Durante diez años, Nina Salcedo creyó estar enamorada del hombre equivocado.
Cuando su socia desaparece y la deja con una deuda de nueve millones de pesos, la única salida llega de la persona que menos esperaba: Santiago Reverte, un capitán de aerolínea frío, arrogante y experto en hacerla perder la paciencia.
El trato parece sencillo: un matrimonio por contrato. Él resolverá sus problemas económicos y ella le dará la esposa que necesita para cumplir con las exigencias de su familia. Sin amor. Sin preguntas. Sin sentimientos de por medio.
Pero Santiago conoce su café favorito, cuida de su abuela a escondidas y siempre aparece cuando ella corre peligro. Mientras tanto, Julián, el amor de toda su juventud, regresa dispuesto a recuperarla y obliga a Nina a cuestionar cada recuerdo que creía verdadero.
Las notas anónimas, los regalos, la bufanda azul y aquel misterioso chico que la protegía en silencio quizá nunca tuvieron nada que ver con Julián.
Porque Santiago no empezó a amarla después de la boda.
Lleva diez años haciéndolo en secreto.
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Capítulo 12
...Nina....
El viento olía a sal y a gasolina de avioneta.
Camila llevaba veinte minutos ajustándose el arnés y quejándose de que le aplastaba las costillas. Julián fumaba recargado contra la camioneta, con esa calma suya que siempre parecía ensayada. Y yo miraba el campo de despegue —pasto seco, la ladera cayendo hacia el acantilado, el mar abierto más allá— preguntándome por qué había aceptado venir.
—Nina, deja de mirar el precipicio como si fuera a tragarte —Camila me apuntó con el celular—. Sonríe. Esto es contenido.
—No estoy mirando el precipicio.
—Estás mirando el precipicio.
Le di la espalda. Y entonces lo vi.
Santiago bajaba por la ladera con un arnés ya puesto, lentes oscuros, el pelo revuelto por el viento. Marcos venía detrás cargando dos mochilas de equipo como si pesaran nada.
—¿Qué haces aquí? —pregunté.
Él se detuvo frente a mí. Se quitó los lentes.
—Camila me invitó.
Miré a Camila. Ella levantó los hombros sin bajar el celular.
—Necesitábamos un cuarto participante. Es estadística, Nina. Cuatro personas venden más que tres.
—Cinco —corrigió Marcos desde atrás.
—Tú no cuentas. Tú no tienes redes sociales.
Marcos se encogió de hombros. Julián apagó el cigarro contra la suela de su zapato y caminó hacia nosotros. Le extendió la mano a Santiago.
—Reverte.
—Ríos.
Se dieron la mano. Julián sonrió. Santiago no.
El instructor nos alineó en el borde. Nos explicó las corrientes, la dirección del viento, los comandos de la radio. Yo asentía sin escuchar porque Santiago estaba a mi derecha y el calor de su brazo me llegaba a través de la tela del arnés.
—¿Lista? —me preguntó.
—Sí.
—Mentirosa.
Corrimos.
El suelo desapareció.
Y el mundo se volvió solo cielo.
No hay forma de explicar lo que se siente. El tirón del arnés contra las caderas, la vela abriéndose como un pulmón, y después —silencio. Un silencio enorme, limpio, que te llena los oídos y te vacía la cabeza. El mar abajo. Las rocas. La espuma blanca donde rompían las olas. Todo pequeño. Todo lejano. Todo menos importante.
Giré la cabeza.
Santiago volaba a mi lado. A tres metros, tal vez cuatro. El viento le pegaba la camiseta al pecho y tenía los ojos cerrados. Los abrió. Me miró.
No dijo nada.
Yo tampoco.
Pero algo pasó entre los dos en ese momento —algo que no tenía nombre, que no cabía en palabras, que existía solamente en ese espacio imposible entre su ala y la mía. Suspendidos. Sin suelo. Sin gravedad. Sin las mentiras que nos contábamos en tierra.
Extendí la mano. Los dedos abiertos contra el viento.
Él extendió la suya.
No nos tocamos. La distancia era demasiada. Pero los dedos quedaron ahí, apuntando el uno al otro, y eso bastó.
Camila gritó algo desde más arriba —algo sobre ángulos y tomas— pero yo ya no la oía. El cielo era nuestro. Solo nuestro.
Julián volaba más abajo. Lo vi de reojo, aferrado a las cuerdas con los nudillos blancos, la mandíbula apretada, la cara de un color que no era exactamente humano. Le tenía terror a las alturas. Lo supe en el cumpleaños de segundo año, cuando se negó a subir a la rueda de la fortuna. Y sin embargo ahí estaba. Volando. Por mí.
El pecho se me apretó con algo que no supe si era gratitud o culpa.
Entonces su parapente se sacudió.
Fue un tirón seco, violento. La vela se dobló por un lado, perdió forma, y Julián cayó —no cayó, se desplomó— tres metros de golpe. Las cuerdas del lado izquierdo colgaban sueltas. La vela se retorcía como un animal herido.
Grité su nombre.
