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Dejarte ir no fue olvidarte

Dejarte ir no fue olvidarte

Status: Terminada
Genre:Madre soltera / Doctor / Casarse por embarazo / Completas
Popularitas:3
Nilai: 5
nombre de autor: Aisyah Alfatih

Sara Almeida creyó que lo había dejado todo atrás: el amor, el dolor y la vida que pudo haber tenido junto a Santiago Montero. Cinco años después de una ruptura que le destrozó el alma, Sara ha reconstruido su mundo desde cero. Tiene una floristería modesta, una voluntad de hierro y un hijo de cuatro años llamado Sergio, cuya risa es capaz de iluminar hasta el día más oscuro.

Pero una noche de emergencia en el hospital lo cambia todo.

Santiago, ahora un joven médico brillante y heredero de una de las familias más influyentes de la ciudad, se encuentra cara a cara con la mujer que juró olvidar. Y con un niño que tiene sus mismos ojos.

Lo que ninguno de los dos sabe es que su separación no fue obra del destino, sino de una red de mentiras, manipulaciones y secretos familiares que alguien tejió desde las sombras. Y esa persona no tiene intención de dejarlos ser felices.

Mientras Santiago y Sara luchan por reconstruir lo que se rompió entre ellos, una mujer obsesiva y peligrosa acecha cada uno de sus pasos. Porque hay quienes prefieren destruir lo que no pueden tener.

Entre la pasión que nunca se apagó, un niño que solo quiere una familia completa y enemigos que acechan desde las sombras, Sara y Santiago descubrirán que dejarse ir jamás significó olvidarse.

NovelToon tiene autorización de Aisyah Alfatih para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Bab 13

Capítulo 13

Las palabras del Doctor Mario desde la mañana no dejaban de resonar en la cabeza de Santiago. Incluso al mediodía, cuando su turno de consulta ya había terminado, sus pensamientos seguían hechos un caos.

Varias veces las enfermeras lo llamaron al verlo perdido en su propio consultorio. Pero Santiago apenas respondía con lo justo.

Su mirada vacía se posaba sobre los expedientes de pacientes encima del escritorio, mientras su mente volvía una y otra vez a lo mismo: Sergio.

Y a las palabras de su tío esa mañana.

"Ese niño es idéntico a ti cuando eras pequeño."

Santiago se restregó el rostro con brusquedad. Porque cuanto más intentaba negarlo, más similitudes encontraba en aquel niño.

—Pero eso es imposible… —murmuró en voz baja. Se reclinó en su silla y cerró los ojos un instante. Luego, poco a poco, intentó recordar su pasado con Sara. Pero cuanto más lo hacía, más confundido se sentía.

Durante el tiempo que fueron pareja, él nunca había tocado a Sara de esa manera. La amaba demasiado y la cuidaba demasiado. Incluso una vez, cuando todavía estaban en la preparatoria, Santiago la abrazó y le dijo con total seriedad:

"No voy a tocarte antes de casarme contigo."

En ese momento Sara solo se rio suavemente, pensando que Santiago se lo tomaba demasiado en serio. Pero Santiago cumplió su palabra al pie de la letra.

"Si alguna vez hiciera eso antes del matrimonio…" Aún recordaba con claridad sus propias palabras.

"Significaría que cometí un error gravísimo."

Y lo que más recordaba era que Sara lo había mirado con una sonrisa tierna.

"En ese caso me enojaría muchísimo contigo."

"¿También me odiarías?" preguntó Santiago en broma.

"Sí." Y los dos se habían reído juntos en aquel momento.

Aquel recuerdo ahora le hacía doler el pecho aún más. Porque de pronto un pensamiento aterrador apareció en su mente.

¿Sería posible que… Sara lo odiara por eso?

La mirada de Santiago se oscureció de golpe. Su cuerpo se tensó poco a poco.

—No me digan que… —murmuró en voz baja.

Si realmente algo había sucedido aquella noche… entonces significaba que…

Él había lastimado a Sara sin siquiera ser consciente. Y si eso era cierto, era comprensible que aquella mujer lo odiara todo este tiempo.

Pero el problema era que Santiago no lograba recordar cuándo había ocurrido.

¿Dónde? ¿Cómo? ¿Y por qué no recordaba absolutamente nada? Sus manos se cerraron en puños lentamente. La cabeza le dolía de tanto forzar un recuerdo borroso.

