Camila Rojas cuidó durante tres años al heredero de la Manada Vega. Le curó las heridas, soportó sus cambios de humor y creyó que, al recuperar su libertad, al menos conservaría su dignidad.
Pero Damián Vega la humilla delante de todos y la trata como una sirvienta desechable, una loba low-rank que jamás podría ser su Luna.
Camila decide irse.
Lo que nadie espera es que Gabriel Serrano, el temido Alfa juez de Sierra Clara, perciba en ella un aroma que ningún Vega pudo reclamar jamás. Para Damián, Camila era una deuda pendiente. Para Gabriel, es una mujer libre… y quizá su verdadera mate.
Entre falsos reclamos, juicios de manada, feromonas prohibidas y un heredero obsesionado con recuperar lo que perdió, Camila tendrá que elegir: esconderse bajo la protección del Alfa juez o convertirse en la Luna que abrirá una puerta para todas las mujeres que nunca pudieron escapar.
Damián la llamó propiedad.
Gabriel la llamó libre.
Y la Luna la estaba esperando.
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Capítulo 6
Cap. 06: Sangre en el jardín de los Salazar
La residencia Salazar no parecía una casa.
Parecía una promesa tallada en piedra blanca.
El coche de alquiler dejó a Camila frente a una reja alta cubierta de bugambilias. Más allá, el jardín se extendía en terrazas verdes, fuentes de azulejo y naranjos cargados de flores. Todo olía a agua limpia, tierra cuidada, perfume caro y lobos nobles que nunca habían tenido que contar monedas antes de comprar pan.
Camila bajó del coche con su vestido azul más decente, el cabello recogido y la carpeta de documentos contra el pecho.
No llevaba joyas.
No llevaba escolta visible.
Pero a media cuadra, dos guardias de Sierra Clara compraban periódicos con demasiada atención.
Y dentro de la residencia, en algún lugar que su loba parecía ubicar antes que sus ojos, estaba Gabriel.
Eso no debía tranquilizarla tanto.
La doncella que la recibió era Salazar. Se notaba en el aroma de naranja, agua fría y disciplina. Miró a Camila de arriba abajo sin desprecio abierto, lo cual en casas como esa ya contaba como cortesía.
—Señorita Rojas. La audiencia será en el jardín oeste.
—Gracias.
Camila caminó tras ella por un corredor de arcos. Cada paso resonaba sobre los mosaicos. No había barro. No había ropa tendida. No había cazuelas abolladas. Hasta el silencio parecía educado.
En Casa Vega, ese tipo de lujo la habría hecho bajar la cabeza.
Hoy solo la hizo pensar cuánto debían gastar en flores.
El jardín oeste estaba preparado como si fuera una reunión social y no una audiencia sobre abuso de juramento de servicio. Había mesas con limonada, café, frutas y pequeños panes glaseados. Al fondo, bajo una pérgola, tres sillas principales esperaban al observador del consejo, al representante Salazar y al juez de Sierra Clara.
Damián Vega ya estaba allí.
También Beatriz.
Y Elena Salazar.
Elena llevaba un vestido color marfil, el cabello recogido con perlas y una serenidad tan perfecta que parecía pintada sobre porcelana. Su aroma de naranja y papel limpio estaba quieto, pero Camila notó algo debajo: tensión. Una hebra fina, casi oculta.
Damián vio a Camila y el aire se ensució de hierro.
La mano que ella había herido con la llave estaba vendada.
Camila miró la venda.
Luego su rostro.
No bajó la mirada.
Beatriz se acercó primero, envuelta en rosas frías.
—Camila, ¡qué desafortunado todo esto! Si hubieras venido a hablar conmigo, no habría sido necesario traer un asunto doméstico ante tres manadas.
Camila sostuvo la carpeta con ambas manos.
—Fui a hablar con usted. Me dio un documento incompleto.
Beatriz sonrió sin mostrar dientes.
—Eres joven. No entiendes los procedimientos.
—Por eso fui a registrarlo.
La sonrisa de Beatriz perdió una capa.
—Siempre tan... práctica.
—Ser práctica sale más barato que ser noble.
Elena bajó la mirada a su taza de té.
Camila no supo si para ocultar desaprobación o una sonrisa.
Damián dio un paso.
—¡Basta!
Elena levantó la cabeza.
—Damián.
Su voz fue suave, pero el nombre llevaba advertencia.
El heredero Vega se detuvo. No por obediencia. Por cálculo. Miró a su prometida, recordando que estaba en territorio Salazar.
Camila entendió entonces por qué Gabriel había dicho que el traslado cambiaba el riesgo. Aquí, Damián no solo quería recuperar poder sobre ella. Quería conservar el rostro frente a Elena.
