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Volví a los diecisiete para salvar a mi esposo

Volví a los diecisiete para salvar a mi esposo

Status: En proceso
Popularitas:641
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi

A los veintisiete años, Solana Estrada enterró al hombre que había sido su esposo durante apenas un año.
Lisandro Sotomayor murió en una explosión que iba dirigida a ella. Era un hombre frío, silencioso y difícil de comprender. Durante su matrimonio jamás le dijo que la amaba. Solana creyó que para él aquella boda solo había sido un acuerdo entre dos familias.
Estaba equivocada.
Después de su muerte, descubrió las fotografías que él guardaba en secreto, las velas que encendió por ella durante catorce años y todos los peligros de los que la protegió sin decir una sola palabra.
Lisandro la había amado desde que eran adolescentes.
Cuando Solana vuelve a abrir los ojos, tiene diecisiete años y está otra vez en su último año de preparatoria. Al otro lado del salón se encuentra Lisandro: el alumno más brillante de su generación, el futuro heredero del Grupo Sotomayor y el chico sombrío al que nadie se atreve a acercarse.
Él todavía está vivo.
Todavía no la conoce.
Y todavía no sabe que algún día morirá por ella.
Esta vez, Solana piensa cambiarlo todo.
Va a entrar en su mundo, derribar cada una de sus defensas y proteger al muchacho que siempre la protegió a ella. Pero alterar el destino tiene un precio. La familia Sotomayor está llena de secretos, su dulce prima esconde intenciones crueles y el hombre responsable de la explosión ya ha empezado a mover sus piezas.
Solana logró regresar diez años al pasado.
Ahora tendrá que conseguir que Lisandro aprenda a amarla sin destruirse por ella… y evitar que la historia vuelva a terminar con su muerte.

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Capítulo 19

Capítulo 19: Detrás de la puerta rota

No recuerdo cómo llegamos al taxi.

Recuerdo fragmentos. La banqueta bajo mis pies. La mano de Lisandro en mi brazo. Un poste de luz que se veía doble por el vodka y las lágrimas. El sonido de un motor. Una puerta que se abrió.

—Súbela. —La voz de Lisandro, hablándole a alguien. Al taxista, supongo—. Al hospital.

—Oye, ¿la chava está bien? ¿Qué le…?

—Al hospital. Ahora.

El tono no admitía más preguntas. El taxista arrancó.

El asiento trasero olía a pino sintético y a plástico caliente. Lisandro me sentó primero y luego se sentó a mi lado, tan pegado a la puerta que la mitad de su cuerpo quedó fuera del ángulo de mi visión. Como si necesitara espacio. Como si lo que acababa de hacer le hubiera vaciado el cuerpo y necesitara un momento para volver a habitarlo.

Me recargué contra el respaldo. Cerré los ojos. El mundo giraba, no como un trompo, sino como una corriente lenta, ondulante, que me mecía de un lado a otro.

Estoy borracha, pensé con la claridad absurda que llega cuando el cerebro acepta lo que el cuerpo lleva rato diciendo. Borracha y sangrando y en un taxi con un chico que me dijo que no le interesaban las relaciones sentimentales hace cuatro horas y que acaba de romper una puerta con los puños por mí.

Una risa me subió por la garganta. La contuve. Si me reía ahora, iba a llorar después, y si lloraba después, no iba a parar.

Abrí los ojos.

Su mano estaba sobre su rodilla. La derecha. La de los nudillos peores. Hinchada, con la piel abierta en tres puntos, la sangre seca formando costras oscuras sobre los huesos. Las astillas de la puerta seguían incrustadas entre los tendones.

La tomé.

No lo pensé. No lo planeé. Mi mano se movió sola, como un acto reflejo, como respirar. Mis dedos se cerraron alrededor de los suyos, con cuidado, evitando las heridas, tocando solo las partes que no estaban rotas.

Lisandro se tensó. Todo su cuerpo se convirtió en una cuerda de acero. Sentí la rigidez subir desde sus dedos hasta su muñeca, desde su muñeca hasta su brazo, desde su brazo hasta su hombro.

