Isabel Montero abordó un avión y despertó horas después en la bañera de su propia casa. Para ella apenas había pasado un instante. Para el resto del mundo, llevaba quince años desaparecida.
Su esposo, Emiliano Salazar, envejeció buscándola y nunca dejó de creer que seguía viva. Pero sus hijos ya no son los niños que Isabel recuerda. Santiago se convirtió en un hombre frío y distante; Valentina se niega a aceptar que esa joven pueda ser su madre, y Sol esconde sus heridas detrás de la rebeldía y el humor.
Isabel regresó con el mismo rostro de hace quince años, a una familia rota y a una vida que otros intentaron ocupar. Ahora tendrá que recuperar el amor de sus hijos, descubrir quién manipuló a los Salazar durante su ausencia y enfrentar un secreto capaz de explicar por qué el tiempo se detuvo para ella.
Todos creen que Isabel volvió para reclamar su lugar.
Se equivocan.
Volvió para recuperar a su familia… y destruir a quien se la arrebató.
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Capítulo 1
Cap 1 — ¿Quince años después?
Isabel despertó dentro de una bañera llena de agua caliente.
No entendía nada. Hacía apenas un momento estaba en un avión rumbo a País A, la azafata estaba repartiendo la comida cuando el avión empezó a sacudirse, alguien gritó que el motor estaba echando humo negro, y después el mar. Mucha agua. No podía respirar. Y ahora estaba aquí, sentada en una bañera, completamente empapada con la misma ropa del vuelo.
Se levantó de golpe. El agua se derramó por todos lados.
Miró a su alrededor. Azulejos blancos, grifería dorada, un espejo enorme lleno de vapor. Conocía este baño. Era el de la Casona Salazar, la casa de su esposo. Pero algo no cuadraba: los grifos eran distintos, el espejo era más grande, y olía diferente.
¿Qué está pasando?
La puerta se abrió.
Era Don Refugio, el mayordomo de toda la vida. Traía toallas en los brazos. Pero se veía... viejo. Mucho más viejo de lo que Isabel recordaba. El cabello completamente blanco, la cara llena de arrugas.
—¿Cuco? —Isabel lo miró confundida—. ¿Qué haces aquí? ¿Dónde está Emi?
Las toallas se le cayeron al suelo.
Don Refugio no se movió. Se quedó mirándola como si estuviera viendo un fantasma. Y de pronto se le llenaron los ojos de lágrimas y se dejó caer de rodillas.
—Señora... Señora Isabel... —Le agarró las manos y las apretó con fuerza, temblando—. Dios mío, señora, es usted.
—Cuco, ¿qué te pasa? ¡Me estás asustando! —Isabel se arrodilló junto a él—. ¿Estás enfermo? ¿Qué pasó?
—Usted desapareció hace quince años, señora.
Isabel se quedó helada.
—¿Qué dijiste?
—Quince años. —Don Refugio lloraba sin poder controlarse—. El vuelo NA620. Se estrelló en el Pacífico. Ciento veintitrés pasajeros desaparecidos. La buscamos por todo el mundo. El señor Salazar se volvió loco buscándola.
—No, no. Eso no tiene sentido. —Isabel negó con la cabeza—. Cuco, yo estaba en ese avión hace un rato. Me desperté aquí. ¿Cómo van a ser quince años?
Pero Don Refugio no mentía. En treinta años de servicio, este hombre jamás había mentido, y mucho menos llorado así.
Isabel se levantó y fue al espejo. Se limpió el vapor con la mano.
Su cara era la misma. Exactamente la misma. Veintiocho años, ni una arruga, ni una cana. Pero las canas de Don Refugio eran reales. Los grifos nuevos eran reales. El espejo cambiado era real.
—Mis hijos —dijo, y la voz le tembló por primera vez—. Cuco. ¿Mis hijos?
—El joven Santiago tiene veintiún años, señora. Y los gemelos, diecisiete.
Santi tenía seis cuando me fui. Los gemelos tenían dos. Luna apenas decía mamá.
Se agarró del lavabo porque las piernas ya no la sostenían.
—Necesito verlos. Ahora.
—Señora, primero déjeme llamar al señor...
—Llámalo.
Don Refugio sacó el teléfono con las manos temblando. Apenas sonó una vez y Emiliano contestó.
—Señor, es la señora. Está aquí. En la Casona. En la suite principal.
Isabel no escuchaba el otro lado, pero oyó algo caerse. Y luego la voz de Emiliano, una voz que reconoció pero que sonaba distinta, más grave, más dura:
—Que nadie se mueva de ahí. Llego en veinte minutos.
Don Refugio colgó.
—Cuco —dijo Isabel, tomándolo del brazo—. Antes de que llegue Emi. ¿Cómo están mis hijos?
La cara de Don Refugio le dijo todo lo que necesitaba saber. Había dolor ahí, y algo parecido a la vergüenza.
—El joven Santiago vive aquí, señora. Pero... no es el niño que usted recuerda.
—¿Y los gemelos?
