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El capitán que perdió el control por mí

El capitán que perdió el control por mí

Status: Terminada
Genre:Amor de la infancia / Aventura de una noche / Amor-odio / Completas
Popularitas:13.5k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

Valentina Mendoza está acostumbrada a mantener todo bajo control. Como controladora aérea, sabe que un solo error puede convertir el cielo en un desastre. Pero su vida se sale de rumbo cuando Sebastián del Fuego reaparece frente a ella.
Él fue su rival en el bachillerato. Ahora es un capitán arrogante, irresistible y heredero de una de las aerolíneas más poderosas del país. Sebastián siempre ha vivido siguiendo reglas estrictas, hasta que una noche con Valentina destruye todos sus límites.
Cuando un embarazo inesperado vuelve a unirlos, Valentina se niega a convertirse en una carga o en una pieza más dentro de los negocios de dos familias enfrentadas. Tiene problemas más urgentes: un padre que solo piensa en sus intereses, una media hermana dispuesta a destruirla y el secreto detrás del accidente que dejó a su madre sin despertar durante diez años.
Valentina quiere justicia. Sebastián solo quiere permanecer a su lado, aunque para hacerlo tenga que enfrentarse a su familia, renunciar a la vida que habían planeado para él y demostrarle que esta vez no piensa abandonarla.
Entre amenazas, secretos y traiciones, ambos descubrirán que incluso el piloto más disciplinado puede perder el control cuando se enamora de la única mujer que nunca pudo olvidar.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

...Val....

Fui yo la que lo buscó.

No sé por qué. O sí lo sé pero no quiero admitirlo. Después de la cena de Paty, después de su "quiero la puerta de adelante", después de los cuatro mensajes con números que no podía dejar de contar, algo se rompió en mi disciplina.

Le mandé un mensaje a las diez de la noche.

«¿Estás en tu casa?»

Respuesta en treinta segundos.

«Sí. ¿Pasó algo?»

«No. ¿Puedo ir?»

Un minuto de silencio. Luego:

«Sabes dónde es.»

Tomé un taxi. No me cambié. Llevaba pants, una sudadera vieja y el pelo recogido. Si iba a hacer esto, al menos no iba a fingir que era algo planeado.

Seb me abrió la puerta descalzo, con pantalón de pijama y una camiseta blanca que se le pegaba al pecho. Tenía el pelo mojado, como si acabara de salir de la regadera.

Lo miré. Él me miró.

—Entonces —dije, recargándome en el marco de la puerta—, ¿es cierto lo que dijiste en el bar? Lo de un mes.

Algo le cambió en la cara.

—¿Escuchaste eso?

—Escuché todo. Estaba en la puerta de atrás.

Silencio. Se pasó la mano por el pelo mojado. Luego soltó el aire.

—Sí. Es cierto.

—¿Y eso incluye esto? —Hice un gesto entre los dos—. ¿Que yo venga a tu casa a las diez de la noche?

—Depende de por qué vienes.

—¿Importa?

—Sí, Valentina. Importa.

Entré. Él cerró la puerta. Me quedé parada en medio de su sala, con los zapatos puestos y las llaves en la mano, sintiéndome como una idiota. Porque la verdad era que no sabía por qué estaba ahí. No sabía si quería sexo, compañía, o sólo la sensación de estar con alguien que no me hacía sentir como basura.

—Siéntate —dijo—. ¿Quieres algo de tomar?

—No vine a tomar agua, Seb.

—¿A qué viniste?

Lo miré directo.

—Quiero saber una cosa. Si te digo "vamos a tu cuarto", ¿vas?

Se le oscurecieron los ojos. Vi cómo tragó saliva. Vi cómo le subió y le bajó la nuez. Y vi la pelea interna en su cara — entre lo que quería hacer y lo que creía que debía hacer.

—Sí —dijo, con la voz más ronca de lo normal—. Sí, voy. Pero necesito que sepas algo antes.

—¿Qué?

—No estoy haciendo esto porque sí. No es un juego. No es "a ver qué pasa". Si vamos a mi cuarto, para mí significa algo. Y necesito saber si para ti también.

Lo miré. Ese hombre parado frente a mí, descalzo, mojado, con los ojos llenos de algo que era tan honesto que me daba miedo mirarlo de frente.

—No lo sé —dije, y fue la verdad—. No sé lo que significa para mí. Pero sé que cuando estoy contigo no pienso en nada de lo que me está destruyendo afuera. Y a veces eso es suficiente.