Eso lo hacía más peligroso.
Una voz masculina anunció:
—El alfa Gabriel Serrano.
El jardín pareció enderezarse.
Gabriel entró sin ceremonia. Traje oscuro, carpeta negra, dos asistentes detrás. No miró primero a Damián. No miró a Beatriz. Miró a Camila.
Solo un instante.
Suficiente para confirmar que estaba de pie, que respiraba, que la marca en la mejilla ya no era más que una sombra amarilla.
Luego ocupó su lugar bajo la pérgola.
—Iniciemos.
El observador del consejo, un hombre mayor llamado anciano Prado, aclaró las reglas. La audiencia no era un juicio completo. Se trataba de validar o invalidar la liberación provisional de Camila Rojas Marín, registrar posibles abusos de rango y decidir si la manada Vega conservaba algún derecho de reclamo sobre ella.
Derecho de reclamo.
Camila sintió que la frase le raspaba la piel.
Gabriel abrió su carpeta.
—Señorita Rojas, acérquese.
Camila caminó hasta el centro del jardín. Sintió todas las miradas como dedos. Beatriz olía a control. Elena, a naranja fría. Damián, a sangre contenida y furia.
Gabriel olía a abeto.
—Indique su nombre y rango.
—Camila Rojas Marín. Loba de bajo rango. Liberada de servicio de la manada Vega de forma provisional por registro de Sierra Clara.
—¿Solicitó usted la liberación de su juramento de servicio?
—Sí.
—¿Por qué?
El jardín quedó muy quieto.
Camila podría decir muchas cosas.
Porque estaba cansada.
Porque Damián rió.
Porque tres años son suficientes para pagar cualquier techo.
Eligió la más simple.
—Porque mi servicio terminó y ya no quería pertenecer a esa casa.
Damián soltó una risa baja.
Gabriel no lo miró.
—Heredero Vega, tendrá oportunidad de hablar.
El título formal y frío, sonó como distancia puesta a propósito. Damián apretó la mandíbula.
Gabriel continuó.
—¿Alguien la presionó para pedir la liberación?
—No.
—¿Alguien le ofreció protección, dinero, matrimonio o alianza a cambio de pedirla?
Camila pensó en la pregunta de Marta, en su propia estupidez sobre los guardias, en Gabriel diciendo que no la convertiría en otra habitación cerrada.
—No.
Gabriel levantó la vista del papel.
—¿Alguien la siguió después del registro provisional?
—Sí.
Damián dio otro paso.
—Yo quería hablar con ella.
Gabriel pasó una página.
—Cuando le corresponda.
El control en su voz hizo que incluso las hojas de los naranjos parecieran menos dispuestas a moverse.
Camila explicó la calle, la lluvia, la presión de rango, la mano en el brazo, la llave, el golpe. No exageró. No lloró. No embelleció nada.
Cuando terminó, notó que Elena había dejado de fingir calma.
La noble loba miraba la mano vendada de Damián.
El anciano Prado carraspeó.
—Heredero Vega.
Damián entró al centro del jardín como si fuera un campo de batalla.
—Camila fue mi cuidadora durante tres años. Mi madre firmó su liberación de buena fe, pero la muchacha está confundida. Ayer mismo buscó refugio en Sierra Clara, y ahora huele a Serrano.
La frase cayó como una copa rota.
Camila sintió que la cara se le calentaba.
No por vergüenza.
Por furia.
Damián lo vio y sonrió apenas.
—No niego que anoche perdí la paciencia. Cualquier hombre la perdería si descubre que una mujer de su casa fue manipulada por otro alfa antes de que su juramento estuviera cerrado.
Gabriel seguía inmóvil.
Demasiado inmóvil.
Elena se levantó.
—Damián, estás hablando de una mujer que estuvo bajo tu protección.
—Estoy defendiendo a mi manada.
—Estás insinuando que ella vendió su protección por el aroma de otro hombre.
La voz de Elena seguía siendo suave.
Pero ahora tenía filo.
Camila la miró con sorpresa.
Damián también.
—Elena, no entiendes...
—Entonces explica mejor.
Por primera vez, el jardín no miró a Camila.
Miró a Damián.
El heredero Vega sintió el cambio y eligió mal.
—Camila siempre supo provocar. Tres años en mi habitación le enseñaron qué cara poner para que un hombre se sienta responsable. Si Gabriel Serrano quiere recoger lo que yo dejé, es asunto suyo, pero que no lo disfrace de ley.
Algo se estrelló contra la mesa.
No fue Gabriel.
Fue Camila.
Había tomado el vaso de limonada frente a ella y lo había golpeado tan fuerte que el cristal se rompió. Un fragmento le abrió la palma.
