El Amor Eterno Del Rey Vampiro

El Amor Eterno Del Rey Vampiro

Mil años atrás

Mil años antes…

La tierra era un mundo dividido.

Cuatro clanes habitaban el continente, pero solo tres de ellos gobernaban y luchaban constantemente por el poder.

Los lobos dominaban los inmensos bosques y las tierras salvajes. Eran fuertes, orgullosos y protectores de la naturaleza.

Las brujas vivían alejadas de las ciudades, custodiando conocimientos ancestrales y secretos prohibidos que nadie más se atrevía a estudiar.

Y luego estaban los vampiros, el clan más antiguo y poderoso de todos. Gobernaban Kratos, un reino majestuoso situado en el corazón del continente, un territorio imponente rodeado por enormes murallas de piedra negra y castillos que parecían tocar el cielo.

Por último, estaban los humanos.

El clan más débil y vulnerable.

No poseían la fuerza de los lobos, la magia de las brujas ni la inmortalidad de los vampiros. Sin embargo, habían logrado sobrevivir gracias a su inteligencia y a las alianzas que construían entre ellos.

Pero sería precisamente el miedo a desaparecer lo que, algún día, traería la mayor destrucción que aquella tierra hubiera conocido.

A las afueras de las ciudades se levantaban las torres de las brujas.

Altas edificaciones de piedra gris cubiertas de enredaderas y flores silvestres. En su interior, miles de libros antiguos descansaban sobre enormes estanterías de madera. Allí se estudiaban tanto las artes oscuras como la magia blanca.

Frente a las torres se extendían enormes campos llenos de hierbas medicinales, flores y plantas utilizadas para elaborar pociones curativas.

La bruja mayor, Imelda, era la más poderosa y la más antigua de todas. Sus largos cabellos plateados caían sobre sus hombros y sus ojos oscuros parecían guardar siglos de sabiduría.

Pocas veces abandonaba su torre. Prefería pasar sus días estudiando antiguos manuscritos.

No estaba completamente sola.

A su lado siempre se encontraba Merida.

Una joven humana de cabello castaño y ojos verdes llenos de vida.

Cuando era apenas una bebé, una terrible peste había acabado con toda su familia. Contra todo pronóstico, ella sobrevivió.

No poseía magia.

No era una bruja.

Era simplemente humana.

Pero tenía un corazón bondadoso y una inteligencia extraordinaria.

Desde pequeña había ayudado a Imelda a preparar pociones y remedios para las aldeas cercanas.

Aquella tarde, Merida caminaba entre los campos medicinales seleccionando cuidadosamente algunas hierbas mientras el viento agitaba suavemente su vestido.

Entonces escuchó una voz detrás de ella.

—Merida.

La joven levantó la cabeza y sonrió inmediatamente.

—¿Sí, señora?

Imelda observaba el cielo con cierta preocupación. Las nubes grises comenzaban a cubrir el horizonte.

—Se acerca una tormenta.

Merida colocó algunas hierbas dentro de su canasta y asintió.

—Lo sé. Solo quería terminar de recoger estas plantas. Mañana debo llevar varias pociones a la aldea. Muchos niños han enfermado últimamente.

Imelda la miró con ternura.

Siempre admiraba la bondad de aquella muchacha.

—Ten cuidado cuando vayas, Merida. Especialmente con los hombres.

Merida soltó una pequeña risa.

—¿Otra vez con eso?

—Hablo en serio. Eres muy hermosa y no todos tienen buenas intenciones.

Merida negó con la cabeza divertida.

—No se preocupe, mi señora. Además, nunca voy sola.

Luego recordó algo y sonrió.

—Por cierto, terminé de arreglar la torre del sur para la llegada del príncipe vampiro.

Imelda hizo una mueca de desagrado.

—Qué fastidio tener a esos chupasangres aquí. Son tan arrogantes… se creen dueños del mundo. Con gusto los convertiría en sapos.