No retiré la mano.

Un segundo. Dos. Tres. Cuatro.

La cuerda se aflojó.

No del todo. Pero lo suficiente. Como un nudo que no se deshace pero que deja de apretar.

Sus dedos —los que todavía funcionaban, los que la puerta y la cara de Kevin no habían destrozado— se movieron debajo de los míos. No me apretaron. No se entrelazaron. Simplemente se ajustaron. Se acomodaron contra mi palma como si encontraran un lugar que les correspondía.

El taxi avanzó por las calles de Santa Lucía. Las luces de los semáforos pasaban por la ventana como manchas de color: rojo, verde, amarillo, rojo. El taxista no habló. La radio estaba apagada. El único sonido era el motor y mi respiración y la suya, que todavía era demasiado rápida, demasiado áspera.

No solté su mano.

Él no soltó la mía.

Durante quince minutos, el tiempo que tardó el taxi en cruzar Santa Lucía de punta a punta hasta el hospital general, nuestras manos se quedaron así. Conectadas. Quietas. Su sangre manchándome los dedos y a mí no importándome nada.

En otra vida, pensé, tardamos tres años en tomarnos de la mano.

Tres años de matrimonio. Tres años de dormir en la misma cama, de desayunar en la misma mesa, de respirar el mismo aire. Y la primera vez que me tomaste la mano fue una noche de diciembre, en el balcón de nuestro departamento, cuando pensabas que yo estaba dormida.

Aquí tardaste nueve semanas.

El progreso es lento. Pero es progreso.

El hospital de Santa Lucía era un edificio de los años setenta con paredes verdes y luz fluorescente que le daba a todo el aspecto de una película de terror de bajo presupuesto. El área de urgencias olía a desinfectante y a café recalentado. Un bebé lloraba en algún lugar que no podía ver. Una señora con la pierna vendada dormía en una silla de plástico.

Lisandro me llevó hasta la recepción. Le dio mi nombre a la enfermera. Le explicó —con frases cortas, precisas, sin emoción— que yo tenía un posible golpe en la nariz y signos de intoxicación etílica.

La enfermera me miró. Miró la sangre en mi cara. Miró la sangre en las manos de Lisandro. Miró nuestras ropas sucias, arrugadas, manchadas.

—¿Y usted? —le preguntó, señalando sus nudillos—. Eso necesita atención.

—Primero ella.

—Señor, tiene los nudillos abiertos. Le puede dar una inf…

—Primero ella.

La enfermera abrió la boca para insistir. Luego la cerró. Algo en la cara de Lisandro —algo que no era agresividad pero que estaba tan cerca que la diferencia no importaba— le dijo que discutir era una pérdida de tiempo.

Me pasaron a un cubículo. Me acostaron en una camilla. Una doctora joven con ojeras de tres turnos seguidos me revisó la nariz, no estaba fracturada, solo contusionada, me limpió la sangre, me puso una gasa y me conectó un suero intravenoso para la deshidratación.

—¿Cuánto bebió? —preguntó.

—Tres vodkas.

—¿Comió algo antes?

—No.

La doctora suspiró con la resignación de quien ha visto esto mil veces.

—El suero la va a hidratar. Le pongo un analgésico para la nariz. Descanse aquí un par de horas.

Se fue. Me quedé sola en el cubículo, con el suero goteando en mi brazo y la luz fluorescente zumbando sobre mi cabeza.

A través de la cortina del cubículo, en el pasillo de urgencias, podía ver una silueta sentada en una silla de plástico.

Lisandro.

No se había ido. No se había sentado en la sala de espera. Estaba ahí, en el pasillo, a tres metros de mi cubículo, sentado en una silla azul con las manos sobre las rodillas, las manos destruidas, hinchadas, sin curar, y la espalda recta como si estuviera en un salón de clases y no en un hospital a la una de la mañana.

Inmóvil.