La sangre salió roja, brillante, inmediata.
El aroma llenó el jardín.
Pan tibio.
Lluvia.
Miel leve bajo la sangre.
Y algo más.
Algo limpio y verde que no había estado allí antes.
Gabriel se puso de pie.
Su silla no hizo ruido.
Eso fue lo aterrador.
—Señorita Rojas —dijo, muy bajo.
Camila no lo miró.
Miró a Damián.
La mano le ardía. Bien. El dolor era un lugar dónde pararse.
—Me bañaba porque usted se orinaba encima cuando la fiebre subía —dijo.
Beatriz inhaló con violencia.
Alguien detrás de los naranjos ahogó un sonido.
Damián palideció.
—Cierra la boca.
—Le daba de comer porque mordía a los criados que se acercaban. Dormía fuera de su puerta porque, si usted dejaba de respirar, su madre me habría hecho azotar por negligente. Le cambiaba vendas que olían a carne podrida mientras usted gritaba que prefería morirse antes que dejarme tocarlo.
La sangre goteó de su mano al suelo claro.
Una gota.
Otra.
Camila no se detuvo.
—Eso fue mi servicio. No seducción. No amor. No una deuda de mi cuerpo. Si usted quiere hablar de lo que aprendí en su habitación, hablemos completo.
Damián se movió.
No llegó a tocarla.
Gabriel apareció entre ambos.
Esta vez sí hubo sonido.
Un gruñido bajo, apenas humano, que hizo vibrar las copas sobre la mesa.
Los ojos de Gabriel tenían oro.
No completamente lobo.
Todavía no.
Pero suficiente para que todos en el jardín recordaran que el juez también era alfa.
—Un paso más —dijo— y convertiré esta audiencia provisional en arresto de manada.
Damián enseñó los dientes.
—Ella se cortó sola.
Gabriel no apartó la mirada de él.
—Yo también vi eso.
Entonces extendió una mano hacia atrás, sin tocar a Camila.
—¿Permite que revisen su herida?
Camila tenía el corazón golpeando como tambor.
El aroma de Gabriel estaba demasiado cerca. Su loba quería ir hacia él, esconder la mano sangrante contra su pecho, dejar que ese oro en sus ojos quemara todo el miedo.
No.
No esconderse.
—Permito que la registren como evidencia primero.
El anciano Prado soltó un «ah» pequeño, sorprendido.
Gabriel bajó la mano.
Y Camila supo, por el modo en que su aroma se calentó apenas, que había aprobado su respuesta.
—Así se hará.
Uno de los asistentes de Sierra Clara se acercó con una bandeja de metal, tomó muestra de la sangre, del cristal y de la mesa. Otro registró la mano de Camila con una cámara pequeña de uso humano y una tira de papel sellado para evidencia de aroma.
—Se detecta presión de rango residual anterior —dijo el asistente—. Coincide con contacto reciente de la manada Vega.
Elena miró a Damián.
—¿La presionaste anoche?
—No empieces a creer...
—Te pregunté si la presionaste.
La voz de Elena ya no era suave.
Damián olió a hierro quemado.
—Es de bajo rango.
Fue la peor respuesta posible.
Elena se quedó muy quieta.
Camila vio cómo algo se cerraba en su rostro. No escándalo. No rabia abierta. Algo más silencioso y más definitivo.
Gabriel tomó un paño limpio de la bandeja.
—Camila.
Ella giró.
Su nombre, sin título, la hizo bajar un poco la guardia.
—La evidencia está registrada. ¿Puedo vendarla?
En el jardín, todos escucharon la pregunta.
Todos escucharon el permiso que Gabriel pidió.
Todos, incluido Damián.
Camila entendió lo que eso significaba.
No era solo cuidado.
Era una declaración sin reclamo: delante de todos, el alfa más fuerte del jardín no tocaría a una de bajo rango herida sin su consentimiento.
Camila extendió la mano.
—Puede.
Gabriel tomó su muñeca con cuidado.
El contacto fue mínimo.
Un relámpago igual al de la oficina le subió por el brazo.
Camila apretó los dientes.
Gabriel también lo sintió. Lo supo por la forma en que sus dedos se quedaron inmóviles una fracción de segundo antes de continuar. El paño rodeó la palma con presión exacta, firme pero no dolorosa.
El aroma de ambos se mezcló en el aire.
Pan tibio.
Abeto.
Lluvia.
Café oscuro.
El anciano Prado los miró con demasiada atención.
Beatriz también.
Damián, con odio.
Gabriel soltó la mano de Camila en cuanto terminó.
—La audiencia continuará —dijo, volviendo a su lugar—. Y quedará asentado que la manada Vega ha intentado desacreditar a la solicitante mediante insinuaciones sexuales sobre un servicio médico y doméstico realizado bajo juramento.
