Valentina Mena es una mujer fuerte e independiente que nunca se ha dejado dominar por nadie. Matteo De Luca, líder de un poderoso imperio mafioso, está acostumbrado a obtener todo lo que quiere. Cuando sus caminos se cruzan, nace una atracción peligrosa que los llevará a enfrentarse entre el amor, el poder y la traición.
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Demasiado cerca
Valentina llevaba toda la mañana intentando concentrarse.
Había revisado contratos, respondido correos y participado en dos reuniones importantes, pero su mente seguía regresando al mismo lugar.
A Matteo.
Lo cual era ridículo.
Absolutamente ridículo.
Hacía años que ningún hombre conseguía distraerla de aquella manera, y mucho menos alguien tan arrogante, complicado e impredecible como Matteo De Luca.
—Necesito vacaciones —murmuró para sí misma.
—¿Dijiste algo? —preguntó Camila desde la puerta.
—Nada.
—Porque juraría que te escuché hablar sola.
—Te lo imaginaste.
Camila sonrió.
—Claro.
Valentina ni siquiera intentó discutir.
Ya había descubierto que era imposible ganar una discusión contra alguien que disfrutaba demasiado tener razón.
Su teléfono vibró sobre el escritorio.
Miró la pantalla.
Y su corazón dio un pequeño salto.
Matteo.
Frunció el ceño inmediatamente.
No por el mensaje.
Por la reacción que había tenido al verlo.
Abrió la conversación.
“Necesito reunirme contigo esta tarde.”
Nada más.
Ni saludo.
Ni explicación.
Ni una sola palabra extra.
Valentina resopló.
”¿Y los buenos modales?”
La respuesta llegó menos de diez segundos después.
“No sabía que los exigías.”
Ella rodó los ojos.
“No los exijo. Los considero educación básica.”
Pasaron unos segundos.
“Entonces hola, Valentina.”
Ella odiaba admitirlo.
Pero sonrió.
“Hola, Matteo.”
”¿Mejor?”
“Un poco.”
“Perfecto. Te veo a las seis.”
Valentina leyó el mensaje dos veces.
“Eso no fue una invitación.”
“No.”
“Entonces fue una orden.”
“Tampoco.”
”¿Qué fue?”
La respuesta tardó unos segundos más.
“Una excusa para verte.”
Valentina se quedó inmóvil.
Completamente inmóvil.
Su sonrisa desapareció.
Y fue reemplazada por una sensación extraña que le recorrió el pecho.
Porque aquella respuesta no parecía una broma.
Y eso era precisamente lo que la ponía nerviosa.
—
A las seis en punto, Matteo la esperaba en la terraza privada de un elegante restaurante del norte de la ciudad.
Bogotá comenzaba a iluminarse mientras el sol desaparecía lentamente detrás de los edificios.
Cuando la vio llegar, se puso de pie.
Y por un instante olvidó absolutamente todo lo demás.
Valentina llevaba un vestido sencillo de color oscuro y el cabello suelto.
Nada extravagante.
Nada diseñado para llamar la atención.
Y aun así era imposible no mirarla.
—Llegaste puntual —dijo él.
—No todos vivimos convencidos de que el tiempo nos pertenece.
—Eso sonó como una crítica.
—Porque lo era.
Matteo soltó una breve risa.
Aquella mujer era la única persona que conseguía insultarlo y divertirlo al mismo tiempo.
Tomaron asiento.
Durante varios minutos hablaron únicamente de trabajo.
Proyectos.
Inversiones.
Negocios.
Temas seguros.
Temas racionales.
Temas que ninguno de los dos podía utilizar para ocultar lo evidente.
Porque cada vez que sus miradas se encontraban, el ambiente cambiaba.
Y ambos lo sabían.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo Matteo finalmente.
—Depende.
—¿Siempre eres tan desconfiada?
Valentina apoyó una mano sobre la mesa.
—¿Y tú siempre haces preguntas tan personales?
—No.
—Entonces ahí tienes tu respuesta.
Matteo sonrió.
—Eres difícil.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo sé.
—Pero lo tomaste como uno.
—Porque lo fue.
Él negó con la cabeza.
Y volvió a sonreír.
Aquello comenzaba a convertirse en un problema.
Porque cada vez le resultaba más fácil estar con ella.
Y mucho más difícil mantenerse distante.
Durante años había construido muros.
Muros altos.
Muros fuertes.
Muros imposibles de atravesar.
Pero Valentina parecía caminar entre ellos como si no existieran.
Sin esfuerzo.
Sin intentarlo.
Sin siquiera darse cuenta.
Y eso era peligroso.
Muy peligroso.
—¿Qué estás pensando? —preguntó ella.
Matteo la observó durante unos segundos.
Demasiados segundos.
—Que eres distinta.
Valentina sostuvo su mirada.
Y, por primera vez desde que lo conocía, no encontró una respuesta inmediata.
Porque había algo en la forma en que él lo dijo.
Algo sincero.
Algo que no parecía calculado.
Algo que la desarmó por completo.
El silencio se instaló entre ambos.
Pero no era incómodo.
Era diferente.
Más suave.
Más íntimo.
Más peligroso.
Y fue entonces cuando sucedió.
Un movimiento involuntario.
Pequeño.
Casi insignificante.
Valentina apartó un mechón de cabello detrás de la oreja.
Matteo extendió la mano para ayudarla.
Los dos se detuvieron al mismo tiempo.
Apenas unos centímetros los separaban.
Solo unos centímetros.
El mundo pareció quedarse inmóvil.
Ninguno habló.
Ninguno se movió.
Y durante un instante que pareció eterno, los dos entendieron exactamente lo mismo.
Aquello había dejado de ser simple curiosidad.
Y los dos estaban empezando a perder el control.
Sin embargo, justo cuando la distancia entre ellos parecía desaparecer, el teléfono de Matteo sonó.
El momento se rompió de inmediato.
Él miró la pantalla.
Su expresión cambió.
Toda la calidez desapareció.
Toda.
Valentina lo notó enseguida.
—¿Qué pasó?
Matteo guardó el teléfono lentamente.
Su mirada se volvió fría.
Peligrosamente fría.
—Tengo que irme.
—¿Ahora?
—Sí.
—¿Ocurrió algo?
Durante unos segundos él permaneció en silencio.
Como si estuviera decidiendo cuánto debía decir.
Finalmente respondió:
—Un problema que creía resuelto acaba de regresar.
Valentina sintió una extraña inquietud.
Porque por primera vez desde que lo conocía, Matteo parecía verdaderamente preocupado.
Y algo le dijo que aquel problema estaba a punto de cambiar muchas cosas.
Muchas más de las que cualquiera de los dos imaginaba.
fuegos artificiales!!!!
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