Un romance que surge entre el jefe de su esposo y la esposa de un hombre incapaz de satisfacer los más profundos deseos de una mujer como ella, al menos como lo hacer su jefe...
NovelToon tiene autorización de Margalo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 14: El mensaje
Día tras día, Elisa ponía todo su empeño en mantener a Esteban a una distancia estricta y profesional. Cuando él se acercaba con alguna excusa para hablar de algo que no fuera trabajo, o le soltaba algún cumplido disfrazado de comentario casual, ella respondía con monosílabos, cambiaba de tema de inmediato o se disculpaba diciendo que tenía que entregar unos papeles o atender una llamada urgente. Nunca le devolvía las miradas prolongadas, nunca le sonreía más de lo necesario, y evitaba quedarse a solas con él en cualquier pasillo o sala vacía.
Pero cuanto más ella se alejaba, más intenso se volvía él. Le dejaba pequeños regalos en su mesa: bombones finos, una rosa solitaria, notas escritas con frases cada vez más atrevidas. La buscaba en los pasillos, la esperaba a la salida, intentaba hacerla reír con anécdotas o preguntarle por sus gustos personales. Sin embargo, nada parecía funcionar: Elisa mantenía su barrera firme, y aunque a veces le molestaba su insistencia, estaba decidida a no caer en sus juegos, tal como Alexa le había advertido.
Al mismo tiempo, la relación de Elisa con Luis empezaba a transformarse poco a poco en algo mecánico. Las llamadas por las noches, los mensajes durante el día, ya no nacían de esa necesidad urgente de hablarse, sino de una costumbre, de un compromiso que se había vuelto casi una obligación. Le contaba que todo iba bien en el trabajo, que la trataban bien, pero omitía todo lo demás: las horas extra que pasaba en el despacho, la intensidad con la que Marco la miraba, y sobre todo, los encuentros que cada vez eran más frecuentes y más arrolladores.
Porque con Marco todo había cambiado y a la vez se había vuelto más fuerte que nunca. Ya no eran solo momentos robados llenos de culpa; ahora el deseo entre los dos ardía con una fuerza que lo consumía todo. Se veían dentro de la oficina, encerrado tras la puerta con llave, sobre el mismo escritorio donde firmaban contratos, en el sofá de cuero del rincón, contra las paredes llenas de estanterías. Y fuera de allí, en lugares discretos, en hoteles de lujo o en la casa que él tenía en las afueras, la pasión se desataba aún más salvaje y desenfrenada. Cada encuentro era una explosión de sentimientos y de instinto, donde olvidaban el mundo entero, donde Marco la hacía sentir suya con una intensidad que Elisa no había imaginado posible, y ella se entregaba sin reservas, arrastrada por un fuego que ya no podía ni quería apagar.
En el trabajo, gracias a la paciencia y la ayuda constante de Alexa, Elisa había dejado de ser la novata insegura de los primeros días. Se movía con soltura entre los archivos, sabía qué llamadas debía pasarle a Marco y cuáles podía resolver ella misma, organizaba las agendas con precisión y se ganaba el respeto de todos los que la rodeaban. Había aprendido las reglas no escritas de la empresa, había sabido guardar secretos y mantenerse al margen de chismes, convirtiéndose en una pieza indispensable para el funcionamiento del despacho principal.
Pero esa noche, cuando todo terminó, cuando los dos estaban recuperando el aliento envueltos en sábanas desordenadas y el silencio solo roto por el zumbido lejano de la ciudad, el teléfono de Elisa vibró sobre la mesa de noche.
Ella lo tomó rápidamente, con una media sonrisa pensando que sería Luis, preguntándole a qué hora volvería o deseándole las buenas noches. Pero al leer lo que ponía en la pantalla, su expresión cambió de golpe: la sonrisa desapareció, sus ojos se abrieron con sorpresa y luego se endurecieron, y una sombra de preocupación cruzó su rostro.
—¿Qué pasa? —preguntó Marco, notando al instante el cambio en ella, incorporándose un poco y mirándola con atención—. ¿Es Luis? ¿Te ha dicho algo malo?
Elisa cerró el teléfono de golpe, se lo guardó y empezó a vestirse deprisa, sin mirarlo a los ojos.
—No es nada —dijo con voz tensa y cortante—. Tengo que irme ya. Es tarde.
—¿Nada? —repitió él, frunciendo el ceño y agarrándola suavemente del brazo para detenerla—. No me mientas. Te has puesto pálida. ¿Quién era? ¿Qué te han dicho?
—Te he dicho que no es nada —insistió ella, soltándose con un movimiento brusco—. Solo tengo que irme. Hasta mañana.
Sin darle tiempo a decir nada más, terminó de arreglarse, salió de la habitación y cruzó el despacho hasta salir al pasillo, dejando a Marco sentado en la cama, confundido, con el ceño fruncido y preguntándose qué clase de mensaje había sido capaz de cambiarla tan rápido y de hacerla huir de esa manera.