🚩🔞⚠️Tras cinco años de injusto exilio en las heladas estepas del norte, el implacable General Yan Jincheng regresa a la capital con un solo objetivo: vengarse de la dinastía Li. Para salvar a su familia biológica de la ejecución pública, el Segundo Príncipe, Li Xiaowei, acepta un destino humillante: convertirse en el consorte cautivo de su antiguo amor.
En un palacio militar donde el rencor y los secretos dictan las reglas, Xiaowei soportará el dolor de la servidumbre y la crudeza del cautiverio en un silencio frío. Sin embargo, lo que el general ignora es que el príncipe sacrificó su propia reputación para mantenerlo con vida.
¿Podrá el remordimiento de Jincheng sanar un cuerpo y un alma destrozados cuando la verdad salga a la luz en medio de un imperio en cenizas? Una historia BL oscura de traición, redención y amor incondicional.
HAY SUFRIMIENTO. SI NO ESTÁN LISTOS, NO LO LEAN.⚠️🔞🚩
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Servidumbre
El dolor no llegó de golpe, sino en oleadas lentas y punzantes que se extendieron desde la base de su columna hasta el último rincón de su mente. Cuando Li Xiaowei intentó abrir los ojos, la luz grisácea de la mañana golpeó sus pupilas como finas agujas de hielo. El techo de madera gastada del cuartel militar fue lo primero que reconoció. Su cuerpo pesaba tanto que parecía de plomo, clavado contra el jergón de paja áspera que Jincheng llamaba cama.
Un escalofrío violento sacudió su anatomía delgada. Xiaowei intentó moverse, cambiar de posición para aliviar la presión sobre su espalda, pero un gemido agudo quedó atrapado en su garganta seca. El movimiento envió una descarga eléctrica de dolor puro directamente a sus zonas íntimas. La piel allí abajo estaba rota, hinchada y al rojo vivo, entumecida por el abuso implacable de la noche anterior. Sentía como si un hierro incandescente hubiera sido enterrado en su carne, dejando una quemadura interna que latía al ritmo de su corazón debilitado.
Con un esfuerzo sobrehumano, levantó las manos. La cinta de seda roja, que originalmente había sido el lazo de su boda forzada, seguía atada alrededor de sus muñecas, pero ahora el tejido estaba rígido, endurecido por la sangre seca de sus heridas y el sudor frío de la fiebre. Sus dedos estaban completamente blancos, carentes de sensibilidad debido a la falta de circulación. Cada articulación de sus brazos protestaba con un dolor sordo, el resultado de haber sido inmovilizado con brusquedad contra la madera de la cabecera durante horas interminables.
Xiaowei giró la cabeza hacia un lado, apoyando la mejilla húmeda contra la sábana rota. El olor a cuero rancio, vino agrio y el fluidos corporales flotaba en el aire, recordándole con crudeza que el espacio que habitaba ya no era el Palacio de la Primavera Eterna. Era la jaula de un verdugo. Su garganta ardía; la sed era un monstruo que le desgarraba el pecho por dentro. Intentó tragar saliva, pero solo halló el sabor amargo y metálico de sus propios labios partidos por las mordeduras de Jincheng.
De repente, el crujido suave de la puerta de madera rompió el silencio de la alcoba.
Xiaowei se tensó de inmediato, cerrando los ojos e intentando forzar a su cuerpo a adoptar la máscara de frialdad que siempre lo protegía. Esperaba el regreso del general, el ruido de sus botas militares y las palabras cargadas de veneno que buscaban despojarlo de su última pizca de dignidad. Sin embargo, los pasos que se aproximaban no eran pesados ni firmes. Eran los pasos arrastrados, lentos y temerosos de alguien que caminaba sobre cristales rotos.
—¿Su Alteza...? —un susurro trémulo, apenas un soplido en la penumbra, flotó en el aire.