Santiago abrió los ojos despacio. Su mirada cayó sobre el celular encima del escritorio. Sus pensamientos se volvían cada vez más caóticos, y por primera vez surgió un deseo que en realidad había querido evitar: hacerse una prueba de ADN.

Si Sergio era realmente su hijo, entonces durante cinco años Sara había criado al niño de ambos completamente sola. Pero si no lo era… Santiago bajó la cabeza lentamente y dejó escapar una risa amarga.

—Tal vez quedaría más destrozado de lo que ya estoy… —murmuró con la voz quebrada. Porque eso significaría que Sergio era en verdad hijo de Renato. Y que Sara había elegido a otro hombre desde hacía mucho tiempo.

Las tardes en la florería de Sara solían ser tranquilas.

El aroma de las flores frescas mezclado con el sonido suave de la música hacía que el ambiente de la tienda se sintiera cálido y acogedor.

Pero aquella tarde fue diferente. Sara estaba en la pequeña cocina detrás de la tienda, preparando una sopa sencilla para la cena de ella y Sergio.

Mientras tanto, Sergio dormía profundamente en el pequeño cuarto de juegos, agotado después de todo el día. Lina y Raquel atendían la tienda al frente como de costumbre.

Hasta que, de repente,

¡Crac!

El sonido de algo cayendo seguido de gritos hizo que Sara volteara de golpe, sobresaltada.

—¡Dios mío! ¡No hagan eso!

—¡Esas flores son nuevas, señor! —Las voces asustadas de Lina y Raquel llegaron desde el frente de la tienda. El corazón de Sara comenzó a latir con fuerza. Apagó la estufa a toda prisa y corrió hacia afuera.

Al llegar al frente de la tienda, sus pasos se detuvieron en seco. Varias macetas frente a la tienda estaban desperdigadas por el suelo. Los pétalos habían caído por todas partes y la tierra cubría toda la entrada.

Mientras tanto, dos hombres corpulentos pateaban deliberadamente los estantes de flores.

—¡Basta! —gritó Sara, aterrada. Su mirada cayó de inmediato sobre las dos figuras que se erguían con rostro arrogante frente a la tienda. Diana y Aldo. La mujer estaba de pie con los brazos cruzados y una expresión cínica.

Mientras tanto, Aldo jugueteaba despreocupado con un encendedor en la mano.

—Vaya, por fin sales —se burló Aldo.

—¿Qué hacen aquí? —preguntó Sara con rabia.

Pero Diana soltó un resoplido despectivo.

—¿Todavía preguntas?

La mujer señaló los alrededores de la tienda con una mirada despreciativa.

—No te va tan mal, al parecer.

Sara apretó los puños lentamente.

—Si vinieron solo a causar problemas, salgan de mi tienda.

—¡Ni lo sueñes! —bramó Diana de repente.

Lina y Raquel, que habían intentado detener a los dos hombres, retrocedieron aterradas cuando uno de los matones estrelló otra maceta contra el suelo.

¡Crash!

Sara giró la cabeza por instinto. Le dolía el pecho ver las flores que había cuidado con tanto esmero destrozadas así sin más.

—¡No destruyan mi tienda! —gritó fuera de sí.

Pero Diana avanzó hacia ella.

—¿Crees que vine a jugar?

La mirada de la mujer se volvió filosa.

—Necesitamos dinero.

Sara dejó escapar una risa amarga.

—¿Dinero otra vez?

—¡Sí! —bramó Diana sin el menor reparo—. Aldo necesita pagar las cuotas de su auto y su moto.

Sara la miró incrédula.

—¿Vinieron a pedirme dinero para eso?

—¿Y qué tiene? —replicó Aldo con total descaro—. Tú tienes una tienda, ¿no?

Sara sintió que la rabia le subía por dentro.

—¡Esta tienda apenas alcanza para mantenerme a mí y a mi hijo!

Pero a Diana le daba exactamente igual.

—Ese no es mi problema.

La mujer señaló el rostro de Sara con brusquedad.

—Tienes que darle dinero a Aldo. Porque siguen siendo familia.

—¿Familia? —repitió Sara en un hilo de voz, llena de dolor.

Sus ojos se enrojecieron.

