Elizabeth solo quería terminar de leer el libro que su amiga le recomendó.
Una historia oscura sobre un poderoso señor del Norte, un hombre que pasó años en el campo de batalla y que, en su obsesión por la guerra, terminó abandonando a sus propios hijos. Niños que crecieron sin el amor de su padre, sin una madre que los protegiera y bajo el cuidado de una madrastra cruel que solo sabía repetir el mismo dolor que alguna vez recibió.
Todo porque, cuando más lo necesitaban, nadie estuvo allí para ellos.
Elizabeth conocía perfectamente aquella historia.
Sabía quiénes serían los villanos.
Sabía cómo terminaría cada personaje.
Y, sobre todo, sabía que la madrastra tendría un final terrible.
Y lo peor para ella es que la verdadera madrastra Elizabeth ha cambiado de lugar con ella, y ahora ella ha reencarnado como la madrastra.
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Capítulo 2: La señora del Norte
La puerta volvió a abrirse a los pocos minutos y Sebastián regresó a la habitación, permaneciendo de pie en el umbral con la espalda completamente erguida.
—Señora, lamento profundamente no haber podido recibirla como es debido anoche. Llegó muy tarde debido al mal tiempo y no tuve oportunidad de mostrarle las instalaciones.
Elizabeth forzó una sonrisa débil, intentando actuar con naturalidad a pesar de sentir el peso inusual de sus cuernos al mover la cabeza.
—No se preocupe, Sebastián.
El mayordomo hizo una reverencia aún más profunda que la anterior, casi marcial.
—Entonces permítame darle formalmente la bienvenida a su nuevo hogar, señora del Norte.
Elizabeth se quedó completamente inmóvil en el sitio, procesando las palabras.
«¿Señora del Norte?»
—¿Disculpe?
—Su esposo estará ausente por un tiempo indeterminado debido a sus deberes. Mientras permanezca aquí, usted será la máxima autoridad de esta mansión.
Un escalofrío helado le recorrió la columna vertebral. ¿Su esposo? Ella no recordaba haberse casado jamás. Ni siquiera recordaba haber salido en una cita decente en los últimos años, mucho menos estar vinculada a un noble en un lugar tan extraño.
—Si es tan amable de acompañarme, le mostraré el ala principal.
Elizabeth decidió tragar saliva y seguirle la corriente. Por el momento, hacer preguntas absurdas solo conseguiría que la encerraran por loca o descubrieran que no pertenecía a este cuerpo.
—Claro... guía el camino.
Caminaron por los interminables y fríos pasillos de la propiedad. El lugar era de proporciones gigantescas y, aunque debió haber sido una fortaleza impresionante en sus mejores épocas, ahora mostraba evidentes señales de abandono y decadencia. Varias paredes de piedra tenían grietas, la madera de los ventanales estaba desgastada y muchos de los muebles cubiertos con fundas acumulaban polvo.
No parecía la residencia de una familia pobre, sino la de una gran casa que había sido olvidada gradualmente por el tiempo.
Elizabeth también notó que los pocos empleados con los que se cruzaban vestían ropas extremadamente desgastadas, aunque impecablemente limpias. Era evidente que hacían un esfuerzo sobrehumano por mantener la dignidad del lugar con recursos muy limitados.
—¿Cuántas personas trabajan actualmente en la propiedad? —preguntó Elizabeth, intentando obtener información sin sonar sospechosa.
—Actualmente, apenas somos una docena, señora —respondió Sebastián con voz pausada.
—¿Tan pocos para un lugar tan grande?
El mayordomo guardó silencio durante unos pasos antes de responder con cautela.
—El Señor del Norte lleva muchos años fuera, librando las guerras del imperio. Los recursos son limitados.
—¿El Señor del Norte?
—Su esposo, el archiduque.
Otra vez esa maldita palabra. Su esposo.
—Señora —interrumpió Sebastián de nuevo—. Le preguntaba si desea desayunar antes de que terminemos el recorrido por la mansión.
Elizabeth miró a su alrededor, dándose cuenta de que habían regresado al vestíbulo principal.
—Sí... creo que comeré algo.
—Después podemos continuar con la visita o, si lo prefiere, puede retirarse a descansar.
—Preferiría descansar después de comer.
—Como ordene.
Sebastián la condujo hasta el comedor principal. Era monumental, demasiado amplio para la escasa cantidad de personas que habitaban la residencia. Elizabeth tomó asiento mientras María comenzaba a servir la mesa con pan, huevos, frutas, carne y una bebida caliente cuyo sabor no consiguió identificar.
Comenzó a comer intentando mantener la compostura, aunque sentía las miradas discretas de los empleados sobre ella. No eran miradas de miedo ni de devoción, sino de pura curiosidad.
«Por lo menos la comida es normal».
Aunque estar sentada en un comedor majestuoso, vistiendo ropas antiguas, luciendo cuernos en la cabeza y siendo llamada «señora» sin conocer a su supuesto esposo, era cualquier cosa menos normal.
«Cuando descubra qué clase de magia o locura es esta, me largo de aquí».
Cuando terminó, Sebastián se acercó con pasos silenciosos.
—¿El desayuno fue de su agrado?
—Sí, estaba delicioso. Gracias.
El mayordomo ordenó a María que la escoltara de vuelta a sus aposentos. Elizabeth caminó en silencio y, al cerrar la puerta de su habitación, soltó un largo suspiro apoyándose contra la madera.
—¿Qué demonios está pasando?
Se sentó en la cama e intentó recordar cómo había llegado hasta allí. No recordaba haber viajado ni haberse casado. Se levantó impulsivamente y volvió a pararse frente al gran espejo de plata.
La mujer que la observaba seguía pareciéndole una desconocida: ojos verde esmeralda, melena naranja rojiza, piel clara, orejas aladas y dos cuernos azabache en la cabeza.
En su vida real, Elizabeth había sido una joven de piel morena, cabello marrón oscuro y estatura promedio. Su único rasgo distintivo siempre habían sido sus ojos de un azul claro deslumbrante.
Pero esos ojos azules no estaban por ninguna parte.
—Ni siquiera me parezco... —murmuró, extendiendo una mano temblorosa hasta tocar el vidrio—. ¿Quién eres?
En el instante exacto en que sus dedos rozaron el reflejo, una punzada de dolor horrendo le atravesó el cráneo. La visión se le llenó de manchas oscuras, las piernas se le doblaron y cayó desmayada al suelo.