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Mil Almas En Un Solo Corazón

Mil Almas En Un Solo Corazón

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Época / Traiciones y engaños
Popularitas:334
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

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Murió mil veces y volvió a nacer otras mil, siempre sacrificándose por los demás y perdiendo todo lo que amaba. Esta vez, Elif renació con dieciséis años, cabello blanco con puntas doradas y ojos morados profundos, viviendo tranquila en un pueblo humilde, con el único deseo de ser feliz al fin. Pero la desgracia la arrastra hasta el Gran Palacio, donde gobierna el joven y ardiente Sultán Murad de diecisiete años. Allí, deberá sobrevivir a intrigas, envidias y reglas crueles usando todo lo que aprendió como doctora, espadachín, ingeniera, botánica y mucho más, demostrando que quien lleva siglos viviendo, nadie podrá vencerlo jamás.

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Capítulo 23 — El primer cumpleaños y el secreto que empieza a crecer

Seis meses habían pasado desde la noche en que las velas azules de Qamar desaparecieron por el horizonte, y en el imperio reinaba una calma que nadie recordaba haber vivido nunca. Los campos daban cosechas abundantes, los puertos recibían barcos de tierras amigas cargados de mercancías nuevas, las escuelas que Selim y Zeynep habían mandado construir empezaban a llenarse de niños de todas las provincias, y por las calles la gente se saludaba con sonrisas sinceras, sin miedos ocultos ni rumores que sembrar dudas. Habían ganado la paz con justicia, no con fuerza, y eso se notaba en cada rincón.

Dentro del palacio, toda la actividad giraba en torno a una sola fecha: **el primer cumpleaños de los gemelos Azat y Hürrem**. Faltaban solo tres días, y cada pasillo estaba lleno de flores frescas, cocineros probaban dulces nuevos todos los días, las costureras terminaban los pequeños vestidos y túnicas de seda blanca y azul, y hasta los soldados más duros sonreían al pensar en la fiesta que vendría. Nadie quería perdérsela: era la primera vez en generaciones que el palacio celebraba la vida de dos herederos sanos, felices y nacidos de un amor verdadero, no de obligaciones o alianzas políticas.

Esa mañana, Zeynep caminaba despacio por el gran jardín de los naranjos, siguiendo con la mirada a sus dos hijos que ya se movían por el césped con una energía que parecía no tener fin. Su largo cabello blanco con reflejos dorados estaba recogido en una trenza sencilla que caía sobre su espalda, y llevaba un vestido ligero de color verde claro que se movía suavemente con la brisa. Se detuvo un momento para apoyar una mano en el tronco de un árbol, cerrando los ojos un instante: desde hacía unos días le daban mareadas fuertes sin aviso, unas náuseas suaves al levantarse, y se sentía más cansada de lo normal, incluso habiendo descansado bien. Pero no le dijo nada a nadie todavía, no quería preocuparlos sin tener la certeza.

—¡Mamá, mira! ¡Mira cómo corro yo solo!

La voz de Azat la hizo abrir los ojos de inmediato. El pequeño tenía el cabello negro oscuro y brillante, idéntico al de Selim, pero al girar la cabeza se veían claramente sus grandes ojos claros, dulces y decididos, exactamente iguales a los de ella. Caminaba ya solo con total seguridad, tambaleándose un poco pero sin caerse, con esa determinación que tenía desde que era un bebé. Llegó hasta ella y se agarró fuerte de su falda, levantando la cara para pedir un beso.

—Muy bien, mi valiente —le dijo Zeynep arrodillándose para besarle la frente, mientras el corazón le latía fuerte y lleno de amor—. Eres el más fuerte de todos.

Un segundo después sentía unas manitas pequeñas tirando suavemente de su trenza por detrás. Se giró y sonrió al ver a Hürrem: la niña era su copia exacta en miniatura, con el mismo pelo blanco y los mismos mechones dorados que brillaban con el sol, la misma forma de los ojos y esa mirada tranquila y observadora que todo lo veía sin perder detalle. No hablaba tanto como su hermano, pero entendía absolutamente todo lo que decían. Ahora señalaba con su dedito hacia arriba, hacia las naranjas que colgaban de las ramas más bajas, y dijo con su voz dulce:

—Fruta… para Ayşe.