Merida soltó una carcajada.

—Y provocaríamos una guerra.

Imelda suspiró.

—Tienes razón. Será mejor conservar la paz.

Luego se acercó a ella y tomó la canasta de sus manos.

—Vamos, querida. Pronto comenzará a llover y lo último que quiero es que te enfermes.

Merida sonrió con cierta picardía.

—Sé cómo curarme.

Imelda soltó una pequeña risa.

—Presumida. Date prisa.

Ambas comenzaron a caminar hacia las torres mientras el viento se volvía cada vez más frío.

Sin embargo, Imelda se detuvo por un instante.

Sus ojos se fijaron en las oscuras nubes que cubrían el cielo.

Un extraño presentimiento se apoderó de su corazón.

Algo estaba cambiando.

Algo grande se acercaba.

Y, por primera vez en mucho tiempo, sintió miedo.

Merida e Imelda caminaron por los senderos de piedra que conducían a la entrada principal de las torres.

El lugar estaba lleno de vida.

Varias mujeres cuidaban las hierbas medicinales que crecían ordenadamente en enormes jardines. Otras clasificaban flores secas en pequeñas canastas de mimbre, mientras algunos hombres molían raíces y preparaban ingredientes para las pociones.

Afuera de las torres había largas mesas de madera repletas de frascos de cristal de distintos tamaños. Algunos contenían líquidos azules que brillaban suavemente, otros tenían tonos verdes, dorados y violetas.

El aire estaba impregnado por el aroma de la lavanda, la menta y las hierbas recién cortadas.

Al ver a la bruja mayor, todos detuvieron lo que estaban haciendo e inclinaron la cabeza en señal de respeto.

—Bruja mayor Imelda.

Imelda les dedicó una pequeña sonrisa.

Sin embargo, sus ojos volvieron a dirigirse hacia el cielo.

Las nubes oscuras avanzaban rápidamente desde el este.

—Recojan todo de inmediato. Una tormenta se acerca.

Todos levantaron la vista.

—¿Tan fuerte será? —preguntó una de las mujeres.

Imelda asintió.

—Lo suficiente como para no dejar nada afuera.

—Sí, señora.

Las personas comenzaron a moverse rápidamente.

Algunos recogían las plantas medicinales, otros cubrían las mesas con telas gruesas y varios transportaban las cajas con ingredientes hacia el interior de las torres.

Merida observó la escena sonriendo.

Siempre le había gustado aquel lugar.

Era como una pequeña familia.

Ella había crecido allí.

Entraron en la torre principal.

El interior era cálido y acogedor. Grandes estanterías llenas de libros cubrían las paredes hasta el techo. Frascos de vidrio, pergaminos y velas encendidas descansaban sobre varias mesas de trabajo.

Merida dejó la canasta llena de hierbas sobre una de ellas.

Entonces escuchó la voz de Imelda.

—El hijo del molinero vino esta mañana.

Merida levantó la cabeza.

—¿En serio?

Imelda se acercó a una tetera y comenzó a preparar una infusión.

—Me pidió permiso para cortejarte.

Merida abrió mucho los ojos.

—Espero que le haya dicho que no.

Imelda soltó una pequeña risa.

—Le dije que te lo preguntaría a ti.

Merida suspiró aliviada.

—Menos mal.

Imelda la observó divertida.

—¿Tan poco te gusta?

—No es eso.

—Entonces, ¿qué es?

Merida se sentó en una silla de madera y jugueteó con sus dedos.

—Es un buen hombre. Es amable, trabajador y respetuoso.

—Pero…

Merida sonrió.

—Pero no siento nada por él.

Imelda tomó una taza y la colocó frente a ella.

—No todos los matrimonios nacen del amor.

Merida negó con la cabeza.

—Yo no quiero eso.

—¿No quieres casarte?

Merida permaneció unos segundos en silencio.

