A los veintisiete años, Solana Estrada enterró al hombre que había sido su esposo durante apenas un año.
Lisandro Sotomayor murió en una explosión que iba dirigida a ella. Era un hombre frío, silencioso y difícil de comprender. Durante su matrimonio jamás le dijo que la amaba. Solana creyó que para él aquella boda solo había sido un acuerdo entre dos familias.
Estaba equivocada.
Después de su muerte, descubrió las fotografías que él guardaba en secreto, las velas que encendió por ella durante catorce años y todos los peligros de los que la protegió sin decir una sola palabra.
Lisandro la había amado desde que eran adolescentes.
Cuando Solana vuelve a abrir los ojos, tiene diecisiete años y está otra vez en su último año de preparatoria. Al otro lado del salón se encuentra Lisandro: el alumno más brillante de su generación, el futuro heredero del Grupo Sotomayor y el chico sombrío al que nadie se atreve a acercarse.
Él todavía está vivo.
Todavía no la conoce.
Y todavía no sabe que algún día morirá por ella.
Esta vez, Solana piensa cambiarlo todo.
Va a entrar en su mundo, derribar cada una de sus defensas y proteger al muchacho que siempre la protegió a ella. Pero alterar el destino tiene un precio. La familia Sotomayor está llena de secretos, su dulce prima esconde intenciones crueles y el hombre responsable de la explosión ya ha empezado a mover sus piezas.
Solana logró regresar diez años al pasado.
Ahora tendrá que conseguir que Lisandro aprenda a amarla sin destruirse por ella… y evitar que la historia vuelva a terminar con su muerte.
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Capítulo 13
Capítulo 13: En las gradas
El torneo deportivo cayó en la novena semana, un viernes soleado que olía a pasto y a sudor adolescente.
El campo estaba decorado con banderines de colores que algún comité estudiantil había colgado con más entusiasmo que habilidad, la mitad colgaban torcidos y uno se había caído encima de la mesa de los jueces. Las gradas estaban llenas de estudiantes que no participaban pero que habían venido a gritar, comer papitas y tomar el sol.
Isabela estaba nerviosa. La veía desde el otro lado del campo, estirando las piernas junto a la fosa de salto de altura, con la trenza más torcida que nunca y los ojos enormes fijos en la barra.
Un metro cuarenta y cinco. Esa era la altura que tenía que superar para pasar a la siguiente ronda.
—¡Tú puedes, Isa! —le grité desde las gradas.
Me hizo un gesto con la mano que podía ser un saludo o un pedido de auxilio. Difícil saber con Isabela.
Yo estaba esperando mi turno en los relevos, que eran en media hora. Catalina, a mi lado, se comía unas papitas con limón y chile mientras proporcionaba comentarios no solicitados sobre la técnica de cada atleta.
—Ese de ahí corre como si tuviera un calambre. Y esa de allá… ¿por qué salta así? Parece rana.
—Catalina, eres la peor porrista del mundo.
—No soy porrista. Soy comentarista. Es diferente.
Busqué a Lisandro con la mirada. Lo encontré en las gradas de arriba, solo, con un libro abierto que no estaba leyendo. Sus ojos estaban en el campo. En mí.
Me estás mirando, pensé. Y ya ni te molestas en disimular.
No le dije nada. No le hice señas. Simplemente lo dejé mirar.
Mi turno en los relevos fue desastroso.
No el tipo de desastre que arruina vidas. El tipo de desastre que da risa. Corrí mi tramo con toda la velocidad que mis piernas de exbailarina podían dar, le pasé el testigo a la siguiente corredora sin tirarlo, lo cual ya era un logro, y terminé con las manos en las rodillas, jadeando como si hubiera corrido un maratón en vez de cien metros.
Mi equipo quedó en cuarto lugar de cinco. Un resultado que mi yo de diecisiete años habría considerado humillante y que mi yo de veintisiete consideraba perfectamente aceptable dado que la competencia atlética nunca fue mi fuerte.
—Buen esfuerzo —dijo Catalina, sin levantar la vista de sus papitas.