Julián no respondió. Estaba girando, el arnés jalándolo en círculos cada vez más rápidos, más cerca del agua. La radio crepitó con la voz del instructor gritando instrucciones que Julián no podía seguir porque tenía las dos manos ocupadas tratando de no morir.
Solté mis controles. Intenté inclinar mi vela hacia él.
Una mano me agarró el brazo.
Santiago. Había maniobrado hasta quedar justo arriba de mí. Sus ojos estaban fríos. Calculando.
—No te muevas. Yo voy.
—¡Se va a caer!
—Nina. No te muevas.
Me soltó. Jaló sus cuerdas con las dos manos y se lanzó en picada —controlada, precisa, como si hubiera nacido en el aire—. Lo vi descender en diagonal hacia Julián, corregir el ángulo, corregir otra vez, hasta que estuvo lo suficientemente cerca para estirar el brazo y agarrar una de las cuerdas sueltas de Julián.
La tensó. La vela se estabilizó a medias.
Julián levantó la cara. Tenía un cigarro encendido entre los labios —¿cuándo se lo había prendido?, ¿en medio de la caída?— y la brasa le rozó la palma abierta a Santiago cuando este le agarró el arnés.
Santiago no se movió. No hizo un solo ruido. Solo apretó más fuerte.
Y entonces escuché el helicóptero.
El sonido llegó antes que la imagen —un golpeteo grave, rítmico, que hacía vibrar el aire en el pecho—. Levanté la cabeza. Un helicóptero militar apareció por el este, volando bajo, directo hacia nosotros.
La puerta lateral se abrió.
Marcos saltó.
Sin aviso. Sin vacilación. Simplemente —saltó. Trescientos metros de aire entre él y el mar, y Marcos Herrera se lanzó al vacío como quien baja un escalón. El paracaídas se abrió un segundo después, negro contra el cielo blanco, y él cayó en arco hacia Julián con la precisión de alguien que ha hecho esto cien veces. Doscientas. En lugares donde la caída significaba algo peor que agua.
Llegó a Julián en ocho segundos. Lo enganchó con un arnés de rescate que sacó de algún lugar de su chaleco. Le cortó las cuerdas inservibles del parapente con un cuchillo que apareció en su mano como si siempre hubiera estado ahí. Y bajaron juntos —Marcos controlando el descenso con una mano, Julián sujeto contra su pecho con la otra— hasta la franja de arena donde el instructor ya corría con los paramédicos.
Aterrizaron de pie. Marcos desenganchó a Julián, revisó sus signos vitales con dos dedos en el cuello, le dijo algo al oído, y se alejó caminando como si acabara de bajar de un autobús.
Camila aterrizó a mi lado. Todavía traía el celular en la mano. La grabación seguía corriendo.
—Nina.
—¿Qué?
—¿Quién... es ESE?
Seguí su mirada. Marcos se estaba quitando el chaleco táctico en la playa. Debajo traía una camiseta negra pegada al cuerpo por el sudor. Se pasó la mano por el pelo rapado y se sentó en una roca a revisar su teléfono como si nada.
—Marcos. El amigo de Santiago.
Camila giró la cabeza tan rápido que el pelo le pegó en la cara.
—¿El del corte militar? ¿El del choque? ¿ESE Marcos?
—Ese Marcos.
—Nina. Nina, Nina, Nina. —Se agarró de mi brazo—. Tengo veintisiete años. Veintisiete años soltera. Nunca me ha temblado una rodilla por nadie. Y te juro por mi madre que en este momento no siento las piernas.
Miré a Marcos. Seguía sentado en la roca, mirando el teléfono. No tenía idea de lo que acababa de desatar.
Más tarde, cuando los paramédicos terminaron de revisar a Julián y él juró que estaba bien, que solo había sido un susto, me acerqué al parapente abandonado en la arena.
Las cuerdas del lado izquierdo estaban cortadas.
No rotas. No deshilachadas. Cortadas. Un borde limpio, recto, como si alguien hubiera pasado una navaja por ellas.
Levanté la vista. Santiago estaba a diez metros, de espaldas, hablando con Marcos. Pero antes de darse la vuelta, lo vi. Un instante. Sus ojos pasaron de las cuerdas a Julián y volvieron a mí.
No dijo nada.
...Nina....
El hotel quedaba a veinte minutos del campo de aterrizaje. Un lugar sencillo frente al malecón, con ventanas que daban al mar y cortinas que olían a humedad.
Reservé una habitación.
—Para que descanses —le dije a Santiago en el pasillo—. La quemadura necesita vendaje limpio.
—Estoy bien.
—No estás bien. Tienes la palma en carne viva.
Cerró la boca. Entró.
La habitación era pequeña. Una cama. Un ventilador de techo que giraba con un chirrido lento. La luz entraba gris por las cortinas. Lo senté en el borde de la cama y le tomé la mano.
La quemadura era fea. Roja, brillante, del tamaño exacto de una brasa de cigarro multiplicada por la presión del agarre. La piel alrededor estaba hinchada.
—¿Duele?
—No.
—Santiago.
—Duele.
