Valentina Solano despierta en un hospital después de perder a su bebé y descubre una verdad devastadora: su esposo y su suegra provocaron el accidente para quedarse con su dinero y su empresa.
Decidida a destruirlos antes de que ellos terminen de destruirla, busca a Sebastián Montero, el abogado de divorcios más temido de la Ciudad de México. Frío, brillante y acostumbrado a no perder jamás, Sebastián debería ser solamente su defensor. Pero entre audiencias, amenazas y secretos, la atracción rompe todas las reglas… y una sola noche cambia sus vidas para siempre.
Tres años después, Valentina regresa convertida en una mujer independiente, con una marca propia y un niño llamado Emilio que tiene los ojos de Sebastián.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su poderosa familia, a sus enemigos y hasta a la propia Valentina para recuperar el tiempo perdido. Porque Sebastián Montero puede ganar cualquier juicio, pero conquistar a la mujer que todavía ama será el caso más difícil de su vida.
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Capítulo 1
Cap 1 — La decisión de vida o muerte
El olor a desinfectante le quemaba la garganta.
Valentina Solano flotaba entre la consciencia y la nada. Atrapada en un lugar donde el dolor era un zumbido sordo y las voces llegaban como si vinieran del fondo de un pozo.
Sentía el cuerpo ajeno. Pesado. Roto. Húmedo de algo que no quería nombrar.
En algún rincón de su mente que aún funcionaba, sabía que algo estaba terriblemente mal.
Las luces del quirófano parpadeaban detrás de sus párpados cerrados. Rojo. Blanco. Rojo.
Afuera, en el pasillo del Hospital Central, dos mujeres esperaban.
Doña Carmen caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado. Los dedos entrelazados tan fuerte que los nudillos se le habían puesto blancos. Cada vez que la puerta del quirófano se abría unos centímetros, se lanzaba hacia adelante, buscando una señal, una palabra, cualquier cosa.
Gladys Reyes, en cambio, estaba sentada en la silla de plástico con las piernas cruzadas y la mirada fija en su celular. De vez en cuando soltaba un bostezo.
La puerta se abrió de golpe. Una enfermera salió con la mascarilla manchada y los ojos serios.
—La paciente está en estado crítico. La placenta se desprendió antes de tiempo. Hemos hecho todo lo posible, pero solo podemos salvar a uno. ¿A la madre o al bebé?
Doña Carmen sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—¿Cómo que solo uno? Cuando la trajeron estaba...
—Señora, no tenemos tiempo —cortó la enfermera—. La placenta ya estaba desprendida cuando llegó. Necesito una respuesta ahora.
—A mi hija. —Doña Carmen no dudó ni un segundo. Se aferró al brazo de la enfermera como si quisiera meterla de vuelta al quirófano con sus propias manos—. Salven a mi hija, por favor, se lo suplico.
Gladys se puso de pie.
—¿Cómo que a tu hija? —Su voz cortó el aire del pasillo como una cuchilla—. Enfermera, salven al bebé. Es mi nieto. Llevo tres años esperando a ese niño.
Doña Carmen se volvió hacia ella con los ojos inyectados en sangre.
—¿Tu nieto? ¡Mi hija se está muriendo ahí adentro, Gladys!
—Y mi nieto también. —Gladys se cruzó de brazos—. Si esa mujer no puede ni cargar un embarazo como es debido, ¿qué culpa tiene mi nieto?
—¡Eres un monstruo!
—Y tú eres una exagerada. La gente tiene hijos todos los días. No es para tanto.
La enfermera las miró a ambas con una mezcla de incredulidad y urgencia.
—Señoras, si no se ponen de acuerdo en los próximos treinta segundos, no voy a poder salvar a ninguno de los dos.
Dentro del quirófano, Valentina escuchaba fragmentos.
Las voces de su madre y de su suegra se filtraban a través de las paredes como un eco distorsionado. Se mezclaban con el pitido de los monitores y el murmullo de los médicos.
Mamá, pensó. Mamá está peleando por mí.
Y Martín no estaba.
Intentó moverse, pero su cuerpo no respondía. Sentía como si alguien le hubiera llenado las venas de plomo. El dolor en el vientre era un latido oscuro, constante, que iba apagándose poco a poco.
Y con él, algo más se apagaba también.
Su bebé.
Lo supo antes de que nadie se lo dijera. Lo supo en la forma en que su cuerpo se vaciaba. En el silencio que ocupó el lugar donde antes había una presencia diminuta, un corazón latiendo dentro del suyo.
No te vayas, quiso decir. Por favor, no te vayas.
Pero las palabras no salieron. Solo el pitido de los monitores, cada vez más lento.
El médico se inclinó sobre ella.
—Signos vitales de la madre cayendo. El bebé ya no tiene signos vitales. Solo podemos salvar a la madre. Preparen todo, ahora.