Una enfermera pasó y le ofreció curarle las manos. Negó con la cabeza. Otra enfermera pasó con una bandeja de gasas y le repitió la oferta. Negó otra vez. Un camillero se detuvo a preguntarle si necesitaba algo. La respuesta fue un silencio que el camillero interpretó correctamente como "déjame en paz".

No se iba a mover de ahí hasta que yo saliera.

Lo supe con la misma certeza con la que sabía que el sol sale por el este: Lisandro Sotomayor no se iba a ir del hospital mientras yo estuviera adentro. Se quedaría sentado en esa silla de plástico con las manos destruidas, sin dormir, sin comer, sin aceptar ayuda, hasta que alguien le dijera que yo estaba bien.

Idiota, pensé. Idiota terco, necio, hermoso.

—Lisandro —dije, lo suficientemente fuerte para que me oyera a través de la cortina.

No se movió.

—Lisandro, entra.

Se levantó de la silla. Caminó hasta la cortina del cubículo. Se detuvo.

En el umbral. Parado en la línea exacta donde el pasillo terminaba y mi cubículo empezaba, como si esa línea fuera una frontera que no estaba seguro de tener permiso para cruzar.

Lo vi en sus ojos: la misma lucha de siempre. El impulso de acercarse contra el miedo de acercarse. La necesidad de estar aquí contra la certeza de que estar aquí significaba algo que no estaba listo para admitir.

—Lisandro —dije su nombre por tercera vez. Y cada vez que lo decía, sentía cómo las sílabas se volvían más suaves, más mías, como una palabra que de tanto repetirla deja de ser un nombre y se convierte en otra cosa—. Entra.

Cerró los ojos.

Un segundo.

Y entró.

Se sentó en la silla junto a mi cama. La misma postura de la silla del pasillo: espalda recta, manos sobre las rodillas, mirada al frente. Pero ahora "al frente" era yo. Mi cara. Mis ojos. La gasa en mi nariz. El suero en mi brazo.

El silencio pesó durante un minuto.

Luego habló.

—Voy a protegerte.

Cuatro palabras. Dichas con una voz que apenas se sostenía. Que temblaba en los bordes como una hoja en el viento. Que sonaba como si cada sílaba le costara un esfuerzo que no tenía nada que ver con la pronunciación y todo que ver con lo que significaba decirlas.

—No sé hacerlo bien —continuó. Cada palabra salía más difícil que la anterior, como si estuviera arrancándoselas del pecho—. Pero voy a intentarlo.

Voy a protegerte.

No "quiero protegerte". No "me gustaría protegerte". Voy. Futuro. Decisión. Compromiso.

El mismo chico que hace cinco horas dijo "no tengo interés en relaciones sentimentales" ahora dice "voy a protegerte".

Y ni siquiera se da cuenta de la contradicción.

O se da cuenta y ya no le importa.

Las lágrimas me subieron a los ojos. No las del bar, que eran de dolor. No las del cuarto, que eran de tristeza. Estas eran de otra cosa. De algo que no tenía nombre en español ni en ningún idioma porque los idiomas no fueron diseñados para describir lo que se siente cuando un hombre que cree que no merece ser amado te dice que va a protegerte con la voz rota y las manos destruidas.

Le tomé las manos.

Las dos. Con las dos mías. Con cuidado, más cuidado del que he tenido con nada en mi vida, ni en esta ni en la otra. Levanté sus nudillos hasta la altura de mis ojos y los examiné.

La piel estaba abierta en cinco puntos. Tres en la derecha, dos en la izquierda. Las astillas seguían incrustadas. La hinchazón era roja, caliente, pulsante. Iban a necesitar limpieza, desinfección, quizás puntos. Iban a doler durante semanas. Las cicatrices iban a quedarse para siempre.

Las mismas manos que me masajearon el tobillo. Las mismas que me limpiaron la sangre con algodón. Las mismas que me dieron un pañuelo bordado con sus iniciales.

Destruidas. Por mí.