Xiaowei abrió los ojos con lentitud. Frente a la cama, sosteniendo un cuenco de barro desgastado entre sus manos arrugadas, se encontraba el viejo Lao Chang. Era uno de los pocos sirvientes imperiales que el ejército del norte había perdonado para realizar las tareas más bajas y degradantes del campamento militar. El anciano vestía un saco de arpillera gris y tenía el cuerpo encorvado por el miedo, pero sus ojos cansados reflejaban una piedad inmensa al ver el estado en el que se encontraba el Segundo Príncipe.
—No debería estar aquí —consiguió articular Xiaowei. Su voz fue un hilo de voz áspero, rompiéndose en una tos seca que le causó una punzada insoportable en el abdomen.
—Silencio, por favor, mi señor —rogó el anciano, arrodillándose apresuradamente al lado de la cama. Sus manos temblaban tanto que unas gotas del líquido oscuro que transportaba se derramaron sobre el suelo de madera—. Si el General Yan descubre que entré antes de sus órdenes, me colgará en la plaza. Pero no pude... no pude quedarme de brazos cruzados oyendo sus delirios desde el pasillo.
Lao Chang colocó el cuenco sobre la mesa de noche crujiente y, con una delicadeza que Xiaowei no había sentido en años, extendió sus dedos sarmentosos para tocar la frente del príncipe. La retira de inmediato, asustado por el calor abrasador que desprendía la piel del joven.
—Tiene el cuerpo ardiendo en fuego, Su Alteza. La fiebre lo va a consumir si no bajamos esa inflamación —murmuró el sirviente con urgencia. Sacó de su manga un pequeño cuchillo romo y, con movimientos rápidos pero cuidadosos, cortó la cinta de seda roja que aprisionaba las muñecas de Xiaowei.
Cuando la tela cedió, la sangre volvió a correr por las manos del príncipe, provocando un hormigueo tan doloroso que Xiaowei tuvo que morderse la lengua para no gritar. El anciano tomó el cuenco de barro y lo acercó a los labios agrietados del príncipe. El aroma que desprendía el vapor era fuerte, terroso y amargo; una mezcla de raíz de jengibre salvaje, hojas de loto seco y hierbas medicinales que los soldados usaban en secreto para las infecciones de las heridas abiertas.
—Beba, mi señor. Es un té para la fiebre y el dolor. Le ayudará a adormecer los sentidos antes de que el general regrese —insistió Lao Chang, levantando con cuidado la cabeza de Xiaowei para permitirle beber.
El líquido caliente quemó la garganta seca de Xiaowei, pero continuó bebiendo con desesperación, tragando el amargor como si fuera el elixir más preciado. Cada sorbo enviaba un calor medicinal a su estómago, que poco a poco comenzó a combatir el frío que le recorría los huesos. Cuando el cuenco quedó vacío, Xiaowei apoyó la cabeza de nuevo en el jergón, respirando con dificultad.
—Gracias, Chang... —susurró el príncipe, sintiendo cómo los párpados comenzaban a pesarle por el efecto sedante de las hierbas—. Pero vete. Si te encuentran...
—Ya me voy, Su Alteza. He dejado un paño húmedo aquí. Que los dioses lo protejan —dijo el viejo, limpiando una lágrima de sus propios ojos antes de esconder el cuenco en su ropa y salir de la habitación tan silenciosamente como había entrado.
El efecto del té de hierbas no tardó en hacer efecto. Xiaowei sintió que una neblina densa comenzaba a nublar su mente, amortiguando el dolor atroz de sus zonas íntimas y reduciendo los latidos furiosos de sus sienes. Por primera vez en veinticuatro horas, el sufrimiento físico se convirtió en un eco lejano. Sin embargo, la paz duró poco.
Apenas una hora más tarde, el sonido que Xiaowei tanto temía destruyó la tranquilidad de la estancia. La puerta principal del cuartel se abrió con violencia, seguida por el eco inconfundible de unas botas militares herradas que avanzaban con paso firme y autoritario hacia la alcoba. La madera del pasillo parecía quejarse bajo el peso del General Yan Jincheng.
