Sofía Reyes despertó dentro de una novela donde su destino ya estaba escrito.
Era la hermana odiada, la esposa no deseada, la villana descartable que todos iban a culpar. Según la historia original, debía casarse con Leonardo Montero, ser abandonada por él y morir sola después del divorcio.
Pero nadie esperaba un error en el destino.
Leonardo podía escuchar todo lo que ella pensaba.
Sofía solo quería sobrevivir, vengarse de su familia y escapar antes de que el final la alcanzara.
Pero el esposo frío que debía despreciarla empezó a protegerla.
Y cuando ella por fin quiso irse, Leonardo rompió el guion con una sola frase:
—No firmaré el divorcio.
Ahora Sofía tendrá que enfrentarse a una hermana hipócrita, una familia cruel y un destino decidido a destruirla.
Porque si la novela la escribió como villana, ella va a reescribirla como protagonista.
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Capítulo 17
Capítulo 17
Operación Fénix
[Esta familia entera es un montón de descartables caminando hacia el matadero.]
Leonardo no durmió esa noche.
No por trabajo.
Eso habría sido sencillo.
Trabajar era una habitación conocida: cifras, contratos, riesgos medibles, enemigos con firma. Lo de Sofía no era así. La voz interior abría puertas sin mapa y detrás de cada puerta había una muerte que, según ella, ya estaba escrita.
Sofía.
Él.
Su madre.
Joaquín.
Rodrigo.
Descartables.
A las tres de la mañana, Leonardo abrió un documento nuevo en su computadora.
Título:
Operación Fénix.
Subtítulo:
Plan de supervivencia para personas que la trama original considera desechables.
Miró la frase.
La borró.
La volvió a escribir.
Luego añadió una lista:
1. Aumentar tiempo de contacto con Sofía sin despertar sospechas.
2. Identificar detonantes de voz interior: peligro\, chisme\, objetos clave\, nombres propios.
3. Verificar cada dato por vías independientes.
4. Proteger a mamá.
5. Identificar al protagonista masculino original.
Se detuvo en el punto cinco.
La voz de Sofía había dicho que Nicolás era amante secreto de Valentina.
También había dicho que había un protagonista masculino de la novela.
Nicolás trabajaba a seis metros de su oficina.
Leonardo cerró el documento, lo guardó en una carpeta cifrada y envió un mensaje a Sofía a las siete con diez.
'Necesito que vengas a Torre Montero. Compras de boda.'
Sofía respondió a las siete con once.
'¿Compras o interrogatorio disfrazado?'
Leonardo escribió:
'Compras.'
Luego añadió:
'Con café.'
La respuesta tardó dos segundos.
'Acepto por el café, no por ti.'
A las diez, Sofía entró a Torre Montero con lentes oscuros, jeans, blazer blanco y una expresión de mujer que había sobrevivido a internet y aún esperaba que el elevador la respetara.
Los empleados la miraron.
Luego miraron al piso.
Después volvieron a mirarla.
Nadie sabía si saludarla como escándalo, víctima o futura señora del grupo.
Sofía resolvió el problema levantando una mano.
—Buenos días. Hoy no muerdo antes del café.
El vestíbulo exhaló.
Nicolás Sierra apareció junto al elevador privado.
—Señora Montero.
Sofía lo miró detrás de los lentes.
[Mira quién viene. El asistente perfecto, amante secreto de Vale, espía con peinado ejecutivo. Nico, cariño, cada vez que dices “señora Montero” suena como si estuvieras practicando para robarle el apellido a alguien.]
Nicolás mantuvo la sonrisa.
Leonardo, a su lado, no.
—Subimos —dijo.
En la sala de juntas del piso ejecutivo los esperaba una mesa llena de catálogos, muestrarios de flores, tarjetas de invitación y joyería de prueba.
Sofía se sentó como si fuera a dictar sentencia.
—Regla uno: si la boda es falsa, al menos que los objetos sean caros.
Leonardo empujó una bandeja de anillos.
—Escoge.
Ella señaló el diamante más grande sin tocarlo.
—Ese.
La representante de la joyería sonrió con cautela.
—Es la pieza más costosa de la colección.
—Por eso señalé con tanta seguridad.
Leonardo firmó la autorización.
Ni parpadeó.
Sofía sintió un respeto inconveniente.
Luego entró otro ejecutivo con una caja de terciopelo azul.
—También tenemos disponible, para préstamo ceremonial, la Estrella Radiante de Maison Dorada.
La sala se quedó un poco más quieta.
La joya brillaba con arrogancia propia.
Sofía la miró.
[Ah, no. La Estrella Radiante. La trampa con diamantes. En la novela, Vale la cambia por una falsa antes de la boda, la culpa cae sobre mí y los Montero terminan pagando diez mil millones de pesos mientras todos me llaman ladrona. Preciosa, sí. Maldita también.]