Zeynep la tomó en brazos y le dio un beso sonoro en la mejilla:

—Qué buena eres, mi vida. Siempre piensas primero en tu hermana.

Justo en ese momento apareció Ayşe corriendo por el sendero, con sus siete años y medio llenos de energía, su cuaderno de notas en una mano y una lista escrita con sus letras todavía un poco irregulares en la otra. Ya leía y escribía mejor que muchos niños el doble de mayores, y se había nombrado a sí misma “jefa de todos los preparativos de la fiesta”.

—¡Ya lo tengo todo apuntado! —gritó llegando hasta ellos, sin aliento—. Faltan las guirnaldas de flores para el salón, los dulces de miel que más les gustan, y hay que acordarse de que Azat no quiere llevar sombrero, dice que le aprieta la cabeza. ¡Y yo he preparado un regalo para cada uno! Lo hice yo sola, con ayuda de Gül.

Zeynep se levantó con Hürrem todavía en brazos y acarició el cabello de su hija mayor:

—Eres el mejor regalo que podrían tener. Sin ti, nada de esto sería tan bonito.

Al decir esas palabras, otra mareada fuerte la golpeó de repente. El mundo dio una vuelta a su alrededor, sus piernas flaquearon un instante y tuvo que apoyarse con fuerza en el árbol para no caer, apretando a Hürrem contra su pecho con cuidado para no hacerle daño. Ayşe se asustó al instante y le agarró la mano libre:

—¡Mamá! ¿Qué te pasa? ¿Te encuentras mal? ¿Llamo a papá?

—No, no, corazón —respondió ella recuperando el aliento poco a poco, sonriendo para tranquilizarla aunque tenía las mejillas un poco pálidas—. Solo ha sido un calor de más, nada más. Estoy bien, te lo prometo.

Pero no era el calor. En ese instante lo supo con una certeza absoluta que no necesitaba médicos ni pruebas: llevaba ya dos lunas enteras sin su ciclo, todos esos síntomas eran exactamente iguales que al principio cuando esperaba a los gemelos… **estaba esperando un nuevo bebé**. Su mano se posó suavemente sobre su propio vientre, todavía plano, sin ninguna señal visible, y sintió cómo el corazón se le hinchaba de una alegría tan grande que casi le dolía. Iban a ser seis en la familia. Kaan venía en camino, aunque todavía nadie más lo sabía.

En ese momento apareció Selim caminando por el jardín, con su túnica de trabajo sencilla y una sonrisa que solo aparecía cuando estaba con su familia. En cuanto vio la cara de Zeynep, supo de inmediato que algo no iba del todo bien. Llegó rápido hasta ellos y la rodeó por la cintura con un brazo, con una suavidad que nadie más conocía en él:

—¿Qué ha pasado? Te veo pálida. ¿Te has encontrado mal?

—Solo un pequeño mareo por el sol —le respondió ella, apoyando la cabeza en su hombro y mirándolo a los ojos con una luz nueva que él todavía no entendía—. Ya he descansado un momento y estoy perfecta. No te preocupes.

Selim no le creyó del todo, pero no insistió: sabía que Zeynep siempre decía la verdad cuando estaba lista para decirla. Tomó a Azat en sus brazos y el pequeño le agarró del cuello riendo, mientras Hürrem, desde los brazos de su madre, le tendía una manita para que él también la besara.

—He estado hablando con los capitanes del puerto —dijo Selim mientras caminaban todos juntos hacia el palacio—. El comercio crece más cada mes. La gente de Karahisar ya envía caravanas de mercancías cada semana, y hemos recibido cartas de tres reinos nuevos que quieren hacer alianzas con nosotros. Ahora que todos han visto que no nos dejamos engañar por Qamar, nos respetan mucho más. Nuestra paz no es débil: es una paz fuerte, porque la hemos construido con justicia.

