Elizabeth solo quería terminar de leer el libro que su amiga le recomendó.
Una historia oscura sobre un poderoso señor del Norte, un hombre que pasó años en el campo de batalla y que, en su obsesión por la guerra, terminó abandonando a sus propios hijos. Niños que crecieron sin el amor de su padre, sin una madre que los protegiera y bajo el cuidado de una madrastra cruel que solo sabía repetir el mismo dolor que alguna vez recibió.
Todo porque, cuando más lo necesitaban, nadie estuvo allí para ellos.
Elizabeth conocía perfectamente aquella historia.
Sabía quiénes serían los villanos.
Sabía cómo terminaría cada personaje.
Y, sobre todo, sabía que la madrastra tendría un final terrible.
Y lo peor para ella es que la verdadera madrastra Elizabeth ha cambiado de lugar con ella, y ahora ella ha reencarnado como la madrastra.
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La otra Elizabeth
«Cuando descubra qué está pasando, me voy».
Elizabeth repetía aquella frase en su cabeza mientras caminaba detrás de Sebastián. No sabía dónde estaba, quién era aquella mujer cuyo cuerpo ahora ocupaba ni por qué un hombre al que jamás había visto la llamaba «señora del Norte». Lo peor era que todos parecían comportarse como si aquello fuera completamente normal.
Quizá para ellos lo era.
Para ella, definitivamente no.
—Señora.
Elizabeth no respondió.
—¿Señora?
La voz de Sebastián finalmente consiguió sacarla de sus pensamientos. Elizabeth parpadeó y lo miró, dándose cuenta de que llevaba varios segundos caminando sin prestar atención a lo que ocurría a su alrededor.
—¿Eh?
—Le preguntaba si desea desayunar antes de que terminemos el recorrido de la mansión.
Elizabeth miró a su alrededor. Ni siquiera se había dado cuenta de que habían llegado nuevamente al vestíbulo.
—Sí... creo que comeré.
—Después podemos continuar con el recorrido o, si lo prefiere, puede descansar.
Elizabeth lo pensó durante unos segundos. Todavía tenía demasiadas preguntas en la cabeza y sentía que necesitaba tiempo para pensar con claridad.
—Después descansaré.
—Como ordene.
Sebastián hizo una pequeña reverencia y la condujo hasta el comedor.
El comedor era enorme, demasiado grande para las pocas personas que parecían vivir en aquella mansión. Elizabeth tomó asiento mientras María comenzaba a servir el desayuno. Había pan, huevos, frutas, carne y una bebida caliente cuyo sabor no consiguió identificar.
Comenzó a comer con normalidad. No tenía motivos para comportarse de otra manera, aunque mientras lo hacía podía sentir las miradas discretas de los empleados.
No eran miradas de miedo ni de confianza.
Eran miradas de curiosidad.
Elizabeth lo notó, pero decidió ignorarlo.
«Por lo menos la comida es normal».
Aunque para ella aquello de estar sentada en un comedor enorme, rodeada de personas que la llamaban señora y sin tener la menor idea de quién era su supuesto esposo, era cualquier cosa menos normal.
Cuando terminó de comer, Sebastián se acercó.
—¿El desayuno fue de su agrado?
Elizabeth asintió.
—Sí. Estaba delicioso.
Sebastián hizo una reverencia y ordenó a María que la acompañara hasta su habitación.
Elizabeth caminó de regreso sin decir una palabra. Cuando la puerta se cerró detrás de ella, soltó un largo suspiro y se quedó apoyada contra ella durante unos segundos.
—¿Qué demonios está pasando?
Se sentó en la cama e intentó recordar cómo había llegado hasta allí.
Nada.
No recordaba haber viajado, no recordaba haber conocido a nadie y mucho menos recordaba haberse casado. Ni siquiera recordaba haber estado alguna vez en aquella mansión.
Se levantó nuevamente y se acercó al espejo.
La mujer que apareció frente a ella seguía siendo una completa desconocida.
Elizabeth la observó detenidamente. Sus ojos verdes, su cabello naranja rojizo, su piel clara, sus orejas ligeramente puntiagudas, su rostro y su cuerpo... todo era completamente diferente a ella.
Elizabeth había sido una joven de piel morena y cabello marrón oscuro. Era algo baja y delgada, aunque su cuerpo nunca había destacado particularmente. Su rasgo más llamativo siempre habían sido sus ojos azules, especialmente cuando la luz caía sobre ellos.