—Gracias por el entusiasmo.
Después de los relevos, fui a calentar al lado del campo. Isabela había pasado la primera ronda —un metro cuarenta y cinco, limpio— y se preparaba para la segunda. Quería estar cerca para animarla.
Fue durante el calentamiento que pasó.
Estaba trotando por el borde del campo cuando mi pie izquierdo aterrizó mal en un bache, el mismo tipo de bache que casi me había hecho caer durante el entrenamiento anterior, porque esta escuela tenía más agujeros que un queso gruyere y al director le importaba un comino. El tobillo se torció. No como la vez anterior, que fue un susto menor. Esta vez sentí el crujido.
El dolor fue inmediato. Agudo. Como si alguien me hubiera metido una aguja caliente en la articulación.
Caí al pasto. Me agarré el tobillo con las dos manos, apretando los dientes para no gritar.
—¡Sol! —Catalina bajó corriendo de las gradas—. ¿Qué pasó?
—El tobillo —dije entre dientes—. Me lo torcí. Otra vez.
Catalina se arrodilló a mi lado. Isabela, que vio todo desde la fosa de salto, también corrió hacia mí. En segundos tenía a cinco personas alrededor preguntándome si estaba bien, si necesitaba hielo, si podía mover el pie.
Y entonces la multitud se abrió.
No con ruido. Con silencio. El tipo de silencio que se produce cuando alguien que nunca se mueve de su lugar se mueve.
Lisandro bajó de las gradas.
Caminó a través del campo con pasos largos y rápidos, no corría, porque Lisandro Sotomayor no corría en público, pero la velocidad de su zancada delataba una urgencia que su cara no admitía. Llegó hasta donde yo estaba, se abrió paso entre los compañeros que me rodeaban sin pedir permiso ni decir "con permiso", y se arrodilló frente a mí.
En el pasto. Con el pantalón del uniforme. Frente a todo el campo deportivo.
Y me tomó el tobillo.
Sus manos —esas manos de dedos largos y nudillos marcados que yo conocía de dos vidas— envolvieron mi tobillo con una delicadeza que no correspondía a su tamaño ni a su fuerza. Primero palpó el hueso con la yema de los dedos, buscando la zona del dolor con la precisión de alguien que sabe lo que está haciendo. Luego empezó a masajear.
Despacio. En círculos. Con una presión exacta: lo suficientemente firme para desinflamar, lo suficientemente suave para no lastimar.
El campo entero se calló.
No exagero. El campo. Entero. Doscientos estudiantes, cinco profesores, el director, la señora de la tiendita que había salido a ver el torneo. Todos se quedaron mirando al chico más antisocial de la generación arrodillado en el pasto, masajeándole el tobillo a una chica con la concentración de un cirujano y las orejas rojas como cerezas.
Porque las orejas. Las orejas estaban en llamas. Rojas desde el lóbulo hasta la punta, brillando bajo el sol como dos farolitos de emergencia que gritaban al mundo lo que su boca se negaba a decir.
Pero no se detuvo.
Siguió masajeando. Círculos lentos, firmes, constantes. Su pulgar trazaba líneas sobre el tendón inflamado con una familiaridad que me desarmó por completo.
Porque yo conocía esas manos. Las conocía de otra vida.
En la vida anterior, cuando ya estábamos casados, yo llegaba exhausta de ensayar danza. Me sentaba en el sofá, me quitaba los zapatos y me quedaba mirando el techo mientras mis tobillos palpitaban. Y a veces, no siempre, solo cuando él creía que yo estaba dormida, sentía unas manos que me tomaban el tobillo con la misma delicadeza de ahora y lo masajeaban en círculos hasta que el dolor se iba.
Nunca abrí los ojos. Igual que con el cabello. Tenía miedo de que, si lo hacía, él se detendría.
Y ahora estaba aquí. El mismo gesto. Las mismas manos. Pero a plena luz del día, frente a doscientas personas, sin esconderse.