La puerta de la habitación se abrió de par en par. Jincheng entró vistiendo su uniforme oficial oscuro, limpio y perfectamente ordenado. Su rostro no mostraba rastro del alcohol de la noche anterior, ni de la duda que lo había asaltado al amanecer. Sus ojos volvían a ser dos piezas de carbón encendido, fijos en la figura deshecha que yacía sobre la cama. Al ver las muñecas de Xiaowei libres de la cinta roja y el trapo húmedo sobre la mesa, Jincheng apretó la mandíbula, interpretando la escena como un acto de rebeldía del príncipe.
Caminó hasta el borde del lecho, deteniéndose a mirar desde su altura al hombre que compartía su cama por la fuerza.
—Veo que has recuperado el uso de tus manos, príncipe —dijo Jincheng, con una voz fría y cortante que eliminó cualquier residuo del efecto sedante en la mente de Xiaowei—. Y veo que sigues esperando que el palacio te sirva. Te di una orden antes de salir. Tu tiempo de descansar en sábanas de seda terminó hace cinco años.
Xiaowei reunió las pocas fuerzas que el té le había devuelto y, apoyando las palmas de sus manos heridas en el colchón, comenzó a incorporar el torso. Cada centímetro de su piel protestó, y un sudor frío volvió a brotar de su frente al sentir el desgarro interno por el esfuerzo. Su rostro se volvió completamente blanco, pero logró mantener la mirada fija en los ojos del general, sin mostrar una sola lágrima.
—El General Yan... no necesita recordar sus decretos —respondió Xiaowei, con la voz temblorosa pero cargada de una dignidad que a Jincheng le resultaba insoportable—. Si desea que limpie sus botas o sirva a sus hombres, solo debe hacerse a un lado para que pueda levantarme.
Jincheng sintió una oleada de furia al ver que, a pesar del castigo físico brutal de la noche anterior, el espíritu de Xiaowei seguía pareciendo inalcanzable. Quería sumisión, quería ver la humillación en sus ojos, pero solo encontraba un muro de piedra fría. Extendió su mano, agarrando a Xiaowei por el hombro con fuerza y obligándolo a ponerse de pie de un solo tirón brusco.
El cuerpo de Xiaowei cedió. Sus pies descalzos tocaron el suelo helado y sus piernas, debilitadas por la fiebre y el dolor de sus partes íntimas, no pudieron sostener su peso. El príncipe flaqueó y estuvo a punto de caer directamente al suelo, pero Jincheng lo sostuvo del brazo con brusquedad, evitando el impacto pero hundiéndole los dedos en la carne ya amoratada.
—No te atrevas a fingir debilidad ante mí —escupió Jincheng cerca de su oído, ignorando conscientemente el calor anormal que desprendía el cuerpo del príncipe—. Fuiste lo suficientemente fuerte como para destruir mi vida con tus mentiras. Ahora serás lo suficientemente fuerte como para soportar este campamento. Vístete con los harapos de los sirvientes que están en la esquina. Tienes diez minutos para presentarte en el patio de armas, o tu padre no recibirá su ración de agua hoy.
Jincheng lo soltó con un empujón que hizo que Xiaowei tropezara contra la mesa de noche. El general se dio la vuelta y salió de la alcoba, cerrando la puerta con un estruendo que resonó en todo el edificio de piedra.
Xiaowei se quedó apoyado contra la madera, respirando de forma entrecortada. El dolor era un infierno vivo y la fiebre amenazaba con nublarle la vista otra vez. Miró los harapos grises que Jincheng le había señalado; eran ropas toscas, sucias y ásperas que lastimarían cada una de las marcas de su cuerpo. Sin embargo, enderezó la espalda una vez más. Con las manos temblorosas y la mente fija en la promesa de mantener con vida a los suyos, comenzó a vestirse para su primer día de servidumbre pública, sabiendo que cada paso en el patio exterior sería una prolongación del castigo que el general cobraría sin piedad.