—La señorita Valentina está en el extranjero de intercambio. El joven Matías está en un campamento.
—¿Qué tipo de campamento?
Don Refugio desvió la mirada. Igual que haría Emiliano después.
—Eso es mejor que se lo explique el señor.
Están mal. Los tres están mal.
—Está bien —dijo Isabel—. Esperemos a Emiliano.
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Emiliano llegó en quince minutos. Debió haber conducido como un loco.
Isabel lo escuchó antes de verlo: la puerta de entrada abriéndose de golpe, pasos rápidos en la escalera, subiendo de tres en tres. Cuando apareció en la puerta de la suite, Isabel lo miró y se le paró el corazón.
Era Emiliano. No había duda. Pero no era el Emiliano que ella conocía.
El chico que ella recordaba tenía el pelo desordenado, una sonrisa fácil y olía a sol. El hombre que tenía enfrente llevaba el cabello peinado hacia atrás, camisa negra abierta en los primeros botones, y una mirada fría que le puso la piel de gallina. Tenía arrugas alrededor de los ojos y una cicatriz en la ceja que antes no estaba.
Parece otro. Parece un desconocido.
Pero entonces vio la cicatriz en su clavícula, la que se hizo con un vidrio roto por salvarla años atrás, y supo que era él.
—Emi —dijo, y se le escapó una sonrisa—. Dios mío, estás viejísimo.
Emiliano no sonrió. No se movió. Se quedó parado en la puerta mirándola con una expresión que Isabel no supo leer.
—¿Quién te envió? —dijo con voz fría—. ¿Cuánto te pagaron por esa cara?
La sonrisa de Isabel se borró de golpe.
—¿Qué?
—No eres la primera —dijo Emiliano, avanzando hacia ella—. En quince años me han mandado seis mujeres con la cara de mi esposa. Cirugías, maquillaje, de todo. Cada vez más parecidas. Cada vez más crueles.
Isabel lo miró sin entender. ¿Impostoras? ¿Gente que se había operado la cara para parecerse a ella?
—Emi, soy yo.
—Eso dijeron todas.
Isabel sintió la rabia subiéndole por el pecho. No miedo. Rabia. Porque este hombre, su esposo, el que la perseguía en bicicleta cuando tenían dieciséis años, le estaba hablando como si fuera una criminal.
—Está bien —dijo, y se cruzó de brazos—. ¿Quieres pruebas? Ahí van. La primera vez que me besaste fue detrás del gimnasio de la Prepa San Andrés. Te temblaban tanto las manos que me agarraste del codo en vez de la cintura. Y después saliste corriendo.
Emiliano no dijo nada. Pero su mandíbula se apretó.
—¿Más? Vomitaste en nuestra primera cita porque comiste mariscos para impresionarme sabiendo que eres alérgico. Me pediste matrimonio tres veces porque las primeras dos se te cayó el anillo. Lloraste más que yo cuando nació Santi. ¿Sigo?
—Para —dijo Emiliano, y su voz ya no era fría. Era un hilo.
—¿Y quieres la mejor? Tú le tienes pánico a los truenos. Cada vez que había tormenta te metías debajo de las cobijas y me pedías que te abrazara, y al día siguiente jurabas que no había pasado. Eso no lo sabe nadie más que yo, Emiliano Salazar Vega. Nadie.
Silencio.
Le temblaban las manos. A Emiliano Salazar, el hombre que manejaba un imperio multimillonario, le estaban temblando las manos.
—Isa... —La palabra le salió rota—. ¿Eres tú?
—Pues claro que soy yo, pedazo de animal. ¿Quién más te va a saber lo de los truenos?
Emiliano la abrazó.
No fue un abrazo bonito ni de película. Fue un abrazo desesperado, torpe, con demasiada fuerza, de esos que duelen. Isabel sintió que le iba a romper las costillas.
—Emi, me estás... me estás aplastando...
Pero él no la soltó. Y cuando Isabel sintió que el cuello se le mojaba, entendió. Estaba llorando. Este hombre enorme que parecía un bloque de hielo estaba llorando contra su hombro sin hacer ruido, con los hombros sacudiéndose.
—Te busqué —murmuró contra su pelo—. Quince años, Isa. Te busqué por todo el mundo.
Isabel cerró los ojos y lo abrazó de vuelta.
Está llorando. Mi Emi está llorando. ¿Cuántos años llevaba sin llorar?
—Ya, ya. Estoy aquí. —Le acarició el pelo—. No sé qué pasó ni cómo llegué aquí, pero estoy aquí. Ya no me busques más.
Se quedaron así un rato largo. Cuando Emiliano por fin la soltó, tenía los ojos rojos y la cara hecha un desastre, pero Isabel podía ver al chico de dieciséis años debajo de todas esas arrugas.
—Ahora sí —dijo Isabel, secándose los ojos—. Cuéntame qué pasó con mis hijos.
La cara de Emiliano cambió. La esperanza desapareció y en su lugar quedó algo que se parecía mucho a la culpa.