Miró las llamas que bailaban dentro de la chimenea.

—Sí quiero.

Imelda arqueó una ceja.

—¿Ah, sí?

Merida sonrió tímidamente.

—Quiero enamorarme.

Imelda se sentó frente a ella.

—¿Y cómo imaginas ese amor?

Merida guardó silencio unos instantes.

—No lo sé.

Bajó la mirada y sonrió.

—Pero quiero que sea alguien que me haga sentir paz. Alguien que me vea y me elija todos los días. Alguien con quien pueda reír, hablar y compartir mi vida.

Imelda la observó con ternura.

—Eres una romántica.

Merida soltó una pequeña risa.

—Quizás.

Luego mordió suavemente su labio inferior y la miró con cierta timidez.

—¿Me leería la suerte?

Imelda la observó sorprendida.

—Nunca me lo has pedido.

—Lo sé.

—¿Y ahora sí quieres saberla?

Merida asintió.

—Solo quiero saber cómo me irá en el amor.

Imelda sonrió divertida.

—Pensé que no querías casarte.

Merida soltó una pequeña carcajada.

—Quiero encontrar el amor… pero sé que no está con el hijo del molinero.

Imelda la miró unos segundos.

Luego una expresión más seria apareció en su rostro.

Porque, por alguna razón que no lograba explicar, el extraño presentimiento que había sentido al ver aquellas nubes oscuras seguía oprimiéndole el corazón.

Como si el destino de Merida estuviera a punto de cambiar para siempre.

…………………………………………………………………………………………………………………

Imelda permaneció unos instantes en silencio.

Luego se levantó lentamente y comenzó a reunir algunos ingredientes.

Tomó un pequeño recipiente de miel, una rama de canela, pétalos de rosas rojas y varias hierbas aromáticas que Merida no logró reconocer.

Después colocó cuatro velas rojas alrededor de la mesa.

Merida la observaba con curiosidad.

—¿De verdad va a hacerlo?

Imelda sonrió.

—Hace mucho tiempo que no leo el destino de nadie.

Merida sonrió emocionada.

—Entonces seré su primera paciente en mucho tiempo.

Imelda soltó una pequeña risa.

—No te emociones demasiado. El destino es caprichoso.

La bruja tomó una pequeña aguja y la acercó a Merida.

—Necesito una gota de tu sangre.

Merida extendió su dedo sin dudar.

Imelda pinchó suavemente la yema y dejó caer unas gotas dentro de un pequeño recipiente.

Luego mezcló la sangre con la miel, la canela y los pétalos.

El aroma dulce comenzó a llenar la habitación.

Las llamas de las velas empezaron a moverse suavemente, aunque ninguna ventana estaba abierta.

Imelda cerró los ojos y comenzó a recitar un antiguo hechizo.

Su voz era profunda y tranquila.

Una lengua ancestral que Merida nunca había escuchado.

La habitación pareció volverse más silenciosa.

Incluso el viento que golpeaba las ventanas dejó de escucharse.

Entonces Imelda abrió los ojos.

—Muéstrale a esta mujer su destino en el amor.

Las velas comenzaron a derretirse rápidamente.

Merida abrió los ojos sorprendida.

La cera roja se desplazaba sola sobre la mesa.

Primero formó pequeñas líneas.

Después aparecieron figuras.

Y poco a poco toda la mesa quedó cubierta por una especie de pequeña maqueta hecha de cera.

Merida permaneció inmóvil.

Jamás había visto algo parecido.

—¿Qué significa? —preguntó en un susurro.

Imelda frunció el ceño.

Luego señaló una pequeña figura femenina.

—Esta eres tú.

Merida sonrió.

Después Imelda señaló otra figura.

La silueta de un hombre estaba unida a la de Merida por un largo camino de cera.

—Y este es él.

—¿Él?

—El hombre destinado a ti.

Merida lo observó con curiosidad.