Las lágrimas me subieron a los ojos. No por el dolor, el dolor ya casi no existía bajo la presión de sus dedos. Fue por el reconocimiento. Por la certeza imposible de que este chico de diecisiete años, que todavía no me conocía, que todavía no sabía que me amaba, ya estaba haciendo lo mismo que haría durante los próximos diez años.
Me cuidas igual. En cada vida. De la misma forma.
—¿Duele? —preguntó, sin levantar la vista.
—Un poco —mentí. Ya no dolía nada. Solo sentía sus manos sobre mi piel, y aquello se parecía mucho más al placer que al dolor.
—No te muevas.
—No me estoy moviendo.
—Bien.
Siguió masajeando durante tres minutos más. Tres minutos que a mí me parecieron tres segundos y que al campo entero debieron parecerle tres horas. Cuando terminó, retiró las manos con la misma lentitud con la que las había puesto, se levantó del pasto, se sacudió las rodillas y se fue sin decir nada más.
Sin voltear. Sin esperar agradecimiento. Sin registrar las doscientas miradas que lo seguían como si fuera un extraterrestre que acabara de aterrizar en medio del torneo.
Catalina me miró.
Isabela me miró.
Todo el campo me miró.
—¿Qué? —dije, limpiándome los ojos con el dorso de la mano.
Catalina levantó las cejas tan alto que casi le tocaron el nacimiento del pelo.
—Ese chico te ama.
—Todavía no.
—Sol, se acaba de arrodillar en el pasto frente a toda la escuela para masajearte el tobillo con las orejas color semáforo. Eso no es "todavía no". Eso es "ya, pero no tiene diccionario emocional para expresarlo".
No le discutí. Porque tenía razón.
Media hora después, Isabela compitió.
Saltó un metro cuarenta y cinco en la primera ronda. Un metro cincuenta en la segunda. Su técnica era limpia, natural, con esa gracia que tienen los cuerpos que nacieron para un movimiento específico.
—¡Vamos, Isa! —grité desde las gradas, con el tobillo envuelto en una venda elástica que la enfermera me había puesto.
Un metro cincuenta y cinco. Su récord personal.
—¡Eso!
Isabela bajó de la zona de competencia con una sonrisa tan luminosa que le transformó la cara entera. Corrió hacia mí —bueno, trotó, porque estaba exhausta— y me abrazó.
—¡Lo logré!
—¡Sabía que podías!
—¡Un metro cincuenta y cinco, Sol!
Nos abrazamos en las gradas como si hubiera ganado una medalla olímpica. Y en cierto sentido, lo había hecho. Para una chica que el mundo trataba como invisible, superar su propio récord frente a doscientas personas era exactamente eso.
Lo que pasó después convirtió la celebración en ceniza.
Isabela fue a la zona de práctica libre para intentar un último salto antes de que cerraran el campo. Le habían puesto la barra a un metro sesenta, un salto ambicioso pero no imposible para ella, según el entrenador.
Tomó carrera. Saltó.
Su cuerpo se elevó con esa curva elegante del estilo Fosbury, la espalda arqueada sobre la barra, las piernas girando en el aire.
Y cayó sobre la colchoneta.
El grito fue inmediato.
No fue un grito de celebración. Fue un grito de dolor. Agudo, desgarrador, que cortó el aire del campo como un cuchillo.
Me levanté de las gradas tan rápido que olvidé que tenía el tobillo vendado. Corrí, cojeé, hacia la fosa de salto.
Isabela estaba de espaldas sobre la colchoneta, retorciéndose. Tenía las manos en la espalda, intentando alcanzar algo. Su cara estaba blanca.
—¡Isa! ¿Qué pasa?
—¡Me pica! ¡Algo me pica! ¡Sol, me arde la espalda!
Dos compañeras la ayudaron a sentarse. Le levantaron la camiseta.
Y lo vi.
Agujas. Pequeñas, finas, del tipo que se usa para coser. Docenas de ellas, clavadas en la superficie de la colchoneta, con las puntas hacia arriba, escondidas debajo de la funda de tela donde no se veían a simple vista.
