«Mi sangre no pide compasión; exige ser devorada.»
El chasquido del cerrojo blindado nos dejó a oscuras en el laboratorio subterráneo. En el suelo, los vidrios de mi última ampolleta de supresor. En mis venas, el desastre.
Mi cuerpo es una trampa: libero un aroma a miel y jazmín tan violento que me dobla las rodillas, me asfixia la garganta y me humilla. La ventilación esparce la plaga de mi olor por el aire sellado, y la biología no perdona.
Tres aromas depredadores acorralan mi agonía en la penumbra. Sin medicina que me salve, sin aire para gritar y con la fiebre del celo quemándome la piel desde adentro.
La cacería empezó. Y la única duda es cuál de los tres clavará primero sus garras en mi nuca.
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CAPÍTULO 24: EFECTO SECUNDARIO
EFECTO SECUNDARIO
El aire en el túnel de servicio del Nivel -6 era pesado, impregnado de óxido y vapor. Mientras Ren guiaba a los primeros grupos de Omegas descongelados hacia los conductos de ventilación exterior, el grupo principal buscó cobijo en una antigua sala de subestación abandonada.
Tan pronto como la pesada puerta de hierro se cerró a nuestras espaldas, la adrenalina que me había sostenido durante el combate se evaporó de golpe.
El uso prolongado del brazalete de contención para amplificar la frecuencia de mi pulso biológico comenzó a cobrar su factura. Mi visión se nubló con destellos blancos, las rodillas me temblaron y el aire pareció faltarme en los pulmones. Un sudor frío me cubrió la frente mientras un ardor abrasador recorría mis venas: el colapso por esfuerzo bio-eléctrico.
Antes de que mi cuerpo tocara el suelo frío de metal, dos pares de brazos me sostuvieron en el aire.
Eren me sujetó por el torso con una brusquedad desesperada. Sus manos, habitualmente firmes y mortales en el manejo de armas pesadas, temblaban ligeramente al rodear mis hombros. Podía sentir el calor abrasador de su piel a través de la tela de su uniforme táctico y el ritmo acelerado de su corazón chocando contra mi espalda.
—¡Lian! —gruñó Eren, con una voz rasposa que no buscaba ser suave, sino que reflejaba una ira sorda e impotente por no haber podido evitar que me sobreexigiera.
—Déjalo en el suelo con cuidado, no lo sacudas —intervino Kaelen de inmediato. Su tono mantenía la disciplina militar, pero sus ojos, fijos en mi rostro pálido, delataban una inquietud que nunca le había visto frente a un superior o en medio de un tiroteo.
Kaelen se despojó del chaleco táctico sin dudarlo, lo dobló y lo colocó debajo de mi cabeza mientras me reclinaban contra la pared de acero. Se arrodilló a mi lado, y con una lentitud casi involuntaria, rozó con los nudillos la línea de mi mandíbula para comprobar la temperatura de mi piel. El contacto fue breve, un choque eléctrico silencioso, pero Kaelen no retiró la mano hasta que aseguró mi postura.
Valen, por su parte, se acercó en silencio. Mientras Eren guardaba guardia en la puerta con el fusil en alto —aunque su mirada volvía a mí cada tres segundos—, Valen se arrodilló frente a mí y abrió su kit médico de campaña.
—Sufrió una sobrecarga en los receptores neuronales —dijo Valen en un murmullo bajo, ajustando un inyector térmico—. Tu esencia de Sujeto Cero obligó a su cuerpo a emitir un pulso diez veces mayor al límite seguro.
Valen tomó mi mano izquierda para medir las pulsaciones. Sus dedos, delgados y precisos, se apretaron contra mi muñeca un segundo más de lo strictly necesario. Cuando alzó la vista y cruzamos miradas, no hubo explicaciones ni teorías científica: en el fondo de sus ojos oscuros había una mezcla de reproche silencioso y una devoción contenida que me erizó la piel.
—No vuelvas a hacer esa locura —dijo Valen sin alzar la voz, aplicando la dosis en mi cuello con un movimiento cuidadoso—. No si el precio es que te consumas por dentro.