—Déjame protegerte a ti también —dije.

Su cara cambió.

No como las veces anteriores, no la micro-sonrisa, no el rubor de las orejas, no la mandíbula apretada. Esto fue diferente. Esto fue un derrumbe.

Los ojos se le llenaron. De golpe. Como si una presa interior, otra presa, más profunda que la que se rompió en el karaoke, se hubiera agrietado en un lugar que él no sabía que existía.

Y las lágrimas cayeron.

Sin sonido. Sin sollozo. Sin la menor contracción facial que delatara el llanto. Solo las lágrimas, bajando por sus mejillas detrás de los lentes torcidos, en líneas rectas y silenciosas, como lluvia sobre un vidrio.

Lisandro Sotomayor lloraba.

El chico que no lloraba. Que no sentía. Que no necesitaba a nadie. El volcán disfrazado de hielo, el muro de diez metros, la fortaleza sin puertas ni ventanas.

Lloraba.

Porque alguien le dijo "déjame protegerte" y él no supo cómo decir que no. Porque nadie, ni su padre, que pagó para que su madre se fuera; ni su madre, que lo golpeó antes de irse; ni un solo ser humano en diecisiete años de vida, le había ofrecido protección. Nunca. A él le pedían. Le exigían. Le demandaban que fuera fuerte, que fuera el primero, que fuera perfecto, que fuera invulnerable.

Nadie le había dicho: tú también puedes ser protegido.

Nadie hasta ahora.

No le solté las manos. Le apreté los dedos, los que no estaban heridos, los que todavía podían sentir algo que no fuera dolor, y me incliné hasta que mi frente tocó sus nudillos.

Nos quedamos así.

No sé cuánto tiempo. Minutos. O una eternidad disfrazada de minutos. El suero goteaba. La luz fluorescente zumbaba. En algún lugar del hospital, el bebé seguía llorando. Y en un cubículo de urgencias, a la una y media de la mañana, un chico de diecisiete años lloraba por primera vez desde los trece mientras una chica con una gasa en la nariz le besaba los nudillos rotos con la ternura de alguien que ya sabía lo que iba a encontrar adentro cuando el muro cayera.

Lo encontré.

El corazón que pensaste que no tenías.

Aquí está. Lo estoy tocando. Lo estoy sosteniendo.

Y no lo voy a soltar.

A las tres de la mañana, la doctora le curó las manos.

No porque él la dejara. Porque yo le dije que lo hiciera. Y porque, y esto fue nuevo, extraordinariamente nuevo, tan nuevo que la enfermera de turno levantó las cejas, Lisandro Sotomayor hizo lo que yo le pedí sin discutir.

La doctora le sacó las astillas con pinzas. Le desinfectó los cortes. Le puso gasas en los tres nudillos peores de la mano derecha. Le vendó la izquierda donde la hinchazón era más grande.

Lisandro no hizo un solo sonido durante el proceso. Ni cuando el alcohol le tocó la carne viva. Ni cuando las pinzas le sacaron una astilla de medio centímetro que estaba enterrada debajo de la piel. Ni cuando la gasa le presionó los huesos inflamados.

Nada.

Solo me miraba. Con los ojos que todavía estaban brillantes de las lágrimas que habían caído y secado, fijos en mi cara como si yo fuera un punto de referencia que necesitaba para no perderse.

—Eres insoportablemente terco —le dije.

No respondió. Pero la comisura derecha de su labio se movió. Dos milímetros. Su carcajada.

A las cuatro de la mañana, me dieron de alta. El suero hizo su trabajo. La nariz dejaría de dolerme en tres días. Las rodillas, en una semana. El vodka, ya no lo sentía.

La enfermera me trajo mis cosas. Mi celular tenía cuarenta y siete mensajes de Catalina, que habían escalado de la preocupación al pánico al alivio al enojo al alivio de nuevo.

El último decía: "Me acaba de escribir Sotomayor. Dice que estás en el hospital pero que estás bien. VOY A MATARTE MAÑANA. Pero me alegra que estés bien."

