¿Cuánto peso puede soportar un secreto antes de romperte por dentro?
Al principio, Jester y Yelina eran dos extraños unidos por un amigo en común. No había chispas, ni conexión, ni interés. Pero el roce diario y la complicidad silenciosa fueron tejiendo un lazo que ninguno de los dos vio venir. Se volvieron refugio, confidentes, mejores amigos.
Y fue ahí, en la calidez de esa cercanía, donde Yelina se perdió. Enamorarse de él fue inevitable; aceptar que nunca sería correspondida, una dolorosa certeza. Para salvar la amistad que tanto le costó construir, Yelina decide condenarse al silencio. Una historia sobre el amor que prefiere callar para no perder lo que más quiere en el mundo.
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Las Hojas Del Calendario
El tiempo tiene una forma muy particular de curar las heridas, o al menos, de enseñarte a caminar con el dolor de tal manera que ya no te haga cojear. Han pasado exactamente dos años desde aquella noche de cumpleaños en la que tomé la decisión más difícil de mi vida: encerrar bajo llave lo que sentía por Jester y tirar la llave al fondo de mi memoria.
Durante estos veinticuatro meses, mi vida ha cambiado notablemente. A mis treinta años, mi carrera como modelo ha tomado un rumbo más maduro. Ya no soy la chica que acepta cualquier desfile por miedo a ser olvidada; ahora selecciono mis proyectos, trabajo con marcas que respetan mi tiempo y, sobre todo, he aprendido a poner límites. Sigo siendo perfeccionista y la timidez aún me acompaña como una sombra silenciosa cuando entro a un lugar lleno de extraños, pero la madurez me ha dado un escudo de seguridad que antes no poseía.
Por su parte, Caliope finalmente terminó su carrera de enfermería. Hoy en día trabaja en el área de urgencias de un hospital público. Su vida es un torbellino de turnos rotativos, guardias nocturnas y cafés fríos, pero su sonrisa sigue intacta. Nuestra hermandad no ha hecho más que fortalecerse; a pesar de sus horarios imposibles, siempre encuentra un espacio para venir a mi apartamento, tirarse en mi sofá y reírnos de cualquier tontería, justo como cuando teníamos dieciocho años.
¿Y Jester? Jester finalmente cumplió su sueño. Con la ayuda y el apoyo incondicional de Gonzalo, logró abrir su propio resto-bar en una de las zonas más exclusivas de la ciudad. Se llama "El Refugio", un guiño sutil a lo que siempre quiso construir: un espacio donde la gente pudiera olvidarse de sus problemas a través de una buena comida y un trago de autor. Su negocio es un éxito rotundo y él pasa casi todo el día allí, sumergido entre sus responsabilidades como dueño y chef principal.
Durante estos dos años, cumplí mi promesa. Me convertí en la mejor amiga impecable. Estuve allí para celebrar la inauguración de su bar, lo apoyé en sus noches más estresantes y lo escuché hablar de sus breves e insignificantes romances con la misma sonrisa serena que una hermana le daría a un hermano. Me dolió, por supuesto. Cada vez que lo veía sonreírle a otra mujer sentía un pinchazo en el estómago, pero con el tiempo aprendí a respirar hondo, tragarme el nudo de la garganta y seguir adelante. El amor obsesivo de mis veintiocho años se transformó en un cariño tierno y silencioso. Jester era, y siempre sería, una parte fundamental de mi vida, pero ya no era el centro de mi gravedad.
Sin embargo, el cambio más grande y silencioso de todos ocurrió con Gonzalo. El chico bromista de veintiséis años que solo pensaba en pasarla bien con sus amigos dio paso a un hombre de veintiocho sumamente centrado. Su negocio de reparaciones y consultoría electrónica creció tanto que tuvo que alquilar un local comercial y contratar a dos ayudantes. Pero lo que realmente cambió no fue su trabajo, sino la forma en que empezó a entrelazarse con mi día a día.
Al estar Jester tan ocupado con "El Refugio" y Caliope atrapada en sus turnos de hospital, Gonzalo y yo empezamos a pasar mucho tiempo a solas. Lo que al principio eran salidas por descarte —"ya que los otros dos no pueden, ¿vamos nosotros?"— poco a poco se convirtieron en citas planificadas con total intención. Gonzalo se convirtió en el soporte que no sabía que necesitaba. Cuando tenía un mal día en el estudio fotográfico, él aparecía en mi puerta con herramientas bajo el brazo usando la excusa de "revisar las conexiones eléctricas de mi cocina", solo para terminar sentándose conmigo a tomar un té y hacerme reír con sus ocurrencias.
Una tarde de domingo, mientras el otoño comenzaba a teñir de dorado los árboles de la ciudad, Gonzalo me invitó a caminar por el parque. El viento soplaba con suavidad y las hojas secas crujían bajo nuestros zapatos.
—¿Te has dado cuenta de que llevamos casi un mes sin ver a Jester y Caliope juntos? —comentó Gonzalo, metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta—. Jester vive en su cocina y Caliope parece un fantasma del hospital.
—Lo sé —respondí, ajustándome la bufanda—. Los extraño, pero me alegra que les esté yendo bien. Están cumpliendo sus metas.
—Sí, es verdad —dijo Gonzalo, deteniéndose frente al lago del parque para mirarme—. Pero para ser sincero, Yadira... Aunque los extraño, me gusta mucho que pasemos tiempo así. Solo tú y yo.
Su tono de voz no tenía el tono bromista de siempre. Había una calidez suave en sus ojos oscuros, una fijeza que me hizo detener el paso. Por primera vez en dos años, sentí que mi corazón daba un vuelco que no tenía nada que ver con el pasado, sino con el presente que estaba parado justo frente a mí.
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