Mientras la sustancia estabilizadora comenzaba a enfriar el fuego de mis venas, la atmósfera en la pequeña sala se volvió densa, casi sofocante. No por el azufre de la montaña, sino por la presencia viva de los tres Alfas encerrados en un espacio reducido.
Eren caminaba de un lado a otro cerca de la puerta, incapaz de quedarse quieto. Cada vez que Valen se inclinaba demasiado para acomodar la manta térmica sobre mi pecho, la mandíbula de Eren se tensaba con violencia y sus nudillos se volvían blancos al apretar el agarre de su arma. La posesividad primal de su naturaleza Alfa luchaba abiertamente contra su respeto por el grupo. Quería acercarse, quería ser él quien me sostuviera, pero la culpa de haberme visto colapsar lo mantenía a distancia, castigándose a sí mismo.
Kaelen notó la tensión de Eren y se puso de pie, interponiéndose sutilmente entre Eren y yo con la excusa de revisar el mapa holográfico de la salida. Los dos Alfas se midieron con la mirada durante tres segundos eternos, un pulso silencioso de jerarquía y celos no verbalizados que hizo que el aire del refugio se sintiera a punto de detonar. Ninguno dijo una palabra, pero el mensaje entre ellos era claro: nadie va a dejar que al otro le pase nada, pero tampoco nadie va a dar un paso atrás.
Me incorporé despacio, apoyando la espalda contra la pared. El dolor de cabeza cedía gradualmente.
—Estoy bien —murmuré, rompiendo el silencio de la sala—. La frecuencia de la montaña está bajando. Los Omegas ya están cruzando el sector de carga hacia las naves.
Eren se detuvo en seco. Se acercó a mí a pasos largos, se agachó a mi altura y, sin pedir permiso, colocó una mano enorme en la parte posterior de mi cuello, obligándome a mirarlo directamente a los ojos.
—No estás bien, Lian —dijo en un susurro áspero, a escasos centímetros de mi rostro, dejando que su aliento cálido me rozara la piel—. La próxima vez que vayas a usar tu cuerpo como un escudo para salvarnos a nosotros, recuérdalo: si tú caes, esta mierda de guerra no tiene ningún sentido para ninguno de los tres.
Kaelen no intervino para separarlo esta vez. Se limitó a observar la escena desde la mesa de control, ajustando las correas de sus guantes con una frialdad calculada, aunque el brillo de sus ojos demostraba que respaldaba cada palabra de Eren. Valen cerró el botiquín con un chasquido metálico y se quedó sentado a mi lado, manteniendo la guardia en silencio, sin alejarse un solo centímetro.
En ese instante, rodeado por la penumbra de Vulcano y la intensidad contenida de los tres, lo entendí sin necesidad de que nadie pronunciara una sola palabra de afecto: la misión ya no era solo destruir al Mando Central ni liberar a la especie. Se había convertido en una red imborrable de lealtad, deseo y protección que nos ataba a los cuatro por igual.
Un pitido sordo interrumpió el momento. La terminal de Valen parpadeó con un mensaje encriptado enviado por Ren desde los túneles inferiores:
«Sector de evacuación asegurado. Pero los escáneres del perímetro exterior detectaron una señal masiva aproximándose desde la Capital. El Mando Central activó la unidad de respuesta inmediata.»
Deslicé la pantalla para ver las lecturas térmicas del radar. Una sola nave de guerra clase titanio se dirigía a Vulcano a velocidad hipersónica, cargando la firma biológica que habíamos descubierto en los archivos de Korvak: el Sujeto Alfa Original.
— Nota de Lian —
"Si el Mando Central y esos tres Alfas creen que pueden acorralarme o dictar mis reglas, no entienden absolutamente nada de lo que soy. Yo no soy la presa de nadie. Si estás de este lado y quieres ver cómo rompo su control capítulo a capítulo, guarda esto en tu Biblioteca y deja tu Like. No te distraigas... porque esto apenas está comenzando."