Duda tiene veintitrés años, una startup exitosa y una familia que adora. Creció viendo a su padre tratar a su madre como una reina y a su hermano ser el mejor esposo del mundo. Por eso tiene claro lo que quiere: un amor real, una familia propia, hijos. No acepta menos.
Pedro tiene veintiocho años, administra uno de los centros comerciales más grandes de la ciudad y vive solo, como le gusta. Después de que su padre destruyó a su familia con mentiras e infidelidades, Pedro se juró una cosa: nunca repetir esa historia. Sin compromisos, sin hijos, sin riesgo de convertirse en lo que más detesta.
Cuando el destino los pone a trabajar juntos, la conexión es instantánea, pero el problema también: ella sueña con todo lo que él se niega a querer.
Entre cenas familiares ruidosas, un sobrino de cuatro años que lo adopta sin pedir permiso, cinco perros que no entienden de espacio personal y un mejor amigo que no sabe quedarse callado, Pedro empieza a sentir que su vida perfectamente ordenada se llena de grietas.
Y Duda descubre que enamorarse del hombre equivocado se siente exactamente como enamorarse del correcto.
¿Puede alguien cambiar lo que juró que nunca cambiaría? ¿O hay diferencias que ni el amor es capaz de resolver?
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Cap. 1
Maria Eduarda, mejor conocida como Duda, siempre fue demasiado grande para caber en lugares pequeños.
Desde niña, Duda tenía una forma intensa y única de vivir. Le gustaba conversar, sonreír y abrazar a la gente, siempre transformando cualquier ambiente en algo más ligero. Helô decía que había heredado el corazón de su padre, Eduardo, y la impulsividad de ella.
Heitor, su hermano, solía bromear diciendo que Duda era un pequeño huracán, porque llegaba a los lugares haciendo desorden, pero al mismo tiempo dejaba todo mejor.
A los veintitrés años, Duda seguía siendo exactamente igual, a pesar de la madurez natural de la edad. La niña parlanchina se había convertido en una mujer inteligente, bonita y absurdamente carismática.
Graduada en publicidad y propaganda, Duda era especialista en medios digitales y había fundado su propia startup, entendiendo del tema como pocos a pesar de su corta edad. Y por ese motivo había logrado alcanzar su independencia financiera de forma temprana.
Y aun teniendo su propio dinero, seguía viviendo con sus padres porque le gustaba y no se imaginaba viviendo sola tan pronto.
Duda no era fan del silencio, y le gustaba conversar, los almuerzos en familia que se prolongaban durante las tardes de domingo, las discusiones tontas con su hermano, los chistes de su padre, la forma en que sus padres se tomaban de las manos mientras veían televisión.
Y tampoco podía dejar de admirar cómo Heitor, su hermano, miraba a su esposa, como si se enamorara de nuevo todos los días de Gabriela.
Y eso hacía que Duda creyera en el amor.
— ¿Dónde están los bebés más bonitos de la madrina, dónde? —Duda llegó a la casa de su hermano y fue directo a preguntar.
Era final de la tarde de un sábado, y entró a la casa con una bolsa colgada del hombro y los lentes de sol sostenidos en la cabeza. Siempre que Duda estaba libre, cuidaba a los sobrinos para que su hermano y su cuñada disfrutaran de una noche romántica.
— Madrinita… ¡qué bueno que llegaste! —gritó Felipe, de casi cuatro años, que estaba enamorado de su tía y madrina.
Felipe corrió a saludar a Duda, listo para platicar. Heitor sonrió, todavía intentando entender si su hijo había descubierto que podía hablar sin parar, o si era Duda quien despertaba el lado parlanchín de él.
— Mira, amor, Duda está intentando conquistar a nuestros hijos —le dijo Heitor a Gabriela, cuando Felipe corrió a los brazos de su hermana.
— ¿Y acaso necesito conquistar a estas cositas deliciosas? Ellos me aman —Duda se agachó justo a tiempo para recibir a su ahijado en los brazos.