La figura era más alta que la suya.

Su presencia parecía imponente.

Imelda entrecerró los ojos.

—Qué extraño...

Merida la miró preocupada.

—¿Qué ocurre?

Imelda tocó la línea de cera.

—Su línea de vida parece eterna.

Merida soltó una pequeña risa.

—Eso es imposible.

Imelda no respondió.

Continuó observando.

Luego señaló otra parte de la maqueta.

Dos figuras estaban juntas.

A su alrededor había un bosque, un lago y una enorme luna.

—Este será su encuentro.

Merida sonrió.

—¿Un bosque?

—Sí.

Imelda recorrió la figura con sus dedos.

—Veo árboles, un lago y una luna enorme iluminándolo todo.

Merida observó fascinada aquella pequeña escena.

—Es hermoso.

Pero la expresión de Imelda cambió.

Señaló otra figura.

Las dos siluetas parecían estar enfrentándose.

—También veo discusiones.

Merida suspiró.

—Entonces no será un amor sencillo.

—No.

Imelda negó lentamente.

—No será fácil.

Continuó avanzando.

Luego apareció una figura mucho más grande.

La de un hombre que permanecía unida a la del hombre destinado a Merida.

—Veo oposición.

Merida levantó la vista.

—¿Quién es?

—Un hombre muy importante en su vida.

Imelda frunció el ceño.

—Su familia no te querrá.

Merida soltó una pequeña risa.

—Eso tampoco suena muy alentador.

Pero Imelda seguía observando.

Su expresión comenzó a cambiar.

—Espera...

Merida se acercó.

Imelda señaló otra figura.

El hombre caminaba completamente solo.

Había abandonado todo lo que estaba detrás de él.

—Está renunciando a algo.

—¿A qué?

Imelda la miró.

—A todo.

Merida la observó sorprendida.

—¿Todo?

Imelda asintió.

—Todo por ti.

Los ojos de Merida se llenaron de ilusión.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

Entonces Imelda señaló otra escena.

Las dos figuras estaban unidas.

Alrededor de ellas había pequeñas formas circulares.

—Veo una unión.

Merida abrió los ojos.

—¿Una boda?

Imelda sonrió.

—Sí.

Merida soltó una pequeña carcajada.

—¿De verdad me casaré?

—Sí.

Luego Imelda volvió a mirar la mesa.

Su sonrisa desapareció poco a poco.

La figura del hombre tenía las manos apoyadas sobre el vientre de la mujer.

Los ojos de Merida brillaron de emoción.

—¿Un bebé?

Imelda permaneció en silencio.

Porque, por primera vez desde que había comenzado la lectura, una extraña sensación de miedo recorrió todo su cuerpo.

Algo oscuro se escondía más adelante en aquel destino.

Y todavía no se atrevía a decirle a Merida lo que estaba viendo.

De pronto, la expresión de Imelda cambió.

Sus ojos se clavaron en una nueva figura.

El hombre comenzaba a alejarse.

Su figura se separaba de la de Merida.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué ocurre?

Imelda observó atentamente.

—Veo que él se aleja de ti.

Merida inclinó la cabeza.

—¿Se aleja de mí?

—Sí.

Merida soltó una pequeña risa.

—Bueno… supongo que todos debemos viajar alguna vez.

Pero Imelda no respondió.

Algo más estaba ocurriendo.

Su mirada descendió hacia otra parte de la mesa.

Su corazón se detuvo por un instante.

La figura de Merida se estaba derritiendo.

Frente a ella aparecía una enorme silueta deformada, una especie de bestia con alas extendidas y una presencia aterradora.

El aire de la habitación pareció volverse más frío.

Imelda sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Muerte… —susurró.

Merida dejó la taza que sostenía.

—¿Muerte?

Imelda no respondió.

Continuó observando.

La figura del hombre yacía arrodillada en el suelo.

