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Después de elegir el divorcio

Después de elegir el divorcio

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Divorcio / Completas
Popularitas:32
Nilai: 5
nombre de autor: Mutzaquarius

Mela llevaba veinte años siendo la esposa perfecta. Cocinaba, limpiaba, cuidaba a su suegra enferma, criaba a su hija y mantenía en orden un hogar que nunca fue suyo. Todo para que Arman, su marido, pudiera concentrarse en los negocios y construir un imperio.

Hasta que descubrió que, durante la última década, él lo compartía todo con otra mujer.

El día que Mela firmó el divorcio, se llevó consigo una maleta medio vacía, una llave oxidada y una sola certeza: no iba a suplicar. Ni por dinero, ni por una casa, ni por la dignidad que le habían arrancado.

Volvió a Morana, el pueblo donde creció, a la casa de madera que sus padres le dejaron. Allí, con las manos en la tierra, empezó a reconstruirse desde cero: limpió maleza, plantó chiles y verduras, y poco a poco levantó un negocio que nadie esperaba.

Pero Morana también le trajo algo que no buscaba.

Dino. Un hombre sencillo que apareció en el pueblo con la sonrisa fácil y las manos siempre dispuestas a ayudar. Alguien que la miraba sin lástima y la trataba sin condiciones. Alguien que guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo.

Mientras Mela construye su nueva vida, la antigua no deja de perseguirla. Arman, arruinado y arrepentido, vuelve a buscarla. Su exsuegra, que la despreció durante años, ahora la necesita. Su propia hija, que eligió quedarse con la amante, empieza a cuestionar esa decisión.

Y en medio de todo, un enemigo invisible lanza un ataque que amenaza con destruir lo que Mela acaba de ganar.

NovelToon tiene autorización de Mutzaquarius para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20 — La fiesta

Y el día de la boda llegó. La capital entera parecía girar en torno al evento. El salón de gala rebosaba de invitados importantes. Los candelabros de cristal centelleaban. La decoración blanca y dorada se fundía en una armonía impecable.

—Hoy presenciaremos un momento de felicidad. —La voz del maestro de ceremonias retumbó mientras miraba a cámara; la ceremonia se transmitía en vivo.

Arman, sentado frente al juez de paz, lucía un traje impecable. Su rostro se mantenía sereno bajo los reflectores de las cámaras.

Al fondo del pasillo, Camila avanzaba despacio. El vestido de novia le arrastraba la cola. Su sonrisa era de triunfo.

Todas las miradas convergían en ellos, atentas a la boda soñada que estaba a punto de celebrarse.

Al mismo tiempo, en Morana, no había candelabros de cristal. No había alfombra roja. Solo el sol abrasador, la tierra húmeda, el olor punzante del abono y el golpe rítmico del azadón contra el suelo.

—¡Estas sepárenlas! —gritó Mela—. ¡La calidad no es la misma!

Sus manos se movían ágiles: seleccionaba verduras, las ataba con cuidado y las acomodaba en las cajas.

—Mel, descansa un poco —le pidió Yolanda.

Mela negó con la cabeza.

—Ahora no, ya casi termino. Estas verduras las recogen en la tarde.

En cuanto el pedido estuvo listo, se trasladó al otro extremo de la parcela a revisar las plantas.

—¿El agua alcanza? —preguntó.

—¡De sobra, Mel! Todo fluye perfecto.

Dora se mantuvo a distancia, observando sin perder detalle. Desde que se anunció la boda del exmarido de Mela, sentía que su amiga no paraba ni un segundo. Y justo hoy la ceremonia se celebraba y se transmitía en vivo. No cabía duda de que eso le pesaba en la cabeza, aunque no dijera una palabra.

Dora suspiró por lo bajo.

—Anda de aquí para allá sin parar, ¿no se cansa? —murmuró.

Yolanda asintió.

—Sí, pero... no solo corre por el trabajo. También corre de sus propios pensamientos.

—Yo creo que desde que compró el terreno nuevo se volvió una máquina —terció Susana—. Y eso que la carga no es tan pesada porque hay más trabajadores.

—Bueno, ¿qué le vamos a hacer? Seguro quiere distraer la mente de todo lo negativo —dijo Dora.

Se miraron entre ellas. Luego dirigieron la vista hacia una sola persona.

Dino.

El hombre llevaba un buen rato ayudando, pero era evidente que, a escondidas, también vigilaba a Mela.

—¡Dino! —lo llamó Dora en voz baja.

Dino se irguió y se acercó.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Tú eres amigo de Mela. Es terca como una mula. Dile que no se mate trabajando —le susurró Dora.

Dino volvió la mirada hacia Mela. La mujer seguía en movimiento perpetuo, supervisando a cada trabajador.

Se quedó callado un instante, miró a Dora y a las demás, y asintió despacio.

Al caer la tarde, el sol empezó a descender. Mela todavía no se había detenido cuando Dino se le acercó.

—¡Mel! —la llamó.

Mela giró la cabeza.

—¿Qué?

—Descansa un rato.

—Todavía falta mucho por hacer.

Dino no insistió con palabras. La tomó del brazo y la condujo hasta un lugar con sombra.

—Si sigues así, el trabajo se termina y la que se desploma eres tú. —Le ofreció una botella de agua.

Mela exhaló un suspiro.

—Estoy bien. No me voy a desplomar. —Refunfuñó, pero aceptó la botella y le dio un trago largo.

—Entonces, ¿qué tal si esta noche nos reunimos? —propuso Dino de repente.

Mela frunció el ceño.

—¿Reunirnos?

—Sí —respondió—. En tu casa.

Mela negó de inmediato.

—No. Estoy cansada. Además, ¿para qué nos vamos a juntar en mi casa?