La enfermera salió una vez más.
—El bebé no sobrevivió. Vamos a salvar a la madre.
Doña Carmen se llevó las manos a la boca y soltó un sollozo que le salió del fondo del pecho. Largo y roto. Como algo que llevaba mucho tiempo guardando.
Gladys la miró con desprecio.
—Inútil. Ni para eso sirve.
Y se fue.
Sus tacones repiquetearon contra el piso del hospital hasta que el sonido se perdió en la esquina del pasillo. Doña Carmen se quedó sola, temblando, con la espalda apoyada contra la pared y las lágrimas cayéndole sin parar.
—Mi niña —susurró—. Mi niña, aguanta.
Valentina soñó.
En el sueño había un niño pequeño, regordete, con las mejillas rosadas y unos ojos enormes que se parecían a los suyos. Caminaba hacia ella con los brazos extendidos, tambaleándose sobre sus piernas cortas, y decía mami, mami.
Ella se reía y se agachaba para recibirlo.
Pero cuando lo tocó, el niño se deshizo como humo entre sus dedos.
Valentina se despertó llorando.
Lo primero que vio fue el techo blanco, agrietado en una esquina. Luego los tubos. Las máquinas. El olor a antiséptico que le raspaba la nariz.
Intentó moverse y el dolor le recordó, con brutal precisión, exactamente dónde estaba y por qué.
Se llevó la mano al vientre.
Plano. Vacío.
—Valentina. —La voz de Doña Carmen sonó como si viniera de muy lejos—. Hija, estoy aquí.
Giró la cabeza. Su madre estaba sentada junto a la cama. Los ojos hinchados y rojos. El pelo revuelto. La misma ropa de hacía... ¿cuántas horas? ¿Cuántos días? Parecía haber envejecido diez años.
—Mamá...
—Shhh, no hables. Estás bien, mi amor. Estás bien.
Valentina volvió a mirar el techo. Las lágrimas le resbalaban por las sienes y se perdían en la almohada. No hizo ningún esfuerzo por detenerlas.
—El bebé —dijo. No era una pregunta.
Doña Carmen le tomó la mano y la apretó con fuerza.
—No pudieron salvarlo, hija. Lo siento. Lo siento muchísimo.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier palabra.
Valentina cerró los ojos y dejó que el dolor la atravesara entera. Como una ola que no tiene sentido intentar esquivar.
Un niño que nunca conocería su cara. Un latido que se había detenido dentro de ella sin que pudiera hacer nada para impedirlo.
—¿Martín? —preguntó después de un largo rato.
Doña Carmen apretó la mandíbula.
—No vino.
Valentina asintió despacio. Como si eso confirmara algo que ya sabía.
—No vino —repitió en voz baja.
Cuando despertó, el tiempo empezó a avanzar de otra manera.
Los días siguientes fueron todos iguales. Paredes blancas. Caldo tibio. Las manos de su madre acomodándole la almohada.
Martín Reyes no apareció. Gladys Reyes tampoco. Ni una llamada, ni un mensaje, ni una flor marchita en un jarrón de plástico.
Al séptimo día, Valentina le pidió el alta al médico.
—Hija, todavía estás muy débil —protestó Doña Carmen, cargando la bolsa con la ropa—. Necesitas descansar, recuperarte. Ven a casa conmigo.
Valentina negó con la cabeza. Se puso de pie despacio, sintiendo cada músculo como un reproche.
—Necesito volver a esa casa, mamá.
—¿Para qué? ¿Para que esa mujer te siga maltratando?
—Para cerrar lo que hay que cerrar. —Valentina la miró a los ojos—. No voy a seguir viviendo así.
Doña Carmen la observó en silencio. Buscando en su hija algo que reconociera —la fragilidad, la docilidad, la niña que siempre decía que sí— y no lo encontró.
Lo que encontró fue otra cosa. Algo más duro. Algo que daba un poco de miedo y mucho alivio.
—Ten cuidado —dijo, y le acarició el pelo—. Por favor.
Valentina tomó un taxi sola. Apoyó la frente contra la ventanilla y vio la ciudad pasar como una mancha borrosa de concreto y sol. El taxista tenía la radio puesta; alguien cantaba una balada sobre un amor que no se olvida.
Se llevó la mano al vientre otra vez.
Vacío.
El taxi se detuvo frente a la casa de los Reyes. Pagó. Se bajó. Caminó hasta la puerta con pasos lentos pero firmes.
Sacó la llave del bolsillo. Estaba a punto de meterla en la cerradura cuando escuchó algo.
Risas.
Risas detrás de la puerta.
Valentina se quedó inmóvil. Con la llave suspendida en el aire y el corazón latiéndole en las sienes.
que le consiguió ese trabajo?