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Solo su cuerpo la desea

Solo su cuerpo la desea

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Amor a primera vista
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

Maximiliano Alcázar lo tiene todo: es el heredero más joven y temido del imperio Alcázar, guapo hasta lo indecente… y hay un secreto que lo ha perseguido treinta y cinco años. Su cuerpo no reacciona. Ante nadie. Ni siquiera ante la esposa con la que estuvo casado dos años. "Él no puede", susurran en su círculo.

Hasta que la ve a ella.

Lucía Reyes cose vestidos de alta costura en un pequeño atelier y carga con una familia que la exprime y quiere venderla al mejor postor. La noche en que decide largarse de esa casa, la abuela más entrometida de México le renta —baratísimo— el departamento de enfrente al soltero más imposible de la ciudad.

De un té de canela a un roce prohibido, del "solo somos vecinos" a un beso que enciende lo que ningún médico logró: por primera vez en su vida, el cuerpo de Maximiliano despierta. Y solo la desea a ella.

Pero él le oculta un matrimonio. Su exesposa quiere destruirla. Y cuando un embarazo "imposible" ponga en jaque el secreto del magnate que "no puede"… todos van a tragarse sus palabras.

¿Y si el hombre de hielo solo ardía por una mujer en todo el mundo?

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Capítulo 15

Capítulo 15. Huele a dinero

Max no contestó enseguida. Y ese silencio, para un hombre como Lorenzo, valió más que cualquier confesión.

—No es nadie —dijo Max al fin, volviendo la vista al plato con una lentitud calculada—. Una diseñadora. Le encargué un vestido para mi madre.

—Ajá. —Lorenzo se recargó en la silla, cruzó los brazos y lo estudió como quien lee una mano de póker—. Un vestido para tu madre. Y por eso te quedaste como estatua diez segundos y todavía traes la oreja colorada.

Max le clavó una mirada de advertencia. Lorenzo no se inmutó. Al contrario: bajó la voz, para que Bruno y Gonzalo, enfrascados otra vez en lo del terreno, no lo oyeran, y le habló con esa suavidad de zorro que era su forma de acercarse a lo delicado.

—Mira, hermano. Yo sé lo tuyo. —Lo dijo sin crueldad, casi con cariño—. Fabián no es tan discreto como cree, sobre todo cuando le sirven dos whiskys. Sé que llevas media vida creyendo que estás… descompuesto. Que ninguna mujer te mueve un pelo. —Señaló con la barbilla, apenas, hacia el fondo del salón—. Y de repente veo que una costurera que ni te ha visto te deja sin habla. Con la oreja roja. Yo no soy médico, pero no hay que serlo para atar cabos.

Max apretó la mandíbula. No lo negó. No podía. Y no negarlo, delante de Lorenzo, era como firmar una confesión.

—¿Y quién más lo sabe? —preguntó, en voz muy baja, y en la pregunta había una amenaza contenida.

—Tranquilo, fiera. Solo yo. Y porque me lo topé, no porque ande de metiche. —Lorenzo se puso una mano en el pecho, ofendido de mentiras—. A mí me lo dijeron en confianza y en confianza se queda. Bruno cree que eres un amargado y Gonzalo cree que estás casado con el trabajo. Nadie más ató los cabos. Tu secreto está a salvo conmigo, hermano. Palabra de zorro.

—Palabra de zorro. Justo lo que me tranquiliza.

Lorenzo se rio, encantado.

—Déjalo por la paz, Lorenzo.

—Lo dejo. —El zorro levantó las manos, rindiéndose con una sonrisa que no se rendía en absoluto—. Solo digo una cosa. Si de verdad esa muchacha es… lo que creo que es para ti, no la dejes pasar. Y si necesitas una mano —guiñó un ojo—, ya sabes que yo tengo mano en todos lados.

Max no contestó. Pero por dentro, algo se le tensó. Porque una parte de él quería exactamente eso: una excusa, un empujón, una razón para volver a acercarse a ella. El problema era que Maximiliano Alcázar jamás en su vida había tenido que perseguir a nadie, y no tenía ni la menor idea de cómo se hacía.

Cuando terminaron de comer, los cuatro se levantaron. Y la ruta hacia la salida pasaba, inevitablemente, junto a la mesa de la ventana.

Max caminó detrás de sus amigos, con las manos en los bolsillos y el pulso acelerándosele con cada paso. Trató de mirar al frente. No pudo. Al pasar junto a la mesa, redujo apenas la marcha, y la manga de su saco casi rozó el borde de la mesa donde ella comía.