—Es largo, Isa.
—Tengo tiempo. Acabo de saltar quince años, ¿no? No me voy a ningún lado.
Emiliano se sentó en el borde de la cama y se pasó la mano por la cara. Parecía que de repente le habían caído diez años más encima.
—Cuando desapareciste, yo... no lo manejé bien.
—¿Qué quiere decir "no lo manejé bien"?
—Pasé un año entero en un barco buscándote en el Pacífico. Me llevé a Santi las primeras semanas, pero era un niño de seis años en medio del mar. Empezó a vomitar del estrés, así que lo mandé de vuelta. A los gemelos los dejé en una guardería con cuidadoras profesionales.
Isabel sintió que se le cerraba la garganta.
—¿Y después?
—Después... los metí a internados. A Santi a los ocho. A los gemelos a los cinco. Contraté diez personas para que se encargaran de su día a día. Asistentes, niñeras, tutores. Yo seguía buscándote y trabajando, no tenía tiempo para...
—¿Diez personas? —Isabel lo cortó—. ¿Contrataste a diez personas para reemplazar a una madre y un padre?
—Isa...
—No. —Se levantó—. Diez empleados. Internados. ¿Alguna vez fuiste a sus cumpleaños?
Emiliano no respondió. Eso era respuesta suficiente.
—¿Les llamabas por teléfono?
—Cuando podía.
—¿Y ellos te contestaban?
Silencio.
Isabel quería gritar. Quería agarrarlo de la camisa y sacudirlo hasta que le sonaran los dientes. Pero se contuvo, porque gritar no iba a arreglar quince años de abandono.
—¿Cómo están ahora? —preguntó, y su voz salió firme aunque por dentro se estaba rompiendo—. Dime la verdad, Emiliano. Sin adornar.
—Santi es... frío. No habla con nadie. Está en la universidad, saca las mejores notas, pero no tiene amigos. Conmigo casi no cruza palabra.
—¿Y Luna?
—Luna es todo lo contrario. Habla demasiado, gasta demasiado, y tiene un novio que no me da buena espina.
—¿Y Sol?
Emiliano vaciló.
—Sol se pelea mucho. Con cualquiera. Lo mandé a un campamento de entrenamiento para que canalizara la agresividad.
—¿Qué tipo de campamento?
—Uno estricto.
—Emiliano. ¿Qué tipo de campamento?
—De esos donde los disciplinan.
Isabel cerró los ojos. Respiró hondo. Contó hasta diez. No alcanzó.
—A ver si entiendo —dijo, con una calma que daba miedo—. Nuestro hijo mayor me odia. Nuestra hija es una niña de diecisiete años gastando millones en un novio. Y a nuestro hijo menor lo mandaste a un reformatorio porque se pelea. ¿Eso es lo que me estás diciendo?
—Isa, yo hice lo que pude...
—Pues no fue suficiente. —Le clavó los ojos—. Ni de cerca.
Emiliano bajó la cabeza. No dijo nada más.
Isabel lo miró un momento largo. Estaba furiosa con él. Pero también veía las ojeras, las arrugas, las manos que todavía le temblaban. Este hombre había pasado quince años destrozado, buscándola, y en el camino se le olvidó que tenía tres hijos que lo necesitaban.
—Voy a arreglar esto —dijo Isabel—. Todo. A los tres. Pero tú y yo vamos a tener una conversación muy larga, Emiliano Salazar. Y no te va a gustar.
—Lo que tú digas, mi Isa.
—Para empezar, esta noche duermes en el sofá.
—Pero...
—En. El. Sofá.
Emiliano asintió sin protestar. Don Refugio, que estaba escuchando desde el pasillo, tuvo que taparse la boca para no reírse.
El hombre más poderoso de Ciudad Brisa, y su esposa lo manda a dormir al sofá en los primeros diez minutos.
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Esa noche, mientras Isabel revisaba álbumes de fotos en el estudio, tratando de reconstruir los quince años que le faltaban, su teléfono recibió un mensaje de un número desconocido.
Tres palabras.
"Mañana voy a ir."
Era Santiago.
Isabel apretó el teléfono contra el pecho y cerró los ojos.
Todavía no me cree. Pero va a venir a buscar la respuesta.
Al otro lado de Ciudad Brisa, en un departamento a oscuras, Santiago Salazar Montero estaba sentado en el suelo, rodeado de cosas rotas. Había destrozado su sala entera. Una lámpara, un vaso, el marco de una foto donde salía él de niño con su madre.
Tenía la cadena de plata apretada contra el pecho, la que su madre le regaló cuando cumplió seis años.
Y en la pantalla de su computadora brillaba el resultado del laboratorio al que había mandado los cabellos esa misma tarde:
Coincidencia genética materno-filial: 99.98%.
Santiago se quedó mirando la pantalla sin moverse durante mucho tiempo.
Y en la oscuridad, muy bajito, tan bajito que ni él mismo se escuchó, dijo una palabra que no había dicho en quince años:
—Mamá.