—Es lo que siempre hemos querido —respondió Zeynep—. Que nuestros hijos crezcan sin tener que escuchar tambores de guerra, sin tener que esconderse, sin miedo a perder a nadie. Que solo conozcan la parte buena de gobernar: cuidar a la gente, hacerla feliz.

Al llegar a los aposentos reales, Hürrem pidió bajar al suelo. En cuanto estuvo de pie, se acercó despacio a Zeynep, levantó su manita pequeña y la puso muy suavemente justo sobre su vientre, donde todavía no se notaba nada. Miró a su madre con esos ojos grandes y claros iguales a los suyos, y dijo con toda la inocencia del mundo:

—Ahí… hay bebé.

Zeynep se quedó sin aliento. Selim se detuvo en seco, con Azat todavía en brazos, y ambos miraron a la niña como si hubiera dicho algo mágico. Nadie había dicho nada. Nadie lo sabía todavía. Solo ella, con esa intuición que solo tienen los niños pequeños, lo había sentido antes que nadie.

—¿Qué has dicho, cielo? —preguntó Selim con la voz un poco temblorosa, agachándose para quedar a su altura.

—Bebé —repitió Hürrem sonriendo, dando unas palmaditas suaves en la barriga de su madre—. Pequeño. Viene pronto.

En ese momento entró Gül con una bandeja con agua fresca y frutas, y al ver las caras de todos entendió al instante que algo importante acababa de pasar. Zeynep la miró y le hizo una pequeña seña con la cabeza, pidiendo silencio por ahora. Gül asintió discretamente: lo guardaría en secreto hasta que ella quisiera decirlo.

Más tarde, cuando Selim se tuvo que ir a una reunión con los gobernadores de las provincias y Ayşe se fue a terminar los preparativos de la fiesta con las costureras, Gül se acercó a Zeynep en voz muy baja:

—Llevo años cuidando mujeres embarazadas, Sultana. He visto esa mirada en tus ojos antes. ¿Es verdad? ¿Viene otro príncipe o princesa?

Zeynep asintió, con una lágrima de felicidad rodando por su mejilla:

—Creo que sí. Estoy casi segura. Dos meses, quizás un poco más. Pero no quiero decirle nada a Selim ni a nadie hasta que los médicos lo confirmen y esté fuera de todo peligro. Quiero que esta vez sea una noticia que llegue sin miedos, sin guerras, sin traiciones cerca. Solo alegría pura. ¿Me ayudas a mantener el secreto un poco más?

—Con mi vida —respondió Gül sonriendo, con los ojos también húmedos—. Será nuestro secreto hasta que tú digas. Y cuando llegue el momento, será la noticia más feliz que este palacio haya escuchado en toda su historia.

Esa noche, cuando todos dormían, Zeynep se quedó un rato más despierta sentada en el borde de la cama, mirando a Selim dormir a su lado y escuchando la respiración suave de los gemelos en su cuna cercana y de Ayşe en su habitación de al lado. Volvió a poner la mano sobre su vientre, y susurró bajito para que solo el nuevo bebé la oyera:

—Bienvenido, pequeño. Todavía no sabemos si eres niño o niña, pero ya te queremos con todo nuestro corazón. Vas a llegar en medio de la paz que tus padres hemos construido con tanto esfuerzo. Vas a tener tres hermanos que te cuidarán siempre. Vas a crecer amado, seguro y libre. Tu nombre será Kaan… y ya estamos todos esperándote con muchísimas ganas.

Fuera, la luna iluminaba todo el palacio y la ciudad dormida. Nadie sabía todavía el secreto que guardaba Zeynep en su vientre, pero el futuro ya estaba escrito: la familia seguía creciendo, la paz se hacía más fuerte cada día, y todo lo que habían soñado poco a poco se iba volviendo realidad. Faltaban siete meses para el nacimiento, siete meses de calma, de preparativos, de nuevos momentos felices… y también de nuevas pruebas que tendrían que superar juntos, como siempre habían hecho.

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**FIN DEL CAPÍTULO 23

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