejado claro que aquello no ocurriría.
Por eso eligió desaparecer con una mentira piadosa.
En aquella ciudad nadie conocía su historia.
Era solo una joven tranquila que trabajaba desde casa.
Y, de vez en cuando, acudía al hospital.
Las enfermeras ya la conocían.
Siempre llegaba con una sonrisa.
Llevaba pequeños dulces para el personal.
A veces incluso flores que compraba antes de entrar.
—¿Cómo está hoy?
—Mucho mejor.
Mentía con dulzura.
Aunque aquella mañana apenas pudiera mantenerse en pie.
Porque tampoco quería preocupar a quienes la atendían.
Con el paso de los meses, caminar comenzó a hacerse más difícil.
Después aparecieron los mareos.
Luego el dolor constante.
Finalmente, incluso respirar requería un enorme esfuerzo.
Cada visita al hospital ya no era para intentar mejorar.
Solo era para recibir medicamentos que aliviaran el sufrimiento unas horas más.
Y aun así...
Ella seguía buscando el sol.
Siempre que podía, se sentaba cerca de una ventana.
Le gustaba sentir el calor sobre la piel.
[Qué bonito...]
[Parece mentira que el mundo siga siendo tan hermoso incluso cuando una está por irse.]
Los días siguieron pasando.
Su cuerpo se volvió cada vez más débil.
Hasta que una mañana ya no pudo levantarse de la cama.
Los médicos le recomendaron permanecer hospitalizada.
Ella aceptó sin discutir.
Sabía que había llegado el momento.
No lloró.
No preguntó cuánto tiempo le quedaba.
No hizo promesas imposibles.
Simplemente respiró hondo y sonrió.
[He vivido lo suficiente.]
[No fue una vida perfecta...]
[Pero fue una vida tranquila.]
Las enfermeras entraban varias veces al día.
Le cambiaban el suero.
Le administraban medicamentos para el dolor.
Ella siempre agradecía con una sonrisa.
—Muchas gracias.
Incluso cuando hablar comenzaba a costarle.
Una madrugada despertó sin motivo.
La habitación estaba completamente silenciosa.
Solo se escuchaba el sonido constante del monitor junto a su cama.
Giró lentamente la cabeza hacia la ventana.
El cielo aún era oscuro.
Permaneció observándolo.
Minuto tras minuto.
Hasta que, poco a poco, una tenue línea dorada apareció en el horizonte.
El amanecer.
Los primeros rayos del sol comenzaron a teñir el cielo de tonos anaranjados y rosados.
Su respiración era cada vez más débil.
Pero sus ojos brillaban.
[Es hermoso...]
[Me alegra haber esperado para verlo una vez más.]
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
[No tengo ningún arrepentimiento.]
[Espero...]
[Que todos sean felices.]
[Que mamá y papá sigan sonriendo.]
[Que mis amigos encuentren aquello que tanto buscan.]
[Y si existe otra vida...]
[Me gustaría volver a conocer personas buenas.]
El sol terminó de asomarse por el horizonte.
Su cálida luz entró por la ventana e iluminó suavemente su rostro.
Ella cerró los ojos.
Su expresión permaneció tranquila.
Como si simplemente se hubiera quedado dormida.
Y, mientras el mundo recibía un nuevo día, ella se marchó en paz, acompañada por la luz del primer amanecer que veía como despedida.