—Eso no fue lo que dije —escupió Damián.
—Fue lo que todos oímos.
La frase vino de Elena.
El jardín entero se congeló.
Elena Salazar dejó su taza sobre la mesa. Sus dedos estaban perfectamente firmes.
—Y quiero que también quede asentado que la manada Salazar solicita copia completa de esta audiencia antes de avanzar cualquier ceremonia con la manada Vega.
Beatriz perdió color.
—Elena, querida...
—No soy su querida, doña Beatriz. Todavía no.
Camila casi olvidó que tenía la mano cortada.
Damián miró a Elena con una mezcla de incredulidad y furia.
—Estás haciendo un escándalo por una sirvienta.
Elena lo observó como si al fin pudiera verlo sin el marco dorado que otros habían construido alrededor de él.
—No. Tú lo hiciste.
La audiencia terminó sin sentencia final.
Pero no sin consecuencias.
El registro provisional de Camila fue extendido. La manada Vega quedó citada a presentar los libros completos de juramentos de servicio. Damián recibió una advertencia formal por presión de rango y contacto no autorizado. Beatriz tuvo que firmar recibo de cada punto con una sonrisa muerta.
Cuando todo acabó, Camila salió al corredor lateral para respirar.
La mano le dolió.
La cabeza también.
El pecho, peor.
No sabía si por el contacto de Gabriel, por haber hablado, o por la forma en que Elena había dicho «todos oímos».
La noble loba apareció junto a ella unos minutos después.
Camila intentó enderezarse.
—Señorita Salazar.
—Elena está bien.
Camila no supo qué responder.
Elena miró el vendaje.
—¿Te duele?
—Sí.
—Bien.
Camila la miró, sorprendida.
Elena soltó una risa pequeña, triste.
—Perdón. Quise decir... a veces es bueno que duela donde todos pueden verlo.
Camila entendió demasiado.
—A veces duele más donde nadie mira.
Elena bajó la vista.
Por primera vez desde que Camila la conocía, la perfección se agrietó.
—Damián nunca me ha golpeado.
Camila esperó.
Elena apretó las manos.
—Pero hoy, cuando hablaba de ti, pensé que podía oír mi futuro.
La frase quedó entre ellas, delicada y terrible.
Camila no la consoló con mentiras.
—Entonces escuche bien.
Elena levantó la mirada.
Había gratitud allí. Y miedo. Y algo parecido a vergüenza.
Antes de que pudiera responder, una sombra cruzó el corredor.
Gabriel.
No se acercó demasiado al verlas juntas.
—Señorita Salazar. Camila.
Elena recuperó su postura, pero no la máscara completa.
—Alfa Gabriel.
—Necesito hacer una pregunta final sobre anoche —dijo él—. Hay un punto que puede invalidar por completo el argumento de Vega.
Camila sintió cansancio hasta en los dientes.
—¿Qué punto?
Gabriel miró hacia el jardín, donde Damián discutía en voz baja con Beatriz.
—Antes de seguirla, Damián estuvo en el Refugio Niebla.
El nombre no significaba mucho para Camila, pero Elena palideció.
—Ese lugar no aparece en los registros nobles —dijo ella.
—Precisamente —respondió Gabriel.
Camila miró a uno y a otra.
—¿Qué es el Refugio Niebla?
Gabriel volvió a mirarla.
Su aroma se había vuelto más frío.
—Un sitio donde los hombres poderosos creen que nadie guarda recibos.
El dolor de la mano de Camila latió bajo el vendaje.
—Entonces necesitamos esos recibos.
Gabriel la observó un segundo.
—No tiene que involucrarse más hoy.
Camila pensó en su sangre sobre la mesa Salazar. En Elena oyendo su futuro en la voz de Damián. En la palabra «de bajo rango» usada como excusa para todo.
—Si ese lugar tiene algo que ver con lo que hizo anoche, sí.
Gabriel no sonrió.
Pero sus ojos se calentaron.
—Entonces iremos al Refugio Niebla.
Elena inhaló.
—¿Ahora?
Camila miró la venda, luego el jardín, luego a Gabriel.
Estaba cansada.
Tenía hambre.
Tenía miedo.
Pero no estaba sola.
—Ahora no —dijo—. Primero voy a comer algo.
Gabriel parpadeó.
Elena también.
Camila levantó la mano sana.
—Si voy a entrar a un lugar donde los hombres poderosos esconden recibos, no pienso hacerlo con el estómago vacío.
Por primera vez en todo el día, Elena Salazar rió.
Y Gabriel Serrano, alfa juez de Sierra Clara, pareció peligrosamente cerca de hacer lo mismo.