Su postura transmitía un dolor tan profundo que parecía estar gritando.

Como si hubiera perdido algo que jamás podría recuperar.

Merida sintió un pequeño nudo en la garganta.

—¿Quién morirá?

Imelda guardó silencio.

Porque algo dentro de ella le impedía responder.

Entonces miró el extremo de la mesa.

La línea del tiempo seguía avanzando.

Y avanzando.

Y avanzando.

Era imposible.

Ningún destino humano se extendía tanto.

Al final apareció una nueva figura.

Una mujer.

Estaba unida al mismo hombre.

Imelda frunció el ceño.

Era Merida.

Pero, al mismo tiempo, no lo era.

Parecía la misma alma.

La misma esencia.

Pero pertenecía a otro tiempo.

A una época lejana.

Como si el destino la hubiera llevado a nacer de nuevo.

Como si estuviera destinada a regresar.

Un frío terrible le recorrió el cuerpo.

Entonces las vio.

Criaturas enormes comenzaron a surgir alrededor de las figuras.

Bestias oscuras.

Seres alados.

Sombras que avanzaban consumiéndolo todo a su paso.

El mismo presentimiento que había sentido al observar las nubes grises regresó con más fuerza.

Algo terrible se aproximaba.

Algo que cambiaría el destino del mundo entero.

—¿Qué sucede? —preguntó Merida.

Imelda levantó la vista.

Durante unos segundos no supo qué decir.

Luego sonrió con suavidad.

—Nada.

Merida la miró.

—¿Está segura?

Imelda asintió.

—Solo veo que vivirán una larga vida juntos… y que, cuando llegue el momento, envejecerán y morirán de viejos.

Merida soltó un suspiro de alivio.

Una enorme sonrisa iluminó su rostro.

—Entonces sí encontraré el amor.

—Sí, querida.

Merida se levantó de la silla y comenzó a servir dos tazas de té.

—Eso es todo lo que necesito saber.

Imelda intentó sonreír.

—¿Solo eso?

Merida soltó una pequeña risa.

—Sí. Saber que algún día alguien me amará de verdad.

Imelda la observó en silencio.

Merida no veía el peligro.

No veía las sombras.

No veía el dolor.

Solo veía esperanza.

Y eso hizo que su corazón se encogiera aún más.

Mientras la joven tarareaba una melodía y preparaba el té, Imelda permaneció inmóvil frente a la mesa.

Sus ojos seguían fijos en las figuras de cera.

Las criaturas.

La muerte.

La separación.

Y aquella segunda Merida que aparecía en un tiempo imposible.

Un mal presentimiento la invadió.

Uno tan fuerte que casi podía sentirlo en el aire.

Como si el destino estuviera susurrándole una advertencia.

Algo terrible estaba por llegar.

Algo que ningún clan sería capaz de detener.

Y, sin saberlo, el destino de Merida estaba en el centro de todo.

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Comments

Elizabeth Delvicier

Elizabeth Delvicier

Gracias por compartir tu talento con nosotros y escribir una novela.
Gracias por sumergirnos de nuevo en tu maravilloso mundo y, crear personajes inolvidables y regalarnos una historia que atrapa desde el primer capitulo
Enhorabuena por el lanzamiento de tu nuevo libro! 📖❤️ Gracias por crear otra historia fascinante. Ya estoy lista para devorarla. ¡Todo el éxito del mundo, te lo mereces

2026-06-30

5

Ana Veronica Pineda Gonzalez

Ana Veronica Pineda Gonzalez

siiiiiii la historia de cecil y mi bello vempiro gracias mi autora por esta historia

2026-06-30

6

Alma Morales

Alma Morales

El dolor de mi pobre rey vampiro y de seguro su padre es el que los separó y los dragones fueron los que quemaron su casa con ella dentro embarazada y el esperándola durante muchísimos años😢😢😢😢😢

2026-06-30

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