Leonardo cerró la tapa de la caja.
—No.
El ejecutivo palideció.
—Pero, señor Montero...
—Dije no.
Sofía levantó una ceja.
—Iba a decir que no yo.
—Te ahorré saliva.
—Qué considerado. Operación hidratación.
Leonardo tosió una vez.
Nicolás, de pie junto a la puerta, bajó la mirada.
No había esperado que Leonardo rechazara una joya de ese nivel sin explicación.
En ese momento, un ruido surgió afuera.
—¡Necesito hablar con el señor Montero!
La puerta se abrió antes de que seguridad pudiera impedirlo.
Un hombre de treinta y tantos, camisa arrugada y credencial colgando del cuello, entró con los ojos rojos de desvelo.
—Señor Montero, por favor. Soy Gabriel Ochoa, director de Recursos Humanos. No acepto mi despido.
Nicolás dio un paso.
—Gabriel, esto no es el lugar.
—Me sacaron con una auditoría falsa. No firmé esos pagos. No filtré expedientes.
Leonardo miró a Nicolás.
—¿Fuiste tú quien tramitó la baja?
—Por instrucción del comité interno, señor.
Sofía dejó el catálogo.
[Gabriel Ochoa. Pobre hombre. En la trama original, el protagonista masculino planta pruebas para echarlo de Grupo Montero, luego culpa a los Navarro y usa el caos para robar información. Gabriel pierde trabajo, reputación y, para el día de la boda, termina quitándose la vida con su familia. Ese escándalo tumba las acciones de Montero justo cuando Vale necesita que Leo la consuele. Qué novela tan enferma.]
La sala quedó congelada.
Leonardo sintió que cada palabra encajaba con un expediente que todavía no había visto.
Rodrigo.
Navarro.
Protagonista masculino.
Gabriel, sin oír nada, miraba a Sofía como si ella fuera la única persona que no lo había condenado.
Sofía se levantó.
—¿Traes pruebas?
Gabriel abrió una carpeta con manos temblorosas.
—Correos originales, registros de acceso, capturas de sistema. No son suficientes porque alguien borró respaldos, pero...
—Suficientes para no dejarte en la calle hoy.
Nicolás alzó la cabeza.
—Señora Montero, con respeto, Recursos Humanos no...
—Con respeto, asistente Sierra, yo soy la futura señora Montero y acabo de escoger un diamante obscenamente caro. Si ya van a usarme como imagen de esta boda, también puedo usar la silla.
Leonardo la miró.
No la corrigió.
Sofía tomó la credencial de Gabriel y se la devolvió.
—El director Ochoa se reincorpora provisionalmente. Auditoría externa. Accesos restaurados bajo supervisión de jurídico. Si alguien tiene problema, que lo ponga por escrito con su nombre completo.
Gabriel abrió la boca.
No le salió voz.
Leonardo habló:
—Háganlo.
Nicolás inclinó la cabeza.
—Sí, señor.
[Bien. Uno menos camino al ataúd. Leo, de nada por salvarte otra caída bursátil. Aunque si supieras que tu empresa está llena de hoyos cavados por el protagonista masculino, quizá dormirías peor.]
Leonardo ya no recordaba cuándo había dormido bien.
Al mediodía, cuando Sofía exigió comida por haber "trabajado como señora Montero sin sueldo", bajaron al comedor ejecutivo.
La noticia de Gabriel ya corría por la torre.
Los empleados miraban a Sofía distinto.
No como escándalo.
Como autoridad inesperada.
Ella tomó una charola.
—¿Dónde está lo bueno?
Leonardo señaló la estación de guisos.
—Ahí.
—Si me mientes, cancelo el diamante.
—No puedes. Ya está firmado.
—Entonces cancelo tu paz.
Una risa sonó detrás.
Rodrigo Navarro apareció con lentes oscuros y una chamarra negra, como si entrar a Grupo Montero sin invitación fuera deporte.
—Escuché que el comedor era bueno.
Leonardo dejó la charola sobre la barra.
—¿Quién te dejó subir?
Rodrigo sonrió.
—Tu seguridad reconoce la belleza.
Sofía tomó un plato.
—No empiecen. Tengo hambre.
Rodrigo se inclinó hacia ella.
—¿Y mi negocio de mil millones?
Sofía le sirvió arroz sin mirarlo.
—Primero come. Los villanos con hambre toman peores decisiones.
Leonardo y Rodrigo se miraron por encima de la barra.
Ambos pensaban en lo mismo.
El protagonista masculino.
¿Quién, dentro de Grupo Montero, estaba escribiendo sus finales?