Camila Naranjo estaba a tres meses de casarse con Diego Cárdenas, el hombre al que amó toda su vida. Pero Diego se enamoró de su secretaria y creyó que Camila aceptaría una boda sin amor con tal de conservar su lugar en la familia Cárdenas.
Se equivocó.
Después de una humillación pública y de descubrir que su propia familia siempre elegirá a otra mujer antes que a ella, Camila cancela la boda y toma una decisión que nadie vio venir: se casa con Sebastián Cárdenas, el tío de Diego y el hombre más poderoso de la familia.
Ahora Diego tendrá que verla en cada cena familiar como la esposa de su tío.
Lo que empezó como una venganza elegante se convierte en un matrimonio lleno de secretos, deseo y una protección que Camila nunca había conocido.
Esta vez, ella no va a rogar por amor.
Esta vez, todos tendrán que verla ganar.
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Capítulo 4
Capítulo 4
Camila despertó al mediodía en una habitación de hospital.
Daniela había despertado media hora antes y llegó en silla de ruedas, llorando, para verla. Diego la empujaba. Dulce casi los echó a golpes.
—Vine porque me siento responsable —dijo Daniela con la frente vendada—. Camila me empujó, pero no quiero culparla. Sé que está dolida.
Dulce se rio con furia.
—Tú no mereces que te crean ni los signos de puntuación.
Diego defendió a Daniela. Dijo que Camila había cruzado un límite, que empujar a alguien era un delito. Dulce le recordó que Daniela había sido una chica becada a la que Camila ayudó en la preparatoria, que Camila le pagó clases, la defendió y la trató como amiga, solo para que luego le robara al prometido.
Daniela quiso irse.
Bruno y Sebastián entraron en ese momento. Diego bajó la cabeza al ver a su tío.
—El médico dijo que Camila necesita descansar —dijo Sebastián—. Salgan.
Diego estaba por irse cuando Camila se movió en la cama.
—Sebastián... Sebastián...
Todos la miraron.
Camila abrió los ojos, recorrió la habitación y se quedó mirando a Sebastián. Luego extendió los brazos.
—Esposo, ven a abrazarme.
Dulce casi se ahogó.
Diego soltó una risa fría.
—No uses a mi tío para darme celos.
Camila se aferró a la cintura de Sebastián como si él fuera su refugio natural.
—¿Quién eres tú? No te conozco.
El rostro de Diego cambió.
Sebastián bajó la mirada hacia ella.
—¿Quién soy?
—Sebastián Cárdenas.
—¿Qué soy para ti?
—Mi prometido. Nos casamos después de Año Nuevo, ¿no?
—¿Y Diego?
Camila lo miró con atención, como se mira a un desconocido impertinente.
—No sé quién es.
La habitación quedó muda.
El médico habló de posible confusión de memoria tras el golpe. Los estudios no mostraron daño grave, pero nadie podía descartar una alteración temporal. Diego insistió en que fingía. Camila solo se escondió más contra Sebastián.
Cuando todos se fueron, Dulce cerró la puerta y regresó casi saltando de alegría.
—¡Olvidaste a Diego!
Camila abrió un ojo.
—No lo olvidé. Actué.
Dulce se quedó con la boca abierta.
Camila explicó la escalera, el plan de Daniela y su propia decisión. Si todos creían que su memoria se había desordenado, ya no habría vergüenza. Si ella "recordaba" amar a Sebastián, casarse con él tendría sentido para el mundo.
—Mientras yo no me avergüence, problema resuelto.
Dulce la llamó genio y loca en la misma frase.
Camila pidió que por ahora dejaran tranquila a Daniela. No porque la perdonara, sino porque pelear demasiado podía romper su propio teatro.
Dulce fue a amenazar a Daniela. Le dijo que Camila había declarado que ambas se habían caído solas, pero que si Daniela insistía en culparla, harían que Sebastián cancelara su boda con Diego.
Daniela entendió el mensaje.
Bruno llamó a Sebastián para contarle. Los dos habían visto la actuación. Bruno, porque notó en los ojos de Camila una muerte demasiado lúcida cuando Diego la llamó repugnante. Sebastián, por razones que no explicó.
—Parece decidida a cortar con Diego —dijo Bruno.
—Bien —respondió Sebastián.
—¿Y ahora? La niña se te colgó al cuello.
—Yo le di permiso de apoyarse —dijo Sebastián—. Me casaré con ella.
Esa noche, Sebastián volvió al hospital. Camila, medio dormida, creyó que era Dulce.
—Tengo calor. Ayúdame a limpiarme con una toalla.
Al abrir los ojos y verlo, casi se cayó de la cama.
—¿Tío? ¿Usted qué hace aquí?
Sebastián se sentó junto a ella.
—¿Tío?
Camila se quedó tiesa. Había olvidado que, según su propia obra, Sebastián era su esposo.
Él le pasó una caja de pañuelos.
—No sigas actuando. Ya sé que finges.
Camila sintió que el sudor le corría por la espalda. Se disculpó de inmediato, explicó lo de la vergüenza, lo de la memoria falsa, lo de su idea de crear una historia donde ella no persiguiera a Diego sino a Sebastián.
—No te dije que no actuaras —dijo él.
Camila levantó la cabeza.
—¿No estás enojado?
—Estoy enojado porque te lastimaste. No vuelvas a usar tu cuerpo como herramienta.
Sebastián ya sabía la verdad. Un guardia de seguridad había visto a Daniela saltar y luego a Camila lanzarse. Lo había encontrado al revisar cámaras del pasillo. No expuso nada porque quiso esperar a entender qué buscaba Camila.
Ella tragó saliva.
—Entonces... ¿todavía cuenta lo de casarnos?
Sebastián la miró mucho tiempo.
—¿De verdad quieres casarte conmigo?
—Sí. Si algún día te enamoras de alguien, nos divorciamos. No quiero tu dinero. Puedo salir sin nada.
Él no aceptó esa condición.
—Cuando salgas del hospital, vamos al Registro Civil.
Camila se quedó parpadeando.
—¿Tan pronto?
—¿Quieres esperar?
—No. Pronto está perfecto.
La rapidez le daba miedo, pero más miedo le daba que él se arrepintiera.
Sebastián salió y volvió con una palangana de agua tibia y una toalla.
—Ahora no es adecuado que yo te ayude. Después del acta, sí.
Camila se puso roja hasta las orejas.
Dulce llegó poco después para ayudarla. Al enterarse, casi gritó.
—¡Te dije que era tu mejor salida!
Camila no compartía tanto entusiasmo, pero por primera vez en días sintió que el suelo bajo sus pies no se desmoronaba.
Sebastián Cárdenas había dicho que sí.
Y Sebastián Cárdenas no parecía un hombre que dijera sí por impulso.