Cuando una estafa sacude el imperio de Alfred Lecrec, el implacable magnate Sebastian Spencer está decidido a destruir a los responsables. Sin embargo, todo cambia al conocer a Elena Lecrec: una arquitecta independiente, inteligente y de carácter indomable. Fascinado por ella, Sebastian ofrece un cruel trato: perdonará a su familia si Elena acepta casarse con él durante cinco años y darle un heredero; de lo contrario, su hermano Martín, el verdadero culpable, pasará el resto de su vida en prisión.
Para Elena, Sebastian no es más que su verdugo. Pero mientras el odio se convierte en convivencia, descubrirá que detrás de ese hombre frío y despiadado se esconde un corazón marcado por profundas heridas. Lo que comenzó como un matrimonio por obligación podría convertirse en la única oportunidad para sanar… o destruirlos a ambos.
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Capítulo 23: La Humillación Más Profunda
La noche en la mansión se extendía como un manto pesado y asfixiante. Las luces tenues de los pasillos proyectaban sombras largas y siniestras sobre las paredes. Elena Spencer, con el corazón latiéndole con fuerza, caminaba de un lado a otro en la habitación principal. Sebastian estaba sentado en un sillón junto a la ventana, revisando su teléfono con una expresión de piedra. No la había mirado ni una sola vez desde que regresaron del hospital.
—Sebastian, por favor… —suplicó Elena por enésima vez, con la voz ronca de tanto llorar—. Yo no lo hice. No envenené a Stephanie. Alguien puso ese frasco en mi bolso. Tienes que creerme. ¿Por qué haría yo algo así? Mi hermano acaba de morir. Mi familia está destruida. No soy una asesina.
Sebastian no levantó la vista. Siguió desplazando el dedo por la pantalla como si ella no existiera, como si sus palabras fueran solo viento que pasaba sin dejar huella.
—Sebastian… —insistió Elena, acercándose un paso más—. Mírame. Dime algo. No puedes ignorarme como si yo no fuera nadie. Soy tu esposa, aunque sea por contrato. Al menos dime que me escuchas.
Él finalmente levantó la mirada, pero sus ojos grises eran fríos como el acero.
—No tengo nada que decirte esta noche, Elena. Mañana sabremos la verdad del laboratorio. Hasta entonces, no quiero oírte.
Elena sintió que el alma se le caía a los pies. Se sentó en el borde de la cama, abrazándose las rodillas, y lloró en silencio hasta que el agotamiento la venció. Sebastian no se acercó. No la consoló. Se quedó en su sillón hasta altas horas de la noche, con la mandíbula tensa y la mente llena de dudas y furia.
La mañana llegó con una luz grisácea que entraba por las ventanas. Sebastian se estaba alistando en el baño, ajustándose la corbata frente al espejo, cuando su teléfono vibró. Era el laboratorio del hospital. Contestó con rapidez.
—¿Sí? Habla Sebastian Spencer.
La voz del doctor al otro lado era clara y profesional.
—Señor Spencer, los resultados están listos. Stephanie fue envenenada con veneno para ratas. Una dosis concentrada, no proveniente de alimentos contaminados ni de ningún insecticida común. Fue algo intencional y preparado.
Sebastian sintió que la sangre le hervía. Su rostro se transformó en una máscara de pura rabia.
—Entendido. Gracias.
Colgó la llamada y salió del baño como un huracán. Bajó las escaleras corriendo, con los pasos resonando en toda la mansión. En el salón principal estaban Matilda, Stephanie (ya de regreso del hospital, aunque débil), Alfred, Victoria y Elena, que acababa de bajar con los ojos hinchados.
Sebastian entró como un toro enfurecido.
—¡Veneno para ratas! —gritó, con la voz retumbando en las paredes—. ¡No fue un accidente! ¡Fue intencional! Alguien quiso matar a Stephanie con veneno para ratas.
Miró directamente a Stephanie, que estaba pálida en el sofá.
—¿Fuiste tú, Elena? —preguntó Sebastian, volviéndose hacia su esposa con los ojos llameantes.
Stephanie, dejándose llevar por el odio y los celos que llevaba acumulando durante semanas, no dudó ni un segundo.
—Sí —dijo con voz débil pero cargada de veneno—. La vi ese día en la cocina. Estaba cerca de mi taza. Seguro que fue ella.
El salón se llenó de un silencio mortal. Matilda se levantó con furia.
—¡Lo sabía! ¡Esa mujer es peligrosa!
Sebastian no esperó más. Se acercó a Elena con pasos rápidos, la tomó del brazo con fuerza y la tiró al suelo frente a Stephanie.
—¡Pídele perdón de rodillas! —ordenó con voz atronadora—. ¡Ahora!
Elena cayó de rodillas. Nunca en su vida se había sentido tan humillada. Las lágrimas corrían por sus mejillas sin control. Su orgullo, su dignidad, todo estaba siendo pisoteado delante de todos.
—Sebastian… —susurró con voz rota—. Te vas a arrepentir de esto. Te juro que te vas a arrepentir.
Sebastian la miró desde arriba, implacable.
—Pide perdón.
Elena temblaba. Las lágrimas caían sobre el suelo de mármol.
—Lo siento… —murmuró apenas audible.
Sebastian gritó:
—¡No a mí! ¡A Stephanie!
Elena, con la mayor humillación que había experimentado jamás, levantó la mirada hacia Stephanie. Su voz era un hilo quebrado.
—Lo siento, Stephanie.
Stephanie sonrió con triunfo malicioso, aunque aún débil por el veneno.
—Más te vale que sea sincero.
Matilda cruzó los brazos, satisfecha.
—Esto es solo el comienzo. En esta casa se hace justicia.
Elena se quedó de rodillas unos segundos más, con la cabeza baja y el corazón destrozado. Sebastian la miró un instante, y por un segundo brevísimo, nunca algo parecido al arrepentimiento cruzó su rostro.Y con la mayor de las frialdades de ordenó a Elena.
—Levántate —ordenó finalmente—. Y más te vale que no vuelva a pasar algo así.
Elena se puso de pie con dificultad. Sus piernas temblaban. Miró a su alrededor: a su madre Victoria, que permanecía en silencio; a su padre Alfred, cabizbajo; a Matilda y Stephanie, triunfantes. Y a Sebastian, el hombre que la había comprado y que ahora la humillaba públicamente.
Salió del salón sin decir una palabra más, con la dignidad hecha trizas. Sebastian se quedó allí, con los puños apretados, preguntándose en silencio si había ido demasiado lejos.
La mansión, una vez símbolo de poder y lujo, se había convertido en un infierno donde el odio, los celos y las mentiras envenenaban hasta el último aliento.