Lucía levantó la vista.

Y por un segundo se cruzaron: la costurera y el hombre que la miraba en sueños. Ella lo reconoció —el cliente, el del desfile, el de la voz ronca— y el corazón le dio ese brinco absurdo que ya empezaba a resultarle familiar y molesto. Él sostuvo la mirada apenas lo justo para que no fuera grosería, ni un instante más, porque un instante más y no habría podido irse.

Siguió de largo. Le costó cada paso. Detrás de él, Lorenzo alcanzó a ver el intercambio de miradas, esa fracción de segundo entre el témpano y la costurera, y su sonrisa de zorro se hizo más ancha. Ahora entendía todo.

—¿Lo conoces? —preguntó Fernanda en cuanto el grupo salió, con los ojos como platos.

—Es… un cliente —dijo Lucía, mirando todavía la puerta por la que había desaparecido—. El del vestido de la mamá. Ya te había dicho. El del desfile.

—¿Ese? —Fernanda bajó la voz, de pronto muy interesada—. ¿Ese es el del vestido? Lucía, ese señor te miró como si fueras el postre. Yo lo vi. Todo el restaurante lo vio.

—No exageres. Nada más pasó de largo.

—Pasó de largo mirándote como no se mira a un cliente, comadre. —Fernanda entrecerró los ojos, atando cabos que Lucía no quería que atara—. Oye… no será que…

—Fer, cómete tu comida. —Lucía se puso roja y clavó la vista en el plato.

Fernanda abrió la boca para insistir. La volvió a cerrar. Y decidió, por una vez en su vida, guardarse el chisme para digerirlo mejor, aunque por dentro las alarmas y las ilusiones le sonaban al mismo tiempo.

Afuera, en la banqueta, ocurría otra escena.

Gerardo y Brenda pasaban por esa misma calle —habían ido a cotizar unas cosas para el bebé en una zona que no era la suya— cuando vieron, a media cuadra, salir de aquel restaurante caro a un grupo de hombres de traje y subirse a coches que costaban lo que ellos no verían junto en diez años. Y entre las mesas de la terraza, del otro lado del cristal, alcanzaron a distinguir una cara conocida.

—Oye… —Brenda le clavó las uñas en el brazo a Gerardo—. ¿Esa no es Lucía?

Gerardo entrecerró los ojos. Sí era. Su hermana, la costurera, la que juraba no tener un peso, comiendo en un lugar donde el agua costaba lo que un día de su sueldo, cerca de hombres con coches de lujo.

—Ha de estar trabajando —dijo Gerardo, pero sin convicción, porque él mismo no se lo creía—. Sirviéndoles a esos, de costurera.

—¿Sirviéndoles? —Brenda soltó una risa fea—. Está sentada, comiendo, con manteles blancos. A los que sirven no los sientan en esas mesas, Gerardo. Abre los ojos.

A los dos, al mismo tiempo, se les encendió la misma lucecita sucia en la cabeza. Era la misma cuenta de siempre, la que hacían con todo lo que tenía que ver con Lucía: no "qué bueno por ella", sino "cuánto podemos sacar de esto".

—Esta cállate lo del "no tengo dinero" —murmuró Brenda, y una sonrisa lenta le fue estirando la boca—. Mírala. Comiendo como reina. Te apuesto lo que quieras a que se consiguió a alguien con lana. —Le apretó el brazo más fuerte—. Gerardo, esa niña nos puede sacar de pobres. Nomás hay que casarla bien. Con el bueno, esta vez.

—Habría que averiguar quién es el señor —murmuró Gerardo, ya contagiado—. Si de veras trae lana, esto se maneja distinto. Nada de cuartos ni de gastos. Se le casa bonito, con fiesta, y de ahí sacamos para rato.

—Eso. Con calma. Sin espantarla, que si se entera de que le movemos algo, se cierra. —Brenda sonrió, ya planeando—. Tú déjame a mí. Yo sé cómo hacerla hablar.

Y mientras los dos, en la esquina, se relamían haciendo cuentas ajenas, adentro Lucía miraba todavía la calle por donde se había ido aquel coche, sin la menor idea de que dos bandos distintos —uno por amor, el otro por avaricia— acababan de poner sus ojos en ella al mismo tiempo.

1
Maria Elena Gomez
Bueno
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