Isabela tenía la espalda llena de pinchazos. Pequeños puntos rojos donde las agujas habían perforado la piel, algunos sangrando, otros apenas marcados. No era una herida grave, las agujas eran cortas y no habían penetrado profundo, pero la imagen era brutal.
—¡Sáquenla de ahí! —grité.
Entre dos compañeras y yo la levantamos de la colchoneta. Isabela lloraba, no de dolor sino de miedo, porque ver tu propia sangre manchando la tela blanca de una colchoneta deportiva es el tipo de cosa que te quiebra la compostura sin importar cuánta tengas.
La cargué. No sé de dónde saqué la fuerza, pesaba lo mismo que yo y mi tobillo pulsaba como un timbre, pero la cargué. La saqué de la fosa, crucé el campo con ella en brazos, subí los escalones del edificio principal y entré a la enfermería.
La enfermera la recostó boca abajo. Empezó a sacarle las agujas una por una con unas pinzas, limpiando cada pinchazo con alcohol. Isabela apretaba los labios y miraba la pared con los ojos anegados.
—¿Quién puso eso ahí? —preguntó la enfermera, horrorizada.
No respondí. No en voz alta.
Pero por dentro, la respuesta era tan clara como la luz del día.
Fernanda Prado.
No Fernanda directamente. Fernanda era demasiado lista para ensuciarse las manos. Pero conocía exactamente el tipo de persona que contrataría para hacer el trabajo sucio. Lo sabía porque, en otra vida, ese mismo tipo de persona intentó algo mucho peor.
Kevin Ramos.
Un chico de una escuela técnica al otro lado de Santa Lucía. Alto, fornido, con una reputación de matón a sueldo que se alquilaba para intimidaciones escolares, robos menores y "escarmientos" a quienes sus clientes señalaran. En la vida anterior, Kevin fue contratado por Fernanda para atacarme en la universidad. El ataque fue peor, mucho peor, que unas agujas en una colchoneta.
Pero esta vez empezó antes. Esta vez Fernanda no esperó a la universidad. Esta vez la humillación del té la empujó a actuar ahora, y como no se atrevía a atacarme directamente, fue por la más vulnerable de mis amigas.
Isabela. La chica que no le hacía daño a nadie. La chica que lo único que quería era saltar un metro sesenta.
La rabia me subió desde los pies. Pero no era la rabia caliente del baño, la que me hizo lanzar el té sin pensar. Era otra cosa. Fría. Metálica. Calculada. La rabia de una mujer de veintisiete años que ya sabe cómo funciona la violencia y que no va a permitir que se repita.
Me limpié las manos. Tenían sangre de Isabela, sangre de los pinchazos que había tocado al cargarla.
—Isa —le dije, inclinándome junto a la camilla—. ¿Estás bien?
—Me duele —susurró—. Pero estoy bien.
—Te voy a dejar aquí con la enfermera. Catalina viene en camino. Voy a resolver esto.
—Sol, no hagas nada loco…
—No te preocupes.
Salí de la enfermería. Cerré la puerta detrás de mí.
El pasillo estaba vacío. La luz del atardecer entraba por las ventanas y pintaba rayas doradas en el piso de azulejo.
Me miré las manos. Todavía tenían manchas de la sangre de Isabela en las líneas de la palma.
La última vez que vi sangre así fue en la vida anterior. La sangre de Lisandro en las fotos de la escena del crimen. La misma sangre que Fausto Medina provocó con una bomba que iba dirigida a mí.
No puedo detener a Fausto todavía. Es demasiado pronto. Pero a Fernanda Prado y a su perro de ataque sí puedo detenerlos.
Ahora mismo.
Caminé por el pasillo con pasos firmes, con las manos ensangrentadas y una expresión que, si alguien me hubiera visto, habría descrito como la de alguien que acaba de tomar una decisión de la que no piensa arrepentirse.
Sabía exactamente dónde encontrar a Kevin Ramos. En otra vida, aprendí demasiado tarde quién era y cómo operaba. En esta, iba a enseñarle, antes de que escalara, antes de que se volviera más peligroso, antes de que alguien más saliera herido, que ciertas personas no se tocan.
Y que quien las toca, paga.