Pero aquellos ojos ya no existían.
Ahora, en su lugar, había unos enormes ojos color esmeralda que la observaban desde el espejo.
Elizabeth se acercó aún más al reflejo.
—Ni siquiera me parezco...
Extendió una mano y tocó el espejo.
—¿Quién eres?
Un dolor repentino atravesó su cabeza.
—¡Ah!
Se llevó ambas manos a las sienes mientras el dolor aumentaba rápidamente. Su visión comenzó a nublarse y las piernas dejaron de sostenerla.
Elizabeth cayó al suelo.
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—Elizabeth, tienes que leerlo.
—¿Otro libro?
—Sí. Un personaje se llama igual que tú.
Elizabeth tomó el libro que su amiga le estaba entregando y observó la portada con curiosidad. El título estaba escrito con letras oscuras.
Como convertirse en tiranos.
—¿Y de qué trata?
Su amiga sonrió.
—Dragones, magia, demonios, reyes... y una familia bastante desgraciada.
Elizabeth soltó una pequeña risa.
—Está bien. Lo leeré y espero que esté bueno.
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Elizabeth estaba sentada en su cama. Su cabello marrón oscuro caía desordenadamente sobre sus hombros mientras sus ojos azules recorrían las últimas líneas de la novela.
Finalmente cerró el libro de golpe.
—¡¿Pero qué clase de historia es esta?!
Estaba furiosa.
Había terminado de leer la novela y no podía aceptar lo que acababa de suceder. Damián y Bastian habían sido niños abandonados por su padre, niños maltratados por su madrastra y niños que habían crecido creyendo que nadie los quería. Y después todos se sorprendían cuando terminaban convirtiéndose en tiranos.
—¡Nada justifica haberlos tratado así!
Elizabeth apretó el libro entre sus manos.
—¿Cómo pueden hacer una historia así?
Lo que más le dolía era que podía entender por qué los hermanos habían terminado convirtiéndose en monstruos. No porque hubieran nacido siendo malvados, sino porque nadie había estado allí para ellos cuando más lo necesitaban.
—Si alguien los hubiera querido... quizá todo habría sido diferente.
Sus ojos azules se llenaron de frustración mientras volvía a pensar en aquellos dos niños. En Damián, en Bastian y en todo lo que habían tenido que soportar.
—No nacieron siendo monstruos...
Dejó el libro sobre la mesa.
Todavía estaba molesta cuando finalmente se quedó dormida.
La habitación estaba completamente oscura.
Elizabeth abrió los ojos lentamente. Su cabello marrón oscuro se encontraba esparcido sobre la almohada y sus ojos azules buscaron la oscuridad de la habitación, tratando de acostumbrarse a ella.
Entonces la vio.
Frente a su cama había una mujer.
La misma mujer que había visto en el espejo.
Elizabeth se incorporó de golpe.
—¿Quién eres?
La mujer la observó en silencio durante unos segundos antes de responder.
—Elizabeth.
La joven de ojos verdes dio un paso hacia ella.
—Soy la Elizabeth de la historia.
Elizabeth quedó paralizada.
—¿Qué?
La otra Elizabeth bajó la mirada.
—No quiero vivir esta vida.
Su voz era apenas un susurro.
—Ya no quiero hacerlo.
Elizabeth no sabía qué decir. La mujer que tenía frente a ella parecía exactamente igual a la persona cuyo cuerpo había visto en el espejo, pero había algo en su expresión que no podía ignorar.
Entonces la otra Elizabeth comenzó a mostrarle sus recuerdos.
Su madre nunca la había querido y la había abandonado en un orfanato. Nunca conoció a su padre ni supo realmente quién había sido. Lo único que sabía era que llevaba sangre de dragón en sus venas, aunque durante años tampoco había comprendido qué significaba aquello.
Después fue adoptada por una familia de marqueses, pero tampoco la adoptaron por amor. Querían utilizarla. Cuando descubrieron que no podían aprovecharse de sus poderes como habían esperado, la convirtieron prácticamente en una sirvienta.
Elizabeth aprendió rápidamente que mostrar su magia solo conseguiría traerle más problemas. Por eso decidió ocultarla.
Su magia de bruja era poderosa, pero nadie lo sabía. La parte de dragón era diferente. Nunca había sentido realmente ese poder y tampoco sabía hasta dónde llegaba. No sabía qué tan fuerte era su sangre ni qué clase de dragón había sido realmente su padre.