No fue la respuesta que él quería. Lo vi en su cara. Quería que le dijera "sí, significa algo, me gustas, quiero estar contigo". Y yo no podía. Todavía no. Porque decirle eso era abrirle una puerta que no sabía si podía cerrar después.

Pero me acerqué. Le puse las manos en el pecho. Sentí el calor de su piel a través de la camiseta y los latidos rápidos debajo de mis palmas.

—¿Está bien así? —pregunté—. ¿Por ahora?

Me miró. Bajó la cara. Su frente tocó la mía.

—Por ahora —dijo.

Y me besó.

No como la primera vez, en el bar, borrachos y desesperados. Esta vez fue lento. Me agarró la cara con las manos y me besó como si tuviera miedo de que me rompiera. Labios suaves, lengua caliente, respiración contenida. Y yo lo jalé de la camiseta y le metí las manos debajo y toqué su estómago duro y el surco de las caderas y él hizo un ruido contra mi boca que me hizo apretar las piernas.

Llegamos a su cuarto entre besos y ropa que iba cayendo por el camino. Mi sudadera en el pasillo. Su camiseta en la puerta. Mis pants en algún lugar que no vi.

Me acostó en su cama. Se quedó arriba, sosteniéndose con los brazos, mirándome con los ojos tan oscuros que parecían negros.

—Val —dijo.

—¿Qué?

—No te voy a preguntar si estás segura porque sé que odias esa pregunta. Pero si quieres que pare en cualquier momento, me dices.

—No voy a querer que pares.

—Eso dijiste la primera vez. Y después saliste corriendo.

—Esta vez vine yo.

—Lo sé. —Me besó el cuello. Despacio. Sentí sus labios y después sus dientes, suave, y se me erizó todo—. Por eso esta vez voy a tomármelo con calma.

Se tomó su tiempo. Otra vez. Y otra vez lo odié por eso, porque Seb en la cama era insoportablemente paciente, como si cada segundo fuera algo que no quería desperdiciar. Me besó cada lugar que la primera vez se saltó — las muñecas, el interior de los codos, la curva del cuello, ese punto debajo de la oreja que me cortaba la respiración.

Cuando finalmente se movió dentro de mí, lo hizo mirándome a los ojos. Y eso fue lo que más me deshizo. Porque con Luciano yo siempre cerraba los ojos. Con todos siempre cerraba los ojos. Pero Seb no me dejaba. Me sostenía la cara, me buscaba la mirada, y cada vez que yo intentaba voltear me decía "mírame" con esa voz que no era una orden sino una petición.

Terminé con los ojos abiertos, mirándolo, y algo se agrietó dentro de mí que no era dolor. Era algo caliente y enorme que se expandió por todo mi cuerpo como una ola. Y cuando él terminó después, con la cara hundida en mi hombro, diciendo mi nombre — no Mendoza, no Valentina, sino Val, sólo Val, repetido como si fuera lo único que recordaba— sentí que el mundo se detenía un segundo.

Nos quedamos así. Su peso encima de mí, mi mano en su pelo, los dos respirando fuerte en la oscuridad.

—Val —dijo contra mi piel.

—¿Mmm?

—Ya van cinco.

Me reí. Una risa de verdad, suave, que vibró entre nuestros cuerpos pegados.

—Cállate, Del Fuego.

—Oblígame, Mendoza.

Se durmió con el brazo sobre mi cintura. Respiración lenta, pesada, confiada. Como alguien que sabe que lo que tiene al lado no se va a ir.

Pero yo no dormí.

Me quedé mirando el techo de su cuarto en la oscuridad, escuchando su respiración, sintiendo el calor de su cuerpo y el peso de su brazo, y pensé en lo que acababa de pasar y en lo que iba a significar mañana.

Porque esto ya no era una noche. Ya no era tequila. Ya no era un error.

Esto era yo eligiéndolo. Y eso me aterrorizaba más que cualquier otra cosa.

Giré la cabeza. Lo miré dormido. La cara relajada, los labios entreabiertos, una línea de luz de la calle cruzándole la mandíbula.

—Ojalá pudiera —susurré, tan bajito que él no escuchó.

No supe si quería decir "ojalá pudiera quererte" u "ojalá pudiera ser suficiente para ti". Tal vez era lo mismo.

Cerré los ojos. Me dormí sin darme cuenta, con su brazo todavía encima.

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Isabel Cristina Sinza
Me gusta como inicio, te deja intrigada! vamos a continuar y lo mejor ya está terminada, muchas gracias a la escritora!🥰
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