—Justamente por eso —replicó Dino sin vacilar—. Por una vez, dejemos de trabajar. No solo por los demás, sino por ti también.

Se sentó a su lado.

—Tómalo como una celebración.

—¿Celebración?

—Sí. Desde que compraste la parcela, empezaste con las hortalizas y ahora todo marcha bien, eso no es poca cosa —dijo Dino—. Hay que dar gracias.

Mela guardó silencio.

—Pero... es muy de improviso. Además, no es que no esté agradecida. Compartir con los demás lo que tengo ya es mi manera de agradecer.

—Lo sé —asintió Dino—. Pero no puedes saltarte las costumbres del pueblo. Ándale, Mel. Nos juntamos un rato. Yo me encargo de todo.

Mela dejó escapar un suspiro largo.

—Dino...

Él ya estaba sonriendo, sin dejarle espacio para negarse.

—Solo esta vez.

Mela vaciló unos segundos y por fin asintió con desgana.

—Está bien.

—¡Perfecto! Entonces voy a avisarles a los demás. —Se levantó de un salto, corrió hacia Dora y le contó el plan de esa noche. Le pidió también que avisara a las demás y que invitara a los vecinos cercanos de Mela. Después sacó el celular y llamó a alguien para que preparara lo necesario para la fiesta nocturna.

Cayó la noche. El patio de la casa de Mela se transformó. Colgaron luces sencillas, encendieron una fogata. Las mazorcas ya se doraban sobre las brasas; el pollo y el pescado empezaban a asarse.

—¡Vengan por acá!

—¡El café ya está listo!

—¡Espera, esto todavía está crudo!

Las risas llenaron el aire. No solo estaban los trabajadores; los vecinos también se habían acercado.

Dora, Yolanda, Lucía, Susana e incluso vecinos que antes solo miraban de lejos ahora se sentaban todos juntos.

Mela se detuvo a contemplar el bullicio frente a su casa. La gente reunida, las risas, las bromas; todo irradiaba una calidez que llevaba mucho tiempo sin sentir.

—¡Mel, ven acá! —la llamó Yolanda.

Mela sonrió. Se acercó y se sentó junto a Dora y las demás.

—¿Quieres una mazorca? Están riquísimas —le ofreció Lucía.

—Sí, dale —aceptó Mela.

Lucía fue hasta donde un vecino asaba las mazorcas, tomó una que ya estaba lista y se la llevó a Mela.

—Toma, Mel.

—Gracias.

—No puedo creer que Dino se haya esmerado tanto con todo esto —comentó Susana—. ¡Mira! Hay pollo, pescado, brochetas y frituras. Me voy a atiborrar.

—Menos mal que traje al marido y a los niños. Comida gratis —añadió Yolanda.

Todas rieron. Al poco rato, el pollo y el pescado estuvieron listos. Algunos vecinos extendieron hojas de plátano enteras sobre la mesa y sirvieron el arroz, la salsa y los guisos encima. Después se sentaron en círculo.

—Antes que nada, como jefe de manzana, quiero agradecerle mucho a Mela por la invitación a esta cena. Que el negocio de Mela siga viento en popa...

—¡Amén! —corearon los demás.

—Que cada día le vaya mejor...

—¡Amén!

—En fin, todos los mejores deseos para Mela —exclamó don Darío.

Mela sonrió.

—Muchas gracias, don Darío, y a todos ustedes. Por apoyarme.

—¡De nada, Mela! —respondieron al unísono.

La cena siguió su curso: disfrutaron del banquete entre historias y carcajadas.

Mela los observó con una sonrisa y, por un instante, no pensó en nada más. Ni en el pasado. Ni en aquella boda.

Cuando terminaron de comer, nadie se fue de inmediato. Siguieron sentados en el patio, saboreando café caliente y picando lo que quedaba.

En medio del alboroto, Dino se acercó y se sentó junto a ella.

—¿Cansada? —preguntó en voz baja.

Mela sonrió apenas.

—Un poco.

Silencio breve.

—Mel —la llamó Dino con suavidad—. Hay algo que quiero aclararte.

Mela lo miró, extrañada.

—¿Qué cosa?

Dino inspiró hondo.

—Hace tiempo... yo quería decirte algo. Pero antes de que pudiera hacerlo, apareció Arman.

El nombre alteró el aire entre los dos.

—¿Arman?

—Sí —respondió Dino—. Me dijo que te daba vergüenza estar conmigo. Que no querías saber nada de alguien que no tenía nada que ofrecer.

Mela se quedó helada.

—Y también me dijo que te habías ido a la capital a propósito, para dejar todo eso atrás. Por eso me hice a un lado.

Mela bajó la mirada; sus manos se cerraron lentamente en puños.

—Eso no es verdad. —Negó con la cabeza—. Yo nunca pensé algo así.

Alzó los ojos, que empezaban a nublársele.

—Ni siquiera sabía lo que querías decirme. Y jamás te juzgué por lo que tenías o dejabas de tener.

—Perdóname. —Agachó la cabeza.

Dino la contempló un rato largo. Luego suspiró despacio.

—No fue tu culpa. Simplemente no era el momento.

Mela no contestó. Tenía los dedos entrelazados con fuerza.

—Y... ¿qué era lo que querías decirme? —preguntó al fin.

Dino se quedó mudo. El corazón le latía con fuerza. Los labios se le entreabrieron como si quisieran soltar algo, pero ninguna palabra salió.

—E-eso... Y-yo...

Mela entrecerró los ojos.

—¿Por qué te pusiste a tartamudear?

Dino tomó aire a fondo, reuniendo valor.

—Y-yo en realidad... me gustabas, Mel. ¿Todavía... tengo una oportunidad?

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