Felipe se lanzó a sus brazos, feliz de verla.
— ¡Qué guapo está mi mini Heitor! ¡Cómo creciste! ¿Y Nina? ¡Necesito oler el aroma rico de estos bebés!
Gabriela se acercó riendo, con la bebé en brazos.
— Te extrañaba, madrinita… —Felipe le dio un beso sonoro en la mejilla a Duda, que le correspondió.
— Yo también te extrañaba...
— Vas a ser una mamá maravillosa, Duda, nuestros hijos la pasan increíble cuando vienes a cuidarlos —elogió Gabriela.
Duda sonrió, tomando a Nina con cuidado, llenándole la cara de besos.
— Yo soy la que ama cuidarlos, Gabi. Ustedes saben que siempre pueden contar conmigo… amo cuidar a Felipe y a Nina... y ya empecé a pensar en la fiestita de un año de Nina... va a ser mi regalo.
— Claro, eres solterona —bromeó Heitor, siendo fulminado con la mirada por su hermana.
Y sí, Duda estaba soltera en ese momento. Ya había tenido novio antes, algunas relaciones rápidas, otras más serias, pero nunca se había enamorado.
Duda había aprendido desde chica, observando la relación de sus padres y de su hermano, que el amor de verdad no dejaba dudas, que no necesitaba pedir protección para sentirse protegida ni exigir respeto; ellos lo hacían porque era lo correcto.
Por eso Duda nunca podía quedarse donde no era amada por completo, nunca supo aceptar mitades.
Cuando notaba que el sentimiento era unilateral, se iba. Cuando necesitaba pedir respeto, ponía un punto final. Cuando el amor empezaba a parecer una duda, elegía irse.
— Tú sabes que la culpa de mi soltería es tuya y de papá…
— ¿Mía? —Heitor siguió provocando y empezó a reír—. Ah, ya.
— ¡Es en serio! —replicó Duda—. Crecí viendo a papá tratar a mamá como una reina, y te veo mirando a Gabriela como si fuera una diosa… ¿Cómo voy a aceptar a un hombre mediocre después de eso?
Gabriela intentó esconder la sonrisa, y Heitor cruzó los brazos, convencido.
— ¿Qué le vamos a hacer? Somos una referencia.
— ¡Presumido! Tú sabes que tomo clases de muay thai con tu esposa, así que no me provoques, porque te estás ganando unos buenos golpes.
Heitor sonrió, sentándose al lado de su hermana.
— Tú sabes que yo no te dejaría andar con cualquiera... Y que tu futuro marido tiene que pasar mi prueba y la de papá… y hablando de papá, tu Eduardo debe estar sonriendo de oreja a oreja al ver que la señorita sigue soltera. Todo padre tiene celos de su hija.
— ¡Papá no es así, tonto! Pronto te va a tocar sentir celos a ti… no te olvides, querido hermano, que tú también eres papá de niña.
— No empieces, Duda… —Ahora fue el turno de Duda de reírse de la cara de su hermano.
— Quiero verte perdiendo la cabeza cuando Nina llegue a la casa con el primer noviecito...
— Eso no va a pasar...
Gabriela soltó una carcajada junto con el niño, que aunque no entendía de qué hablaban, le pareció gracioso.
Y en ese instante, sentada en el sofá de la casa de su hermano, rodeada por algunas de las personas que más amaba en el mundo, Duda tuvo una sensación buena y silenciosa de felicidad.
Tenía una buena vida, una familia que era su puerto seguro, un trabajo que le gustaba. Y aun así, a veces, cuando la casa se quedaba en silencio durante la madrugada, Duda se preguntaba cuándo encontraría a alguien que la mirara como Heitor miraba a Gabriela, alguien que tuviera la certeza de que ella era la persona correcta.
No tenía una fecha, pero tampoco tenía prisa.
Duda, 23 años