Entonces el rey ordenó al Señor del Oeste entregar a una mujer de su familia. Sin embargo, como este no tenía hijas, decidió que el Marqués Salvatore debía entregar a su hija para casarla con Alexander Ragnarok, el Señor del Norte.
El matrimonio fue una obligación.
Alexander ni siquiera estuvo presente en la ceremonia.
Y ella quedó completamente sola en el Norte.
Una mujer que nunca había recibido cariño, que jamás había aprendido lo que significaba formar una familia y que, de repente, debía convertirse en la esposa de un hombre ausente y en madre de dos niños.
Damián y Bastián.
La otra Elizabeth cerró los ojos.
—Yo no sabía cómo quererlos.
Una lágrima recorrió su rostro.
—Solo sabía hacer lo que habían hecho conmigo.
Elizabeth sintió un nudo en la garganta.
—Los maltrataste...
—Sí.
La mujer bajó la cabeza.
—Y ellos crecieron odiándome.
Su voz se quebró.
—Cuando crecieron, se convirtieron en los tiranos de la historia. Y finalmente me mataron.
Elizabeth guardó silencio. No sabía qué decirle. Había pasado horas odiando a aquella mujer mientras leía la novela, pero ahora podía ver una parte de su historia que jamás había aparecido en sus páginas.
La otra Elizabeth levantó la mirada.
—Pero yo sé cómo termina todo. Sé que ellos sufrirán. Sé que se convertirán en monstruos y sé que algún día me matarán.
Elizabeth sintió algo extraño en el pecho.
—Entonces cambia las cosas.
La otra Elizabeth sonrió con tristeza.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque esta historia ya tiene un destino.
Una luz comenzó a rodearla.
Elizabeth retrocedió.
—¿Qué estás haciendo?
—Pero tú puedes ocupar mi lugar.
—¿Qué estás diciendo?
La otra Elizabeth extendió una mano hacia ella.
—Intercambiaré mi alma contigo.
Elizabeth la miró, completamente confundida.
—¿Por qué conmigo?
La respuesta llegó sin dudar.
—Porque tú los quieres.
Elizabeth recordó inmediatamente a los dos niños.
Damián.
Bastián.
Los había conocido únicamente a través de las páginas de un libro, pero incluso así había sentido que algo estaba mal con ellos. Había podido ver más allá de los monstruos en los que se convertirían y había comprendido que, en algún momento, solamente habían sido dos niños que necesitaban que alguien los quisiera.
—Los viste como niños —continuó la otra Elizabeth—. No como los monstruos en los que se convertirán.
Elizabeth apretó los puños.
—No puedo permitir que terminen así.
La mujer extendió una mano.
—Entonces ayúdame.
La luz comenzó a intensificarse alrededor de ambas.
—Mi magia es más poderosa de lo que ellos creen. La oculté durante años y nadie conoce realmente lo que puedo hacer.
Elizabeth sintió que algo comenzaba a arrastrarla.
—Espera...
—Toma mi lugar.
La otra Elizabeth sonrió.
—Vive mi vida.
La habitación comenzó a desaparecer lentamente.
—Y salva a los hermanos.
Elizabeth intentó alcanzarla.
—¡Elizabeth!
La mujer sonrió por última vez.
—No permitas que se conviertan en los monstruos que la historia dice que serán.
Todo se volvió blanco.
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Elizabeth abrió los ojos de golpe.
Respiraba con dificultad.
Se encontraba nuevamente en aquella habitación, miró sus manos y después levantó lentamente la vista hacia el espejo.
La mujer de ojos esmeralda seguía allí, pero ahora sabía quién era.
Recordó la portada del libro, el título, la historia, el Norte, Alexander Ragnarok, Damián y Bastián.
Y finalmente comprendió.
—No...
Se llevó una mano a la boca.
—Estoy dentro de la novela.
El corazón comenzó a golpearle con fuerza contra el pecho.
No había despertado en un hotel. No había sido secuestrada. Había reencarnado dentro de la novela que acababa de terminar.
Y ahora ocupaba el cuerpo de la mujer que había odiado mientras leía la historia.
La madrastra.
La mujer que había condenado a dos niños a convertirse en monstruos.
Elizabeth volvió a mirar su reflejo.
Esta vez ya no vio simplemente a una desconocida.
Vio el comienzo de una historia que conocía demasiado bien.
Y, por primera vez, comprendió que el destino que había leído en aquellas páginas ahora también le pertenecía.