Abrí el botiquín que pedí en recepción. Gasas, antiséptico, cinta. Le limpié la herida despacio. Él no se movió. No apretó los dientes. Solo me miró las manos mientras yo le envolvía la palma con la gasa, vuelta tras vuelta, ajustando la presión con los pulgares.
—Puedo llamar a un médico —dije.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque tú lo estás haciendo bien.
Se me calentó la cara. Seguí vendando. El silencio de la habitación era distinto al silencio del cielo. Más pesado. Más pequeño. El ventilador giraba. El mar sonaba lejos.
Terminé el vendaje. No le solté la mano.
Él me miró. Yo lo miré.
Y lo que pasó después fue distinto a todas las veces anteriores.
Las otras veces habían sido hambre. Urgencia. Manos que agarraban demasiado fuerte, bocas que mordían, cuerpos que chocaban como si quisieran romperse el uno contra el otro. Desesperación pura, sin ternura, sin pausa, sin mirar.
Esta vez me miró.
Me tocó la mejilla con la mano sana. Despacio. Como si estuviera comprobando que yo era real. Yo le puse la mano en el pecho y sentí el corazón debajo —rápido, pero constante— y me dejé caer hacia él.
Fue lento. Insoportablemente lento. Cada gesto medido, cada respiración contada. Me besó como si tuviera miedo de romperme. Yo le besé la mandíbula, el cuello, la clavícula, y él me sostuvo como si yo pesara nada, con un cuidado que me dolía en un lugar que no sabía que tenía.
En algún momento dejé de pensar.
Su boca en mi hombro. Mis uñas en su espalda. La mano vendada apoyada en la almohada junto a mi cabeza —la mantuvo ahí, quieta, como si prefiriera el dolor a soltarme—. El ventilador chirriando arriba. El mar afuera. Mi nombre en su boca, dicho tan bajo que casi no fue sonido.
Cuando terminó, me quedé contra su pecho. No me moví. Él me rodeó con el brazo y me pegó más. Su corazón seguía rápido. El mío también.
«Así no se siente lo que no importa.»
Cerré los ojos.
Alguien tocó la puerta.
Tres golpes. Secos. Espaciados.
Me congelé.
—Nina, ¿estás ahí? Soy Julián.
...Santi....
La mano me pulsaba.
Cada latido era una punzada debajo de la gasa. La quemadura tiraba de la piel nueva, cruda, expuesta. El cigarro de Julián había encontrado justo el centro de la palma —la parte más sensible, donde la piel es más delgada, donde convergen todos los nervios—. Un accidente. Un cigarro que se suelta. La brasa que cae.
Excepto que las cuerdas del parapente no se sueltan solas.
Lo vi en la arena. El corte. Limpio. Sin fibras deshilachadas, sin desgaste. Un solo trazo. Un cuchillo, una navaja, algo con filo pasado de un lado al otro sin dudar. No era desgaste ni fatiga del material. Alguien cortó esas cuerdas sabiendo exactamente cuánta tensión quedaba antes de que la vela colapsara. Sabiendo que caería lo suficiente para asustar. Sabiendo que alguien iría a salvarlo.
Julián había elegido no morir. Había elegido que lo rescataran.
«¿Para qué? ¿Para que ella lo viera caer? ¿Para que corriera hacia él? ¿Para ser la víctima otra vez?»
No se lo dije a Nina. ¿Para qué? Me habría mirado con esos ojos y habría dicho que era imposible, que Julián nunca haría eso, que yo estaba inventando cosas porque no lo soporto. Y tal vez tendría razón en lo último. Pero las cuerdas no mienten.
Me moví en la cama. Nina estaba contra mi pecho, la respiración lenta, los dedos tibios sobre mi estómago. Olía a sal, a antiséptico, al champú barato del hotel.
«Ella me curó. No llamó a un médico. No mandó a nadie. Me tomó la mano y lo hizo ella misma.»
Giré la cabeza. La venda estaba ahí, en mi mano izquierda, blanca, apretada con la tensión exacta, hecha con una paciencia que no le había visto nunca. Cada vuelta de gasa puesta con los pulgares. Cada pliegue liso.
«Esto. Esto es lo que no sé qué hacer con.»
Porque la urgencia la entendía. El deseo, la pelea, los cuerpos que chocan y se despedazan. Eso tiene lógica. Eso tiene final. Pero la ternura —la forma en que me tocó la mejilla con la mano abierta, como si yo fuera algo frágil— eso no sé dónde ponerlo. No tengo estante para eso. No tengo cajón.
Tres golpes en la puerta.
Se me endureció la mandíbula antes de que el sonido terminara.
—Nina, ¿estás ahí? Soy Julián.
Nina se quedó inmóvil contra mi pecho. Sentí cada músculo de su cuerpo ponerse rígido. El corazón que hacía un segundo latía tranquilo ahora le golpeaba las costillas como un puño.
La miré.
Ella no me miró.
«Ahí está. Ahí está la respuesta que no quería encontrar.»
Mi mano vendada pulsaba. La misma mano que lo sostuvo en el aire. La misma mano que ella vendó. Apreté el puño debajo de la gasa y el dolor me subió hasta el codo como una corriente eléctrica.
Los golpes sonaron otra vez.
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