—Papá murió hace apenas unos años y ustedes nunca se preocuparon por mí.

—¡Deja de hablar tanto! —bramó Diana—. ¡Hoy me vas a dar ese dinero y punto!

Sara negó con firmeza.

—No tengo.

—¡Mentira!

—¡De verdad no tengo!

Pero Aldo se acercó con una sonrisa siniestra.

—Si no tienes… —dijo con calma—, vende esta tienda.

Los ojos de Sara se abrieron de par en par, furiosos.

—¡Ni lo sueñen!

La tensión iba en aumento, y en medio del alboroto nadie advirtió que detrás de la puerta del pequeño cuarto, un par de ojitos comenzaban a abrirse lentamente, despertados por el ruido de afuera.

—Mamá… —Aquella vocecita hizo que todos voltearan.

Sergio estaba de pie en el umbral del pequeño cuarto con los ojos todavía hinchados de sueño. El cabello algo revuelto, mientras su manita apretaba un muñeco de trapo desgastado.

El niño miraba confundido el desastre frente a la tienda. Las macetas desparramadas, Lina y Raquel visiblemente aterradas. Y su madre, de pie con el rostro tenso frente a aquellos desconocidos. Pero cuando vio a Aldo gritándole a Sara, la carita de Sergio cambió de inmediato.

—¡No lastimen a mi mamá! —Su voz ceceante resonó con fuerza en medio del alboroto.

El corazón de Sara dio un vuelco.

—¡Sergio! —gritó aterrada.

Quiso correr hacia su hijo, pero todo sucedió demasiado rápido. Aldo, que llevaba rato alterado, esbozó una sonrisa siniestra al ver a Sergio.

—Mira nada más… —murmuró—. Así que este es el bastardo, ¿no?

—¡No te atrevas a hablar así! —bramó Sara furiosa. Pero Aldo ya avanzaba a paso rápido.

¡Pum!

—¡Ah! —Sara fue empujada con tanta fuerza que casi cayó al suelo.

—¡Mamá! —Sergio rompió a llorar, presa del pánico.

Antes de que Sara pudiera levantarse, Aldo ya había agarrado el cuerpecito de Sergio y lo había levantado sin ningún cuidado.

—¡Suelta a mi hijo! —gritó Sara, histérica.

Sergio rompió a llorar de miedo al sentir que lo sujetaban de cualquier manera.

—¡Mamá!

—¡Cállate! —le espetó Aldo.

El niño se asustó todavía más. Sus manitas forcejeaban intentando soltarse mientras lloraba a gritos.

—Mamá… mamá…

Sara se levantó con el rostro lívido.

—Aldo, ¡no toques a mi hijo! —Su voz temblaba violentamente—. Por favor… no lo metas en esto.

Pero Aldo se rio con desprecio.

—Si no quieres soltar el dinero… —dijo con frialdad—, me llevo al niño.

—¡No! —El cuerpo de Sara se desplomó al escuchar aquella amenaza.

Las lágrimas comenzaron a caerle.

—Es solo un niño pequeño…

Diana permanecía de pie con total tranquilidad, sin un ápice de compasión.

—Por eso, no seas tan necia.

Sergio lloraba cada vez más fuerte.

—Mamá… tengo miedo… —Sus manitas intentaban alcanzar a Sara.

Al ver aquello, Sara sintió que le estrujaban el corazón.

—¡Suéltalo! —gritó tratando de acercarse.

Uno de los matones le bloqueó el paso de inmediato. Lina y Raquel también entraron en pánico.

—¡Sara!

Mientras tanto, Sergio sollozaba entre los brazos bruscos de Aldo. Su carita estaba enrojecida de tanto llorar.

—Mamá… me duele… —Aquellas palabras hicieron que Sara perdiera toda la paciencia. Sus ojos se enrojecieron de rabia y de miedo.

—Si se atreven a hacerle daño a mi hijo… —su voz temblaba violentamente—, ¡los voy a denunciar a la policía!

Aldo esbozó otra sonrisa burlona.

—¡Denuncia lo que quieras!

Sus manos apretaron con más fuerza el cuerpecito de Sergio. Justo cuando Sara estaba por lanzarse a arrebatar a su hijo, el chirrido de un auto frenando de golpe se escuchó frente a la tienda.

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