Sonreí. La nariz me dolió al sonreír.

Lisandro llamó otro taxi. No me preguntó dónde vivía porque ya lo sabía. Le dio la dirección al taxista con la misma voz ronca de antes, más ronca ahora, más gastada, como si las cuerdas vocales también estuvieran heridas de algo que no se ve.

En el taxi, no nos tomamos de la mano. No hablamos. No nos miramos.

Pero antes de subir, mientras yo estaba de pie junto a la puerta del copiloto, Lisandro se quitó la sudadera.

Era gris oscuro. De algodón grueso. Con cierre. Del tipo que los chicos de preparatoria compran en tiendas de deportes y que terminan usando hasta que la tela se deshilacha.

Me la puso sobre los hombros.

Sin preguntar. Sin pedir permiso. Sin la torpeza de quien no sabe cómo hacer un gesto amable. Con la naturalidad de quien lleva diecisiete años almacenando gestos que nunca hizo y que, ahora que la presa se rompió, están saliendo todos juntos.

La sudadera olía a jabón de madera. A tinta de bolígrafo. A Lisandro.

El olor me golpeó como una ola. Porque lo conocía. Desde otra vida. Desde otro cuerpo. Desde las noches en que dormía con su ropa cuando él no estaba, porque su olor era lo más cerca que podía estar de él sin tocarlo.

Hueles igual. En cada vida. Como si tu olor fuera lo único que no cambia.

Subí al taxi. Él subió del otro lado.

Llegamos a nuestra calle. Las dos casas, una al lado de la otra, con la pared medianera y el limonero entre ellas. Mi puerta azul. Su puerta café.

Me bajé del taxi. Él se bajó.

Nos miramos en la banqueta. Bajo la luz del poste. Con las manos vendadas y la nariz con gasa y una sudadera gris que no era mía.

—Gracias —dije.

No era suficiente. "Gracias" no era suficiente para lo que pasó esta noche. Pero era lo único que tenía.

—No vuelvas a ir sola a un bar —dijo.

Otra orden. Otra instrucción. Otro mandato que escondía algo que no sabía decir de otra forma.

—¿Esa es tu manera de decir "me importas"?

Silencio.

Un silencio largo. Más largo que el de la noche de la parrillada, que el del pasillo del pañuelo, que el de la caminata del lado de la calle. Un silencio tan denso que podía sentir su peso en los hombros.

—Sí —dijo.

Una sola sílaba. La más pesada que le he escuchado en dos vidas.

Se dio la vuelta. Caminó hasta su puerta. Entró. Cerró.

Me quedé en la banqueta. Con su sudadera. Con su olor. Con esa sílaba reverberando en el aire nocturno como la última nota de una canción que esperé veintisiete años para escuchar.

¿Esa es tu manera de decir "me importas"?

Sí.

Entré a mi casa. Subí las escaleras. Me desvestí. Me puse la sudadera de Lisandro como pijama, me quedaba enorme, las mangas me cubrían las manos, el cierre me llegaba a medio muslo.

Me metí en la cama. Me cubrí hasta la barbilla con la sudadera que olía a jabón de madera y a tinta y a la persona que amo.

Cerré los ojos.

Cuarto tesoro.

La hoja con mi nombre en el margen. La nota del casillero. El pañuelo con sus iniciales. Y ahora la sudadera gris que me puso sobre los hombros en la puerta de un hospital a las cuatro de la mañana.

La colección crecía.

Y al otro lado de la pared, la cortina estaba abierta.

No entreabierta. Abierta. De par en par. Como si alguien hubiera decidido, en algún momento entre romper una puerta y decir "sí", que ya no tenía sentido esconderse.

La luz de su cuarto se apagó a las cuatro y media.

Pero antes de apagarse, vi su silueta detrás del cristal. De pie. Mirando hacia mi ventana.

Y por primera vez, no se apartó cuando nuestros ojos se encontraron a través de la oscuridad.

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